“La luna y las hogueras”, el Ulises de Pavese

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Un día tomó el barco en Génova, cruzó el Atlántico y llegó a California. Han pasado veinte años y el viajero de Cesare Pavese, narrador de su propia historia en ‘La luna y las hogueras’, regresa a su aldea del Piamonte, aunque ni siquiera puede decir que fuera suya porque en ella nada tuvo, tan solo una familia que lo acogió y amigos de infancia y juventud, la mayoría desaparecidos en la guerra y en las venganzas.

Vuelve como ‘el americano’ y vuelve rico pero aquellos ante quienes querría mostrar su éxito no están ya. Sólo queda su amigo Nuto, con una experiencia de vida diferente a la suya, convertido en otro hombre, igual que él. Veinte años no pasan en vano y aquí en el pueblo ya nadie se acuerda de mí, nadie recuerda que soy bastardo y que estuve de criado”.

Desde el valle del Belbo, donde pasó su infancia y parte de su juventud, partía la carretera que llevaba a Génova y de allí “a Dios sabe donde”; desde Canelli imaginaba la gente de más allá, la gente del mundo, que “mejora de vida, que se divierte y que se aleja por el mar”. Y él también partió y conoció otros hombres y otras tierras.

¿Por qué ha vuelto? Porque una noche comprendió que las estrellas que veía no eran las suyas, ni tampoco las tierras que parecían jardines y no huertas de labor, porque América no es un país para echar raíces y nadie le conocía desde pequeño y porque quería volver para ver algo que ya había visto –“los carros, los heniles, un cuévano, una verja, una flor de achicoria, un pañuelo de cuadros azules, una calabaza para beber, un mango de azada”– y lo que no había cambiado – ”las viejas con arrugas, los bueyes cautelosos, las chicas con vestidos estampados de flores, los tejados con sus palomares”.

Al volver recupera las historias que ya había olvidado, como las hogueras de San Juan que, según los viejos, atraían las lluvias y favorecían que todos los cultivos vecinos a la fogata dieran mejores y más abundantes cosechas, y la influencia de la luna a la hora de talar un pino o lavar una cuba, y vivir según las estaciones, no según los años: la canícula, las ferias, las cosechas, la temporada de poda, de echar el sulfato a las viñas o de deshojar las panojas del maíz. “Cada estación tenía sus costumbres y sus juegos y lo bueno es que la vida se regía por ellas”.

Vuelve para volver a vivir todo esto pero “los rostros, las voces y las manos que debían tocarme y reconocerme” hacía mucho tiempo que no estaban y “lo que quedaba era como una plaza a la mañana siguiente después de una fiesta, como un viñedo tras la vendimia, como ir solo al restaurante cuando alguien te ha dado plantón”.

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En una entrada de 1949 de su diario ‘El oficio de vivir’, Cesare Pavese hace referencia a esta novela que acababa de escribir y que se publicaría póstumamente. Reflexiona sobre la gloria y dice que para que sea grata tienen que resucitar los muertos, rejuvenecerse los viejos, volver los que están lejos” porque la hemos soñado en un ambiente limitado, entre rostros familiares que eran para nosotros el mundo y querríamos ver, ahora que hemos crecido, el reflejo de nuestras empresas y palabras en aquel ambiente, en aquellas caras”, que han desaparecido, se han dispersado o han muerto.

El regreso de este emigrante italiano al Piamonte de la luna y las hogueras no es tanto a una aldea en la que ya no queda nadie, sino a la infancia. Al deseo de ver la vida con ojos ingenuos y abiertos a lo imposible y con toda la vida por delante. Nuto le dice que cuando era niño pasaba hambre, que su vida no había sido tan feliz como para desear recuperarla. Pero eso apenas lo recuerda, como tampoco el peligro que le obligó a huir ni la guerra que nada arregló y mató a tantos, en combate y en venganza. Sólo tiene memoria para querer volver y poder sentir lo que sentía entonces, cuando era niño: que todo estaba aún sin hacer y que crecer sólo consistía en aprender a hacer cosas difíciles. Aún no sabía que hacerse mayor era envejecer y ver morir.

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En ‘El oficio de vivir’, Pavese escribe que hay un extraño momento en el que, con doce o trece años, te ibas del pueblo y vislumbrabas el mundo en alas de la fantasía y no te dabas cuenta de que en ese preciso momento, en que “eras más pueblo que mundo”, empezaba un largo viaje que, a través de ciudades, aventuras, nombres, arrebatos, mundos ignotos, te llevaría hacia el porvenir. Todo está en la infancia, hasta aquella fascinación que será porvenir y que sólo entonces se siente como una conmoción maravillosa”. Recuperar esa conmoción es imposible y por eso “La luna y las hogueras” refleja una tristeza infinita, la del pasar de los años que no dan marcha atrás nunca y la que produce el tiempo que todo lo envejece.

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· Un espía chino, un diplomático francés y una confusión de sexos

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Mientras leía el caso de la impostura y confusión de identidades acerca de Martin Guerre, un acaudalado campesino francés del siglo XVI que abandonó a su familia y que ocho años después fue sustituido -en el reconocimiento de sus vecinos, en el afecto de sus allegados e incluso en el lecho de su esposa- por un hombre que se le parecía extraordinariamente, me vino a la memoria una historia que, si bien no es similar, sí tiene relación con una suplantación y con las versiones o recreaciones que la literatura o el cine hacen de relatos verídicos.

Se trata esta vez de cómo un espía chino enamoró a un diplomático francés y le tuvo convencido durante años de que era una mujer e incluso de que ambos habían concebido un hijo. El caso se hizo público en 1986 como resultado de un juicio por espionaje en París a los dos protagonistas de esta singular historia: Shi Pei Pu y Bernard Boursicot. Ambos se conocieron en 1964, cuando Bernard, con veinte años, empezó a trabajar como contable en la recién inaugurada Embajada francesa en China. Shi Pei Pu tenía veintiséis años, interpretaba papeles femeninos en la ópera de Pekín y enseñaba mandarín a las esposas de los diplomáticos. Le hizo creer que era una mujer pero que se veía obligada a llevar una vida de hombre para complacer a su padre, que siempre quiso un hijo varón.

Iniciaron un romance y, un año después, Shi le confesó que estaba embarazada. Boursicot tuvo que volver a París, pero regresó cuatro años después, aunque no pudo conocer al supuesto hijo de ambos porque fue enviado por su madre a una región remota con la intención -alegó ella- de protegerlo. En los siguientes años continuó la relación entre ambos, aunque el funcionario francés se trasladó a diversos puestos diplomáticos en Asia. Las autoridades chinas descubrieron el romance y le chantajearon para que les pasara documentos secretos, primero desde Pekín y luego, en 1977, desde Ulan Bator.

