* Lejos de Ítaca

Ulissecopertina

¿Por qué has vuelto, Ulises? Todas las mañanas, nada más despertar, los labios de Penélope pronuncian la misma pregunta que resuena sin cesar en sus oídos hasta el anochecer. Regresó a Ítaca después de diez años de guerra con los troyanos y de otros tantos de vagabundeo por regiones inhóspitas y desconocidas: desde entonces, desde la matanza de los pretendientes, ya han transcurrido diez más.

El escenario está dispuesto y la obra va a comenzar. Franco Mimmi, el autor de ‘Lontano da Itaca’, recoge los versos de la Odisea de Homero, del Canto XXVI de la Comedia de Dante, del ‘Ulysses’ de Tennyson, del ‘Itaca’ de Kostantinos Kavafis, y ‘L’ultimo viaggio de Giovanni Pascoli’ y en un juego de “prestidigitación literaria”, en el que también aparecen las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, consigue crear una historia que enlaza el mundo de hoy con la primera novela de Occidente. “Ítaca nos espera, ahora y siempre”, concluye en la presentación del apéndice de sus fuentes de inspiración arriba mencionadas.

Se han cumplido diez años desde su llegada a Ítaca. Para poder regresar, Ulises ha tenido que rechazar la droga de los lotófagos, que hace olvidar el deseo de volver; cegar al pavoroso Polifemo con una estaca ardiente; sobrevivir a los lestrigones y enamorar a Circe, “la de las lindas trenzas”; descender al Hades para conocer su destino; no dejarse embaucar por el canto de las sirenas que “conocen todo cuanto ocurre en la fértil tierra”; salir indemne entre las rocas de Escila y Caribdis; llorar por su regreso durante siete años en la isla de Ogigia, en brazos de la bella ninfa Calipso, hacer frente a la tempestad desatada por el dios Poseidón y olvidar a Nausicáa, “la de los níveos brazos”, cuyo padre, Alcinoo, le ayudará a volver.

Itaca

Y todo para llegar a Ítaca, una isla pobre y pedregosa, tendida en una abrupta geografía, “áspera, pero buena criadora de hombres”, dice Homero. Sin embargo, no es la tierra la que le llama, sino los seres queridos que dejó en ella. Es la añoranza de ellos la que le hace volver. Supo que su madre había muerto porque se encontró con ella, con su sombra, en el Hades y supo también que su padre Laertes vivía en la miseria, que su mujer era acosada por los pretendientes y que Telémaco arriesgaba su vida por culpa de esos codiciosos. Y para saber más y estar con ellos abandona a Calipso y luego rechaza a Nausicáa. Volver es su destino y también contar lo que ha ocurrido.

Pero en estos últimos diez años en Ítaca, Telémaco, el hijo que salió a buscarlo por mar y tierra y que le ayudó a matar a los pretendientes, se ha convertido en un hombre de negocios y, de hecho en el auténtico gobernador de Ítaca, en tanto que él se ha vuelto “negligente” y ocioso. Y en los ojos de Penélope sólo ve odio: veinte años esperándolo y otros diez pensando por qué había vuelto si sus pensamientos estaban en otra parte. Ella había permanecido en el hogar, sola, esperando noticias. “Hasta tres veces me contaron que Ulises había muerto”. Sus heridas no eran menores que las de él, pero ella no tuvo el consuelo de “las manos de Circe, de los labios de Calipso y de los ojos de Nausicáa”. Ahora que Ulises ha vuelto no hay “nada, la misma soledad de antes, incluso peor porque tú estás aquí. Me paso el día contemplando el mar y la noche en tu compañía recordando los años en los que estabas lejos”.

También Ulises contempla el mar: todas las mañanas se sienta sobre una roca lisa, bajo un antiguo y frondoso roble, desde donde se divisa la bahía y mientras fija su mirada en el mar le vienen a la mente todos los recuerdos, desde la guerra de Troya en las riberas del Escamandro a la gruta del cruel cíclope y el horror del Hades, pero también “la nostalgia por las cálidas manos de Circe, por los labios de Calipso y por los ojos de Nausicáa”.

Sentado, con la espalda apoyada sobre el roble, Ulises se deja llevar por el mar y por el pasado sin disfrutar en absoluto del presente ni esperar nada bueno del futuro. Una mañana se le presenta la diosa Atenea para exigirle un último viaje, el que le profetizó Teresias, y que debe a Poseidón antes de poder descansar en una vejez dulce y tranquila. Ulises le reprocha a la diosa que le exija participar en una guerra de dioses en la que no se siente concernido y se niega a ponerse en viaje en busca de su destino. Se siente tan cansado.

Pero Telémaco, en connivencia con otros jóvenes itacenses, ha ideado un plan: hacerle contar sus aventuras y de esta manera conseguir que vuelva a hacerse a la mar, repetir las hazañas, sacarle de su embotamiento. Y lo consigue, pero no de la manera en que Atenea quiere. Serán ellos, los jóvenes itacenses, los que viajen a los confines del mundo, en busca de aventuras y conocimiento, ajenos a las guerras de los dioses y libres de cualquier culpa.

La repetición del viaje

El Ulises de Pascoli, una de las fuentes en las que se inspira Mimmi, sí realiza un viaje, no el vaticinado por Tiresias, sino un recorrido hacia el pasado, hacia los antiguos lugares que conoció en los diez años que estuvo ausente tras la guerra de Troya. Pero el tiempo ha transcurrido y la flecha no viaja en sentido contrario. Inicia el viaje, lleva consigo a sus viejos amigos y desembarca en la isla de los Cíclopes, donde ya no hay rastro de Polifemo y en Ea, donde no queda ninguna huella de Circe. Todo está dominado por la ausencia y Ulises les pregunta a las sirenas que quién es él. Y en ese momento si nave se estrella contra las rocas, que no eran otra cosa que las sirenas que creía ver en este último viaje. Su cadáver es transportado a la isla de Ogigia y Calipso le dirige las palabras que cierran el poema: “No ser nunca más, nada, menos que la muerte, no ser más”. Una muerte peor que la nada.

Kavafis

Ítaca es siempre el final del camino

Ulises mira al mar y recuerda el pasado y los brazos de Circe. Piensa que ni siquiera le importaría volver a pasar el terror del Hades o el horror de los cíclopes. Ahora tiene añoranza del viaje, como antes la tenía del regreso. Ítaca ya no le ofrece nada extraordinario; volvió por su padre Laertes, ya fallecido, por su esposa Penélope, que le detesta por sus infidelidades pasadas y presentes en la memoria y por Telémaco, que quiere convertirlo en “tabernero”. En este escenario se desarrolla la puesta en escena del Ulises de Mimmi.

Pascoli también se hace eco de la nostalgia del héroe y hace que retroceda al pasado y repita sus viejas aventuras pero ya no encuentra nada en ese viaje. Porque Ítaca está en el corazón y el viajero lleva su propio equipaje, como dice Kavafis.

Su poema ‘Ítaca’ nos enseña que Ulises no encontrará ni lestrigones ni cíclopes ni a Poseidón si no los lleva dentro de su alma, si su alma no los erige delante de él y es ilusorio y reprochable haber dejado su patria reputándola de mísera, de ser incapaz de ofrecerle nuevas aventuras y experiencias. Porque Ítaca es el destino y lo que importa es el viaje y llegar a la meta cargado de conocimientos y experiencias.

El poema comienza aconsejando que, al emprender tu retorno a Ítaca, ruegues para “que el viaje sea largo, lleno de peripecias y que sean muchos los días de verano” y “que te vean arribar con gozo, alegremente a puertos que tú desconocías”: debes conservar “en tu alma la idea de Ítaca” porque “llegar allí es tu destino”. Y termina con la misma petición de vivir despacio e intensamente, disfrutando cada instante:

No hagas con prisa tu camino

mejor será que dure muchos años

Y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla

rico de cuanto habrás ganado en el camino

No has de esperar que Ítaca te enriquezca

Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje

Sin ella, jamás habrías partido

más no tiene otra cosa que ofrecerte.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.

Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,

sin duda sabrás ya qué significan la Ítacas”.

Lecturas

– Franco Mimmi, Lontano da Itaca, Aliberti editore, 2007

– Giovanni Pascoli, El último viaje

– Kostantinos Kavafis, Ítaca

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* El último viaje de Ulises

homero

Es arrogante y sentimental, prudente y audaz, paciente y seductor; lucha contra la adversidad y no se rinde nunca y su afán por conocerlo todo le lleva a vivir situaciones peligrosas, como ocurre en sus encuentros con los cíclopes y con las sirenas, pero su deseo de regresar a Ítaca le da fuerzas para afrontar desventuras, naufragios y tempestades y también para renunciar a la inmortalidad que le ofrece Calipso. Pero, sobre todo, Ulises es el viajero.

