Inhumación o combustión, el dilema de Browne sobre el reposo eterno

Browne

Sir Thomas Browne, Hydriotaphia: el enterramiento en urnas

El polvo al polvo y las cenizas a las cenizas; no importa cómo se haya procedido a la disolución de la materia orgánica puesto que, finalmente, todos terminaremos en el olvido por el ineluctable transcurrir del tiempo.

Esta reflexión tan pesimista no resulta muy acorde con el espíritu del escritor que revolucionó la prosa inglesa, que se adornó con la erudición más fabulosa del momento, los párrafos inacabables y los sujetos perdidos en la más enrevesada de las sintaxis. Pero, sobre todo, no se aviene con su espíritu festivo y burlón, capaz de inventarse un catálogo de obras inexistentes para escarnio de coleccionistas -el Musaeum Clausum o Bibliotheca Abscondita– o redactar un compendio de animales reales e imaginarios, como la salamandra y el grifo, en su Pseudodoxia Epidemica.

O tal vez sí, porque el antídoto contra su desesperanza sobre la inmortalidad y su previsión de que su cuerpo acabaría como alimento para los gusanos, consistía, tal vez, en un fervor entusiasta por la nimiedad y por los detalles divertidos que hacen llevadera la existencia. Sir Thomas Browne, nacido en el año 1605 en Londres, hijo de un comerciante de sedas y graduado como doctor en medicina en Leiden, tiene un pie en la oscura Edad Media y otro en la modernidad del siglo del ingenio, el XVII, en el que se produce un cambio revolucionario en la forma de concebir lo intelectual.

Su discurso, publicado en 1658 con el título ‘Hydriotaphia: el enterramiento en urnas o breve disertación sobre las urnas sepulcrales halladas recientemente en Norfolk‘, hace referencia a unas vasijas funerarias que en esa época se hallaron enterradas en el campo, cerca de Walsingham. Partiendo de ese hallazgo, Browne se explaya en las más diversas consideraciones; de primeras, al apostar por el origen romano de las urnas aunque posteriormente se averiguó que eran sajonas, se permite comentar la ocupación de Gran Bretaña por César, Claudio, Vespasiano y Severo y de la guerra que inició y perdió la reina Boadicea. Todo aprovecha para el convento y en este caso para innumerables citas y comentarios eruditos.

En tierra o en fuego

El tiempo tiene rarezas infinitas y muestras de todas las variedades”; múltiples inventos se han experimentado a lo largo de los siglos para lograr la “disolución corporal”, aunque “las naciones más serenas han reposado de dos maneras: la de la simple inhumación y la combustión”. A partir de esta reflexión, Browne se lanza a comentar la antigüedad de una y otra formas de eliminación orgánica y sus ventajas e inconvenientes.

Si bien el enterramiento carnal o sepultura fue utilizada por Abraham y los patriarcas, la práctica de la combustión se remonta a las exequias de Aquiles y Patroclo, y fue utilizada por muchos pueblos, como los celtas y los germanos. Incluso algunos consideraban el fuego como la mejor solución porque contenía un sesgo purificador. También, “sin pretender fundamentos naturales, otros evitaban así la malevolencia de los enemigos hacia sus cuerpos enterrados”, como ocurrió con el caso del romano Sila, que quiso evitarse lo que él hizo a su enemigo Mario.

calavera

Atendiendo a la eventualidad de un expolio, Browne se pone dramático: “Ser arrebatados de nuestras tumbas, que se hagan de nuestras calaveras cuencos para beber, y nuestros huesos sean convertidos en flautas para deleite y diversión de nuestros enemigos, son trágicas abominaciones evitadas en los enterramientos con cremación”. Como si de una profecía se tratara, así ocurrió con su calavera, robada en 1840 de su tumba de la Iglesia de St. Peter Mancroft, en Norwich, y vuelta a enterrar en 1922.

W.G. Sebald, en ‘Los anillos de Saturno’, cuenta que, habiendo hallado por casualidad una entrada en la Enciclopedia Británica, según la cual el cerebro de Browne se conservaba en el museo del Hospital de Norfolk & Norwich, cuando estuvo allí pidió que se lo mostrasen y lo único que recibió fue la incomprensión más absoluta, pese a que de todos es sabido que hubo una época en la que en los hospitales municipales se instalaba con frecuencia una cámara en la que se conservaban determinados horrores, para la enseñanza médica o la edificación moral: hidrocéfalos, órganos hipertrofiados, abortos y criaturas deformes.

Sebald.-Anillos-de-Saturno

Sigue contando Sebald que, en 1840, con motivo de un sepelio en el mismo lugar en el que estaban enterrados los restos de Browne, se deterioró su ataúd y quedaron expuestas partes de su contenido (algo muy parecido a lo ocurrido con el supuesto cadáver de Milton). Como consecuencia, el cráneo de Browne y un rizo de su cabello pasaron a ser posesión de Lubbock, médico y presbítero, “quien a su vez legó en testamento las reliquias al museo del hospital, donde hasta 1921 pudieron contemplarse entre todo tipo de extravagancias anatómicas”.

Las tumbas como viviendas en el más allá o contra el olvido

Volviendo a la Hydrotaphia, de lectura apasionante, aunque los detalles de erudición a veces resultan un poco agobiantes, nos presenta un recuento de objetos que acompañaban a los muertos en su sepultura, con la espada de oro, los doscientos rubíes, los centenares de monedas y otras muestras de magnificencia que se encontraron en el monumento de Childerico I, cuarto rey desde Faramundo.

A veces da la impresión de que las referencias y las citas son producto de la invención del autor, como cuando recurre a la autoridad de Vanurci Biringuccio o de Martinus Becanus, nombres imposibles pero auténticos: el primero era un científico militar y matemático italiano del siglo XVI y el segundo, jesuita y exégeta de Brabante de la misma época, según las notas.

Además de pasar revista al tipo de árboles o flores que adornaban las tumbas en los diferentes pueblos, desde Atenas a Roma, Browne nos intriga con la disposición de los cuerpos en las tumbas: los persas yacían hacia el norte y el sur, los megarenses y los fenicios ponían la cabeza hacia el este; los atenienses, según creen algunos, hacia el oeste, disposición que mantienen los cristianos y que, según Beda el Venerable, fue la postura que “adoptó nuestro Salvador”: hacia el oeste es adónde miraba cuando fue crucificado.

Al concluir su meditación sobre las urnas funerarias de Norfolk, Browne afirma que esos mismos recipientes son un fracaso estrepitoso que sólo nos recuerda la muerte y la descomposición y no a quienes con ellas quisieron alcanzar la eternidad. Gran parte de la antigüedad -recuerda- “satisfacía sus esperanzas de subsistencia con la transmigración de sus almas; otros se contentaban por ser una partícula del alma pública de todas las cosas, en el retorno a su desconocido y divino origen” y los egipcios preparaban sus cuerpos para aguardar el regreso de sus almas, pero “todo era vanidad y desvarío”. Nada garantiza que el nombre de los héroes no caiga en el olvido y la mayoría de los hombres ha de verse satisfecha con encontrar su nombre “en el registro de Dios, no en las actas de los hombres”.