En 1979 Boursicot regresó a Francia y en 1982 consiguió traerse a Shi y a su supuesto hijo de dieciséis años, Shi Du Du. Interrogado por el servicio de contraespionaje francés, Boursicot confesó haberle pasado a Shi al menos cincuenta documentos clasificados, obligado por las autoridades chinas y con el fin de protegerla a ella y al hijo de ambos. Su papel como espía no fue brillante: las fotocopias de los documentos que pasaba a los chinos carecían de valor (facturas de comestibles, en especial quesos, y contratos de pequeñas obras) de forma que en 1979, su contacto chino le dijo que dejara de espiar porque no le resultaba de ninguna utilidad.

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Shi Pei Pu y el juicio

En el juicio, Boursicot fue informado de que la persona con la que había mantenido una relación de casi veinte años era en realidad un hombre “con todos sus atributos”. Se negó a creerlo hasta que le permitieron ver el cuerpo de Shi que, según la teoría de algunos investigadores del tema tenía la capacidad de retraer dichos atributos de forma que visualmente pareciesen genitales femeninos e incluso fueran susceptibles de penetración superficial. Convencido ya el francés de que no era una mujer, Shi le juró que el hijo era suyo porque había recogido su esperma para una inseminación artificial. Cuando los médicos le demostraron que eso era imposible y que el bebé fue comprado, Boursicot intentó suicidarse en la cárcel cortándose la garganta con una cuchilla.

Fue por su supuesto e imposible hijo por quien Boursicot se desvivió y se convirtió en espía, inconsistente pero espía, y por quien llegó a creer todo lo que su amante chino le contó: que había tenido que enviarlo lejos para protegerlo o que las costumbres de su país le impedían dejar ver su cuerpo totalmente desnudo. Boursicot había tenido relaciones con hombres y, aunque debió tener pocas con mujeres, en absoluto le repelían. No se trataba de un autoengaño acerca de su sexualidad ni la pretensión de borrar o sublimar su comportamiento en este asunto, sino de un deseo: el de enamorar a una mujer y tener un hijo con ella.

Por eso, cuando se convence de que ese adolescente no puede ser su hijo de ninguna manera, intenta suicidarse. Había sido capaz de crear un mundo irreal y convertir a un profesor de mandarín en una cantante de ópera absolutamente femenina y el descubrimiento de la triste realidad debió ser tan difícil de soportar que le empujó a dejar de vivir.

Los dos procesados fueron sentenciados a seis años de cárcel por espionaje, aunque se les perdonó un año después y cada uno siguió su camino: Shi Pei se quedó en París como cantante y Boursicot continuó su relación con Thierry, un hombre con el que vivía desde hacía algún tiempo. En cuanto al falso hijo, Shi Du Du, fundó su propia familia y no volvió a contactar con su falso padre, recluido en un geriátrico, hasta la muerte de Shi en 2009.

Esta curiosa historia que dejó perplejos a muchos franceses por la inocencia y credulidad del protagonista fue llevada al cine en 1993 por David Cronenberg con el título de “M. Butterfly”. El director modificó determinados aspectos del caso para hacer más explicables o más literarios ciertos comportamientos.

Y es en esta ficción de un hecho que realmente ocurrió lo que me pareció que tenía relación con el juicio al impostor de Martin Guerre. Toda ficción cuenta algo que pudo haber sido pero que no fue, incluso cuando no se basa en ningún caso real. Al utilizar hechos que sí ocurrieron, el relato literario (o cinematográfico) nos pone de relieve que funciona de la misma manera que el basado en la imaginación del autor: se recrea lo que ha pasado o quizá no, lo que podría haber sido de otro modo o lo que pudo ocurrir y quedó sólo como posibilidad.

Tan plausible es que la mujer de Martin Guerre fuera cómplice del suplantador de su marido como que tuviera un grave problema de conciencia, explotado por Janet Lewis al escribir sobre Bertrande como si conociera todos sus pensamientos, como si fuera la propia Bertande. Es un producto de la imaginación de Lewis, su versión sobre una mujer que, por ella misma o por sus parientes, fue empujada a denunciar al hombre que amaba y conducirle a la horca. O tal vez no fuera este el caso. No importa. La ficción nos da la posibilidad de que todo sea otra cosa y sin embargo siga siendo la misma.

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Es posible que Boursicot deseara enamorarse de una mujer y tener un hijo con ella pero su comportamiento pudo deberse o no a otras motivaciones. Cronenberg explora, en su relato cinematográfico de ficción sobre el espía chino y su amante francés, las ambigüedades de la identidad, las contradicciones del deseo, la invención de una fantasía y el exotismo de la cultura oriental. Boursicot pasa a llamarse Gallimard y es un diplomático de alto rango que se enamora perdidamente de Song Liling, diva de la ópera de Pekín y espía al servicio de su país. Jeremy Irons presta su impecable aspecto físico para construir un Gallimard elegante y torturado y John Lone interpreta un doble papel de hombre y mujer absolutamente creíble.

Liling acepta convertirse en la fantasía de Gallimard, que llega a definirse a sí mismo como “un hombre que amaba a una mujer creada por un hombre”. Nada que ver con la explicación que el auténtico Boursicot adujo para justificarse: “Nuestros amores eran clandestinos. Nos veíamos en lo oscuro, deprisa y corriendo”.

Todo pudo haber sido y si fue de una manera o de otra, la ficción nos da la oportunidad de reflexionar sobre ello, de recrearlo o de verlo con otros ojos. En estas posibilidades se basa la misma existencia de la ficción y su justificación. Como alguna vez dijo Javier Marías, leemos o vemos una película porque necesitamos “conocer lo posible además de lo cierto, las conjeturas y las hipótesis y los fracasos además de los hechos, lo descartado y lo que pudo ser además de lo que fue”.

Notas

– David Cronenberg, ‘M.Butterfly’, película de 1992, basada en el caso Boursicot.

– Janet Lewis, “La mujer de Martin Guerre”, vigésimo noveno volumen del Reino de Redonda, editado por Javier Marías en 2015.

– Daniel Vigne, “El regreso de Martin Guerre”, película de 1982. Como en la novela de Lewis, el impostor es mucho mejor persona que quien se marchó.

-La voz de Javier Marías procede del discurso que pronunció el 2 de agosto de 1995 en Caracas, bajo el título “Lo que no sucede y sucede”, al recibir el Premio Internacional Rómulo Gallegos.

· El doble regreso de Martin Guerre

Martin Guerre

Cuando Ulises volvió a Ítaca tras diez años de guerra y otros diez de errancia, sólo Argos, su viejo perro, adivinó que era él. A Penélope tuvo que convencerla y superar la trampa que le tendió cuando ordenó que se sacara el lecho conyugal del dormitorio. Él lo había construido alrededor del tronco de un gigantesco olivo, lo que hacía imposible cumplir su mandato. Al recordárselo, ella se dio cuenta inmediatamente de que el hombre que estaba ante ella era el auténtico Ulises, el que había marchado a Troya veinte años antes.