La Odisea’, el poema homérico que cuenta las hazañas del rey de Ítaca en su viaje de regreso al hogar tras la victoria sobre Troya, es la obra de mayor influencia en la historia literaria de Occidente. Cada época ha dado su propia versión de Ulises, un arquetipo mítico, y con todas esas renovaciones y reinterpretaciones a cuestas ha llegado a nuestros días, de manera que ya no podemos ver únicamente al héroe dibujado por Homero, sino al que ha sido pensado, reinventado, rebatido o sacralizado por quienes lo escucharon o leyeron después.

La Odisea’ comienza pidiendo a la Musa que le hable de “aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria” (1). Durante diez años, tras dejar Troya, Ulises ha de luchar contra las trampas de los dioses que le impiden regresar a su hogar y, como sucede en todos los cuentos tradicionales, la ‘Odisea’ tiene un final feliz y el héroe regresa a Ítaca, junto a su esposa, Penélope, y a su hijo Telémaco.

El último viaje que Ulises realizaría, de acuerdo con Homero, es el que le vaticinó Tiresias: un viaje hacia el norte hasta llegar a pueblos que no conocen el mar con un remo al hombro para dejarlo, allí donde sea confundido con un aventador, clavado en tierra como señal de que había llegado. Después regresaría a Ítaca, donde permanecería hasta su muerte, de la que nada sabemos porque, posiblemente, el aedo consideró de poco interés para sus oyentes relatar una vejez tranquila seguida por una desaparición natural. Tiresias, el adivino, le profetizó en su encuentro en el Hades que la muerte le llegaría del mar “y será muy tranquila, pues te alcanzará ya sometido a una suave vejez, y en tu entorno vivirán prósperas tus gentes”.

Pero versiones diferentes a los cantos de Homero fueron sucediéndose a lo largo de los siglos, algunas tan pintorescas como la del bizantino Proclo, que coincide con Apolodoro, en que Ulises murió asesinado por el hijo que tuvo con Circe, Telégono, quien viajó a Ítaca para conocer a su padre pero con tan mala fortuna que Ulises, al sorprenderle robando su ganado, intentó impedirlo; su hijo, que no lo había reconocido, lo mató con la espada que tenía en la mano. Tras el asesinato, Telégono se casó con Penélope y Circe les envió a la isla de los Bienaventurados (2).

dante
Dante. Piazza Santa Croce. Florencia

Habría que esperar diez siglos a la versión sobre la muerte de Ulises que más fortuna obtuvo. Hacia mediados del XIV, Dante descubre que no murió plácidamente en su cama en tranquila y suave vejez, sino en un último viaje cuyos detalles le reveló desde el Infierno, en cuyo círculo octavo, donde ardían los malos consejeros, cumplía su pena eterna compartida con Diomedes.

Dante no recoge el testigo de Homero, cuya ‘Odisea’ no conoció, sino el de de Virgilio, que presenta a Ulises como un marrullero astuto, y de Ovidio que, en ‘Las Metamorfosis’, nos cuenta historias poco halagüeñas del rey de los itacenses, como las sugerencias que deslizó al oído de Agamenón de que sacrificara a Ifigenia, su propia hija, y conseguir así el favor de los dioses, dueños de los vientos, para que permitieran a su flota poner rumbo a Troya.

El escritor florentino no utiliza esta historia para incluir a Ulises entre los malos consejeros, pero sí la de Aquiles disfrazado de mujer en la corte de Esciros y descubierto por el itacense; la del caballo hueco ideado por Ulises que los dánaos regalaron a los troyanos, y la del robo, junto con Diomedes, de la estatua de Palas que defendía Troya y que, al desaparecer, dejó indefensa a la ciudad y causó su destrucción.

Esa caracterización de Ulises como causante de la guerra y destrucción de Troya por sus malvados ardides y consejos es la que presenta Dante, pero más trascendente que su adscripción al octavo círculo del infierno es el relato que hace de su “último viaje” y de cómo, en pos del conocimiento, halló la muerte. El Ulises de Dante ya no es sólo el viajero que vive aventuras para poder contarlas, sino el que necesita conocer qué hay más allá. En ‘La Comedia’, Virgilio y el peregrino llegan al círculo infernal donde arde Ulises y le piden que les cuente cómo murió y el rey de Ítaca les relata una historia de la nadie había sabido nada: su último viaje.

Después de dejar a Circe, Ulises decide no regresar a Ítaca: Ni el halago de un hijo, ni la inquieta piedad de un padre anciano ni el amor que debía a la discreta Penélope, dentro de mí vencieron el ardor de conocer el mundo y enterarme de los vicios humanos y el valor”. Llega a las Columnas de Hércules, el límite impuesto por los dioses a los navegantes y Ulises se dirige a sus compañeros para convencerles de seguir adelante, de “ir tras el sol por ese mar sin gente”; para lograrlo, les pide que consideren su “ascendencia” porque “para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia”(3)

Quinientos años después, el poeta Alfred Tennyson se hace eco de esta arenga que el Ulises dantesco dirige a sus compañeros para que le sigan y en su conocido poema le hace decir:

Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan / es posible que demos con las Islas Venturosas / y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos”.

Aquiles, a quien Ulises conoció en su viaje al Hades homérico, permanece en el mundo de las sombras. Se dirigen, por lo tanto, al reino de los muertos, su destino último, y la misma tripulación ha adquirido ya el estado fantasmal de los fallecidos, incluso antes de traspasar las Columnas de Hércules.

En ‘La Comedia’, los marineros dirigidos por Ulises atraviesan el Estrecho y durante cinco meses navegan hacia el sur en el océano Atlántico. Hasta que divisan una montaña oscura y extremadamente alta, que podría ser el Purgatorio. Entonces su alegría se convierte en llanto porque de ella surge un viento brutal que hace girar la nave sobre sí misma por tres veces, hasta ser cubierta “por la mar airada”. Y es entonces cuando muere Ulises, bien porque ha excedido los límites impuestos por los dioses, bien porque a ningún mortal, excepto a Dante, le es permitido traspasar el mundo de los vivos, al menos por dos veces, aunque posiblemente su primera visita al Hades no cuente para el teólogo medieval. La audacia del héroe griego es castigada por un dios que él desconoce y que le causa la muerte en un naufragio.

Jorge Luis Borges señala que Dante se atrevió a anticipar “los dictámenes del inescrutable Juicio Final” y juzgó y condenó almas, una labor de no le correspondía de ninguna manera, por lo que sugiere que “Dante fue Ulises y de algún modo pudo temer el castigo de Ulises”, por mucho que se amparara en que lo guiaban fuerzas más altas y que no lo hacía por soberbia y desmesura.

columnas hercules

El descenso a los infiernos

Este último viaje condena a Ulises a la muerte por haberse convertido en símbolo del deseo de conocimiento sin límites, pero no es el castigo que le impone Dante en el octavo círculo, adonde es llevado por sus malos consejos, aunque también podría interpretarse como un mal consejo la alocución que dirige a sus compañeros antes de traspasar las Columnas.

Boitani ve en el Ulises de Dante el deseo de conocer la experiencia de la muerte. El descenso a los infiernos, la katábasis, sigue unas normas que no deben infringirse. En su viaje al Hades en ‘La Odisea’, parece contar con el beneplácito de las potencias infernales y, en apariencia, sólo intenta obtener de Tiresias la respuesta a qué puede hacer para regresar a Ítaca. Pero es una excusa literaria de Homero para darnos noticia de los aqueos y los troyanos muertos y del destino tétrico que a todos nos espera tras la muerte.

En la Antigüedad clásica hubo quien no sentía demasiada simpatía por las tretas de Ulises. Fue Esquilo, entre otros, quien adscribió su paternidad al “miserable” Sísifo y no a Laertes porque antes de conocer a su esposo, Anticlea tuvo un desliz con el más astuto de los hombres, y de ahí la herencia que recibió su hijo (4). Se trata del mismo Sísifo que Ulises pudo ver en el Hades empujando una piedra enorme hasta la cima de una montaña, desde la que se deslizaba pendiente abajo una y otra vez, en un ciclo interminable, como castigo de los dioses por haber querido y logrado engañar a la muerte.