Browne concluye con una contradicción de lo previamente defendido cuando afirma que perdurar en la memoria satisfacía los deseos antiguos, pero que “vivir es, en verdad, volver a ser nosotros mismos”, es ser para siempre, lo que “sólo la religión concede”, aunque, por otra parte, desconfía de la eternidad: “Dios, que es el único que puede destruir nuestras almas y que ha asegurado nuestra resurrección, ni de nuestros cuerpos ni de nuestros nombres claramente ha prometido la duración”.

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De la edición y traducción

No se tradujo a Browne al castellano hasta que lo hizo Javier Marías para el quinto volumen de su colección del Reino de Redonda, publicado en 2002 y dedicado a la memoria de W.G. Sebald, Duke of Vértigo. Solamente en 1944 apareció en la revista El Sur el quinto capítulo de la Hydrotaphia, traducido por Borges y Bioy Casares. una traducción tan “hermosa como inexacta”, dice Marías, que añade la recomendación de Strachey para leer a Browne: siempre en voz alta, “bogando por el Eúfrates, junto a las costas de Arabia, en Constantinopla o entre las garras de una esfinge”.

Bibliografía

– Sir Thomas Browne, La religión de un médico y El enterramiento en urnas, Penguin Clásicos, Edición y Traducción de Javier Marías, 2017,

– W.G. Sebald, Los anillos de Saturno, Editorial Debate, 2000.

Dissipatio humani generis o el castigo de la soledad, de Guido Morselli

GUIDO MORSELLI

Harto del género humano, al que considera molesto, mediocre y carente de interés y por el que no siente la más mínima empatía, el protagonista de esta singular historia ha huido de Crisópolis, la ciudad de oro, símbolo de lo que más odia, para refugiarse en la montaña, donde vive en una casi perfecta soledad. Pero la amenaza a su aislamiento, en forma de autopista, le lleva a internarse en una cueva para poner fin a su vida, justo el día antes de su cuarenta cumpleaños, en la noche del 1 al 2 de junio.

Es entonces cuando ocurre algo inesperado y fantástico porque esa noche, a las dos de la madrugada, es el mundo el que le abandona a él. Contra todo pronóstico, y debido a una trivialidad, decide en el último momento que se va a dar un tiempo más de vida, pero cuando abandona la cueva y su pozo interior -un sifón natural- que descarga en un lago sin salida donde esperaba ahogarse, los hombres han desaparecido. No hay nadie: ni en el campo, ni en la ciudad, ni siquiera en la base militar americana del otro lado de la frontera.

Todos se han marchado, incluso se han ido con la ropa que llevaban puesta. Los artilugios mecánicos sigue funcionando; los letreros de neón, la calefacción de los hoteles, los contestadores automáticos, el agua de las fuentes y los automóviles pueden ponerse en marcha. Pero todo queda detenido en esa fecha, el 2 de junio: la radio sólo emite un runrún, los aviones no despegan ni aterrizan y los trenes permanecen inmóviles en las vías o en el descarrilamiento, sin personas, sin siquiera los cadáveres que habrían resultado del choque visible de algunos coches ¿Dónde se han ido y por qué?

Es un tema típico de la ciencia ficción, pero el autor rechaza todas las soluciones que aporta este género: rayos de la muerte, epidemias o nubes nucleares. Se acerca más a un ensayo, a una novela filosófica, con preguntas sin respuesta, o al menos sin una solución cerrada que pueda explicar lo que ha ocurrido.

Los seres humanos se han volatilizado, se han “disipado” no en sentido moral, sino físico. El latín tardío acepta este significado de “evaporación”, tal como cuenta el narrador y protagonista de esta historia al hacer un repaso de algunas teologías del fin del mundo: la que está viviendo, que tiene mucho que ver con lo apuntado por Salviano, autor cristiano del siglo IV y amenazado por las invasiones bárbaras a las que observa poniendo término a la civilización, es bastante elegante y aséptica: ni fuego ni agua ni cadáveres en proceso de descomposición, sino evaporación pura y simple.

Pero si ha llegado el fin del mundo, por qué continúa en él. La primera reacción del superviviente es buscar otros seres humanos en su misma situación pero, al pasar las horas y los días, se evidencia la ausencia total de individuos de su especie y el angustioso silencio que la acompaña. No hay nadie. Tal vez se trata de una especie de castigo a su fobantropía o tal vez un juego para que empiece a medir su importancia; los seres humanos, sus compañeros, se hacen desear.

Si no hay otros, no hay nada. “Pensamos solamente en función de los demás”, decía Durkheim. El narrador se rebela contra este ‘sociologismo extremo’ y defiende que el pensamiento siempre ha sido solitario y que la sociedad es “solamente una mala costumbre”. Pero él, que se imaginaba el paraíso en la más absoluta soledad, que deseaba ser el único en una creación completamente desierta de seres humanos, ahora no sabe vivir sin ellos.

Dissipatio

El acontecimiento ha suprimido todos los conceptos con los que el hombre hacía frente a la vida. Puesto que no hay otros, no hay locura ni amor ni odio. No hay emociones porque no hay nada ni nadie hacia los que dirigirlas. Ya ni siquiera es posible el suicidio, dice el protagonista, aunque la necesidad de los otros para acabar con la propia vida es bastante discutible. La volatilización del género humano ha puesto fin a la Historia pero también ha dejado a la Naturaleza sin función social, que es la de suponer, negativamente, al hombre. Sólo ha quedado uno, tal vez para contarlo, quizá para hacer real lo ocurrido, ya que es posible que los sucesos sólo ocurran en la mente; se trata de una especulación filosófica que no convence al narrador.

Éste, ofuscado, se pregunta si todo lo que está ocurriendo, es decir, que no ocurra nada porque ya no hay seres humanos, puede ser sólo un sueño o un producto de su locura. Parece inclinarse por la segunda hipótesis. Recuerda su estancia en un sanatorio para enfermos depresivos y llega a escuchar la voz del médico que lo atendió hace muchos años. En lugar de estar moviéndose por la ciudad, por la carretera de camino a su valle, o del aeropuerto a la base militar, es posible que se encuentre confinado en un centro hospitalario y que su cerebro haya creado una realidad que no existe. Es posible que no perciba a los ‘otros’ porque él mismo se ha castigado y los ha hecho desaparecer, que es lo que tanto ansiaba en el pasado.

Aunque tal vez sea algo peor: que esté muerto. Sería una forma de inmortalidad diferente, pero terriblemente vacía, aunque en su opinión no muy diferente de la vida, tan inmóvil y tan mediocre. Contrariamente a la máxima sartriana que señala que ‘el infierno son los demás’, existiría otra forma de muerte en la extravagante y solitaria experiencia del protagonista, una especie de muerte que “no es dulce ni tampoco es reposo” y esa “ilusión” de estar vivo, cuando en realidad se está muerto y en soledad, es aterradora. El mundo se ha convertido en un cementerio, pero es un sepulcro sin cadáveres.

