‘El placer del viajero’, Ian McEwan

Si el autor fuera otro podríamos creer lo que dice, pero al tratarse del desaprensivo Ian McEwan, aficionado a llevar la contraria y a simular lo que no es, hay que deducir del título que el viajero no experimenta ninguna satisfacción y que es una frase irónica, cuando no sarcástica. La cita inicial, de Cesare Pavese, lo confirma. Dice el italiano que que “los viajes son una brutalidad” porque “le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y los amigos”. Si sólo fuera eso: una serie de calamidades incómodas que se ciernen sobre aquel que abandona su hogar: trenes que no llegan, aviones que no despegan, hoteles de cuarta e indeseables compañeros de viaje.

Pero no es de la incomodidad de los desplazamientos ni tampoco es un rosario de quejas de un turista a la agencia de viajes. En primer lugar porque el relato sucede en Venecia, aunque nunca se la nombre, y ya se sabe que en esta ciudad del Adriático nada es lo que parece y, pese a que la publicidad incide en el romanticismo almibarado de los canales y de su travesía en góndola, nuestra conciencia más sabia nos dice que es Tánatos y no Eros el dueño de la laguna y que esas embarcaciones negras son más féretros que ensueños de enamorados.

Colin y Mary, una pareja de británicos que han cumplido siete años de relación, pasan sus vacaciones en Venecia, tal vez para recuperar la chispa de la pasión. Se instalan en un hotel, pasean, visitan, se sienten obligados a cumplir su papel de turistas … y se aburren, pero sobre todo se pierden cuando salen ya de noche a patear las calles en busca de restaurantes que nunca encuentran.

Las señales aparecen por todas partes, pero ellos no parecen darse cuenta: un cliente del hotel entona La Flauta Mágica bajo la ducha, lo que nos recuerda el secuestro de Pamina en los dominios de la Reina de la Noche y las complicadas relaciones entre hombres y mujeres, un tema recurrente en la obra de Ian McEwan y que en esta ocasión adquiere tintes sombríos y dramáticos.

Una noche salen más tarde de lo acostumbrado, no encuentran nada abierto y se vuelven a perder, como casi siempre, pero esta vez desembocan en una calleja oscura solitaria de la que surge de improviso, iluminado por una triste farola, un individuo achaparrado, vestido con una camisa negra muy ajustada y medio transparente, desabrochada hasta casi la cintura; en la uve que deja al descubierto cuelga una cadena de oro de la que pende como adorno una hoja de afeitar. Les corta el paso y consigue llevarlos a un bar, donde pasan varias horas bebiendo y escuchando a su nuevo amigo, felices porque creen que han dado con lo auténtico, no frecuentado por turistas.

Cuando dejan el bar vuelven a perderse y acaban durmiendo en el muelle frente a la isla cementerio, la isla de San Michele, que el narrador no nombra como no lo hace con ninguno de los lugares emblemáticos de Venecia. Consiguen llegar a la plaza de San Marcos, donde gobierna la barahúnda de orquestinas y el ruido de los pasos y conversaciones de centenares de turistas. Exhaustos de cansancio, hambre y sed, consiguen un asiento en una de las terrazas, pero los camareros no les atienden o lo hacen sin ninguna consideración. Robert, el misterioso italiano que conocieron la noche anterior, vuelve a rescatarlos, pero esta vez ha abandonado su aspecto de proxeneta, y se presenta con un traje blanco de buen corte, una corbata de seda gris pálido y unas elegantes gafas de sol. Les promete descanso y comida y ellos, hipnotizados, se dejan llevar a su casa. Horas después despiertan en una habitación de paredes blancas y escrupulosamente ordenada, pero sin su ropa.

Desde el primer encuentro con el italiano han pasado veinticuatro horas y lo ocurrido parece más una pesadilla, como las que Claire y Colin intercambian cada mañana en el balcón de su habitación en el hotel, que una experiencia real. La atmósfera sofocante, las sombras nocturnas, la bruma del amanecer, el amarillo anaranjado de la puesta de sol, junto a la sed, la falta de sueño, el hambre y las calles que se suceden unas a otras sin solución de continuidad porque no hay coches ante los que ceder el paso, sólo canales; todo contribuye a conformar una experiencia irreal, onírica.

Robert les había estado espiando, había tejido una red a su alrededor y actuado como una araña a la espera de sus víctimas. Hay algo en él, pese a que su descripción física no se asemeja lo más mínimo, que recuerda al gondolero que recibe a Aschenbach y pretende llevarlo a toda costa al Lido en ‘La muerte en Venecia’. Es solamente una asociación relacionada con el clima fantasmal que rodea algunas situaciones, común en ambos relatos, pero en tanto que el protagonista de Mann se rebela y obliga al piloto a dirigirse adónde él quiere, Colin y Mary carecen absolutamente de voluntad y siguen a pies juntillas el plan diseñado por Robert y su esposa, Caroline.

Desde el encuentro pasan varios días. Colin y Mary parecen felices, pero un tarde, al volver de la playa del Lido acaban en de nuevo ante el embarcadero del hospital, frente a la isla de los muertos, y unos pasos más, a la vivienda de sus recientes amigos, donde Caroline asomada al balcón, les invita a subir.

El lector sabe lo mismo que saben los dos turistas pero adivina que el desenlace no va a ser agradable. Dan ganas de gritarles, decirles que despierten, que están en peligro, de aconsejarles que huyan, que no salgan de su hotel o que tomen el primer avión y abandonen Venecia. Pero al mismo tiempo, el lector sabe que el destino tiene que cumplirse y que el relato no sería perfecto si no ocurriera lo que tiene que ocurrir.

Anuncios

“Las antípodas y el siglo”, de Ignacio Padilla

classantipodasEl Marco Polo de Italo Calvino veía en cada ciudad que describía al Gran Kan la esencia de una ciudad única,Venecia, a la que su corazón y una nostalgia irrazonable, le hicieron volver: la veía en las ciudades araña, en las sutiles del aire y en las del agua e incluso en las que aún no habían sido.