A Bertrande de Rols, el supuesto impostor que se hizo pasar por su esposo después de ocho años de abandono también le dio múltiples pruebas, pero ella no le creyó y le llevó a juicio. Al principio lo acogió no sólo en su cama sino también en su corazón. Había vuelto cambiado de las guerras de España: ya no era un joven petulante, arisco y convencido de que debía ejercer la autoridad sin contemplaciones ni sentimentalismos y exigir obediencia a criados y a sus propios hijos y esposa cuando se convirtiera en el cap d’hostal, al morir su padre. Hacía ocho años que una discusión y una denuncia por robo de su progenitor, le hicieron abandonar la casa, a su mujer y a su hijo pequeño.

Ella le esperó pacientemente. Murieron los padres de él, las hermanas se casaron, Bertrande se quedó sola en la granja y, cuando ya creía que Martin no iba a regresar jamás, volvió y resultó ser una persona dulce, agradable, buen conversador, buen amante y mejor padre. Ella no dudó de él al principio, pero según pasaba el tiempo se le hacía más y más difícil entender su gran cambio. Y entonces se obsesionó con que era un impostor y, lo que es aún peor, que su alma sería condenada por toda la eternidad a las llamas del infierno porque había cometido y estaba cometiendo adulterio: ése no era su marido.

Y aunque todo el mundo la tomó por loca, excepto el tío Pierre, quien había sido jefe de la casa durante los últimos años de la ausencia de Martin, ella siguió insistiendo y llevó el caso a juicio, a pesar del disgusto de las hermanas y de los criados, la oposición del cura y la incomprensión de su hijo que había hecho un héroe de su padre recobrado. Una primera vista se celebró en Rieux y la segunda y definitiva en Toulouse. Ya estaba el caso juzgado y el acusado reconocido como Martin Guerre cuando de pronto se presentó el auténtico. La autora deja para el final la aparición dramática del esposo que, lejos de mostrarse cariñoso y respetuoso con su esposa, la acusa de traición y adulterio, el pecado al que tanto temía ella.

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La historia es real y ocurrió en Artigue, un pequeño pueblo del sur de Francia que todos los inviernos quedaba aislado por las nieves. Martin Guerre desapareció en 1548, el falso apareció ocho años después y fue condenado a muerte tras un complicado juicio en 1560. Del auténtico Martin Guerre y de su esposa y familia no se supo más.

La versión que ofrece Janet Lewis sobre esta historia nos muestra que perseguir la verdad no siempre es lo más acertado y que una educación rígida que tiene como objetivo inculcar el sentimiento de culpa no es lo más saludable. El relato va encadenando los estados de ánimo de la propia Bertrande: al principio prima el sentimiento de humillación y abandono que le produce la marcha de su esposo, luego la angustia al comprobar que pasan las primaveras y no regresa, el rencor por el sufrimiento que provoca en ella su ausencia, la agonía de la incertidumbre y la ansiedad ante viajeros desconocidos que pudieran dar noticias de él.

Y de repente reaparece como en un sueño y ella siente que el corazón se le desboca y cree que es Martin, que se le parece, pero no del todo. Pasan los meses y ella aún no puede creer que se merezca esa felicidad, que el orgulloso y abrupto esposo que se marchó se haya convertido en un marido cariñoso, vital y enamorado. Las pruebas de que era él son innumerables, desde los detalles del pasado que ambos recuerdan a las señales físicas que muestra -dos dientes rotos, los lunares- pero, sobre todo, el reconocimiento de que es él por parte de los parientes y los criados.

Pero a fuerza de pensar que no se lo merece, que va a ser castigada, Bertrande se labra su propia desgracia y de haber podido disfrutar el resto de su vida con un hombre dulce y atento, que la quería y del que estaba enamorada, el impostor llamado Arnaud du Thil, pasó a ser la esposa despreciada y condenada por Martin Guerre, un hombre que la había abandonado sin ningún cargo de conciencia y que no tenía el más mínimo apego a su persona ni a su familia.

Janet Lewis, la autora, se basa en los comentarios de Étienne Pasquier, célebre jurista contemporáneo a los hechos, que a su vez recoge el testimonio del relator del proceso, Jean de Coras, para escribir esta corta recreación en un libro que se publicó en 1941.

Michel de Montaigne asistió al juicio y lo mencionó años después en sus ‘Ensayos’, mediante preguntas sin respuestas, para mostrar las dificultades de desentrañar la verdad, que huye y cojea, como el supuestamente auténtico Guerre, que perdió una pierna en la batalla de San Quintín. Se pregunta cómo Arnaud du Thil, un hombre enamorado de una mujer a la que nunca vio, pudo adoptar la identidad del marido con el consentimiento de parientes y vecinos, por qué lo aceptó ella y por que le denunció después, por qué se marchó Martin Guerre y por qué volvió y, sobre todo ¿quién era el auténtico impostor?

Janet Lewis, La mujer de Martin Guerre, Reino de Redonda, 2016

Nota biográfica

Janet Lewis (1899-1998) fue una novelista y poeta estadounidense. Escribió ‘La mujer de Martin Guerre’ (1941), ‘El juicio de Sören Qvist’ (1949) y ‘El fantasma de Monsieur Scarrow’ (1959), las tres novelas que integran la serie ‘Casos de pruebas circunstanciales’.

·· Penélope, la esposa fiel y el tiempo detenido

La que espera, la que recibe la noticia de que Troya, por fin, ha caído en poder de los aqueos y se dispone a recibir a su esposo, pero Ulises no llega. Se demorará otros diez años. Penélope espera.

La épica homérica entroniza a Penélope como el paradigma de la fidelidad y de la prudencia, frente a sus primas, la bella y casquivana Helena, y la adúltera y asesina Clitemnestra. Es también una mujer enamorada que, al recibir la noticia de que su esposo había muerto en la guerra, loca de desesperación, se arroja al mar, y una bandada de ánades la rescata y con sus picos la arrastran de nuevo a la playa. Su propio nombre delata su condición: ella misma es Penelops, término griego para denominar a estas aves que, en el imaginario clásico, se caracterizan por su fidelidad.

Tras la marcha de Ulises a la guerra, Penélope queda a cargo del palacio, como reina de Ítaca, con un niño de poca edad. Su suegro, Laertes, ha optado por marcharse a vivir al campo y ella tendrá que hacer frente al acoso de los pretendientes que, convencidos de que el rey ha muerto pues no ha vuelto de Troya con todos los demás, quieren ocupar su lecho y hacerse con el trono itacense. Es entonces cuando Penélope inventa la estratagema del telar: sólo tomará esposo cuando termine la mortaja que teje para su suegro. Durante el día teje y por la noche desteje y así la labor se convierte en una tarea inacabable. 

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Al igual que Ulises, Penélope posee una inteligencia astuta que le ayudará a librarse, al menos durante tres años, de los codiciosos pretendientes. La diosa Atenea le ha enseñado el arte del telar, que simbólicamente es, en alusión a la laboriosa urdimbre, el arte de narrar y la capacidad del pensamiento, de forma que la tejedora de hilos es también la urdidora de ingeniosas tramas.