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Nota biográfica

Dissipatio humani generis fue publicada por primera vez en 1977, cuando Guido Morselli, su autor, que apenas publicó en vida -sólo algunos ensayos en los años cuarenta- ya había fallecido. Vivía de una renta vitalicia y, como el narrador del relato, se había recluido en una pequeña y austera casa que él mismo diseñó, en Gavirat, un pequeño pueblo del norte de Italia. En los años sesenta escribe la mayor parte de su obra – Roma sin Papa, Divertimento 1889 y por último, Dissipatio humani generis, su testamento- pero las editoriales lo rechazaron. Sus novelas sólo fueron publicadas después de su suicidio, en 1973, cumplidos los sesenta años.

Penúltimas palabras de Wilde y James; el ‘papelón’ de Xul Solar y la leyenda de Valle-Inclán

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Oscar Wilde murió en París a los cuarenta y seis años, prematuramente envejecido, tras cumplir la sentencia que le llevó a la cárcel por su homosexualidad, castigo infame donde los haya. No tenía maś dinero que el que le prestaban los que aún seguían siendo sus amigos. Su aspecto cambió radicalmente: engordó y dejó de ser el hombre elegante y atildado que siempre había sido.

Pero no perdió el don de la conversación ni la agilidad verbal de la que hizo gala a lo largo de su vida. De él se cuentan innumerables leyendas y una de ellas -que puede o no ser cierta- se sitúa poco antes de su muerte, ocurrida el 30 de noviembre de 1900 a consecuencia de una infección de oído que se complicó, aunque Wilde en su última carta achaca su enfermedad a una intoxicación de mejillones y expresa bastante confianza en su curación.

Pero a lo que iba: poco antes de morir pidió champagne y cuando se lo llevaron, declaró enfáticamente: ‘Estoy muriendo por encima de mis posibilidades’.

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Sobre los últimos momentos o las últimas frases de los ilustres hay mucha literatura y mucha leyenda, pero no todas son falsas. Algunas son interpretables, como la de Henry James, que murió en 1916 tras una larga enfermedad durante la cual sufrió delirios. Meses antes de su muerte y después de un primer ataque contó, al recuperarse, que en el momento de caer al suelo y pensar que todo se acababa, escuchó en la habitación una voz que no era la suya y que decía: ‘Así que al fin ha llegado, esa cosa distinguida!’

Podría interpretarse como que esa frase se refería al propio James, a quien calificaba de “cosa distinguida”. No en vano, Henry James es uno de los escritores más “aristocráticos” de la historia de la literatura y al menos así lo deduzco de cómo cuenta la anécdota Javier Marías, pero Borges, su gran admirador, ofrece otra traducción de la frase ‘So this is it at last, the distinguished thing’, que quedaría de la siguiente manera: “Ahora, por fin, esa cosa distinguida, la muerte”. Más metafísico quizá, pero le quita la gracia burlona de Henry James sobre sí mismo.

¡Qué papelón!

Volvió a aparecer Borges, no puedo evitarlo. Y me recuerda una historia que contó, también sobre la muerte, a su amiga y biógrafa María Esther Vázquez. Estaban hablando del conde de Saint Germain, del que la leyenda cuenta que a lo largo del siglo XVIII mantuvo el mismo aspecto, con el que aparentaba unos cuarenta años. De ahí se deducía que era inmortal y es entonces cuando dice Borges que “en Buenos Aires ocurrió algo parecido con Xul Solar” -pintor, astrólogo, inventor de neolenguas, místico y excéntrico- hasta los últimos años de su vida. “Gente que lo trató en distintas épocas y yo mismo, que fui su amigo durante mucho tiempo pues lo conocí aproximadamente en 1923, nunca notamos en él ningún cambio físico”. Incluso él mismo estaba convencido de ser inmortal.

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Y sigue contando Borges: una persona que le quería mucho, cuando Xul Solar murió, en 1963, exclamó: “¡Él, que había dicho que era inmortal! Ahora se ha muerto ¡Qué papelón!”. El escritor confiesa, falsamente escandalizado, que fue la primera vez que oyó ese término refiriéndose a un muerto.

María Esther Vázquez da un detalle más sobre esta cuestión: la persona que quería mucho a Xul Solar y que pronunció en su velorio la palabra ‘papelón’ fue la propia mujer del pintor, a la que el marido había logrado convencer de que era inmortal. Xul aseguraba a quien quisiera oírlo que era un ángel caído del cielo y que por eso viviría para siempre y que podía entrar en éxtasis y levitar en cualquier momento y lugar. Una vez lo intentó en el domicilio de Borges, pero cuando se hallaba tumbado en el suelo presto a alzarse, entró la madre, doña Leonor, y le dijo tajantemente que en su casa nadie se tiraba al suelo y que no se le ocurriera volver a hacerlo. Lo dejaron para otro día.

Xul Solar fue un hombre insólito, incluso de nombre, que él mismo construyó mezclando sus apellidos: Schultz Solari. Óscar Agustín Alejandro, nacido en Argentina, era hijo de alemán e italiana. Fue muy amigo de juventud de Borges; ilustró varias obras del escritor y era hombre de capacidades y oficios muy diversos: pintor, músico, inventor de instrumentos y creador de lenguas -el ‘neocriollo’ y la ‘panlengua’, ésta última monosilábica y universal. Una vez Borges le preguntó por lo que había hecho ese día, a lo que Xul Solar contestó que “nada importante: después de almorzar, fundé doce religiones”.

Valle-Inclán, tradicionalista y ácrata

Nos gustaría que fuera verdad pero, según las recientes biografías del escritor gallego, ninguna de las leyendas que corren sobre lo que dijo o hizo en los momentos previos a su muerte son auténticas. Había advertido que no quería en su funeral “ni cura discreto ni fraile humilde ni jesuita sabihondo” y ya enfermo, en un frío mes de enero de 1936 y en una habitación de un sanatorio de Santiago atestada de amigos, familiares y curiosos, se desesperaba en su agonía, quejándose: ‘¡Me muero! ¡Lo que tarda esto! ‘.

Pues parece que nada era cierto, pues ningún sarao se había armado en la habitación, en la que sólo estaban presentes tres personas: dos doctores y su hijo Carlos; que don Ramón en esos momentos ni pronunciaba sentencias grandilocuentes ni ganas tenía y lo que es peor, que en el funeral, el 6 de enero de 1936, ningún anarquista se abalanzó sobre el ataúd para arrancar la cruz que lo adornaba. Se contó, faltando a la verdad, que la tapa del féretro se rompió, que el cadáver quedó al descubierto y que el autor de la tropelía cayó rodando al hoyo y tuvieron que rescatarlo. Y es que, dice su biógrafo, don Ramón no fue ácrata en ningún momento de su vida y duda seriamente de la leyenda que ha hecho de él un lunático o un excéntrico. Pero hubiera sido bonito.