Donald Campbell, un ingeniero escocés, quiso seguir las huellas de Marco Polo, se perdió en las arenas del desierto y una patrulla de guardias tibetanos le dejaron malherido e inconsciente en medio de la nada. Le recogió y atendió un grupo de kirguises, nómadas del desierto, que le rescataron de la muerte e hicieron de él su profeta.

Amaba su ciudad natal, Edimburgo, tal vez más de lo que Marco Polo amaba la suya, Venecia. Para poder volver negó su presente, olvidó los días en que estuvo al borde de la muerte y creó una realidad alternativa en la que su rescate en el tórrido desierto del Gobi fue obra de un batallón de granaderos y en la que su curación corrió a cargo del cirujano. Volvió en un buque de la Armada a su ciudad natal, en la que permaneció el resto de su vida, asomándose al Mar del Norte y recibiendo su frío aliento cuando diariamente se desplazaba por las calles para impartir clases en su cátedra del Old College. Siempre estuvo convencido, pese a percibir algunos destellos de la verdad, de que los kirguises que se reunían a su alrededor cada mañana no eran tales, sino alumnos escoceses de arquitectura, según nos cuenta Ignacio Padilla en su maravilloso cuento Las antípodas y el siglo’.

edimburgo

Campbell dictaba sus clases, siempre sobre las construcciones de Edimburgo, mientras sus falsos alumnos, los nómadas, apuntaban en sus tablillas de barro todo lo que el enviado de los dioses del desierto les decía. Interpretaron su mensaje: construir una ciudad que se llamaría Edimburgo, una ciudad secreta cuyo emplazamiento sólo conocerían los iniciados. Y en el desierto del Gobi alzaron de la roca sus edificios y sus puentes con idénticas medidas, crearon una réplica exacta de la fría y lluviosa capital, y repitieron también sus historias de brujas y exploradores.

Y luego llegó sir Richard de Veelt, que descubrió el ‘Memorial de la segunda peste’ en una aldea de la Amazonía que, tras verse diezmada por la peste bubónica, hubo de sufrir una catástrofe aún peor, “una enfermedad que cursaba como primer signo una salud inquebrantable”. Le siguió un aventurero que quiso coronar el Everest en un aeroplano y a éste, un coronel británico obsesionado por trasplantar la puntualidad de los trenes británicos al sistema ferroviario de una colonia del Imperio en África.

Seguimos leyendo en unos ‘Apuntes de balística’ la constatación lógica, pero de imposible demostración empírica, del peligro que acarrea utilizar armas falsificadas; el relato de la comprobación de que el río Tsango desembocaba en el Brahmaputra, misión encargada por el coronel Bailey, de la Real Sociedad Geográfica, a dos cartógrafos nativos en ‘Darjeeling’; las inútiles invocaciones al diablo de un ermitaño en un “desierto impávido” y las visitas de los turistas a una mina en el Kalahari, cuyo abismo estaba provisto de un ‘Bestiario mínimo’.

Son doce cuentos de exploradores en lugares remotos, situados, según el autor, en “ese pasado en el que viajar era una aventura para la que se tenía una fecha de salida pero nunca de llegada, las guerras unos cálculos de balística y el horario de los trenes una cuestión de honor por la que perder la vida”. Son aventuras narradas desde su lado oscuro, en absoluto ejemplar, y casi siempre abocadas al fracaso.

Las antípodas y el siglo’ es el título, en octosílabo trocaico como los otros tres, del primer volumen de la Micropedia, el proyecto que Ignacio Padilla inició hace más de veinte años: una gran enciclopedia de mundos fantásticos. Su muerte en un accidente de tráfico en 2016 impidió su término, pero lo hizo su amigo Jorge Volpi, que se encargó de la edición de los textos y de restaurar el inédito ‘Lo Volátil y las Fauces’.

Si en los cuentos del volumen “El siglo y las antípodas” el nexo es el viaje y la exploración, así como el falso honor, la falsa gloria y el falso heroísmo, en los siguientes nos visitan autómatas jugadores de ajedrez; muñecas parlantes naufragadas; dragones tricéfalos y murciélagos flamígeros habitantes de bestiarios dibujados en pergamino; bestias creadas con los sefirot, la base numérica del universo, y espejos venecianos que reflejan las miserias del alma y revelan sucesos del futuro, cuyo secreto le fue concedido a los Polo por el Gran Kan.

La normalización de estos prodigios recuerda a García Márquez, de cuyo realismo mágico quería apartarse el autor pese a su devoción por el colombiano, y su lenguaje, virtuoso y erudito, así como algunos juegos de la imaginación, a Jorge Luis Borges. Todo un banquete de delicias para saborear sin prisa.

Micropedia, Ignacio Padilla

– Las antípodas y el siglo

– El androide y las quimeras

– Los reflejos y la escarcha

– Lo volátil y las fauces

Editorial Páginas de Espuma, 2018

Nota sobre el Crack

Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Ricardo Chávez, Alejandro Estivill, Vicente Herrasti, Pedro Ángel Palou y Eloy Urroz, autores mexicanos nacidos entre 1961 y 1968, formaron la Generación Crack, que defendía la superación del realismo mágico que ya entonces se había convertido en un tópico de la literatura latinoamericana y la apertura a una literatura más abierta y menos nacionalista.

Presentaron su manifiesto en 1996, que llevaba el lema Si hace Crack es Boom”, y que planteaba, en palabras de Padilla, “lograr historias cuyo cronotopo, en términos bajtinianos, era cero: el no lugar y el no tiempo, todos los tiempos y lugares y ninguno”. ‘En busca de Klingsor’, de Jorge Volpi, publicada en 1999, y ‘Amphitryon’, de Ignacio Padilla (2000), son el resultado de esta nueva práctica literaria del Crack.