Sísifo era un charlatán y se fue de la lengua al relatar una aventura sentimental de Zeus, que quiso castigarlo y le envió a Thánatos, la muerte, pero el mortal logró apresarla y encadenarla. Durante ese tiempo nadie moría y, ante las quejas, Zeus decidió liberar a Thánatos y enviar a Sísifo al Hades, pero éste antes de morir dejó dicho a su esposa que no le hiciera honras fúnebres. Cuando llegó al mundo de los muertos, denunció tal impiedad y pidió regresar para castigarla, con la promesa de que volvería después de los ritos funerarios para descansar entre los muertos, pero era una treta: volvió a su casa y su alma se reintegró a su cuerpo. Al final murió de viejo, pero los dioses infernales le tenían guardado el castigo de empujar la roca eternamente.

Un mundo nuevo

Boitani también menciona el último viaje de Ulises de Vespucci y de Tasso, que consideran al héroe griego un quimérico precursor de los navegantes hacia un nuevo continente porque atraviesa las Columnas de Hércules y surca el Atlántico. Por una parte está el Hades, el reino de la muerte, pero también el nuevo mundo y Ulises se hará a la vela hacia él, como primera luz de quienes pusieron rumbo a los confines atlánticos del mundo. De esta forma prefigurará a Colón y su descubrimiento de las Indias.

Pero Boitani reconoce que Ulises no es un colonizador, sino un viajero, y su descendiente no es ni Colón ni Robinson Crusoe, sino Magallanes, en cuya nave, la Victoria, campea el lema “Para mí son alas las velas”, con el que retoma orgullosamente la semejanza homérico-dantesca del viaje al Hades (5).

La idea de Ulises como precursor de Colón y de los ‘conquistadores’ no le gustó mucho a Borges, gran admirador de ‘La Comedia’. En una posdata de 1981 al ensayo dantesco que lleva por título ‘El último viaje de Ulises’, el escritor argentino escribe: Se ha dicho que el Ulises de Dante prefigura a los famosos exploradores que llegarían, siglos después, a las costas de América y de la India. Siglos antes de la escritura de la Comedia, ese tipo humano ya se había dado. Erico el Rojo descubrió la isla de Groenlandia hacia el año 985 y su hijo Leif, a principios del siglo XI, desembarcó en el Canadá”, aunque Dante no pudo saber estas cosas (6).

Notas

(1) Homero, La Odisea,Traducción de Luis Segalá y Estalella, Espasa Calpe, 1991

(2) Carlos García Gual, La muerte de los héroes, Turner, 2016

(3) Dante Alighieri, Comedia, Traducción de Ángel Crespo, Seix Barral, 2004

(4) Esquilo, El juicio de las armas (mencionado por William B. Stanford, El tema de Ulises, Editorial Dykinson, 2014)

(5) Piero Boitani, La sombra de Ulises, Imágenes de un mito en la literatura occidental, Península, 2002

(6) Jorge Luis Borges, Nueve ensayos dantescos, Alianza Editorial, 1999

* Los múltiples viajes de ‘Los pasos perdidos’, de Alejo Carpentier

los pasos perdidos

La literatura está llena de viajes, exilios, regresos, expediciones, peregrinaciones, periplos míticos, cruzadas, odiseas, conquistas, huidas y búsquedas. Todo esto cabe en las novelas y en los cuentos porque el viaje, entendido como cambio en el tiempo o en el espacio, es la materia de la que está hecha la propia vida, que no es más que un trayecto desde el nacimiento a la muerte. Y en su transcurso también hay puro cambio, puro viaje.

Los pasos perdidos’, la novela que Carpentier escribió en 1953, reúne las dos dimensiones fundamentales del viaje, el geográfico y el temporal, pero también la catarsis interior, los rituales de paso y la búsqueda del paraíso o la utopía.

El viajero anónimo de esta narración es un hombre que lleva en una vida poco satisfactoria en una ciudad cosmopolita, con un empleo “nutricio”, una esposa con la que poco tiene en común, una amante que le entretiene y una vida social que empieza a cansarle porque sus conocidos acababan repitiéndose en un desaforado ir y venir de ideas y de proyectos, que van de lo trascendental a lo estúpido, aunque siempre insólito y a la moda, conformando un juego acrobático de insensateces artificiales que no conduce a nada.

Un día recibe el encargo de buscar instrumentos primitivos de los nativos de la selva americana, lo que remueve en su interior la antigua pasión por conocer y registrar el origen de la música, el nacimiento de la expresión rítmica primordial. Decide partir a la selva, en parte por aburrimiento, para olvidar ciertas ideas muy en boga en los ambientes intelectuales de las ciudades modernas que “me cansaban ahora, de tanto haberlas llevado” y en parte por el deseo de encontrar el origen del sonido musical en las culturas más primitivas.

Llega a una ciudad que no puede ser otra que Caracas, pero lo hace acompañado por Mouche, su amante, una mujer moderna, superficial y absolutamente urbana y superficial, por lo que el viajero no terminará de romper con el ambiente que le aliena hasta que rompan la relación y él se interne en la selva junto a Rosario, una mujer de la tierra, mestiza y primordial, que simboliza la autenticidad, de la que carecen tanto su esposa como su amante.

Comienza el viaje por el Alto Orinoco, guiado por un hombre, el Adelantado, hacia la ciudad que ha fundado en el corazón de esos territorios inmensos, que encierran “montañas, abismos, tesoros, pueblos errantes, vestigios de civilizaciones desaparecidas”, selva que era “un mundo compacto entero, que alimentaba su fauna y sus hombres, modelaba sus propias nubes, armaba sus meteoros y elaboraba sus lluvias”. Atraviesan una vegetación de bambusales, la maleza del río dificulta la navegación, se escuchan chasquidos inesperados, súbitas ondulaciones, “fuga de seres invisibles que dejaban tras de sí una estela de turbias podredumbres”. La descripción de los paisajes que atraviesan es fascinante de forma que se convierten en un personaje más y así ocurre en todas las novelas de Carpentier.

selva

Para llegar al Paraíso que, según Carlos Fuentes, es el tiempo anterior y feliz en el que se conjuga la empresa utópica y la narrativa para vencer al espacio, el viajero debe someterse a los ritos de un itinerario místico, en el que hay que vencer en primer lugar los obstáculos que se presentan al neófito: en esta navegación por un río repleto de frutos podridos y simientes velludas y coronado por árboles que impiden ver el cielo, al cabo de un tiempo el viajero de Carpentier reconoce que “se pierde la noción de verticalidad y surge una suerte de desorientación, de mareo de los ojos”, se trastorna la apariencia y se confunde lo que está arriba con lo que hay abajo. “Era como si me hicieran dar vueltas sobre mí mismo para atolondrarme, antes de situarme en los umbrales de una morada secreta”. Una especie de juego de la gallina ciega. “Cuando fue la luz otra vez, comprendí que había pasado la primera prueba”.

A este viaje geográfico se añade el regreso en el tiempo. Aparece, remoto, el espejismo de El Dorado y Felipe de Hutten, el Utre de los castellanos quien, una tarde memorable, desde lo alto de un cerro contempló alucinado la gran ciudad de Manoa y sus portentosos alcázares”. De la selva maya “surgían escalinatas, atracaderos, monumentos, templos llenos de pinturas portentosas que representaban ritos de sacerdotes peces y de sacerdotes langostas” y “largas avenidas de dioses, erguidos frente a frente, lado a lado, cuyos nombres quedarían por siempre ignorados”.

Fray Pedro, un sacerdote que les acompaña en el viaje, oficia una misa y de súbito, el viajero se da cuenta de que no hay ninguna diferencia entre esta misa y las que escucharon los Conquistadores de El Dorado y comprende que el tiempo ha retrocedido cuatro siglos, que tal vez transcurra el año 1540. Y sigue vislumbrando el pasado: los juegos medievales de diablos y tarascas, las danzas de Pares de Francia y los romances de Carlomagno. Y sigue retrocediendo aún más: pasa el año cero y tornan a crecer las fechas del otro lado hasta llegar al hombre que hace ensayos de primitiva agricultura y abandona la errancia del nómada y llora a sus muertos haciendo bramar un ánfora de barro.

Sale del paleolítico para entrar en la más profunda noche de las edades en el encuentro “con una tribu de indios que disputan la comida a los monos, que apenas conocen los recursos del fuego, que devoran larvas de avispas y termes, triscan hormigas y liendres, escarban la tierra y traban los gusanos y las lombrices, antes de amasar al tierra con los dedos y comerse la tierra misma. Sus perros son como lobos y zorros, anteriores a los perros”. Y el viajero siente una especie de vértigo ante la posibilidad de otros escalafones de retroceso, pero es en esa tribu, en el rito que despide a un muerto, donde escucha el sonido que va más allá del lenguaje pero lejos aún del canto, un jadeo a contratiempo, un vibrar de la lengua. Es el treno, un canto mágico destinado a hacer volver a un muerto a la vida, y el viajero comprende que acaba de asistir a la repetición de un acto atávico, el mismo que dio lugar al nacimiento de la música.