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Bibliografía

María Esther Vázquez, Borges, sus días y su tiempo, Ediciones B, 1984

Javier Marías, Vidas escritas, Random House, 2007

Ramón Alberca, La espada y la palabra: vida de Valle-Inclán, Tusquets, Barcelona, 2015

Cementerios de París: ausencias, epitafios ingeniosos y el triunfo del amor

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Abadía de Newstead, propiedad de Byron

Lord Byron no fue enterrado junto a sus admirados Shelley y Keats en el Cementerio de los Ingleses, en Roma, ni tampoco en París. Murió en Missolongui, de unas fiebres mientras luchaba por la independencia de Grecia. Allí quedó su corazón, dice la leyenda, mientras que el resto del cuerpo, embalsamado, fue enviado en una cuba de cognac a Inglaterra. Pero la Abadía de Westminster se negó a darle sepultura: “Porque llevó una vida disoluta y dejó una poesía licenciosa, es indigno de ocupar un lugar en la Abadía, entre los grandes escritores ingleses”.

Finalmente fue enterrado junto a su madre en la Iglesia de Santa María Magdalena de Hucknall, en Nottinghamshire, y tuvieron que pasar 145 años desde su muerte, hasta 1969, para que Westminster reconsiderara su postura y accediera a colocar una placa conmemorativa en el Rincón de los Poetas de la Abadía, en la que recuerda “su desvelo constante por la justicia social y la libertad”.

Quizá su tumba hubiera encontrado un lugar perfecto en uno de los cementerios de París, el de Père-Lachaise o el de Montparnasse, visitados por miles de personas. Pero no pudo ser: no existe ningún recuerdo de Byron en tierras francesas porque jamás las pisó. En su primer viaje al continente, durante el cual escribió La peregrinación de Childe Harold, tuvo que bordear las fronteras en un recorrido circular porque su país estaba en guerra con Napoleón: Portugal, España, Sicilia, Malta, Grecia, Albania y Turquía.

Y en la segunda ocasión, en 1816, cuando Bonaparte ya había sido exiliado a Santa Elena, Francia le negó el visado para cruzar su territorio. “Y privó a París -comenta William Ospina- del recuerdo, que se habría convertido en leyenda, de ver sus calles, sus tabernas y sus catedrales, sus salones, sus jardines y sus burdeles convertidos en el escenario del mayor de los destinos románticos”.

Las tumbas más frecuentadas

Sí descansa para la eternidad en el Père-Lachaise un compatriota de Byron, un escritor que también se moría por una frase irónica y bien construida, y que se creó muchos enemigos a lo largo de su vida. Se trata de Oscar Wilde, cuya tumba animó a Jim Morrison, el mítico cantante del grupo The Doors, que en 1971 visitó el camposanto, le gustó y en él se quedó, una vez muerto, con veintisiete años. En su tumba se puede leer una inscripción en griego – ‘Kata ton daimona eaytoy’– que puede tener dos significados: ‘Al espíritu divino que llevaba en su interior’ y ‘Cada uno es dueño de los demonios que lleva dentro’.

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La tumba de Oscar Wilde es, posiblemente, la más visitada de este cementerio. Su sepulcro está vigilado por una esfinge modernista, cuyos genitales masculinos causaron escándalo en su momento. Cuando parecía que se había calmado la polémica y aceptados los memorables atributos, éstos fueron cercenados a paraguazos por dos turistas británicas, un punto puritanas. Hasta la fecha se desconoce su paradero.

El bloque de granito que cubre la tumba siempre estaba repleto de corazones y de besos: el rito consistía en pintarse los labios y posarlos sobre el sepulcro, aunque con tanto lápiz labial la lápida resultaba difícil de limpiar. Por eso en 2012, la familia de Oscar Wilde decidió colocar un muro de vidrio de dos metros de altura para mantener las distancias. Los ósculos pueden quedar impresos ahora en un árbol que se ha plantado al lado para tal actividad.

Ni Morrison ni Wilde son los únicos en recibir mensajes y objetos de lo más diverso. La lápida de Julio Cortázar, en el cementerio de Montparnasse, exhibe la imagen de un cronopio y los visitantes dejan dibujos de rayuelas, copas de vino y billetes de metro con dibujos.

El ingenio

Cerca de Wilde se sitúa la tumba de Molière, que presenta un epitafio de lo más ingenioso: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”.

El cementerio de Montparnasse también cuenta con inscripciones filosóficas o simplemente divertidas. Incluso hay un epitafio ausente, el de Baudelaire. Al escritor de Las flores del mal no le hicieron caso y en su sepulcro no figura lo que él habría querido inscribir: “Aquí yace quien por haber amado en exceso a las busconas, descendió joven todavía al reino de los topos”.

Ni en el cementerio de Montparnasse ni en el de Père-Lachaise está enterrado el Marqués de Sade, pero sí en París, en Charenton, un famoso manicomio en el que fue encerrado en 1801 para pasar los últimos años de su vida. Napoleón, entonces primer cónsul de Francia, ordenó el arresto de Donatien Alphonse François, tras considerar que su libro Justine era el engendro más “depravado y abominable” de la literatura. Ya en Charenton, con la etiqueta de “demente libertino”, el Marqués se dedicó a escribir y a dirigir obras teatrales con los inquilinos del establecimiento como actores, hasta que se lo prohibieron, de nuevo por libertino. Murió en 1814 y en su lápida está inscrita la siguiente frase: “Si no viví más, es porque no me dio tiempo”.

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Abelardo y Eloísa

Una de las tumbas más espectaculares del Père-Lachaise es la que acoge a los famosos protagonistas de una historia de amor medieval: Abelardo y Eloísa, que descansan juntos desde su muerte, lo que no ocurrió en vida. En 1817 sus cuerpos fueron trasladados al cementerio parisino y cuenta la leyenda que ambos permanecen abrazados dentro de sus tumbas.

La historia es sobradamente conocida, pero la recordaré en un pequeño apunte. Pedro Abelardo nació a finales del siglo XI en Nantes y decidió no seguir la carrera de las armas que, como primogénito le correspondía, para dedicarse al estudio de la filosofía. En París ejerce como profesor y allí inicia una relación turbulenta con una quinceañera de la que es tutor, a la que dobla la edad y con la que tiene un hijo, el pequeño Astrolabio, que es entregado a las hermanas de Abelardo para que cuiden de él. Como consecuencia, Fulberto, el tío de Eloísa ordena que el filósofo sea castrado. Desesperado, toma los hábitos religiosos, no sin antes asegurarse de que su joven esposa también lo haga. Pasan los años y, para colmo, sus obras fueron quemadas por heréticas y él excomulgado, en el concilio de Sens.

Eloísa, obligada a la vida conventual por su propio esposo, le escribe cartas que él contesta con reproches y amonestaciones. Son cartas en las que ella se queja de su ausencia y él se niega a consolarla, aunque algunos expertos las consideran apócrifas por su descarado propósito edificante. En estos escritos Abelardo llega a alegrarse de la supresión de un miembro que no le hacía falta y que le impedía someterse a Dios y, de paso, asegura que las mujeres son un obstáculo para la vida intelectual y para la vida santa de los hombres.