“Las ciudades invisibles” y la nostalgia de Venecia

VCalvinoEn los jardines del palacio, Marco Polo describe a Kublai Kan, emperador de los tártaros, las ciudades invisibles que forman su vasto imperio. El viajero veneciano rebusca en su memoria, en sus deseos y temores, y crea esos lugares imposibles que pretenden aliviar la melancolía del Gran Kan.

Todas las ciudades llevan nombres de mujer nos cuenta Italo Calvino, el autor de “Las ciudades invisibles”, y fueron surgiendo de su imaginación a lo largo de mucho tiempo: las apuntaba, las guardaba y seguía. Algunas de estas ciudades inventadas pertenecen a la memoria: Zaira, cuyo pasado está escrito en sus calles, en sus ventanas y en sus escaleras, como si fueran las líneas de la mano, o Zora, que posee la propiedad de permanecer en el recuerdo punto por punto y que no se borra jamás de la mente, con la posibilidad, como ocurre con el palacio mnemotécnico de Mateo Ricci, de que cualquiera que la haya visitado puede sobreponer sobre la ciudad una retícula y disponer en cada una de sus casillas todo aquello que quiere recordar, de modo “que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen esta ciudad de memoria”.

Marco Polo sigue describiendo ciudades redundantes, que se repiten en sí mismas y ciudades de mercaderes en las que se reúnen los de siete naciones en cada solsticio y cada equinoccio y que no sólo van a comprar, sino también a contar historias por las noches junto a las hogueras; ciudades dobles, como Valdrada, construida a orillas de un lago de manera que se pueden ver al mismo tiempo dos ciudades invertidas en las que todo se repite con exactitud y no sólo las fachadas, sino lo que hay en el interior de las casas. Hay ciudades construidas sobre zancos y ciudades acuáticas cruzadas por innumerables canales que se superponen.

VCiudadesCalvino

Pero las más extraordinarias son las aéreas, las sutiles. El propio Kublai sueña con ciudades ligeras como cometas, caladas como encajes, transparentes como mosquiteros, ciudades que repiten el dibujo de las nervaduras de las hojas y ciudades filigrana de ficticio espesor. A estas ciudades de la imaginación del emperador, Marco Polo añade la ciudad telaraña, colgada en el vacío de un precipicio, atada a dos montañas por cuerdas, cadenas y pasarelas.

También se diferencian por la disposición de su calles y por su crecimiento: Olinda crece en círculos concéntricos manteniendo sus proporciones y en Andria cada una de sus calles corre siguiendo la órbita de un planeta de manera que los edificios repiten el orden de las constelaciones y las posiciones de los astros más luminosos. Pero también hay ciudades de muertos y ciudades justas e injustas y ciudades aún no nacidas.

Una de las noches, en el jardín donde Marco hace el relato de sus viajes, Kublai observa que hay una ciudad de la que no habla nunca y que esa ciudad es Venecia. El viajero le pregunta a su vez: “¿De qué crees que hablaba, entonces? Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia. Cuando hablo de las cualidades de otras ciudades parto de una primera ciudad que permanece implícita y esa es Venecia”. Quizá tengo miedo de perder a Venecia de una vez por todas si hablo de ella, o quizá hablando de otras ciudades la he ido perdiendo poco a poco”.

Venecia es la sutil, la primigenia, la acuática, la amable y también la terrorífica, la justa y la injusta, la de los mercaderes y la de las historias, cuya relación destacan los malpensados cuando dicen que “no hay lenguaje sin engaño”. Al imperio de la Serenísima se le fueron añadiendo siglos de historia, capas de lujo, de mugre, de vejez. Una ciudad sabia y decadente, identificada con el atardecer como advierte Borges al señalar que Venecia es “un crepúsculo delicado y eterno, sin antes ni después”.

Suspendida en el tiempo y la más inverosímil, en palabras del propio Thomas Mann, que la convierte en el escenario de su novela más obsesiva y simbólica. Gustav Aschenbach, un reconocido escritor residente en Munich, sale de su casa una mañana de verano y de improviso le asalta un violento deseo de viajar, de huir, “un ansia de cosas nuevas y lejanas, de liberación, de descanso y de olvido”. Tras una estancia de una semana en una isla del Adriático decide marchar a Venecia y se instala en un hotel del Lido, igual que hizo Thomas Mann en el mes de mayo de 1911, estadía de la que surgió la idea de ‘La muerte en Venecia’, publicada un año después.

Venecia mann

La historia de Aschenbach, comenta Thomas Mann en sus memorias, mostró ser “obstinada, sobrepasando en mucho el sentido que yo había querido atribuirle”, superando las pocas ambiciones que había depositado en ella. Lo que pretendía ser un descanso de la novela en la que estaba trabajando, ‘Confesiones del estafador Félix Krull’, desarrolló su propia voluntad y se convirtió en una “obra de múltiples facetas y numerosas relaciones”.

Aschenbach llega a Venecia por el mar en una travesía oscurecida por un cielo turbio y gris del que caía, de cuando en cuando, una lluvia neblinosa. El barco abandona el Adriático y entra en la laguna, una masa de agua opaca, translúcida y pálida; una laguna “albina”, la llamó Jan Morris en su magnífico retrato de la ciudad, con sus torres y su abigarramiento de campanarios, cúpulas y pináculos que ofrecen una impresión ilusoria, un engaño de los sentidos. Volvamos a Mann y a la impresión que recibe el viajero ante Venecia: “Se presentó ante su vista la deslumbradora composición de fantásticos edificios que la república mostraba a los ojos asombrados de los navegantes que llegaban a la ciudad: la graciosa magnificencia del palacio y del Puente de los Suspiros, las columnas con santos y leones, la fachada pomposa del fantástico templo…”.

Prosiguen las visiones que ya empezaran en Munich con la presencia de un extraño individuo en el cementerio. “No he inventado absolutamente nada”, asegura Thomas Mann: en ‘La muerte en Venecia’ son reales el siniestro navío de Pola, el viejo presumido, el sospechoso gondolero, Tadzio y su familia, el cólera, el maligno saltimbanqui… todo estaba allí y sólo había que colocarlo en su lugar. También estaba allí la góndola veneciana, “negra, con una negrura que sólo poseen los ataúdes”, opresiva y evocadora de aventuras y de noches sombrías y del “último viaje silencioso”, en el que sólo se escucha el ruido sordo de las olas contra la embarcación.