La literatura posterior a Homero dibujará una Penélope menos ejemplarizante y más humana, que se verá empujada al asesinato por culpa de los celos, como ocurre en una tragedia perdida de Sófocles. Tradiciones diferentes que, como la expresada por Licofrón, poeta romano que recoge la supuesta genealogía troyana de los romanos a partir de Eneas, le lleva a difamar a los griegos y hacer de Ulises un individuo taimado y cruel y de Penélope, una ramera que malgastó la riqueza de Ítaca.

Pero la tradición homérica se ha impuesto y Penélope es el modelo de la buena esposa que ha seguido vigente hasta ayer mismo. Ella es la que espera en una perfecta armonía consigo misma, la que es fiel al esposo ausente y la que le anima, cuando vuelve, a proseguir su destino de héroe viajero. El premio a su conducta será recuperar a su esposo y vivir con él los últimos años de una vejez suave y tranquila. Es cierto que Ulises renunció a la inmortalidad y a la ninfa Calipso, más bella que Penélope y también enamorada, por volver junto a su esposa, a la que ama. Pero a él no sólo no se le exige continencia sexual sino que se ve como admirable su relación con Circe y, sobre todo con Calipso.

En las recreaciones que siguieron al mito, Penélope continuó siendo la perfecta esposa, más o menos fiel, pero también más humana. La más famosa, Molly Bloom, que juega un papel crepuscular en la novela de Joyce, revela en su monólogo que no le es fiel a su marido, que desea a otros hombres, pero que Leopold Bloom es el mejor de todos. Da rienda suelta, en este flujo de conciencia que escandalizó a la sociedad europea de principios del siglo XX, a un rosario de deseos y experiencias sexuales que nunca habían sido puestos en boca de una mujer. 

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Se dice que el de Molly Bloom fue el primer discurso de liberación femenina. No está de acuerdo Elisabeth Costello, personaje imaginario y central de la novela de Coetzee que lleva su nombre por título. Elisabeth es una escritora famosa, sobre todo por ‘La casa de Eccles Street’, lugar de residencia de la familia Bloom en Dublín. Es una hipotética novela en la que Costello retoma el personaje de Joyce y, en contraste con una Molly Bloom encerrada en casa con su marido y su amante, que “deja su rastro por las páginas del ‘Ulises igual que una perra en celo deja su olor” perseguida y husmeada por los hombres, crea otra Molly auténticamente feminista, una “leona que acecha por las calles, olisquea y otea el paisaje e incluso busca una presa”, liberándose de la casa, del dormitorio y de la cama. Lástima que ‘La casa de Eccles Street’ sea una novela imaginaria y no sepamos cómo se desarrollan las mencionadas actividades cinegéticas de la nueva Penélope.

Vuelvo a Homero y a la posterior recreación del mito. Puede que la Penélope primigenia haya tenido dudas, que se haya enamorado de otro durante los veinte años de viudedad forzosa, puede que se convenciera finalmente de que Ulises había muerto y no regresaría jamás. Pero superó los obstáculos y, a cambio de su espera, el mar le devolvió a su esposo. La Odisea, como todos los cuentos antiguos acaba bien: los dos amantes unidos en una larga noche de sexo y confidencias. Pero nada dice de cómo pudo soportar esos veinte años de soledad, qué mecanismos psicológicos utilizó para no volverse loca. O tal vez sí lo hizo.

Se cuentan historias de mujeres que esperan, en un puerto o en una estación de tren, al amor de su vida que un día se marchó. Y pasan los años, veinte y más aún. Y algunas siguen viviendo en el mismo día en que su amante se fue. Xuan Bello en su ‘Historia universal de Paniceiros’ hace referencia a una tal Ana Cabornu. Dice que era una “vieja loca, que había enloquecido de mal de amores, y que paseaba junto al río cogiendo flores de la orilla”. Preguntó quién era aquella mujer, de pelo “aún rojo y joven” que contrastaba con su rostro envejecido y nadie le supo o quiso dar detalles de su historia. “Estaba loca y eso bien se veía: bailaba sola, lloraba, llevaba plumas de milano en el pelo y pedía, a voces que el acordeonista tocara Suspiros de España”, un antiguo pasodoble nacido de la nostalgia de vivir en tierra extraña.

Luego supo que muchos años antes Ana Coburnu se había casado y que el día después de la boda, el joven, que no tenía tierras propias, había marchado a América, a Cuba o a Argentina y ella, “que esperó interminablemente la vuelta de su esposo, que iba hasta Luarca solo para ver los barcos y contemplar la línea del horizonte por ver si por si por allí aparecían noticias del amado, fue poco a poco trastornándose”. Y, cuando pasada media vida, volvió el marido tan pobre como había salido y cargado de años, Ana Cabornu no le reconoció o no quiso reconocerlo y siguió con su vida de vagabunda, esperando, siempre esperando.

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Tampoco reconoció a su amado la Penélope de Joan Manuel Serrat, que todos los días desde hace años camina hasta a la estación y espera el tren que le devolverá a su Ulises. Dicen en el pueblo que un día de primavera el caminante que la había enamorado se marchó y ella se quedó para siempre en esa tarde plomiza de abril, en un tiempo detenido, congelado. Él le prometió que volvería y ella se fue marchitando mientras le esperaba, pero sin darse cuenta de que el tiempo había pasado. Cuando el caminante volvió, ella lo miró y no pudo reconocerle: “No era así su cara ni su piel: no eres quien yo espero”.

Fuentes

Homero, La Odisea, Anaya, 2012

– James Joyce, Ulises, Lumen, 2014

– J.M. Coetzee, Elizabeth Costello, Random House Mondadori, 2003

– Xuan Bello, ‘Historia universal de Paniceiros’, Random House Mondadori, 2002

– ‘Penélope’, letra de Joan Manuel Serrat y música de Augusto Algueró, 1969.

* Lejos de Ítaca

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¿Por qué has vuelto, Ulises? Todas las mañanas, nada más despertar, los labios de Penélope pronuncian la misma pregunta que resuena sin cesar en sus oídos hasta el anochecer. Regresó a Ítaca después de diez años de guerra con los troyanos y de otros tantos de vagabundeo por regiones inhóspitas y desconocidas: desde entonces, desde la matanza de los pretendientes, ya han transcurrido diez más.

El escenario está dispuesto y la obra va a comenzar. Franco Mimmi, el autor de ‘Lontano da Itaca’, recoge los versos de la Odisea de Homero, del Canto XXVI de la Comedia de Dante, del ‘Ulysses’ de Tennyson, del ‘Itaca’ de Kostantinos Kavafis, y ‘L’ultimo viaggio de Giovanni Pascoli’ y en un juego de “prestidigitación literaria”, en el que también aparecen las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, consigue crear una historia que enlaza el mundo de hoy con la primera novela de Occidente. “Ítaca nos espera, ahora y siempre”, concluye en la presentación del apéndice de sus fuentes de inspiración arriba mencionadas.