Sartre y Beauvoir

Todo lo contrario de lo defendido por otra pareja que comparte una tumba muy sencilla en el cementerio de Montparnasse. Su vida de pareja fue la expresión más clara y rotunda del amor libre, sin celos, trabas o imposiciones. Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, cuyo entierro, en 1980, se convirtió en un acto de homenaje grandioso, al que acudieron cincuenta mil personas, en lo que Claude Lanzmann describió como la última manifestación del mayo francés.

Giscard d’Estaign, presidente de la República, ofreció que el Estado franceś se hiciera cargo del coste de los funerales pero los amigos de Sartre lo rechazaron. Sin servicio de orden ni previsión de tanta afluencia de personas, a lo que se sumó el reducido itinerario impuesto por las autoridades, el cortejo fúnebre pronto se tornó confuso y el caos fue de tal magnitud que un hombre llegó a caer en la fosa abierta a la espera del féretro de Sartre, mientras miles de flores pasaban de mano en mano.

Un año después de la muerte de Sartre, Beauvoir publicó La ceremonia del adiós, donde contaba los últimos diez años de convivencia con el filósofo. Concluye el libro con una frase de una clarividencia desgarradora: “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos reunirá. Así es; ya es demasiado bello que nuestras vidas hayan podido juntarse durante tanto tiempo”. Le sobrevivió seis años y fue enterrada junto a él.

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El año del verano que nunca llegó, William Ospina

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Todo anda relacionado: nosotros con nuestros coetáneos y con nuestros antepasados y también con los que han de llegar; con lo que está cerca pero también con lo que está a miles de años luz; con lo que leemos y con lo que alguien escribió hace más de dos mil años; con la lluvia de la primavera y con los huracanes de otro continente. Así pasa siempre porque todo suceso es la consecuencia de millones de interacciones ocurridas hasta ese momento, producidas por el azar, cuyas leyes de causalidad desconocemos.

El volcán de una pequeña isla del archipiélago indonesio entró en erupción en la primavera del año 1815. Produjo un impresionante tsunami y se llevó por delante la vida de más de sesenta mil personas. El nombre del monte volcánico, Tambora, y el de la isla, Sumbawa, eran totalmente desconocidos para los europeos pero todo el hemisferio norte padeció un año después las consecuencias de la nube de azufre y ceniza que ocultó el sol, hizo que nevara en pleno junio en Nueva Inglaterra, malogró cosechas, produjo hambrunas y cambió los colores del crepúsculo y del amanecer.

La erupción del Tambora contribuyó a crear personajes tenebrosos, cuyas sombras surgieron en una larga noche de frío y lluvia que comenzó el 16 de junio de 1816 en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, en Ginebra. “Todo está comunicado en secreto” y “al libro del universo se puede entrar por cualquier página”, dice el propio William Ospina para justificar la obsesión y los trabajos que durante tres años le mantuvieron ocupado siguiendo los hilos, aparentemente invisibles, de una historia que ocurrió en un mes de junio que debía ser primaveral pero que no llegó a florecer porque el verano, ese año, no llegó nunca.

El escritor colombiano W. Ospina actúa como un detective, siguiendo las pistas que le van dejando lecturas, conversaciones y lugares, y va conformando una historia que empezó a tejerse en su imaginación a partir de la preparación de una conferencia sobre el gólem, ese coloso de barro al que la palabra Emet inscrita en su frente le convierte en un ser vivo. La asociación con Frankenstein fue inmediata y de ahí a Mary Shelley, su autora. Días después recibe como regalo el libro de Trelawny, Memorias de los últimos días de Byron y Shelley. A partir de esta concatenación de hechos, surgidos en apariencia por azar, Ospina se siente obligado a proseguir la historia de aquella larga noche en la que cinco jóvenes – Shelley, Mary Godwin, Claire Clairmont, Polidori y Byron- estuvieron encerrados por culpa de un tiempo de pesadilla en una villa a la que ya anteriormente habían visitado importantes personajes, como el mismo Milton.

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Byron, Polidori, Mary, Percy y Claire

No sabía si necesitaba escribir una novela -dice Ospina- pero comprendí que me estaba vedado recurrir a las licencias de la ficción. Sólo podía contar las cosas como fueron: no los hechos, sino apenas mi lenta aproximación a los hechos” y dar cuenta “no de la verdad de la historia, sino de los azares y las incertidumbres de mi propia búsqueda”. El resultado es un apasionado relato sobre la gestación del Monstruo de Frankenstein y del Vampiro de Polidori y de cómo se entremezlaron los destinos de los cinco jóvenes, como no podía ser de otra forma. Ninguno de ellos alcanzaba los treinta años y ellas ni siquiera los veinte cuando idearon las pesadillas y ninguno de los tres hombres sobreviviría más de ocho años a esa fecha.

Byron, que había alquilado la villa, llegó a Ginebra acompañado por Polidori, un joven médico de veinte años, al que había contratado como facultativo y también para que llevara un diario del viaje. Había abandonado Inglaterra después de un gran escándalo que tenía que ver con los amores incestuosos que mantuvo con Augusta Byron, su media hermana. Había cautivado a la sociedad inglesa con su fascinante personalidad, pero no se le perdonó el adulterio ni la provocación.

También Shelley había abandonado Inglaterra. Hacía unos años, mientras estudiaba en Oxford, publicó una invectiva contra la sociedad de su tiempo, Necesidad del ateísmo. Fue expulsado de la Universidad y de la mansión familiar. Por un impulso rebelde se casó con la joven Harriet, hija de un posadero; visitó a Coleridge y a Wordsworth, en aquel momento máximos exponentes del romanticismo inglés, pero que a Shelley le parecieron extraordinariamente conservadores; y volvió sus ojos hacia William Godwin, un pensador anarquista, “gran negador de todo poder, de toda tradición y de toda institución”.

En la casa de Godwin, Shelley conoció a sus tres hijas: Fanny, Mary y Claire. Abandonó a su mujer, Harriet, y huyó con Mary y con Claire al continente. Es muy posible que Claire Clairmont estuviera enamorada de Percy, pero tuvo que contentarse con Byron al que logró conocer y convertirse en su amante tras escribirle cartas apasionadas. Claire, embarazada en junio de 1816, fue la única que no escribió nada aquella noche y no debía hacerlo mal, dado el resultado de sus misivas a Byron. Sin embargo, fue la organizadora, la tejedora de la trama, la que hizo que los cinco se reunieran en Villa Diodati.