Desde las primeras páginas, en las que el protagonista pasea por el cementerio de Munich, y la descripción de la góndola veneciana que alquila nada más llegar y esa especie de Caronte que la guía, está presente la muerte, una presencia que se refuerza con el olor pestilente de la laguna y el de la podredumbre de las callejas. Venecia “la bella insinuante y sospechosa, ciudad encantada y trampa para extranjeros”, en la que brilló el arte “como pompa y molicie”, está enferma pero simula no saber nada de la epidemia de cólera que va escogiendo a sus víctimas, agoniza y se muestra como el reflejo de la propia decadencia y soledad de Aschenbach. En Venecia “todo lo monstruoso parecía posible y toda moralidad parecía abolida”. Y, sin embargo, hay una placidez, una cómoda morosidad en el transcurso de los días, en la contemplación de la belleza de Tadzio, un ambiente de calma y espera, como si el sueño acercara lenta y pausadamente a Aschenbach a su destino último, el punto final de la huida a Venecia.

– Italo Calvino, ‘Las ciudades invisibles’, Ediciones Siruela, 1999

– Thomas Mann, ‘La muerte en Venecia’, Editorial Planeta, 1974

Revinientes, vampiros y brucolacos

FTRATADO SOBRE VAMPIROS-P

A mediados del siglo XVIII, el sacerdote benedictino y teólogo Agustín Calmet publicó en París el “Tratado sobre las apariciones de espíritus y sobre los revinientes”, en el que recoge casos aparentemente ciertos de gentes que después de haber estado durante algún tiempo en la tumba y tenidas por muertas han vuelto a la vida. Cuando estos “revenans”, revinientes o redivivos se aparecían por orden de Dios para manifestar su poder, dar testimonio de la verdad o defender las creencias cristianas contra herejes obstinados no había nada que discutir porque era doctrina indiscutible que la resurrección de los muertos es obra únicamente del Creador.

Calmet pone como ejemplo la historia de San Estanislao, obispo de Cracovia, que resucitó a un hombre muerto desde hacía tres años que le había vendido una tierra, cuya propiedad no podía demostrar porque no se escrituró; el rey de Polonia, Boleslao, estaba ya a punto de dictar su condena cuando el obispo, por inspiración divina, le prometió llevar al muerto ante su presencia en tres días; tras levantar la lápida y cavar hasta encontrar el cadáver de Pedro, ya descarnado y corrompido, le ordenó salir para dar testimonio de la verdad ante el tribunal y así lo hizo, aunque nadie osó interrogarlo y bastó su presencia; luego volvió a la tumba por voluntad propia.

Sin embargo, Calmet pone muy en duda que los brucolacos, muertos excomulgados que salen de sus tumbas y que pueblan la Grecia del siglo de las luces, lo sean por gracia de Dios e incluso que sean ciertas las historias que de ellos se cuentan. Porque se trataría, según su opinión, de una estratagema de la Iglesia griega para autorizar su cisma y probar que el don de milagros y la autoridad episcopal de ligar y desligar” subsisten en ella “más visiblemente incluso y más ciertamente que en la Iglesia latina y romana”. Y así sostienen que los cuerpos de los excomulgados no se descomponen sin observar que son los cadáveres de los santos los que pueden ser incorruptos si Dios así lo quiere. Y con toda lógica Calmet señala que si estos casos fueran ciertos, todos los católicos romanos deberían permanecer también incorruptos porque son pecadores y herejes, en suma excomulgados, a ojos de la Iglesia griega.

Otra cuestión es la de los revinientes que salen de sus tumbas para inquietar a los vivos, chuparles la sangre, provocar estrépito en las puertas de las casas e incluso causar la muerte, son obra del demonio y pueblan toda la geografía, desde Laponia a Perú, pero existe una especie de redivivos con sus características propias, que se comportan como los brucolacos pero fueron necesariamente excomulgados; se trata de los vampiros, que infestan los territorios de Hungría y Moldavia. No vienen a dar consejos ni noticias de la otra vida, como ocurrió con Lázaro que narró su encuentro con Epulón, que ya estaba en el infierno por sus malas costumbres, por lo que no se entiende que Dios les permita venir sin razón y a molestar sin ninguna necesidad a sus familias. Tal vez, reflexiona Calmet, no están muertos de verdad o todo lo que se cuenta sobre ellos es quimérico y fabuloso.

En primer lugar, dice Calmet, es preciso averiguar si los hechos que se narran son ciertos y es que los pueblos en los que se ven vampiros son “sumamente crédulos e ignorantes” y puede que las apariciones de las que hablan sean el resultado de sus alteradas imaginaciones, debido a su mala alimentación: comen pan de avena, raíces y cortezas de árbol. Estos alimentos predisponen a la corrupción y, junto con los desarreglos causados por el clima y aumentados por los prejuicios, les ayudan a engendrar en la imaginación ideas sombrías y enojosas.

La creencia en las apariciones cuando no está influenciada por el clima o la mala alimentación, sigue diciendo Calmet, se puede deber a tres causas: la fuerza de la imaginación, la extrema sutileza de los sentidos y la depravación de los órganos, como sucede en la locura y en la fiebre caliente.

O que las sombras y los fantasmas que diversas personas han asegurado haber visto en los cementerios se deba a la palingenesia o resurrección de las plantas, realizada por sabios doctores. El experimento consiste en coger una flor: se quema y se recogen las cenizas, cuyas sales extraen por medio de la calcinación y se ponen en un frasco de vidrio, en el que se mezclan con ciertas composiciones capaces de ponerlas en movimiento cuando las calientan, de manera que se forma un polvo de color azul del que, excitado suavemente por el calor, se eleva un tronco, hojas y una flor. “En una palabra, percibimos la aparición de una planta que sale de sus propias cenizas”, aunque une vez desvanecido el calor, la materia se descompone. Así pues, con los fantasmas y aparecidos ocurriría lo mismo.