La tormenta, los indios que son como larvas, la desorientación y el terror que experimenta el viajero anónimo recuerda el viaje de Marlow en busca del agente Kurtz, en El corazón de las tinieblas de Conrad. Remontar el río a través de la selva era “penetrar más y más en el corazón de la oscuridad, era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes”. Pero los colonizadores, como Kurtz y el propio capitán del vapor que ha salido en su búsqueda, soñaban con que eran los primeros hombres “que tomaban posesión de una herencia maldita que debía ser sometida al precio de una profunda angustia y de un enorme esfuerzo”; soñaban con dominar la naturaleza y civilizarla. Por el contrario, el viajero anónimo de Carpentier y el grupo con el que se adentra en la selva van en busca del origen, del tiempo utópico y maravilloso, con la intención de integrarse en el mundo salvaje y primigenio en un viaje que señala una dirección opuesta a la modernidad y el progreso.

Pasado, presente y futuro cohabitan en la selva, donde pueden darse todos los tiempos. Lo había afirmado Carpentier unos años antes de la aparición de esta novela, en una crónica sobre la Gran Sabana venezolana: “El tiempo estaba detenido allí ( ) desposeído de todo sentido ontológico para el hombre de Occidente ( ) No era el tiempo que miden nuestros relojes ni nuestros calendarios. Era el tiempo de la gran Sabana. Era tiempo de la tierra en los días del Génesis”.

Pico Bolívar1

En ‘Los pasos perdidos’, prosiguen el camino por lugares de rocas y planicies lunares, un mundo que podía ser el del Génesis en el cuarto día de la Creación, una tierra vacía y aún desordenada al borde del abismo de la nada, hasta llegar a la ciudad buscada, Santa Mónica de los Venados, fundada por el Adelantado. Y el viajero decide no regresar a la civilización que ha abandonado porque en ese lugar, que pertenece a las Tierras del Ave, está el lugar soñado, el Paraíso.

El viajero ha conseguido los instrumentos primitivos, ha averiguado el origen de la música, se ha reencontrado consigo mismo y ha descubierto el Edén, pero el dios maléfico que le ha concedido el don de la creatividad al penetrar en la selva y por el que ha conseguido escribir -a duras penas por falta de papel- una gran obra musical, un treno que menciona a Ulises y las libaciones a los muertos, le obliga a volver a la civilización para poder acabarla. Allí solucionará algunas cuestiones prácticas y regresará a Santa Mónica. Pero todo se complica y cuando intenta volver ya no conoce el camino, no tiene las llaves de secretas entradas y todo lo pierde.

El viajero ha cometido el irreparable error de desandar lo andado, “creyendo que lo excepcional puede serlo dos veces, y al regresar encuentra los paisajes trastocados, los puntos de referencia barridos”. Ya nunca accederá al Paraíso; sólo podrá cantar las excelencias de la tierra prometida.

Lecturas

– Alejo Carpentier, Los pasos perdidos, 1953

– Carlos Fuentes, Valiente mundo nuevo, 1990

– Josep Conrad, El corazón de las tinieblas, 1899

* La “verdad” de García Márquez y “la desdicha del hacer” de Abel Posse

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No quedan testimonios de lo que pensaron o sintieron los habitantes de las Antillas cuando vieron aparecer las carabelas y los hombres que en ellas viajaban, tan distintos, tan vestidos, tan extraños, pero podemos imaginar su asombro ante seres que parecían de otro mundo, hoy diríamos que de otro planeta, que desembarcaban de unas enormes naves nodrizas y que, al llegar a tierra, hincando en ella una rodilla y un estandarte, pronunciaban un incomprensible parlamento de posesión.

Cristóbal Colón cuenta en su Diario del Primer Viaje que los indios con los que tuvieron los primeros encuentros eran amistosos, hermosos de cuerpo y generosos en extremo pues, aunque parecían muy pobres, entregaban todas sus posesiones a cambio de cualquier cosa que los marineros les ofrecieran, desde cuentecillas de vidrio a cascabeles e incluso platos rotos.

Si las tornas hubieran sido otras y si los nativos de estas islas hubieran podido expresar sus impresiones, sus palabras no habrían sido muy diferentes de las utilizadas por García Márquez en el capítulo de ‘El otoño del patriarca’ que muestra el primer encuentro entre españoles e indígenas y pone en solfa conceptos aparentemente enemigos como civilización y barbarie.

El patriarca recuerda un histórico viernes de octubre en que salió del cuarto al amanecer y se encontró con que “todo el mundo en la casa presidencial tenía puesto un bonete colorado”, desde las concubinas a los ordeñadores, los centinelas, los paralíticos y los leprosos. Tan extraño resultaba que intentó averiguar qué había pasado hasta que por fin encontró a uno que le contó “la verdad”: que habían llegado “unos forasteros que parloteaban en lengua ladina pues no decían el mar sino la mar y llamaban papagayos a las guacamayas, almadías a los cayucos y azagayas a los arpones, y que habiendo visto que salíamos a recibirlos nadando entorno de sus naves se encarapitaron en los palos de la arboladura y se gritaban unos a otros que mirad qué bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras”, que es lo que escribió textualmente Cristóbal Colón en el Diario de su primer viaje, cuando desembarcó en Guanahaní.

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Sigue contando el relator de “la verdad” que nosotros no entendíamos por qué carajo nos hacían tanta burla mi general si estábamos tan naturales como nuestras madres nos parieron y en cambio ellos estaban vestidos como la sota de bastos a pesar del calor” y “gritaban que no entendíamos en lengua de cristianos cuando eran ellos los que no entendían lo que gritábamos” nosotros y después vinieron en sus cayucos y “nos cambiaban todo lo que teníamos por estos bonetes colorados y estas sartas de pepitas de vidrio que nos colgábamos en el pescuezo por hacerles gracia” y “como vimos que eran buenos servidores y de buen ingenio nos los fuimos llevando hacia la playa sin que se dieran cuenta, pero la vaina fue que entre el cámbieme esto por aquello y le cambio esto por esto otro se formó un cambalache de la puta madre y al cabo del rato todo el mundo estaba cambalachando sus loros, su tabaco, sus bolas de chocolate, sus huevos de iguana, cuanto Dios crió, pues de todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad, y hasta querían cambiar a uno de nosotros por un jubón de terciopelo para mostrarnos en las Europas, imagínese usted mi general, qué despelote”.

García Márquez consigue, en esta simulación que aparenta una sencilla broma, poner en entredicho que la versión de Colón sea la única posible y revelar una verdad profunda: que el juicio que hacemos del desconocido puede que no sea acertado, que seguro que no lo es; que nuestra lengua no es más “cristiana”, más civilizada, que la del otro y que posiblemente nuestras costumbres sean menos pertinentes que las suyas, más acordes con su entorno. Andar encorazado y encasquetado por lugares tan cálidos debió ser una penitencia para los que llegaron con sus bonetes rojos y sus ristras de cascabeles para cambiarlos por oro.

No son más bárbaros porque anden vestidos o desnudos o porque utilicen una u otra lengua; son bárbaros aquellos que marcan una ruptura entre sí mismos y los demás hombres y niegan la plena humanidad de los otros. Colón lo hace y García Márquez lo denuncia, cuando dice que querían “mostrar a uno de nosotros en las Europas”. Colón ordena detener a seis “mancebos”, como relata en su Diario, para llevarlos a España y que allí los vean los Reyes; se lo piensa mejor y manda añadir al paquete siete mujeres y tres niños “porque mejor se comportan los hombres habiendo mujeres de su tierra que sin ellas”. Que no existiera ningún grado de parentesco entre los secuestrados, a los que evidentemente Colón no aprecia como hombres iguales a él, lo atestigua el que por la noche “vino a bordo el marido de una de estas mujeres y padre de tres hijos y dijo que yo le dejase venir con ellos”.

Trilogía americana, de Abel Posse

El 12 de octubre de 1492 “fue descubierta Europa y los europeos por los animales y hombres de los reinos selváticos y desde entonces fueron de desilusión en desilusión ante el paso de estos seres blanquísimos, más fuertes por astucia que por don”.