Fue Byron quien propuso a sus invitados que esa noche escribiera cada uno un cuento de terror. El ambiente era propicio y habían estado leyendo en voz alta un libro alemán sobre fantasmas que Polidori había llevado consigo. Cualquiera hubiera pensado que Shelley y Byron tenían las de ganar en esta competición, pero no fue así. Shelley escribió un relato que ni siquiera figura en su antología, Los asesinos, y Byron eligió crear un poema, titulado Oscuridad, que comenzaba así: “Tuve un sueño que no era del todo un sueño. El brillante sol se apagaba…”

En cambio, Mary, con apenas dieciocho años, y Polidori, con veinte, fueron las estrellas de la noche. Tal vez porque fueran las almas más sensibles a la influencia, demoníaca e intensa, de Byron. Sus monstruos reflejan en cierta manera la personalidad del dueño de la casa.

El monstruo y el vampiro

Mary Shelley ideó al monstruo de Frankenstein en la larga noche de junio pero escribió este relato entre filosófico y de terror durante los veintidós meses posteriores. En el prefacio, escrito por Percy, se afirma que “el suceso en el que se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado por el doctor Darwin y algunos otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible”. Se refiere a Erasmus, el abuelo de Charles, un librepensador que se ocupó del origen de la vida.

frankenstein

Por entonces se conocían en toda Europa los experimentos de Luigi Galvani, que producían espasmos musculares en la pata de una rana mediante descargas eléctricas; Aldini consiguió en 1803 provocar contracciones en cadáveres humanos. Aunque Mary también pudo encontrar su inspiración en un personaje real: Conrad Dippel, nacido en 1673 en el castillo de Frankenstein, en Darmstadt. Estudió Teología y Filosofía y practicó la alquimia y la anatomía. La leyenda que el narrador de cuentos Jacob Grimm contó a la traductora de sus cuentos Mary Jane Clairmont, madre de Claire y madrastra de Mary, asegura que Dippel realizaba experimentos con cadáveres y creía que era posible transferir las almas.

En cuanto al vampiro ideado por Polidori todo hace pensar que es el propio Byron, en un faceta de aristócrata insensible y malvado, que se alimenta de las desgracias de los más vulnerables y frágiles y mancilla a las jóvenes inocentes y virtuosas. Su nombre, Lord Ruthven, fue utilizado por Caroline Lamb, amante despechada de Byron, en una obra llamada Glenarvon, en la que se le ridiculiza.

Encuentros y desencuentros

El encuentro de ambos poetas fue para ellos más importante que el concurso de narraciones. De caracteres completamente opuestos, desde el momento en que se encontraron es posible rastrear en sus obras y en sus vidas el influjo del uno en el otro. Byron derivó a un pensamiento más complejo y a unas convicciones más firmes en tanto que Shelley aparece más audaz. Resulta extraño pero no exagerado cuando Ospina dice que “intercambiaron sus muertes”. Quien debió marchar a Grecia para luchar por su libertad y morir en Missolonghi fue Shelley, por su entrega total a las causas justas, en tanto que Byron podría haber muerto en el naufragio en la bahía de La Spezia por su afán aventurero y temerario. No fue así.

Si para Shelley fue magnífico encontrarse con Byron, no resultó igual para Claire ni para Polidori. Byron contrató alegremente a este médico recién graduado con aspiraciones literarias, pero por una frase, por un desplante, era capaz de arruinar la mejor amistad. John William Polidori intentaba imitar las excentricidades de Byron pero nunca lo conseguía, más bien fracasaba lastimosamente, lo que provocaba la burla inmisericorde de su adorado modelo.VampiroPolidori

Cuando un año después de la larga noche se publicó El vampiro, el editor se equivocó y puso como autor a Byron, que no se apresuró precisamente a corregir el error. Polidori se suicidó a los veinticinco años con ácido prúsico, cuyo inventor casualmente fue el doctor Dippel. Polidori murió sin saber que Goethe había aclamado su Vampiro como la mejor obra de Lord Byron.

En cuanto a Claire Clairmont, poco se sabe de ella después de que muriera su hija, Allegra, a los once años. Hija de Byron, fue concebida en el verano de los monstruos. Cuando nació, el padre las abandonó, y ellas se fueron a vivir con Shelley y Mary. Byron la reclamó pero pronto se cansó de Allegra y la envió con las monjas a un convento italiano. Claire intentó secuestrarla porque no tenía ninguna confianza en el cuidado ni en la educación que recibía su hija. Efectivamente, Allegra murió cinco años después, de tifus o de malaria, y Claire mantuvo su odio a Byron el resto de su vida.

Pasados más de cincuenta años, Henry James convirtió a Claire Clairmont en la protagonista de Los papeles de Aspern: una anciana recluida en una vieja casa de Venecia, enmascarada bajo el nombre de Julia Bordeareau, que guarda como un tesoro los recuerdos del poeta al que amó en su adolescencia: Shelley, no Byron.

Todas estas cosas nos cuenta William Ospina y su prosa logra transmitirnos un entusiasmo contagioso por todo aquello relacionado con el verano de 1816 que nunca existió. Para el final nos deja un regalo que no voy a desvelar, al menos por ahora. Sólo un nombre: Ada.

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Villa Diodati

El cementerio de los ingleses: Keats, Shelley, Trelawny y Daisy Miller

Sin quitar mérito a los magníficos panteones, las modestas Iglesias, las tumbas en lugares exóticos o en pueblecitos marineros, son los cementerios de las ciudades los que más atraen a los paseantes necrófilos. Hay uno en Roma que acogió en su día a jóvenes románticos y al que coloquialmente se le llama ‘cementerio de los ingleses’. Le rodea la antigua muralla aureliana e integrada en ella, la pirámide Cestia, un edificio sepulcral de estilo egipcio erigido en el primer tercio del siglo I a.C como tumba para el patricio Cayo Cestio, miembro de los ‘Septemviri Epulones’, los encargados de organizar banquetes en honor de los dioses.

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En el cementerio protestante de Roma –o Cimitero Acattolico, como se llama oficialmente- reposa John Keats, inglés de vida efímera y trágica, cuyo epitafio es uno de los más bellos impresos en piedra: “Esta tumba contiene todo cuanto fue mortal de un JOVEN POETA INGLÉS, quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que grabaran estas palabras en su sepultura: Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito en el agua.

Borges dedicó un poema a John Keats, cuyos últimos versos dicen: El alto ruiseñor y la urna griega / serán tu eternidad, ¡oh fugitivo! / Fuiste el fuego. En la pánica memoria / no eres hoy la ceniza. Eres la gloria.

Cuando Keats llegó a Roma, en noviembre de 1820, sufría una tuberculosis avanzada y, sabiendo que su final estaba próximo, le pidió a John Severn, su fiel amigo, pintor y cónsul en la ciudad, que se asegurara de que las cartas y un mechón del cabello de su amada, Fanny Brawne, se enterraran en su ataúd. Se cumplió su voluntad y su tumba se cubrió de margaritas y violetas, como luego contó Shelley, cuya tumba también se encuentra en este mismo cementerio romano, a unos metros de distancia de la de Keats.