En segundo lugar, es preciso investigar si los vampiros están realmente muertos y si pueden resucitarse a sí mismos. Dicen que si se acude a la tumba de un vampiro se le descubre en una situación de no muerto, con los miembros flexibles y manejables, sin gusanos ni podredumbre, aunque con una grandísima fetidez. Quizá ocurra con ellos lo que sucede con algunos animales del norte helado: que hibernen en invierno hasta la llegada de la primavera y puede que sólo estén entumecidos o dormidos.

También es posible que los vampiros estén vivos y hayan sido enterrados por error. Algunos médicos, aduce el padre Calmet, pretenden que en la sofocación de matriz una mujer puede vivir treinta días sin respirar y sin dar señales de vida. Sin ir más lejos también tenemos los síncopes producidos por el éxtasis de los santos, como cuenta Agustín de Hipona del sacerdote Pretextato. Hombres y mujeres, asegura, permanecen en éxtasis varios días, semanas e incluso meses, sin probar alimentos, sin respirar y sin que el corazón dé signos de movimiento, como si estuviesen muertos. No es raro en las vidas de los santos, concluye.

Pero lo que verdaderamente le preocupa es cómo salen de las tumbas sin remover la tierra y luego vuelven a entrar sin dejar ninguna señal de que haya sido abierta. Como no encuentra ninguna explicación concluye: “Hemos de permanecer silenciosos en este asunto, ya que no ha placido a Dios revelarnos ni hasta dónde se extiende el poder del demonio ni la manera en que estas cosas puedan hacerse”.

feijoo

De este Tratado sobre apariciones, revinientes y brucolacos, se hizo eco en España fray Benito Feijoo, coetáneo del francés Calmet, en sus ‘Cartas Eruditas’. Luis Alberto de Cuenca, autor del prólogo a la edición del ‘Tratado sobre los Vampiros de Calmet’ de 2009, considera “la prosa de Feijoo, presuntamente debeladora de la superstición”, integrada en la corriente de la literatura fantástica y “no en el comienzo de un orden racional nuevo”. La edición del Tratado culmina con las “Reflexiones Críticas” del Padre Feijoo.

Feijoo se sitúa entre la cautela y el escepticismo, es mucho más prudente que el autor al que reseña y ofrece diferentes alternativas sobre la autenticidad de las apariciones. No sin cierta ironía dice Feijoo en las páginas de su ‘Teatro Crítico Universal’ que “el deseo de agradar en las conversaciones es una golosina casi común a todos los hombres y raíz fecunda de innumerables mentiras. Todo lo exquisito es cebo de los oyentes y como lo exquisito no se encuentra a cada caso, a cada paso se finge. De aquí vienen tanto acopio de milagros, tantas apariciones de difuntos, tantos fantasmas o duendes, tantos portentos de la magia y tantas maravillas de la Naturaleza”.

Feijoo, mucho más categórico que Calmet, señala que, muy relacionados con las apariciones de difuntos, son los entierros prematuros. Muy preocupado por estos lamentables errores, cuenta el caso de lo acaecido en la ciudad de Florencia, donde “un hombre había sido sepultado en bovedilla, en la iglesia de un convento de monjas, dio voces de noche que oyeron algunas religiosas, pero con la timidez y aprehensión propias de su sexo, juzgándolas preternaturales, huyeron del coro medrosas”. A la mañana siguiente se halló al hombre sepultado, verdaderamente muerto ya, pero con señas claras de que un rabioso despecho le había acelerado la muerte, esto es, “mordidas cruelmente las manos y la cabeza herida de los golpes que había dado contra la bóveda” .

Añade en una nota que el rabioso despecho de los enterrados vivos no puede conducirles a la condenación eterna porque el pecado mortal de la desesperación corresponde a una perturbación del espíritu provocada por tan infeliz situación de despertarse en el sepulcro. No se les puede negar cristiana sepultura, incluso si se han lanzado de cabeza contra la piedra para perder la vida de una vez por todas, porque la dislocación del ánimo es absoluta y no puede considerarse responsable de sus actos.

Y sin embargo, está el caso del monje agustino Tomas de Kempis, autor de ‘La imitación de Cristo’, que iba para santo y se quedó sin el título: al abrirse su sepultura, descubrieron en sus uñas astillas de la tapa del féretro, sus cabellos arrancados y lleno de arañazos, producto de la desesperación del enterrado en vida, por lo que las autoridades eclesiásticas concluyeron que había renegado de Dios y que si hubiera sido santo de verdad, habría aceptado la situación y no se habría dañado a sí mismo. Se suspendió el proceso de beatificación sine die.

Lecturas

-Augustin Calmet, Tratado sobre los Vampiros, Reino de Cordelia, 2009

– Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, Cartas eruditas y Teatro crítico universal

Leyendas de resurrección: la Cacería Salvaje y la Santa Compaña

s.ejercitofurioso

Muertos que resucitan para cumplir una promesa, para satisfacer una venganza, para recordar que han sido víctimas y el culpable aún no ha pagado su deuda, para dar testimonio sobre un crimen o de la venta de una propiedad o para avisar a los vivos de que muy pronto reposarán bajo una lápida. De todo hay en los cuentos de vieja y las leyendas populares que tanto han fascinado a lo largo de cientos de años. Algunos se han transformado, han tomado elementos modernos, han sido recreados en la literatura y en el cine hasta hacerse irreconocibles, pero todos siguen explotando esa fibra sensible que nos es tan común: el terror que produce lo que hay más allá de la muerte.