Es la voz de Abel Posse en su trilogía sobre la Conquista: los indios veían en los conquistadores una “peligrosa congregación de expulsados del Paraíso, de la Unidad primordial de la que ningún hombre o animal tiene porqué alejarse”, que organizaba su delirante visión del tiempo “bajo el nombre Historia, una especie de metafísica pista de carreras”. Padecían y hacían padecer porque sus dioses les habían enseñado la negación de la vida hasta el punto de convertirles en seres incapaces de comprender el equilibrio y el orden natural de las cosas.

Para los nativos, el Descubrimiento supuso entrar en contacto con “la trágica naturaleza de los tristes conquistadores”. Los “blanquiñosos”, apelativo poco caritativo que utilizan los conquistados en ‘Daimon’, eran valientes hasta la inconsciencia, pero carecían de alegría, eran unos “desdichados del hacer” y sólo respetaban la eficacia.

Daimon

Abel Posse en ‘Los perros del Paraíso’ y en ‘Daimon’ aplica las categorías hegelianas del ser y el estar: el hombre del ser es el blanco, el europeo, el colonizador, que vive sin raíces y está obsesionado con el actuar, con el calcular, con el hacer, frente al indígena, que se limita a “estar” y a contemplar la magnificencia del mundo. Alguien, alguna vez, en sus tierras de constructividad y de desdicha, les había dicho a los hombres blancos que no era posible ser sin hacer. “Esta barbaridad o filosofía, cuyos sombríos detalles los jefes indios no podían todavía comprender, se ponía de manifiesto en cada acto de los invasores”.

Inclinados a sembrar la muerte preventiva y general, todo lo convertían en un valle de lágrimas. “Pronto los despreciaron los jaguares y las confederaciones de monos” y al final casi todos los animales, excepto los eternos traidores: “los zopilotes y otros interesados comedores de carroña”.

El hombre blanco es incapaz de vivir de forma tranquila según los ciclos naturales. Ni siquiera el mismo Álvar Núñez Cabeza de Vaca es capaz de hacerlo después de haber convivido con los indios casi ocho años; cuando consigue llegar a Nueva España ya está pensando en volver como gobernador. Al Colón de ‘Los perros del paraíso’ las fuerzas vivas del Estado y de la Iglesia le impiden conservar su Edén y Lope de Aguirre, en ‘Daimon’, no puede olvidar que es voluntad de poder en estado puro, de dominio y de “ser”, incompatible con una existencia apacible.

En los tres protagonistas de la trilogía posseana se produce un intento de cambio de estado, un abrirse al mundo natural y a las experiencias que van más allá de la conciencia. El Cristóbal Colón de Abel Posse no precisaba de incentivos externos, ni peyote ni ayahuasca, porque estaba dotado con una “capacidad interna de secreción de delirio perfecta” con la que conseguía eludir el embrutecimiento racionalista europeo. Encontró el Paraíso en las Indias, pero lo devolvieron a España, con cadenas, por eso mismo.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca en ‘El caminante al atardecer’ tiene al cacique Dulján como guía. Es quien le enseña que “en el hombre está el pájaro y la serpiente y el águila y el pez” y el español aprende a correr venados y a guiarse por los vientos y las estrellas. Conoció a hombres que hablan con las plantas y los animales y que, mediante un éxtasis de alcoholes sagrados y de humo, pierden los sentidos naturales y realizan grandes vuelos, visitan el país de los muertos e incluso se acercan a las regiones del dios misterioso.

Y por último, Lope de Aguirre, en su regreso con los marañones del reino de los muertos encuentra en Huaman al amauta que le lleva al Tawantinsuyu, donde se une la tierra y el cielo, el cuerpo y el espíritu, la noche y el día. Bebió té de coca, polvo de vilca y ayahuasca y consiguió entrar en un mundo colorido y vibrante, llegó a Lo Abierto y por fin cayó en el estar, de forma que tuvo que morir para poder olvidar el ser y despreciar el dominio del mundo que tan mala vida le dio.

Lecturas

– Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca, Plaza y Janés, 1975

– Cristóbal Colón, El primer viaje a las Indias (Relación compendiada por Fray Bartolomé de las Casas)

– Abel Posse, Daimon, 1981

– Abel Posse, Los perros del paraíso. 1983

– Abel Posse, El largo atardecer del caminante en el atardecer, 1992

* Los perros del Paraíso o las Indias como un Edén malogrado, de Abel Posse

los-perros-del-paraiso-abel-posseLos elementos aristotélicos dividen la novela en cuatro capítulos. En un principio fue el Aire, cuando el joven Cristóbal intuye su destino en Génova, donde los marinos que repostaban “mentían con magnitud” y referían la historia de San Brandán y cómo encontró el Paraíso en el Océano Atlántico; relataban las fábulas de homéricos combates con el Octopus gigante y la Orca asesina o exageraban con el Maelström que arrastraba al abismo a las naves con su tripulación. Escuchando y leyendo novelas de caballería marinera, Cristóbal Colón aprendió que “el mar era un dios atrabiliario, iracundo y amoral”.

Los perros del Paraíso’ presenta una versión personal y simbólica del llamado Descubrimiento, una historia urdida con datos reales y elementos mágicos y maravillosos que se insertan en un tiempo distorsionado, con el uso de un lenguaje que, según el propio autor, quiere desacralizar la historia, jugar con ella y ofrecer una visión surrealista desde lo auténticamente real. “Los saltos -dice- son como de un trampolín hacia el delirio literario, pero retornan a una lógica profunda, a veces hasta ideológica que es como el alma de la novela”.

En esta historia en la que confluyen la secreta intimidad de los hechos y una intensa labor de imaginación que pretende cubrir inevitables lagunas desconocidas e irrecuperables del pasado, intervienen, además de Colón -un superhombre, palmípedo, anfibio y resplandeciente como una luciérnaga- los reyes Isabel y Fernando ahítos de voluntad de poder, con sus modos renacentistas y su estado medieval; aztecas convencidos de la necesidad de una hecatombe que fortifique el sol, el dios anémico, hasta el fin del ciclo de los tiempos; incas escépticos, geométricos y racionales, defensores de la idea de que “los hombres son una broma de los dioses para mortificar a los animales”; compañeros de navegación, caribes y personajes extemporáneos, como los lansquenetes Swedenborg, visitante asiduo del Cielo y del Infierno, y Ulrico Nietz, visionario y predicador del eterno retorno al que parece condenado el Nuevo Mundo y acusado de bestialismo por besar a un caballo en Génova.

El Cristóbal Colón de Abel Posse es un místico con una “capacidad interna de secreción de delirio perfecta”, que no necesita ni peyote ni ayahuasca para eludir el embrutecimiento racionalista europeo, según dictaminan los hechiceros taínos. Contagiado por la pasión, la pena y la nostalgia del Paraíso, poseído por la divinidad, se convierte en un iluminado, que cree en las profecías y en su destino: es un elegido.

El Fuego sigue al Aire. Un vikingo de la Última Thule le cuenta a Cristóbal Colón cómo era la costa de Vineland y le revela un secreto que tenía que ver con el Paraíso Terrenal. En Tenochtitlán, el Supremo Sacerdote bendice la bondad y la pureza de la doctrina cristiana de los barbudos que llegarán por el Gran Mar. Los mandó Quetzalcoatl, que los predijo: son maravillosos, hijos de la mutación, generosos, de infinita bondad, su dios humano manda amar al otro como a sí mismo, detestan la guerra y respetarán a nuestras mujeres porque su dios se lo manda.

Mientras, en los reinos de Castilla y Aragón, amancebados en las personas de sus monarcas, nacía la ideología imperial y católica: el poder adornado por la esvástica se había echado a rodar e Isabel y Fernando irían encontrando a su héroes y a sus superhombres, sin piedad y sin grandeza, como Gonzalo de Córdoba o el chanchero Pizarro, el amoral genovés o Torquemada, “hijo de la noche y de la niebla”, redactor del edicto de expulsión de los judíos que, en el mismo año de 1492, conformó el mayor progrom de la historia hasta ese momento.

Comienza la travesía en el Agua y la misión, secretísima e inefable, de Colón: hallar la apertura del océano que permitirá el paso del iniciado a la dimensión perdida del Edén, el lugar sin muerte, la mutación esencial. “Yo creo que soy el único que busca el Paraíso y tierras para los injustamente perseguidos”, dice Colón acerca de su destino secreto, en el que la reina Isabel hace de cómplice secreta. En cambio, Fernando “retacón, robusto y abaturrado”, se negaba a lo imaginario.