Dos años después de la muerte de John Keats, Percy Bysshe Shelley, también encarnación del ideal romántico, desapareció en el mar una noche de tormenta en la que salió a navegar desde Livorno a Lerici. Su cuerpo, irreconocible a falta de rostro, fue arrastrado hasta la playa poco después. Se le pudo identificar por el libro de poemas, de Keats, que llevaba en el bolsillo.

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Sus amigos, Henry Leigh Hunt, poeta y editor británico, Edward Trelawney, capitán de la Marina retirado, y Byron, prepararon un funeral insólito: construyeron una pira en la playa para incinerarlo como a los antiguos romanos, avivando el fuego con vino, aceite y sal, según contó una y otra vez Trelawney. El fuego no llegó a alcanzar la temperatura necesaria para convertir el cuerpo de Shelley en cenizas por lo que el proceso se tuvo que repetir varias veces. En una de ellas, Trelawney atravesó las llamas para arrancar del cadáver el corazón del muerto, que había quedado descubierto, y entregárselo a su viuda, Mary Shelley, que lo conservó hasta su muerte y con el que fue sepultada, pero en Inglaterra.

Posiblemente muchos detalles de esta incineración sean inventados. Se sabe que, durante el largo proceso, Byron y Hunt se marcharon a nadar debido al gran calor que desprendía la pira y que Mary Shelley no estaba presente, pese a que aparece en el cuadro de Louis Fournier, ‘El funeral de Shelley’.

Edward Trelawny, que conoció a los Shelley a través de Edward Ellerker Williams, antiguo marino que también falleció en la travesía del barco llamado ‘Don Juan‘, en honor a Byron, o ‘Ariel‘, según Mary Shelley, era a partes iguales un héroe y un mitómano y mucho de lo que sabemos acerca de la ceremonia y entierro de Percy se lo debemos a él, que lo contó repetidas veces, en conversaciones y en libros, añadiendo o cambiando una u otra circunstancia dependiendo del ambiente o del tiempo transcurrido. Trelawny sirvió en la Marina Real británica desde los doce a los veinte años y aunque nunca pasó de soldado raso se presentaba como capitán retirado. Pese a que fue dado de baja, él siempre contó que había abandonado el Ejército para ejercer de corsario en el Índico.

Se encargó de la cremación de Shelley y de Williams y después marchó con Byron para luchar por la independencia de Grecia. Cuando su amigo murió en Missolongui tuvo que hacer los arreglos para el cuidado del cadáver y los trámites para su entierro y la expatriación de su corazón a Inglaterra.

Apenas había sobrepasado la cuarentena y a Trelawany aún le quedaban por delante muchas aventuras que disfrutar, aunque ya no tan interesantes, y libros por escribir sobre sus andanzas y acerca de sus amigos, Shelley y Byron. Murió a los 88 años de edad, en 1881. Sus cenizas fueron enterradas cerca de la tumba de Shelley, en el cementerio protestante de Roma, y dejó encargado que en su lápida se grabaran unas líneas del poeta: Estos son dos amigos cuyas vidas no estuvieron divididas / Por tanto, permitan que su memoria continúe igual / bajo la tumba: no dejen que sus huesos sean separados / como no lo fueron sus dos corazones, que en sus vidas fueron uno solo.

‘Daisy Miller’, Henry James

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Junto a Keats y a Shelley, en el cementerio protestante de Roma, descansa un personaje de ficción, Daisy Miller, del libro homónimo de Henry James publicado en 1878. Era una joven norteamericana, muy bella, un poco alocada, bastante coqueta, y demasiado ingenua, que muere por cometer una insensatez: pasear a la luz de luna por las ruinas del Coliseo, donde contrae la malaria. Es el momento en que la narración alcanza su momento crucial. Justo allí, en la arena, el narrador de la historia, el ‘tieso’ Winterbourne, que la había pretendido, antes de sorprenderla en el paseo y reconvenirle por su imprudencia, comienza a murmurar los famosos versos del ‘Manfred’ de Byron, un poema dramático en el que el protagonista es un noble torturado por una gran culpa y que intenta por medios sobrenaturales borrar el pasado.

El poema comienza con una cita de ‘Hamlet’: Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que las soñadas en tu filosofía. Es una frase que podría ser romántica si no fuera shakesperiana y señala por dónde va a transcurrir esta composición repleta de elementos mágicos. Byron lo llamó ‘poema metafísico’ y lo escribió en 1816, poco después del fracaso de su matrimonio y del escándalo que provocaron las acusaciones de una relación incestuosa entre el escritor y su media hermana, Augusta Leigh, tras lo cual abandonó Londres para nunca más volver.

Algunos piensan que el poema es una confesión de culpa y un deseo de olvido. Cuando lo murmura Winterbourne en el Coliseo parece reflejar el sentimiento de que él mismo ha dejado abandonada a la pobre Daisy, igual que la ha excluido la alta sociedad norteamericana residente en Roma: por no ser lo bastante distinguida, por excéntrica y desafiante y por no seguir las normas que aconsejan no pasear con caballeros por las calles de la ciudad. Pero de pronto descubre en el mismo Coliseo, cuando han pasado ya las once de la noche, a la bella Daisy acompañada por un guapo italiano, lo que le sirve para justificar su indiferencia, si no su desprecio, hacia lo que le pueda ocurrir.

Y esa ambigüedad tan característica de Henry James hace que Daisy contraiga, como consecuencia del paseo nocturno o como castigo a su irreflexión, unas fiebres que acabarán con ella “en un ángulo de la muralla de la Roma imperial, bajo los cipreses y las abundantes flores de primavera”.

Jérôme Ferrari, El sermón sobre la caída de Roma

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Las tropas de Alarico por fin entran en Roma tras un largo asedio, el 24 de agosto del año 410. Al principio, los romanos experimentaron sorpresa e indignación porque un vil bárbaro se atreviera a insultar a la capital del mundo. Poco a poco fueron sintiendo la angustia de la escasez para acabar sufriendo las terribles calamidades del hambre. Compraron su rescate con el oro y la plata, con bienes valiosos y esclavos de origen bárbaro y tras un primer pago, llegó la tregua.

Pero en Rávena, donde residía la corte imperial, se despreció al rey visigodo y sus ofertas de paz. Alarico, descontento, entró en la ciudad que durante ochocientos años nunca fuera ocupada por enemigo extranjero alguno, ni siquiera por Aníbal. El último saqueo de Roma había ocurrido en el año 387 a.C. cuando entraron en ella los galos dirigidos por Breno. Ésta fue la segunda vez en que Roma fue castigada, en el año 1163 de su fundación y ella, “que había sometido y civilizado a una parte considerable de la humanidad, fue entregada a la furia desenfrenada de las tribus de Germania y Escitia”, según la sonora expresión de Gibbon.

Aunque la caída de Roma no supone aún la del Imperio Romano de Occidente, fue un aviso brutal cargado de simbolismo que puso en evidencia la decadencia del orden imperial, ya herido de muerte. Las noticias se expandieron por todo el Imperio, así como los lamentos. Agustín, obispo de Hipona, ciudad del norte de África, pronuncia en su catedral un sermón con la intención de que sirva de consuelo y resignación a sus fieles y sobre ese sermón, que subraya la inevitable sucesión de mundos y de civilizaciones, escribe Ferrari su novela teniendo como pantalla la caída de Roma y, como primer escenario, el fin de otro mundo que comienza con la guerra de 1914.