La creencia en aparecidos, larvas, sombras, espectros y muertos insepultos es tan antigua como la humanidad: en varias culturas prehistóricas ya se hacían ofrendas a los fallecidos y se realizaban ritos fúnebres de apaciguamiento para que se quedaran en ese otro mundo o volvieran a él después de una visita acordada o extemporánea. De apariciones de difuntos se hacen eco el propio Homero y dramaturgos como Sófocles y en las sociedades romana y germánica se practicaban toda una serie de fórmulas y conjuros para evitar que los difuntos dejaran el lugar que les correspondía, alejados de los vivos, pero son las crónicas medievales las encargadas de recoger relatos de aparecidos; es una época en que las apariciones no son, o no parecen, un fenómeno extraordinario porque la muerte no constituía una clara frontera entre vivos y muertos.

Los fallecidos regresan como fantasmas, seres incorpóreos que atraviesan las paredes; como vampiros que sólo despiertan en la oscuridad de la noche y se alimentan de la sangre de los vivos y como cuerpos en progresiva descomposición pero que se mueven y caminan. Estos son los que más angustia producen porque se ven arrastrados por fuerzas que no controlan, dominados por un instinto de conservación imposible y sin sentido. Se nos muestran vestidos con sus ropas de vivos, exhibiendo sus rostros mutilados y exhalando la fetidez de sus órganos corrompidos.

Así son los hombres, mujeres y bestias que componen el Ejército Furioso o la Gran Cacería, una leyenda de origen germánico. Son muchas sus variantes pero lo fundamental en todas ellas es que se trata de un grupo de hombres con indumentaria de caza, a caballo y acompañados de perros rastreadores, que se lanzan como una tormenta en una desenfrenada persecución. Son cazadores muertos que presagian a quienes les es permitido observarlos o no tienen más remedio que verlos, una catástrofe, una plaga o su propia muerte y su consiguiente incorporación a la partida con objeto de expiar sus pecados o sus delitos.

Uno de los testimonios sobre la llamada también Mesnada de Hellequín fue recogida por Ordéric Vital en el siglo XI en su Historia Ecclesiastica. Aparece en 1090 en la región de Courcy un ejército formado por caminantes resucitados vestidos de negro que avanzan gimiendo junto a bestias, a los que sigue una tropa de sepultureros y a éstos varios demonios que torturan a un desgraciado atado a un tronco de árbol, que no es otro que un párroco que morirá sin haber expiado sus crímenes. Les siguen multitud de mujeres a caballo que gritan sus culpas mientras muestran sus cuerpos perforados con clavos y cabalgan sobre sillas de montar ardientes. Tras ellas aparece un grupo de monjes y clérigos ataviados de negro que portan cruces, se lamentan y suplican y, por último, un ejército de caballeros con armaduras, nobles ya fallecidos, sobre inmensos caballos negros que escupen fuego.

En estas partidas también hay vivos que van lanzando alaridos y lamentos por los tormentos que sufren y por el fuego que les quema, como nos recuerda la novela policíaca escrita por la medievalista Frédérique Audoin-Rouzeau con el seudónimo de Fred Vargas, que lleva el mismo título “El Ejército Furioso”. La Mesnada Hellequin, cuenta el detective erudito Danglard, pasa por toda Europa del Norte, por los países escandinavos, Flandes y cruza todo el norte de Francia e Inglaterra, pero siempre recorre los mismos caminos.

Una visión muy parecida a la de la Mesnada Hellequin es la recogida por el abad de Ursperg. En su Crónica dice que en 1123 y en el territorio de Worms, se vio durante varios días a multitud de gentes armadas a pie y a caballo, yendo y viniendo con gran estruendo, como si fuesen a una asamblea solemne. Marchaban todos los días hacia la hora nona a una montaña. Alguien de la vecindad y llevando consigo el signo de la cruz, se les aproximó y les conjuró en nombre de Dios que le declarasen qué significaba ese ejército y cuál era su designio.

El soldado o fantasma respondió: “No somos lo que imagináis: ni vanos fantasmas ni verdaderos soldados, sino las almas de los que han sido muertos en el mismo lugar hace mucho tiempo. Las armas y los caballos que veis son los instrumentos de nuestro suplicio, como lo han sido de nuestros pecados. Todos estamos ardiendo aunque no veáis nada en nosotros que parezca inflamado”. Sólo podían abandonar ese ejército por medio de limosnas y oraciones de los vivos.

santa-compana_4883_p

Una procesión semejante, pero menos belicosa y tumultuaria, se da en Galicia: son los difuntos que se levantan de sus tumbas a las doce de la noche para rondar los cementerios y las iglesias o para anunciar la muerte de alguna persona. Son la Santa Compaña, reunión de almas del Purgatorio que salen en procesión capitaneados por una persona viva que lleva la cruz y un caldero con agua bendita y que, durante el día, nada recuerda de lo ocurrido durante la noche; poco a poco va adelgazando y empalideciendo, condenado como está a procesionar noche tras noche hasta que muera o logre encontrar a otra persona y entregarle la cruz y el caldero.

Cada difunto lleva una luz que no se ve, aunque se percibe claramente el olor de la cera que arde. La comitiva tampoco es visible pero se percibe en el aire que produce su paso. Camina emitiendo rezos, cánticos fúnebres y tocando una pequeña campanilla, que los mortales no oyen; los perros aúllan y los gatos se esconden asustados. En algunos casos, la visión de la Santa Compaña anuncia la propia muerte y, en otras ocasiones, es la procesión la que se dirige a la casa de un vecino para avisarle de que va a morir.

En Castilla, la Santa Compaña se transforma en Estantigua, que viene de “hueste antigua” y poco a poco se transformó el término para designar genéricamente la aparición nocturna de un espíritu, cubierto con una capa y vestido de negro; en León se llama la hueste de ánimas y en Zamora la comitiva se reduce a una mujer sin rostro que vaga por caminos y cementerios anunciando la muerte a quien la ve.