Las tres carabelas avanzan hacia Occidente por la ruta de los iniciados. “Ingresan en una región espacio-temporal no visitada antes” por los hombres y el almirante comprende que es natural que en esta “zona intermedia entre la nada y el ser, entre lo conocido y el misterio”, hagan su irrupción -a veces con verdadero descaro- los muertos, que se mezclan con los vivos durante el día sin ser vistos, pero que se definen al anochecer con su color lechoso. Se les presiente, “sentados en las jarcias, con las piernas al aire, sardónicos, exigentes, malintencionados, explotadores impúdicos del prestigio sombrío de la muerte”.

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Finales de septiembre de 1492: se divisa una enorme nao, de varias hileras superpuestas de luces horizontales en movimiento, en cuya popa se puede leer ‘Queen Victory’. Barcos sin velas transportan innumerables pasajeros que bailan música sincopada; el Mayflower va cargado de puritanos terribles camino de Vineland; se suceden piratas ingleses amantes de la Reina Virgen, barcos holandeses dedicados al tráfico de negros y naves sombrías cargadas de emigrantes sicilianos, genoveses, extremeños e irlandeses, “gente de labor, mestizaje y bastardía, movida por modestos sueños subsistenciales”. Colón comprende que este propósito suyo de llegar al Paraíso rompe el orden espacio-temporal establecido: el horizonte se quiebra por la proa de la Santa María, que rasga el velo y avanza entre visiones de otros tiempos.

La aparición de naves extemporáneas la utiliza García Márquez en el cierre del primer capítulo de ‘El otoño del patriarca, pero en una torsión hacia el pasado, al origen, a la llegada de los españoles. El general se asomó a la ventana del mar como tantas otras noches “y vio el acorazado de siempre que los infantes de marina habían abandonado en el muelle, y más allá del acorazado, fondeadas en el mar tenebroso, vio las carabelas”. Esta imagen inquietante presenta el mismo mar tenebroso que alberga las embarcaciones del dominio en dos épocas distintas: la de los extranjeros en un acorazado vislumbrado por el dictador de turno, por el patriarca, y la de los conquistadores de hace cuatrocientos años.

Es una imagen del pasado que llega al futuro y se observa desde la tierra subyugada y domada a lo largo de los siglos, la que iba a contener el Paraíso de Colón. Abel Posse ya lo sitúa muy cerca de las carabelas que surcan el mar y que están a punto de encenderse en llamaradas. El Almirante está avisado de que en el punto cósmico de apertura que han alcanzado, el tremendo calor es un signo positivo porque proviene del fuego de las espadas flamígeras que guardan las Puertas del Paraíso.

Por fin las carabelas llegan a la Tierra, el cuarto y último elemento. Allí son y están las indias Anacaona y Siboney y la desnudez paradisíaca, el fin de la culpa y la evidencia del dios ausente. Pero Fernando se irrita porque si, como dice el Almirante, es posible la existencia del Paraíso Terrenal se acabó el negocio; el Jardín del Edén ni se puede labrar ni expropiar ni explotar.

Cristóbal Colón se establece en total desnudez en una isla, entre papagayos y aves del paraíso, y anuncia que ha cesado la muerte y que los indios son ángeles y desconocen la caída, la culpa y el pecado. Y el Almirante condena y prohíbe el trabajo, “orgullo babélico y demoníaco”. Pero los suyos no aceptan los bienes del Paraíso, detestan el no hacer y el no medrar, en tanto que los clérigos solo admiten el Cielo tras una vida de obediencia y sacrificio. Roldán, el hombre fuerte del momento, da un golpe de estado y los hombres pierden de nuevo el Jardín del Edén. Y cuando el Almirante, esposado, regresó a España comprendió que el Paraíso “quedaba en manos de milicos y corregidores”.

chihuahua_0_600Abel Posse ve a Colón como “la síntesis de todo el universo europeo colonizador: es judío cristianizado, místico y esclavista, empresario y poeta, ambicioso y capaz del mayor delirio, como creer en el Paraíso Terrenal”. Colón fracasó al ofrecer a sus contemporáneos la visión paradisíaca de las Indias, donde los perros, mencionados en el Diario de su primer viaje, no ladraban porque no concebían que hubiera cosa alguna que se pudiera robar. Según los toltecas, estos perrillos contenían cada uno de ellos una desdichada alma humana y tras el fracaso lo invadieron todo, insignificantes y siempre ninguneados”, pero como no tenían “el orgullo de los jaguares ni las altas ramas de los quetzales” se retiraron.

El descubrimiento y la conquista es un drama en el que todos pierden. “He querido plasmar -dice Abel Posse en una entrevista- un encuentro de civilizaciones que comenzó con un intercambio de regalos y terminó con un genocidio y una guerra de dioses. Traté de narrar cómo esas dignidades barbadas llegadas en carabelas, terminan por saquear ese paraíso que los había impresionado los primeros días. Sólo quedan esos perros vagabundos que andan por los caminos de América como esperando la recreación del jardín arruinado”.

 

* Cristóbal Colón, la Sombra y la Vigilia

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Desconciertan los secretos del Descubridor, todo aquello que intentó borrar o simular o convertir en otra vida y circunstancia y en otros impulsos y objetivos hasta convertirse en un personaje contradictorio, cuando no incoherente. Desde su origen, humilde, que pretendió aureolar con tintes aristocráticos; sus conocimientos como marino, también modestos; la existencia de un misterioso piloto que, mientras agonizaba, pudo ponerle en camino hacia los dominios del Gran Khan, hasta la invención de sí mismo como un místico empeñado en descubrir el camino hacia el Paraíso y contribuir a la conquista de Jerusalén.

Alejo Carpentier y Augusto Roa Bastos hacen de Colón el protagonista de ‘El arpa y la sombra’ y ‘Vigilia del almirante’, respectivamente; cada uno en su novela recrea un personaje complejo y acomplejado, ambicioso y místico, incoherente y tenaz. El tono de autenticidad en ambas es llamativo porque, además del recurso de la documentación histórica, muchos de sus pasajes están inspirados e incluso transcritos de forma fidedigna de los diarios, cartas y relaciones de Cristóbal Colón, con el añadido fundamental de la visión personal de los autores sobre su protagonista.

El arpa y la sombra’ toma como excusa la intención del papa Pío IX de canonizar a Cristóbal Colón en 1851. Carpentier juega con el tiempo y va de los pormenores de este proceso al Cristóbal Colón en sus últimos años, recluido en un monasterio franciscano de Valladolid. Corre el año 1506 y en su lecho de muerte, mientras espera al confesor, deja fluir la memoria y recuerda un pasado del que en ocasiones se arrepiente y las más de las veces intenta justificar.

Desde su celda monástica, Colón defiende su destino que ve prefigurado por el mismo Séneca que, en la estrofa final del coro de Medea, profetiza: Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamentos de las cosas y se abrirá una gran tierra y un nuevo marino como aquel que fue guía de Jasón, que hubo nombre Tiphi, descubrirá un nuevo mundo y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras”.

¡Tanto se esperaba de él y tanto prometió! Tiene delante la relación de su primer viaje y observa que escribió la palabra ‘oro’ innumerables veces, como si “un maleficio, un hálito infernal, hubiese ensuciado ese manuscrito, que más parece describir una busca de la Tierra del Becerro de Oro que la de una Tierra Prometida para el rescate de millones de almas sumidas en las tinieblas nefandas de la idolatría”.

Regresa a España para dar cuenta de las nuevas posesiones, acompañado de un grupo de indios lastimosos y papagayos, y la reina Isabel le recrimina que “para traer siete hombrecitos llorosos, legañosos y enfermos, unas hojas y matas que para nada sirven como no sea para sahumerios de leprosos y un oro que se pierde en el hueco de una muela, no valía la pena haber gastado dos millones de maravedíes”.

Desconcertado y más ambicioso que nunca vuelve a las Indias, donde los nativos ya no le parecen tan amables y sí más caníbales, más desconfiados y más embusteros. Ya dijeron los normandos, que habían visitado estas tierras antes que él, tal como le contó un judío emigrado a Galway, que en Vineland se encontraron nativos malformados, contrahechos, patizambos, a los que llamaron skraelings, término que traducirá despectivamente por monicongos. Como no hay oro ni especias, ni forma de encontrarlos, a Colón se le ocurre la idea de lucrarse con la venta de esclavos y manda quinientos prisioneros a España.

Yo no quería el oro para mí -se dice a sí mismo en su celda franciscana- sino para mantener mi prestigio en la Corte y justificar la legitimidad de los altos títulos que me habían sido otorgados. No en vano, las Capitulaciones de Santa Fe le habían otorgado el título de Almirante de Castilla, con lo que se ponía por encima del propio heredero, además de visorrey y gobernador de todas las tierras firmes y las islas y todo su contenido y esto en vida y después de muerto, cuando se transmitirán a sus herederos todas estas preeminencias y prerrogativas.