Es posible que no perezca Roma si no perecen los romanos’

Todos los capítulos llevan por título una frase del sermón de Agustín. Existen los hombres pero ya no su mundo, viene a decir el primero. Marcel Antonetti contempla una fotografía tomada en el verano de 1918, meses antes de su nacimiento, en la que aparecen su madre y sus hermanos. Ahora ninguno de ellos existe; sólo viven en su recuerdo. Y cuando él muera todos desaparecerán irremediablemente.

Marcel nació un año después de que se hubiera tomado la fotografía, cuando terminó la Gran Guerra y su padre fue liberado. Terminó la conflagración y pareció como, si “tras pagar el precio de la carne y de la sangre fuera necesario aún ofrecer a un mundo desaparecido el tributo de símbolos que reclamaba para desaparecer definitivamente y dar paso por fin a un mundo nuevo. Pero nada sucedía, un mundo había desaparecido para siempre sin que un nuevo mundo lo reemplazara, los hombres abandonados, privados de mundo, proseguían la comedia de la generación y la muerte”. La guerra supuso una insondable masacre, pero la gripe que vino después se cobró miles de víctimas. Marcel conseguiría sobrevivir, pero a cambio de una salud maltrecha y un espíritu triste, sin mundo.

Transcurren los años, pasa la siguiente gran guerra europea y el nuevo mundo envía a Marcel a las colonias francesas del África occidental, su destino soñado. Pero su joven esposa muere en el parto y ni siquiera le queda poder gobernar un “reino de bárbara desolación en los confines del Imperio” porque Roma ya no existe, “sólo quedan reinos a cual más bárbaro, de los que era imposible escapar”. Sólo podía aspirar a “ejercer su poder inútil sobre unos hombres aún más miserables que él”. Marcel vuelve a París: el Imperio había desaparecido sin exhalar un sólo gemido, que es como acaban todos los imperios. “Todos los senderos luminosos han desaparecido”.

La historia del bar

La vida de Marcel, el abuelo, inicia la novela y ocupa tres capítulos; en algún otro aparece esporádicamente porque el autor ha querido dar el protagonismo a su nieto y al amigo. Desafortunadamente porque, cuando no habla de Marcel, la novela se convierte en un relato trivial de las vicisitudes de un bar de camareras en un pueblito de Córcega que regentan los jóvenes Matthieu y Libero tras abandonar París. El primero no soporta a sus compañeros estudiantes de filosofía porque se creen “con el privilegio de comprender la esencia de un mundo en el cual el común de los mortales simplemente se contenta con vivir”. Y el segundo sufre una crisis ante la inautenticidad de todo, de la falta de eternidad y de nobleza de las cosas eternas y, especialmente, del fanatismo irresponsable de Agustín de Hipona, sobre el que ha realizado su tesis universitaria.

Lo que en el abuelo es tragedia, dolor y un auténtico fin del mundo silencioso, en los descendientes es un absoluto disparate. El estilo del autor, acorde con ese fin de mundo de Marcel, se convierte en absurdo y rimbombante cuando lo utiliza para referirse a las hazañas sexuales del animador del bar, las andanzas de las cuatro camareras o el affaire no resuelto de la nieta en una excavación en el norte de África.

Las cosas se ponen estupendas: el bar tiene un gran éxito y los dos socios son tan felices… Entonces llega la pedantería al cubo y es que Matthieu, “por primera vez en mucho tiempo, pensó en Leibniz y se alegró de hallarse en aquel lugar que ahora era el suyo en el mejor de los mundos posibles”.

Pero poco a poco, como los mundos que mueren y vuelven a resurgir para desaparecer de nuevo, el del bar da señales de agotamiento, de fin. “No había hordas bárbaras, sólo que Libero renuncia al bar. La noche del fin del mundo era tranquila. Ningún jinete vándalo. Ningún guerrero visigodo. Ninguna virgen degollada”. Comparar el fracaso de este “mundo” con la caída de Roma queda un poco descompensado.

La intención de Ferrari es buena -crear un pequeño universo y al mismo tiempo un refugio paradisíaco para los desengañados- pero los resultados no acaban de convencer. Ferrari, nacido en París en el mítico año de 1968, se estableció en Córcega tras terminar sus estudios de Filosofía en París y es de suponer que intentó llevar en la isla una vida sencilla lejos del mundanal ruido. El sermón sobre la caída de Roma es una novela con una idea: la finitud, los mundos efímeros que nacen, crecen y, finalmente mueren, sin que se haya producido nada de valor. Ese escepticismo pesimista le hizo merecedor del Premio Goncourt de 2012.

El sermón de la caída de Roma

Ferrari pone el punto final a su novela con algunos pasajes del sermón de Agustín de Hipona en diciembre de 410, pronunciado en la catedral. Durante tres días, los visigodos de Alarico habían saqueado Roma pero, al enterarse de ello, Agustín apenas se emociona. Ahora que ha conseguido vencer a los donatistas, su único empeño reside en devolverlos al seno de la Iglesia.

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El sermón anuncia la ‘buena nueva’ de la caída de Roma para los cristianos a los que “se anunció que el mundo sería destruido por la espada y el fuego. No hay que asustarse por que se cumplan las profecías. Regocíjate, cristiano, tú que sólo vives a la espera del fin del mundo”, les dice Agustín desde el púlpito.

Que el mundo caiga en las tinieblas si el corazón de los hombres se abre a la luz de Dios. El obispo considera blasfemos los lamentos por la muerte de Roma, porque “los cristianos no pertenecen al mundo, sino a la eternidad de las cosas eternas…” y desprecia a quienes se lamentan y piden cuentas a Dios por las tribulaciones que atraviesa el mundo cristiano. “Comprended que habéis venido a la tierra para luego abandonarla… Dios te hizo un mundo que se ha de derrumbar y por eso te creó mortal”.

Veinte años después de la caída de Roma y del sermón de Agustín, los jinetes vándalos entrarán en Hipona (Hippo Regius, hoy Annaba, en Argelia) con Genserico, sus caballos, su brutalidad y la herejía arriana como estandarte, después de un asedio de catorce meses, durante el cual murió Aurelio Augustino, san Agustín, a quien en el lecho de muerte quizá le asaltaran las dudas y desconfiara del poder de Dios, de sus promesas y de que pudiera llegar a comprender la desesperación de los hombres.

Los mundos pasan, es cierto, uno tras otro, de las tinieblas a las tinieblas y por gloriosa que sea Roma, añade el sermón, no por ello deja de pertenecer al mundo y caerá con él”. La sucesión de estos mundos, apunta Jérôme Ferrari, tal vez no signifique nada y “esa intolerable hipótesis es lo que consume el alma de Agustín”.