El origen de estas leyendas podría estar en la mitología irlandesa, en la que aparecen espíritus de otro mundo que se desplazan por el aire y en las ‘banshees’ irlandesas, origen pagano de las procesiones de almas del purgatorio. Se trata de mujeres o espíritus femeninos similares a las hadas, que visten una capa que las cubre por completo, tienen los ojos enrojecidos de tanto llorar y su presencia indica que alguien va a fallecer. Se hacen notar por lo que al principio es un susurro y luego un lamento que se transforma en un grito agudo y estremecedor en el momento final. Son relatos que pueden dar miedo, incluso terror, pero su transformación por la ideología cristiana en el mundo medieval incorpora elementos de culpa, pecado, penitencia y sufrimiento que no se conocía en las leyendas célticas.

Lecturas

– Fred Vargas, El Ejército Furioso, Ediciones Siruela, 2011

-Jesús Rodríguez López, Supersticiones de Galicia, Segunda Edición de 1910, Editorial Maxtor, 2001

 

 

“Café Titanic” y el cementerio judío de Sarajevo, de Ivo Andrić

Cemednteriojudiogrande

El viejo cementerio judío sefardí de Sarajevo se extiende en una ladera abrupta en la orilla izquierda del río Miljacka y como todos los cementerios hablan del mundo al que han pertenecido los que allí yacen.

Sus tumbas fueron ocupadas por los judíos expulsados de España hace quinientos años, en tiempos feroces, los de Isabel de Castilla, mujer acomplejada con aires de grandeza y con un poder casi absoluto, obsesionada por conducir a sus súbditos por el sendero de la religión que ella consideraba verdadera. Consiguió esa uniformidad, al menos aparente, a fuerza de dolor, primero con los judíos, después con los moriscos y entretanto con el genocidio de los pueblos indígenas de América a quienes inculcó una religión de muerte y desesperación.

En marzo de 1492 decretó la expulsión de los judíos: cerca de 70.000 se marcharon. Muchos recordaron, en sus nuevos destinos, a Sefarad como el paraíso. Pero ya antes de la obligada marcha y durante años, ejércitos de pobres hombres y mujeres de la España profunda que siempre existió y que ahora parece renacer, acompañados de sus portavoces, los curas de parroquia, imbuidos de misticismo visionario, tomaron las plazas y los concejos de las ciudades para acusar al judío de usurero y enemigo social. Nadie se preocupó por frenar esta jauría enferma y justiciera.

El escritor Ivo Andrić, Premio Nobel de Literatura, visitó el cementerio de Sarajevo finalizada la Segunda Guerra Mundial. Su respeto por las culturas de los diferentes pueblos que ocuparon Bosnia a lo largo de los siglos le lleva a admirar el modo en que los sefarditas conservaran los bienes de su antigua patria. En casa y entre ellos, comenta, hablaban un español, corrompido por numerosas palabras eslavas y turcas; en las sinagogas y en las ceremonias religiosas usaban el hebreo; con el pueblo hablaban “bosniaco” y con los representantes de las autoridades, turco.

En las lápidas sepulcrales se contemplan inscripciones en bosniocroata y en español, junto a la hebreas. Las más antiguas, con los epitafios exclusivamente en hebreo, están a un lado, destinadas a una minoría capaz de leerlas y entenderlas, “minoría que hoy ni siquiera existe”. Tras los caracteres hebreos aparece la lengua española que se ha conservado durante cuatro siglos, como el epitafio que aparece en la tumba de una mujer: “Madre que non conoce otra justicia que el perdón ni más ley que el amor”. O el inscrito en la piedra que protege la sepultura de una joven, Doncela Klara Altarac: “Cubríome la vista del padre sol”.

Los judíos de Bosnia vivían su pobreza dignamente y, como todos, mejoraron su situación en el siglo XIX. “Solamente la Segunda Guerra Mundial y la irrupción letal del racismo, logró dispersarlos y exterminarlos”. Algunas lápidas están dañadas, rastro de los ustachas, fascistas croatas católicos simpatizantes de los nazis, de su “odio enfermizo y tenebrosa estupidez y de sus culatas o botas”. Una hilera uniforme de estelas de piedra artificial muestra los nombres sefardíes de aquellos fallecidos en la primavera y el verano de 1941. No están todos, pero los “exterminados y extirpados” sí están representados en una tumba simbólica en el mismo cementerio.

En un famoso relato, “Café Titanic”, Andrić, muestra el encuentro entre su dueño, Mento Papo, alcohólico, jugador, excluido de la comunidad sefardí de Sarajevo, y Stjepan Ković, nacido en Banja Luka, un fracasado a quien nadie aprecia, “torvo, pálido y henchido de importancia” que se apuntó a la organización mafiosa de los ustachas para ser alguien y nadar en la abundancia de lo robado, con la mala suerte de que a esas alturas apenas quedaban sobras porque judíos, y también serbios, ya habían sido extorsionados y exprimidos. A veces, a cambio de traslados de familias enteras de judíos a Mostar, Dalmacia y finalmente Italia, les exigían grandes sumas joyas de valor: pocos llegaron. Los ustachas de segunda o tercera fila, en la que se sitúa Ković, se conformaban con saqueos y pequeños hurtos, triste botín que conseguían mediante una violencia inusitada.

Antes de la guerra vivían en Sarajevo unos doce mil judíos de los que apenas sobrevivieron unos setecientos. La masacre se desencadenó tras la invasión de Yugoslavia por Hitler el 6 de abril de 1941, fecha en que Alemania bombardeó la ciudad abierta de Belgrado, Cuatro días después nombró un gobierno títere en Croacia, presidido por Ante Pavelic y su grupo de ustachas, que iniciaron una campaña de terror y exterminio contra serbios ortodoxos, judíos y gitanos. Igual que Isabel en Castilla quinientos años antes, pretendían una Croacia católica “pura”, mediante conversiones forzadas, deportaciones y exterminios masivos. En ese mismo mes de abril fueron deportados los primeros judíos de Zagreb a un campo de concentración en Danica y entre 1941 y 1945 fueron asesinados en el Estado Independiente de Croacia (que comprendía también Eslovenia, Bosnia, Herzegovina y gran parte de Dalmacia) 487.000 serbios ortodoxos, 27.000 gitanos y 30.000 judíos de los 45.000 que habitaban el territorio. 

cementerio_sarajevo

La visita de Ivo Andric al cementerio judío se realizaría posiblemente en los cincuenta, como muy tarde en los sesenta. He intentado averiguar qué ocurrió desde entonces. Tras el desmembramiento de la antigua Yugoslavia unos dos mil judíos marcharon a Israel; son unos ochocientos los que aún viven en la ciudad que ha vuelto a ser un lugar de convivencia, en el que junto a una sinogoga, se levanta un templo ortodoxo y, a su lado, una mezquita.