Se han cumplido diez años desde su llegada a Ítaca. Para poder regresar, Ulises ha tenido que rechazar la droga de los lotófagos, que hace olvidar el deseo de volver; cegar al pavoroso Polifemo con una estaca ardiente; sobrevivir a los lestrigones y enamorar a Circe, “la de las lindas trenzas”; descender al Hades para conocer su destino; no dejarse embaucar por el canto de las sirenas que “conocen todo cuanto ocurre en la fértil tierra”; salir indemne entre las rocas de Escila y Caribdis; llorar por su regreso durante siete años en la isla de Ogigia, en brazos de la bella ninfa Calipso, hacer frente a la tempestad desatada por el dios Poseidón y olvidar a Nausicáa, “la de los níveos brazos”, cuyo padre, Alcinoo, le ayudará a volver.

Itaca

Y todo para llegar a Ítaca, una isla pobre y pedregosa, tendida en una abrupta geografía, “áspera, pero buena criadora de hombres”, dice Homero. Sin embargo, no es la tierra la que le llama, sino los seres queridos que dejó en ella. Es la añoranza de ellos la que le hace volver. Supo que su madre había muerto porque se encontró con ella, con su sombra, en el Hades y supo también que su padre Laertes vivía en la miseria, que su mujer era acosada por los pretendientes y que Telémaco arriesgaba su vida por culpa de esos codiciosos. Y para saber más y estar con ellos abandona a Calipso y luego rechaza a Nausicáa. Volver es su destino y también contar lo que ha ocurrido.

Pero en estos últimos diez años en Ítaca, Telémaco, el hijo que salió a buscarlo por mar y tierra y que le ayudó a matar a los pretendientes, se ha convertido en un hombre de negocios y, de hecho en el auténtico gobernador de Ítaca, en tanto que él se ha vuelto “negligente” y ocioso. Y en los ojos de Penélope sólo ve odio: veinte años esperándolo y otros diez pensando por qué había vuelto si sus pensamientos estaban en otra parte. Ella había permanecido en el hogar, sola, esperando noticias. “Hasta tres veces me contaron que Ulises había muerto”. Sus heridas no eran menores que las de él, pero ella no tuvo el consuelo de “las manos de Circe, de los labios de Calipso y de los ojos de Nausicáa”. Ahora que Ulises ha vuelto no hay “nada, la misma soledad de antes, incluso peor porque tú estás aquí. Me paso el día contemplando el mar y la noche en tu compañía recordando los años en los que estabas lejos”.

También Ulises contempla el mar: todas las mañanas se sienta sobre una roca lisa, bajo un antiguo y frondoso roble, desde donde se divisa la bahía y mientras fija su mirada en el mar le vienen a la mente todos los recuerdos, desde la guerra de Troya en las riberas del Escamandro a la gruta del cruel cíclope y el horror del Hades, pero también “la nostalgia por las cálidas manos de Circe, por los labios de Calipso y por los ojos de Nausicáa”.

Sentado, con la espalda apoyada sobre el roble, Ulises se deja llevar por el mar y por el pasado sin disfrutar en absoluto del presente ni esperar nada bueno del futuro. Una mañana se le presenta la diosa Atenea para exigirle un último viaje, el que le profetizó Teresias, y que debe a Poseidón antes de poder descansar en una vejez dulce y tranquila. Ulises le reprocha a la diosa que le exija participar en una guerra de dioses en la que no se siente concernido y se niega a ponerse en viaje en busca de su destino. Se siente tan cansado.

Pero Telémaco, en connivencia con otros jóvenes itacenses, ha ideado un plan: hacerle contar sus aventuras y de esta manera conseguir que vuelva a hacerse a la mar, repetir las hazañas, sacarle de su embotamiento. Y lo consigue, pero no de la manera en que Atenea quiere. Serán ellos, los jóvenes itacenses, los que viajen a los confines del mundo, en busca de aventuras y conocimiento, ajenos a las guerras de los dioses y libres de cualquier culpa.

La repetición del viaje

El Ulises de Pascoli, una de las fuentes en las que se inspira Mimmi, sí realiza un viaje, no el vaticinado por Tiresias, sino un recorrido hacia el pasado, hacia los antiguos lugares que conoció en los diez años que estuvo ausente tras la guerra de Troya. Pero el tiempo ha transcurrido y la flecha no viaja en sentido contrario. Inicia el viaje, lleva consigo a sus viejos amigos y desembarca en la isla de los Cíclopes, donde ya no hay rastro de Polifemo y en Ea, donde no queda ninguna huella de Circe. Todo está dominado por la ausencia y Ulises les pregunta a las sirenas que quién es él. Y en ese momento si nave se estrella contra las rocas, que no eran otra cosa que las sirenas que creía ver en este último viaje. Su cadáver es transportado a la isla de Ogigia y Calipso le dirige las palabras que cierran el poema: “No ser nunca más, nada, menos que la muerte, no ser más”. Una muerte peor que la nada.

Kavafis

Ítaca es siempre el final del camino

Ulises mira al mar y recuerda el pasado y los brazos de Circe. Piensa que ni siquiera le importaría volver a pasar el terror del Hades o el horror de los cíclopes. Ahora tiene añoranza del viaje, como antes la tenía del regreso. Ítaca ya no le ofrece nada extraordinario; volvió por su padre Laertes, ya fallecido, por su esposa Penélope, que le detesta por sus infidelidades pasadas y presentes en la memoria y por Telémaco, que quiere convertirlo en “tabernero”. En este escenario se desarrolla la puesta en escena del Ulises de Mimmi.

Pascoli también se hace eco de la nostalgia del héroe y hace que retroceda al pasado y repita sus viejas aventuras pero ya no encuentra nada en ese viaje. Porque Ítaca está en el corazón y el viajero lleva su propio equipaje, como dice Kavafis.

Su poema ‘Ítaca’ nos enseña que Ulises no encontrará ni lestrigones ni cíclopes ni a Poseidón si no los lleva dentro de su alma, si su alma no los erige delante de él y es ilusorio y reprochable haber dejado su patria reputándola de mísera, de ser incapaz de ofrecerle nuevas aventuras y experiencias. Porque Ítaca es el destino y lo que importa es el viaje y llegar a la meta cargado de conocimientos y experiencias.

El poema comienza aconsejando que, al emprender tu retorno a Ítaca, ruegues para “que el viaje sea largo, lleno de peripecias y que sean muchos los días de verano” y “que te vean arribar con gozo, alegremente a puertos que tú desconocías”: debes conservar “en tu alma la idea de Ítaca” porque “llegar allí es tu destino”. Y termina con la misma petición de vivir despacio e intensamente, disfrutando cada instante:

No hagas con prisa tu camino

mejor será que dure muchos años

Y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla

rico de cuanto habrás ganado en el camino

No has de esperar que Ítaca te enriquezca

Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje

Sin ella, jamás habrías partido

más no tiene otra cosa que ofrecerte.

Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.

Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,

sin duda sabrás ya qué significan la Ítacas”.