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La reina Isabel le vuelve a recriminar: esta vez por que esclavice a súbditos que no son suyos, sino de ella. Se le viene abajo el único negocio fructífero que le quedaba en estas islas recién descubiertas y es entonces cuando insiste en que encontró “el Paraíso Terrenal, frente a la isla de la Trinidad, en las bocas del Drago, donde las aguas dulces, venidas del Cielo, pelean con las saladas”.

El último capítulo de la novela de Carpentier lleva por título ‘La sombra’ y transcurre en el Vaticano en 1892, durante el papado de León XIII, que pretende finalizar el proceso de beatificación de Colón, siguiendo la vía abierta por Pío IX con su postulación.

El genovés, al ser mencionado en la sala, llega a las estancias vaticanas en forma de fantasma. Allí, en una especie de retablo de las maravillas, surge el panegirista fanático y absurdo de Colón, Leon Bloy, que ejerce como defensor de quien considera el santo profeta que materializará la ‘revelación del globo’. Pero el abogado del diablo llama la atención a los presentes sobre el hecho de que fue Colón quien instituyó la esclavitud en el Nuevo Mundo y que en esto fue el primero. También figura en la lista el pecado de concubinato, cometido no por lujuria, sino por aparentar y no rebajar su falsa alcurnia al casarse con Beatriz, una simple criada. Al final su “sombra” será alejada despectivamente de los altares religiosos.

En esta novela de Carpentier hay un elemento maravilloso: la aparición de los fantasmas de Colón y de Andrea Doria en las salas vaticanas donde se lleva a cabo el debate de la beatificación, al final de la novela. En ‘Vigilia del Almirante’, del escritor Roa Bastos, el elemento mágico aparece al principio, cuando las tres carabelas se encuentran empantanadas en un “mar de hojas de color de oro verde cantárida, espeso, que las empuja hacia atrás, impidiéndoles la marcha”. Es un mar de pesadilla que apenas se mueve y que les tiene inmovilizados, en la vigilia de su desembarco en las Indias, y que permite al autor viajar en el tiempo, hasta la celda del monasterio de Valladolid en las horas previas a su muerte.

Roa Bastos, que escribió esta ficción histórica sobre el descubrimiento en 1992, quinientos años después, afirma en el prólogo que “éste es un relato de ficción impura, o mixta, oscilante entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia”, una obra “heterodoxa” y alejada de la “parodia y del pastiche, del anatema y de la hagiografía”. Y advierte de que “tanto las coincidencias como las discordancias, los anacronismos, inexactitudes y transgresiones en relación a los textos canónicos son deliberados, pero no arbitrarios ni caprichosos”.

Cristóbal Colón en esta versión literaria es un hombre enigmático, tozudo y obsesionado. Y guarda un secreto: la ruta que el piloto agonizante en una playa de Portugal le reveló. Poco antes de morir tras un naufragio en costas portuguesas, le contó que las Indias estaban a 750 leguas de las islas Afortunadas, tras las Antillas, las Siete Ciudades de los obispos navegantes, la isla del Brasil y el archipiélago de las Once Mil Vírgenes y que en éste, por la noche, murallas de arrecifes protegen la entrada a las Indias y al Paraíso terrenal.

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Bajo secreto de confesión, Colón contó el secreto del Piloto a fray Juan Pérez, prior de la Rábida y confesor de la Reina, y también a fray Antonio de Marchena, astrónomo, guardián del convento y custodio de Sevilla. En la novela de Carpentier el secreto no pertenece al Piloto, sino a Maestre Jacobo, que tenía su residencia en la costa occidental de Irlanda y conocía la historia de los normandos que, habiendo sido desterrados, navegaron entre las brumas hiperbóreas hacia una enorme tierra a la que llamaron ‘Tierra Verde’. Ante el juego al que le somete Isabel, que un día le promete su aval y al día siguiente de todo se olvida, no tiene más remedio que revelarle sus fuentes tras la toma de Granada, según la versión de Carpentier. Otros autores se referirán a otros secretos que Colón compartirá con Isabel, como el camino hacia el Paraíso Terrenal.

Roa Bastos también dibuja el perfil visionario de Cristóbal Colón, pero no toma partido sobre su autenticidad o su simulación pragmática. Para convencer a los Reyes Católicos les promete la reconquista del Santo Sepulcro, auténtica misión en defensa de la fe cristiana, y él, convencido de su importancia, se pregunta si será canonizado alguna vez como el primer santo y mártir marítimo de la Cristiandad. Ya hemos visto que no lo consiguió.

Colón se ve como un nuevo Moisés, conductor de un pueblo, de una multitud de pueblos, a los que evangelizar y entregar las Tablas de la Ley. Tras cuarenta días de peregrinación sobre el desierto marino, el mar Tenebroso, llegará a la Tierra Prometida, pero estará condenado a no entrar en ella, en el Paraíso que vislumbra en las Indias.

El Almirante de Roa Bastos muestra un perfil visionario y testarudo. Es posible que Colón creyera hasta su último suspiro que había descubierto, conquistado y ganado las tierras de Cathay y del Cipango y que había invadido los dominios del Gran Khan, al que hacía más de un siglo que la dinastía de los Ming había destronado. La propuesta de Colón consistía en urdir una alianza con el rey de China que, bajo el mando de España atacaría en tenaza al Islam y ya, de paso, acabaría también con la hegemonía portuguesa. “Descomunal ignorancia, frenética ambición de riquezas disfrazada de hipócrita misticismo”, sentencia Roa Bastos.

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Nadie se acordará de Colón hasta casi el final del segundo milenio, dice el escritor paraguayo. “Entonces resurgirá como otro, la imagen de un hombre oscuro, sin rostro, sin nombre, sin edad, sin memoria, la leyenda de un hombre que quiso ser importante y que en realidad no importó a nadie ( ) Redescubrirá un mundo nuevo para los europeos por azar y el no sabrá que lo ha descubierto porque lo confundirá con el de los libros leídos al apuro, con el de los mapas robados, con el de un secreto sonsacado a un navegante agonizante, con las profecías de las Escrituras que no tenían por qué ocuparse del descubrimiento”.

Desde su Vigilia Colón ve el pasado y el futuro y augura “una muchedumbre de gente codiciosa y malvada que viene a usurpar mi señorío sobre las tierras descubiertas y conquistadas por mí y bajo la insignia de mi autoridad sembrarán muerte, esclavitud y terror”. Ya es tarde para cambiar su testamento pero declara que su deseo es que todas las tierras conquistadas por él se devuelvan a sus auténticos propietarios, a los nativos de las Indias. El que fuera lector incansable de novelas de caballerías dictó sus últimas voluntades y “con la ayuda del ama y la sobrina untó los dedos en el testamento y se desvaneció”.

* El viaje a Aracataca y la construcción de Macondo

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Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa”, le dijo su madre cuando logró dar con él en Barranquilla. Gabriel García Márquez estaba a punto de cumplir veintitrés años; había abandonado la Facultad de Derecho después de seis semestres inútiles; seis cuentos suyos habían aparecido en suplementos de periódicos; vivía de redactar notas para El Heraldo; fumaba sesenta cigarrillos diarios de “tabaco bárbaro” y muchas noches no tenía dónde dormir porque le faltaba el peso y medio que costaba la habitación, pero le sostenía un convencimiento absoluto de su destino como escritor.

La casa que había que vender no era otra que la de los abuelos en Aracataca, donde Gabo nació y vivió sus primeros ocho años. El 18 de febrero de 1950, bajo un aguacero diluvial, madre e hijo acometieron el viaje por el río Magdalena en una destartalada lancha de motor. En este recorrido fluvial, confiesa en sus memorias, sintió el primer “zarpazo de la nostalgia”, no sólo de un lugar sino también de un tiempo al que ya no es posible regresar.

De la lancha pasaron a un coche victoria de un solo caballo, de camino a la estación de ferrocarril que les dejaría en Aracataca. Durante el trayecto contempló el piélago sórdido de playa de caliche con mangles podridos y astillas de caracoles, el mar de Ciénaga, y el barrio de tolerancia y el abrevadero de las locomotoras. Bordearon la ciudad sin entrar en ella. “De pronto mi madre señaló con el dedo: mira, me dijo, ahí fue donde se acabó el mundo”.