Lecturas

– Franco Mimmi, Lontano da Itaca, Aliberti editore, 2007

– Giovanni Pascoli, El último viaje

– Kostantinos Kavafis, Ítaca

* El último viaje de Ulises

homero

Es arrogante y sentimental, prudente y audaz, paciente y seductor; lucha contra la adversidad y no se rinde nunca y su afán por conocerlo todo le lleva a vivir situaciones peligrosas, como ocurre en sus encuentros con los cíclopes y con las sirenas, pero su deseo de regresar a Ítaca le da fuerzas para afrontar desventuras, naufragios y tempestades y también para renunciar a la inmortalidad que le ofrece Calipso. Pero, sobre todo, Ulises es el viajero.

La Odisea’, el poema homérico que cuenta las hazañas del rey de Ítaca en su viaje de regreso al hogar tras la victoria sobre Troya, es la obra de mayor influencia en la historia literaria de Occidente. Cada época ha dado su propia versión de Ulises, un arquetipo mítico, y con todas esas renovaciones y reinterpretaciones a cuestas ha llegado a nuestros días, de manera que ya no podemos ver únicamente al héroe dibujado por Homero, sino al que ha sido pensado, reinventado, rebatido o sacralizado por quienes lo escucharon o leyeron después.

La Odisea’ comienza pidiendo a la Musa que le hable de “aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria” (1). Durante diez años, tras dejar Troya, Ulises ha de luchar contra las trampas de los dioses que le impiden regresar a su hogar y, como sucede en todos los cuentos tradicionales, la ‘Odisea’ tiene un final feliz y el héroe regresa a Ítaca, junto a su esposa, Penélope, y a su hijo Telémaco.

El último viaje que Ulises realizaría, de acuerdo con Homero, es el que le vaticinó Tiresias: un viaje hacia el norte hasta llegar a pueblos que no conocen el mar con un remo al hombro para dejarlo, allí donde sea confundido con un aventador, clavado en tierra como señal de que había llegado. Después regresaría a Ítaca, donde permanecería hasta su muerte, de la que nada sabemos porque, posiblemente, el aedo consideró de poco interés para sus oyentes relatar una vejez tranquila seguida por una desaparición natural. Tiresias, el adivino, le profetizó en su encuentro en el Hades que la muerte le llegaría del mar “y será muy tranquila, pues te alcanzará ya sometido a una suave vejez, y en tu entorno vivirán prósperas tus gentes”.

Pero versiones diferentes a los cantos de Homero fueron sucediéndose a lo largo de los siglos, algunas tan pintorescas como la del bizantino Proclo, que coincide con Apolodoro, en que Ulises murió asesinado por el hijo que tuvo con Circe, Telégono, quien viajó a Ítaca para conocer a su padre pero con tan mala fortuna que Ulises, al sorprenderle robando su ganado, intentó impedirlo; su hijo, que no lo había reconocido, lo mató con la espada que tenía en la mano. Tras el asesinato, Telégono se casó con Penélope y Circe les envió a la isla de los Bienaventurados (2).

dante
Dante. Piazza Santa Croce. Florencia

Habría que esperar diez siglos a la versión sobre la muerte de Ulises que más fortuna obtuvo. Hacia mediados del XIV, Dante descubre que no murió plácidamente en su cama en tranquila y suave vejez, sino en un último viaje cuyos detalles le reveló desde el Infierno, en cuyo círculo octavo, donde ardían los malos consejeros, cumplía su pena eterna compartida con Diomedes.

Dante no recoge el testigo de Homero, cuya ‘Odisea’ no conoció, sino el de de Virgilio, que presenta a Ulises como un marrullero astuto, y de Ovidio que, en ‘Las Metamorfosis’, nos cuenta historias poco halagüeñas del rey de los itacenses, como las sugerencias que deslizó al oído de Agamenón de que sacrificara a Ifigenia, su propia hija, y conseguir así el favor de los dioses, dueños de los vientos, para que permitieran a su flota poner rumbo a Troya.

El escritor florentino no utiliza esta historia para incluir a Ulises entre los malos consejeros, pero sí la de Aquiles disfrazado de mujer en la corte de Esciros y descubierto por el itacense; la del caballo hueco ideado por Ulises que los dánaos regalaron a los troyanos, y la del robo, junto con Diomedes, de la estatua de Palas que defendía Troya y que, al desaparecer, dejó indefensa a la ciudad y causó su destrucción.

Esa caracterización de Ulises como causante de la guerra y destrucción de Troya por sus malvados ardides y consejos es la que presenta Dante, pero más trascendente que su adscripción al octavo círculo del infierno es el relato que hace de su “último viaje” y de cómo, en pos del conocimiento, halló la muerte. El Ulises de Dante ya no es sólo el viajero que vive aventuras para poder contarlas, sino el que necesita conocer qué hay más allá. En ‘La Comedia’, Virgilio y el peregrino llegan al círculo infernal donde arde Ulises y le piden que les cuente cómo murió y el rey de Ítaca les relata una historia de la nadie había sabido nada: su último viaje.

Después de dejar a Circe, Ulises decide no regresar a Ítaca: Ni el halago de un hijo, ni la inquieta piedad de un padre anciano ni el amor que debía a la discreta Penélope, dentro de mí vencieron el ardor de conocer el mundo y enterarme de los vicios humanos y el valor”. Llega a las Columnas de Hércules, el límite impuesto por los dioses a los navegantes y Ulises se dirige a sus compañeros para convencerles de seguir adelante, de “ir tras el sol por ese mar sin gente”; para lograrlo, les pide que consideren su “ascendencia” porque “para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia”(3)

Quinientos años después, el poeta Alfred Tennyson se hace eco de esta arenga que el Ulises dantesco dirige a sus compañeros para que le sigan y en su conocido poema le hace decir:

Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan / es posible que demos con las Islas Venturosas / y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos”.

Aquiles, a quien Ulises conoció en su viaje al Hades homérico, permanece en el mundo de las sombras. Se dirigen, por lo tanto, al reino de los muertos, su destino último, y la misma tripulación ha adquirido ya el estado fantasmal de los fallecidos, incluso antes de traspasar las Columnas de Hércules.

En ‘La Comedia’, los marineros dirigidos por Ulises atraviesan el Estrecho y durante cinco meses navegan hacia el sur en el océano Atlántico. Hasta que divisan una montaña oscura y extremadamente alta, que podría ser el Purgatorio. Entonces su alegría se convierte en llanto porque de ella surge un viento brutal que hace girar la nave sobre sí misma por tres veces, hasta ser cubierta “por la mar airada”. Y es entonces cuando muere Ulises, bien porque ha excedido los límites impuestos por los dioses, bien porque a ningún mortal, excepto a Dante, le es permitido traspasar el mundo de los vivos, al menos por dos veces, aunque posiblemente su primera visita al Hades no cuente para el teólogo medieval. La audacia del héroe griego es castigada por un dios que él desconoce y que le causa la muerte en un naufragio.

Jorge Luis Borges señala que Dante se atrevió a anticipar “los dictámenes del inescrutable Juicio Final” y juzgó y condenó almas, una labor de no le correspondía de ninguna manera, por lo que sugiere que “Dante fue Ulises y de algún modo pudo temer el castigo de Ulises”, por mucho que se amparara en que lo guiaban fuerzas más altas y que no lo hacía por soberbia y desmesura.

columnas hercules

El descenso a los infiernos

Este último viaje condena a Ulises a la muerte por haberse convertido en símbolo del deseo de conocimiento sin límites, pero no es el castigo que le impone Dante en el octavo círculo, adonde es llevado por sus malos consejos, aunque también podría interpretarse como un mal consejo la alocución que dirige a sus compañeros antes de traspasar las Columnas.

Boitani ve en el Ulises de Dante el deseo de conocer la experiencia de la muerte. El descenso a los infiernos, la katábasis, sigue unas normas que no deben infringirse. En su viaje al Hades en ‘La Odisea’, parece contar con el beneplácito de las potencias infernales y, en apariencia, sólo intenta obtener de Tiresias la respuesta a qué puede hacer para regresar a Ítaca. Pero es una excusa literaria de Homero para darnos noticia de los aqueos y los troyanos muertos y del destino tétrico que a todos nos espera tras la muerte.

En la Antigüedad clásica hubo quien no sentía demasiada simpatía por las tretas de Ulises. Fue Esquilo, entre otros, quien adscribió su paternidad al “miserable” Sísifo y no a Laertes porque antes de conocer a su esposo, Anticlea tuvo un desliz con el más astuto de los hombres, y de ahí la herencia que recibió su hijo (4). Se trata del mismo Sísifo que Ulises pudo ver en el Hades empujando una piedra enorme hasta la cima de una montaña, desde la que se deslizaba pendiente abajo una y otra vez, en un ciclo interminable, como castigo de los dioses por haber querido y logrado engañar a la muerte.

Sísifo era un charlatán y se fue de la lengua al relatar una aventura sentimental de Zeus, que quiso castigarlo y le envió a Thánatos, la muerte, pero el mortal logró apresarla y encadenarla. Durante ese tiempo nadie moría y, ante las quejas, Zeus decidió liberar a Thánatos y enviar a Sísifo al Hades, pero éste antes de morir dejó dicho a su esposa que no le hiciera honras fúnebres. Cuando llegó al mundo de los muertos, denunció tal impiedad y pidió regresar para castigarla, con la promesa de que volvería después de los ritos funerarios para descansar entre los muertos, pero era una treta: volvió a su casa y su alma se reintegró a su cuerpo. Al final murió de viejo, pero los dioses infernales le tenían guardado el castigo de empujar la roca eternamente.

Un mundo nuevo

Boitani también menciona el último viaje de Ulises de Vespucci y de Tasso, que consideran al héroe griego un quimérico precursor de los navegantes hacia un nuevo continente porque atraviesa las Columnas de Hércules y surca el Atlántico. Por una parte está el Hades, el reino de la muerte, pero también el nuevo mundo y Ulises se hará a la vela hacia él, como primera luz de quienes pusieron rumbo a los confines atlánticos del mundo. De esta forma prefigurará a Colón y su descubrimiento de las Indias.

Pero Boitani reconoce que Ulises no es un colonizador, sino un viajero, y su descendiente no es ni Colón ni Robinson Crusoe, sino Magallanes, en cuya nave, la Victoria, campea el lema “Para mí son alas las velas”, con el que retoma orgullosamente la semejanza homérico-dantesca del viaje al Hades (5).

La idea de Ulises como precursor de Colón y de los ‘conquistadores’ no le gustó mucho a Borges, gran admirador de ‘La Comedia’. En una posdata de 1981 al ensayo dantesco que lleva por título ‘El último viaje de Ulises’, el escritor argentino escribe: Se ha dicho que el Ulises de Dante prefigura a los famosos exploradores que llegarían, siglos después, a las costas de América y de la India. Siglos antes de la escritura de la Comedia, ese tipo humano ya se había dado. Erico el Rojo descubrió la isla de Groenlandia hacia el año 985 y su hijo Leif, a principios del siglo XI, desembarcó en el Canadá”, aunque Dante no pudo saber estas cosas (6).

Notas

(1) Homero, La Odisea,Traducción de Luis Segalá y Estalella, Espasa Calpe, 1991

(2) Carlos García Gual, La muerte de los héroes, Turner, 2016

(3) Dante Alighieri, Comedia, Traducción de Ángel Crespo, Seix Barral, 2004

(4) Esquilo, El juicio de las armas (mencionado por William B. Stanford, El tema de Ulises, Editorial Dykinson, 2014)

(5) Piero Boitani, La sombra de Ulises, Imágenes de un mito en la literatura occidental, Península, 2002

(6) Jorge Luis Borges, Nueve ensayos dantescos, Alianza Editorial, 1999

* Los múltiples viajes de ‘Los pasos perdidos’, de Alejo Carpentier

los pasos perdidos

La literatura está llena de viajes, exilios, regresos, expediciones, peregrinaciones, periplos míticos, cruzadas, odiseas, conquistas, huidas y búsquedas. Todo esto cabe en las novelas y en los cuentos porque el viaje, entendido como cambio en el tiempo o en el espacio, es la materia de la que está hecha la propia vida, que no es más que un trayecto desde el nacimiento a la muerte. Y en su transcurso también hay puro cambio, puro viaje.

Los pasos perdidos’, la novela que Carpentier escribió en 1953, reúne las dos dimensiones fundamentales del viaje, el geográfico y el temporal, pero también la catarsis interior, los rituales de paso y la búsqueda del paraíso o la utopía.

El viajero anónimo de esta narración es un hombre que lleva en una vida poco satisfactoria en una ciudad cosmopolita, con un empleo “nutricio”, una esposa con la que poco tiene en común, una amante que le entretiene y una vida social que empieza a cansarle porque sus conocidos acababan repitiéndose en un desaforado ir y venir de ideas y de proyectos, que van de lo trascendental a lo estúpido, aunque siempre insólito y a la moda, conformando un juego acrobático de insensateces artificiales que no conduce a nada.

Un día recibe el encargo de buscar instrumentos primitivos de los nativos de la selva americana, lo que remueve en su interior la antigua pasión por conocer y registrar el origen de la música, el nacimiento de la expresión rítmica primordial. Decide partir a la selva, en parte por aburrimiento, para olvidar ciertas ideas muy en boga en los ambientes intelectuales de las ciudades modernas que “me cansaban ahora, de tanto haberlas llevado” y en parte por el deseo de encontrar el origen del sonido musical en las culturas más primitivas.

Llega a una ciudad que no puede ser otra que Caracas, pero lo hace acompañado por Mouche, su amante, una mujer moderna, superficial y absolutamente urbana y superficial, por lo que el viajero no terminará de romper con el ambiente que le aliena hasta que rompan la relación y él se interne en la selva junto a Rosario, una mujer de la tierra, mestiza y primordial, que simboliza la autenticidad, de la que carecen tanto su esposa como su amante.