Ahí estaba la estación y enfrente una plazoleta, donde aquel día de 1928 en que todo se acabó, el ejército había matado un número nunca establecido de jornaleros del banano. Mil veces se lo había contado el abuelo: los peones en huelga fueron declarados una partida de malhechores; los tres mil hombres, mujeres y niños inmóviles esperaban bajo el sol inclemente después de que el oficial les diera un plazo de cinco minutos para evacuar la plaza; y entonces fue la orden de fuego y las ráfagas y “la muchedumbre acorralada por el pánico mientras la iban disminuyendo palmo a palmo con las tijeras metódicas e insaciables de la metralla”.

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Doña Luisa y Gabo continuaron el viaje. Subieron al tren, que hizo una parada en una estación sin pueblo y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra -dice en Vivir para contarla’“me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética” y, aunque la había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario no supo su significado hasta que en una enciclopedia descubrió, casualmente, que era el nombre de un árbol del trópico parecido a la ceiba, de madera esponjosa que sirve para hacer canoas y trastos de cocina. Más tarde, encontró que la Enciclopedia Británica informaba de que en Tanganika existe la etnia errante de los makondos y dedujo que, de ahí tal vez, el origen de la palabra.

Diez minutos después el tren se detenía en Aracataca, bajo un sol ardiente y unas arenas infernales, a la hora del calor intenso de las “siestas inertes”. “Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad”. El calor y el desamparo hacían emerger recuerdos de historias que ocurrieron en el pueblo: la madre y la niña del ladrón que fue abatido a través de la puerta por María Consuegra; la casa del Belga, un veterano de la primera guerra mundial que un domingo de Pentecostés decidió poner fin a su vida y la botica del doctor que tanto le aterrorizó en la infancia.

Y, sobre todo, la casa de los abuelos, una casa lineal de ocho habitaciones sucesivas y sencillas: la primera una sala de visitas y oficina personal del abuelo, a la que seguía el taller de platería donde fabricaba los pescaditos de oro. De ahí en adelante “empezaba el paraíso hermético de las muchas mujeres residentes y ocasionales que pasaron por la casa durante mi infancia”, donde vivieron y le cuidaron la abuela materna, Tranquilina Iguarán, para la que no existía una frontera definida entre vivos y muertos y que, años después en Sucre les reveló en sus monólogos de anciana, misterios de cosas perdidas, de secretos guardados y de asuntos prohibidos; la tía Francisca Simodosea, de “desparpajos insólitos y refranes ríspidos”, que un día comenzó a coser su mortaja a medida y dos semanas después, ya terminada, “sin enfermedad ni dolor algunos se echó a morir en su mejor estado de salud”; y Elvira Carrillo, que compartía su soledad con “las toses y carraspeos de las habitaciones vecinas donde se acogía lo sobrenatural”.

El coronel Nicolás Márquez y su esposa, Tranquilina Iguarán, llegaron a Aracataca con sus tres hijos y dos indios guajiros como servicio y una india, Meme, para iniciar una nueva vida, hacia 1910. El abuelo de Gabo llegaba perseguido por el remordimiento de haber matado a un hombre en un lance de honor, en Barrancas, que además fue copartidario y soldado suyo en la guerra de los Mil Días. El asunto fue, en palabras de García Márquez, el primer caso de la vida real que le revolvió los instintos de escritor.

Luego utilizaría todas estas historias de guerras, fusilamientos, parlamentos de muertos y dramas cotidianos en sus libros, de la misma forma que utilizó de niño las conversaciones de los adultos: las absorbía como una esponja, las desmontaba en piezas, cambiaba algunos detalles para disimular el origen y luego se las contaba a los mismos adultos que habían sido su fuente de inspiración, de forma que quedaban absolutamente perplejos. Lo que eran “infamias de niño” y técnicas rudimentarias de narrador en ciernes” evolucionaron y se convirtieron en recursos poéticos de gran escritor.

García Márquez reconoce que todos sus personajes son “como rompecabezas armados con piezas de muchas personas distintas, y por supuesto con piezas de mí mismo” y, como buen omnívoro, defiende que cualquier suceso es propicio “porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor”.

El viaje a Aracataca marcó su futuro como escritor porque le mostró que lo que había escrito hasta entonces y el proyecto en el que trabajaba desde hacía meses no tenían sustento alguno porque no eran reales. De vuelta a Barranquilla empezó la novela que se le insinuó en Aracataca sin un minuto de espera ni de sosiego “con la carga emocional que arrastraba sin saberlo y que me había esperado intacta en la casa de los abuelos”.

Portada hojarasca

Ya tenía una imagen visual del pueblo, al que llamó Macondo, y un título, que ya no iba a ser La casa, sino otro, más “desdeñoso y compasivo con que mi abuela, en sus rezagos de aristócrata, bautizó a la marabunta que llegó con la United Fruit Company: La hojarasca”. En el preámbulo de la obra explica el significado doméstico de esta palabra, que resumía el conjunto de desperdicios humanos que llegó al pueblo desde todos los lugares, “revuelta y alborotada”, que contaminó todo aquello con lo que tuvo contacto y que, con el tiempo, sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”.

Fueron años de esplendor y derroche, de amor triste y de lujos impensables traídos por la bonanza de las plantaciones bananeras. Como le cuenta doña Luisa a su hijo Gabo, al pasar por el antiguo barrio de las mujeres de la vida, “los hombres amanecían bailando la cumbiamba con mazos de billetes encendidos en vez de velas”. Todo eso desapareció como en los pueblos del lejano oeste descritos por Faulkner y que tantas similitudes con los colombianos aprecia García Márquez. Pero quedó la pobreza y también la nostalgia de un tiempo magnificado.

Lo que acabó con la hojarasca, lo que supuso el fin de este mundo fue la matanza de los peones de la United Fruit Company, un suceso que acabó siendo materia y sustento de la novela. Debía encontrar recursos para contar aquel “paraíso terrenal de la desolación y la nostalgia” a partir de los recuerdos de los supervivientes de 1928, año en el que él mismo nació. El método, que se inspiraba en Faulkner, consistió en usar tres voces: el abuelo, la madre y el niño. Y el resultado fue espectacular.

Pero la editorial Losada le rechazó el manuscrito en una carta, con el veredicto supremo de Guillermo de Torre, exiliado español y presidente del consejo editorial. Los términos del rechazo rayaban en la grosería y estuvieron a punto de quebrar la trayectoria literaria de García Márquez. Afortunadamente, los “argumentos simples en los que resonaban la dicción, el énfasis y la suficiencia de los blancos de Castilla” no le amilanaron y persistió en su oficio. El mismo Borges expresó ciertas reticencias acerca del gusto literario de su cuñado, que ya había rechazado en 1927 Residencia en la Tierra’, de Pablo Neruda.

Pasaron cinco años antes de editar la novela, a cuenta del propio autor y unos amigos, y tuvo buena crítica pero poca repercusión. Entre ‘La hojarasca’ y Cien años de soledad’ García Márquez escribió dos novelas y un libro de cuentos, todos más realistas y sobrios y sin magia, aunque excelentes. En 1955 marchó a París, “flaco, con cara de argelino”; le costó sobrevivir en una ciudad muy dura para la miseria. Una vez incluso llegó a pedir en el metro y un hombre le dio una moneda, pero con aire de malhumor y sin escuchar sus explicaciones. De estos años data El coronel no tiene quien le escriba’, cuya imagen es la de un militar que espera desde hace lustros una pensión que no llega, igual que él espera un giro en París, después de que ‘El Espectador’, que le había contratado como corresponsal, hubiera sido cerrado por el dictador de turno.

Volvió y en Venezuela escribió los cuentos de ‘Los funerales de Mamá Grande’. Tampoco tuvo el éxito que merecía. “La espera proseguiría en Bogotá”, cuenta Plinio Apuleyo Mendoza, compañero periodista de esos años. Prensa Latina le envió a Nueva York, pero dimitió de su corresponsalía cuando fue cesado el director de la agencia. Decidió marcharse a México, ya con Mercedes, su mujer, y un hijo, en autobús.

En México tuvo la revelación del cómo contar la auténtica y verídica historia, cuyo germen se inició diecisiete años antes en su viaje a Aracataca, de Macondo, que más que un lugar del mundo es un estado de ánimo”. En Cien años de soledad’ surgió un mundo completo en sí mismo, con su nacimiento, desarrollo y desaparición, en el que todo pudo suceder y sucedió y que acabó siendo devorado por el mismo viento que había traído consigo la hojarasca.

mapa macondo

Lecturas

– Gabriel García Márquez, La hojarasca, 1955

– Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, Mondadori, 2002

– Plinio Apuleyo Mendoza, Gabriel García Márquez; el olor de la guayaba, Bruguera, 1982