Comienza el viaje por el Alto Orinoco, guiado por un hombre, el Adelantado, hacia la ciudad que ha fundado en el corazón de esos territorios inmensos, que encierran “montañas, abismos, tesoros, pueblos errantes, vestigios de civilizaciones desaparecidas”, selva que era “un mundo compacto entero, que alimentaba su fauna y sus hombres, modelaba sus propias nubes, armaba sus meteoros y elaboraba sus lluvias”. Atraviesan una vegetación de bambusales, la maleza del río dificulta la navegación, se escuchan chasquidos inesperados, súbitas ondulaciones, “fuga de seres invisibles que dejaban tras de sí una estela de turbias podredumbres”. La descripción de los paisajes que atraviesan es fascinante de forma que se convierten en un personaje más y así ocurre en todas las novelas de Carpentier.

selva

Para llegar al Paraíso que, según Carlos Fuentes, es el tiempo anterior y feliz en el que se conjuga la empresa utópica y la narrativa para vencer al espacio, el viajero debe someterse a los ritos de un itinerario místico, en el que hay que vencer en primer lugar los obstáculos que se presentan al neófito: en esta navegación por un río repleto de frutos podridos y simientes velludas y coronado por árboles que impiden ver el cielo, al cabo de un tiempo el viajero de Carpentier reconoce que “se pierde la noción de verticalidad y surge una suerte de desorientación, de mareo de los ojos”, se trastorna la apariencia y se confunde lo que está arriba con lo que hay abajo. “Era como si me hicieran dar vueltas sobre mí mismo para atolondrarme, antes de situarme en los umbrales de una morada secreta”. Una especie de juego de la gallina ciega. “Cuando fue la luz otra vez, comprendí que había pasado la primera prueba”.

A este viaje geográfico se añade el regreso en el tiempo. Aparece, remoto, el espejismo de El Dorado y Felipe de Hutten, el Utre de los castellanos quien, una tarde memorable, desde lo alto de un cerro contempló alucinado la gran ciudad de Manoa y sus portentosos alcázares”. De la selva maya “surgían escalinatas, atracaderos, monumentos, templos llenos de pinturas portentosas que representaban ritos de sacerdotes peces y de sacerdotes langostas” y “largas avenidas de dioses, erguidos frente a frente, lado a lado, cuyos nombres quedarían por siempre ignorados”.

Fray Pedro, un sacerdote que les acompaña en el viaje, oficia una misa y de súbito, el viajero se da cuenta de que no hay ninguna diferencia entre esta misa y las que escucharon los Conquistadores de El Dorado y comprende que el tiempo ha retrocedido cuatro siglos, que tal vez transcurra el año 1540. Y sigue vislumbrando el pasado: los juegos medievales de diablos y tarascas, las danzas de Pares de Francia y los romances de Carlomagno. Y sigue retrocediendo aún más: pasa el año cero y tornan a crecer las fechas del otro lado hasta llegar al hombre que hace ensayos de primitiva agricultura y abandona la errancia del nómada y llora a sus muertos haciendo bramar un ánfora de barro.

Sale del paleolítico para entrar en la más profunda noche de las edades en el encuentro “con una tribu de indios que disputan la comida a los monos, que apenas conocen los recursos del fuego, que devoran larvas de avispas y termes, triscan hormigas y liendres, escarban la tierra y traban los gusanos y las lombrices, antes de amasar al tierra con los dedos y comerse la tierra misma. Sus perros son como lobos y zorros, anteriores a los perros”. Y el viajero siente una especie de vértigo ante la posibilidad de otros escalafones de retroceso, pero es en esa tribu, en el rito que despide a un muerto, donde escucha el sonido que va más allá del lenguaje pero lejos aún del canto, un jadeo a contratiempo, un vibrar de la lengua. Es el treno, un canto mágico destinado a hacer volver a un muerto a la vida, y el viajero comprende que acaba de asistir a la repetición de un acto atávico, el mismo que dio lugar al nacimiento de la música.

La tormenta, los indios que son como larvas, la desorientación y el terror que experimenta el viajero anónimo recuerda el viaje de Marlow en busca del agente Kurtz, en El corazón de las tinieblas de Conrad. Remontar el río a través de la selva era “penetrar más y más en el corazón de la oscuridad, era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes”. Pero los colonizadores, como Kurtz y el propio capitán del vapor que ha salido en su búsqueda, soñaban con que eran los primeros hombres “que tomaban posesión de una herencia maldita que debía ser sometida al precio de una profunda angustia y de un enorme esfuerzo”; soñaban con dominar la naturaleza y civilizarla. Por el contrario, el viajero anónimo de Carpentier y el grupo con el que se adentra en la selva van en busca del origen, del tiempo utópico y maravilloso, con la intención de integrarse en el mundo salvaje y primigenio en un viaje que señala una dirección opuesta a la modernidad y el progreso.

Pasado, presente y futuro cohabitan en la selva, donde pueden darse todos los tiempos. Lo había afirmado Carpentier unos años antes de la aparición de esta novela, en una crónica sobre la Gran Sabana venezolana: “El tiempo estaba detenido allí ( ) desposeído de todo sentido ontológico para el hombre de Occidente ( ) No era el tiempo que miden nuestros relojes ni nuestros calendarios. Era el tiempo de la gran Sabana. Era tiempo de la tierra en los días del Génesis”.

Pico Bolívar1

En ‘Los pasos perdidos’, prosiguen el camino por lugares de rocas y planicies lunares, un mundo que podía ser el del Génesis en el cuarto día de la Creación, una tierra vacía y aún desordenada al borde del abismo de la nada, hasta llegar a la ciudad buscada, Santa Mónica de los Venados, fundada por el Adelantado. Y el viajero decide no regresar a la civilización que ha abandonado porque en ese lugar, que pertenece a las Tierras del Ave, está el lugar soñado, el Paraíso.

El viajero ha conseguido los instrumentos primitivos, ha averiguado el origen de la música, se ha reencontrado consigo mismo y ha descubierto el Edén, pero el dios maléfico que le ha concedido el don de la creatividad al penetrar en la selva y por el que ha conseguido escribir -a duras penas por falta de papel- una gran obra musical, un treno que menciona a Ulises y las libaciones a los muertos, le obliga a volver a la civilización para poder acabarla. Allí solucionará algunas cuestiones prácticas y regresará a Santa Mónica. Pero todo se complica y cuando intenta volver ya no conoce el camino, no tiene las llaves de secretas entradas y todo lo pierde.

El viajero ha cometido el irreparable error de desandar lo andado, “creyendo que lo excepcional puede serlo dos veces, y al regresar encuentra los paisajes trastocados, los puntos de referencia barridos”. Ya nunca accederá al Paraíso; sólo podrá cantar las excelencias de la tierra prometida.

Lecturas

– Alejo Carpentier, Los pasos perdidos, 1953

– Carlos Fuentes, Valiente mundo nuevo, 1990

– Josep Conrad, El corazón de las tinieblas, 1899