Durante el sitio de Sarajevo, en la guerra de Yugoslavia de los años noventa del siglo pasado, el cementerio judío ocupaba la primera línea de fuego y fue utilizado por los serbobosnios como una posición de artillería. Muchas tumbas sufrieron daños, pero la reconstrucción internacional reparó los daños y hoy en día persisten los bloques macizos de piedra que forman sus características lápidas. Como bueyes de montaña, robustos y blanquecinos yacen los montones de piedra grande cuadrangular y, expuestos a las miradas procedentes de todos lados, se derraman al sol y reposan como en un sueño profundo” (Petar Kočić).

Ivo Andrić, “Café Titanic (y otras historias)”, Acantilado, 2008.

“El viaje nupcial”, el cumplimiento de una promesa, de Ismael Kadaré

konstandin

Una antigua leyenda cuenta que Doruntina, hija única de una familia de doce hermanos varones, fue pretendida por un hombre que vivía en un lugar muy lejano. La madre, disconforme con esta separación, consintió a cambio de la promesa del hijo más joven, Kostandin, de que iría a buscarla cuando ella la necesitara, fuera por boda o por duelo. Aceptó la madre y casóse la hija, que marchó a tan remoto lugar. Sobrevino un crudo invierno y se desató una terrible guerra; todos los hermanos murieron y la anciana se quedó sola.

La tumba de Kostandin permanecía empapada y cubierta de barro, despreciada por la madre por haber violado la promesa de honor, la ‘besa’. Un día, como de costumbre, al visitar las doce tumbas de sus hijos, dejó un cirio encendido sobre once de ellas, pero en la del más pequeño dejó dos. Tras encenderlos, le maldijo: “¿Qué fue de la promesa que me hiciste de traer a mi hija, ya fuera por boda o por duelo? ¡Que no te acoja la tierra por no haber cumplido lo que prometiste!

Cuando se hizo de noche y la luna iluminó el cementerio, se alzó la lápida y surgió, pálido y con la cabellera cubierta de barro, el muerto. Cabalgó hacia el lejano país donde vivía su hermana, la encontró en una fiesta y la subió a lomos del caballo para llevarla junto a la madre.

¿Por qué estás tan pálido, hermano mío, por qué tienes barro en el cabello?” Y él respondía: “Será el cansancio y el polvo del camino”. Y así viajaron a la grupa del caballo, el muerto con la viva, hasta llegar al pueblo de la madre. Descabalgó Kostandin y le dijo a la hermana: “Ve tú delante, yo tengo algo que hacer aquí”. Y empujando la puerta de hierro, entró en el cementerio para no volver a salir jamás.

En torno a esta antigua leyenda albanesa de Doruntina y Kostandin transcurre una primera novela de Ismail Kadaré, ‘El ocaso de los dioses de la estepa’, ambientada en el Instituto Gorki de Moscú, que en tiempos de la Unión Soviética acogía a estudiantes de literatura de todas las repúblicas socialistas y de países afines. Es justo entonces, en los años sesenta, cuando a Pasternak se le concede el Nobel de Literatura y se organiza una durísima campaña contra él, que al narrador, un estudiante albanés que no puede ser otro más que Kadaré, le recuerda el cuento ruso de la gigantesca cabeza que sopla en la estepa inflando sus carrillos para provocar tormentas de arena e impedir el paso a cualquiera, “mitologías de desmedrados dioses” de barro y de arena.

K,El-ocaso-de-los-dioses-de-la-estepa

En este mismo relato, el narrador cuenta una antigua costumbre que revela la gran pobreza de algunas comarcas montañosas de Albania, donde la única pertenencia era un trozo de tela que se enrollaba en la cabeza, a modo de turbante, y que no era más que la propia mortaja que los albaneses siempre llevaban consigo de manera que, si morían en medio del camino, cualquier desconocido pudiera darles sepultura.

Toda la obra de Kadaré está marcada por las leyendas, los mitos, las historias antiguas que son para los pueblos señas de identidad y formas de entender el mundo. Esta novela se publicó en 1978 y su versión definitiva data de veinte años después.

Más tarde, Kadaré escribió ‘El viaje nupcial’ publicada en 1979 como ‘Kush e solli Doruntinën (¿Quien trajo a Doruntina?), novela en la asistimos al momento mismo en que ocurren los hechos que dan lugar a la leyenda. Aumenta el número de detalles que dan verosimilitud al relato: hace ya tres años que murieron los hermanos Vranaj, cinco semanas después de que se hubieran celebrado los magníficos esponsales de la única hija de la casa, Doruntina, que marchó lejos, al país de su esposo. Un ejército normando atacó repentinamente el Principado y los hermanos marcharon a la guerra. Todos murieron, unos antes, en la batalla; los demás, uno tras otro, como consecuencia de las heridas y sobre todo por la peste que había traído consigo el ejército invasor.

La madre se queda sola; transcurren tres años sin noticias de Doruntina, pero una noche la hija llega a la casa y cuenta que la ha traído su hermano Kostandin, de cuya muerte nada sabía. Las dos mujeres, incapaces de aceptar lo ocurrido y presas de una angustiosa conmoción, mueren. Las gentes creen que Kostandin ha dejado su sepultura para cumplir la promesa que hizo a su madre; las plañideras lo repiten y la historia se reproduce de boca en boca por los pueblos.

kush-e-solli-doruntinen-ismail-kadare

Todo esto ocurre en un momento de tensión entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla, después de que Príncipe de Arbería -nombre de la antigua Albania- se haya pasado al credo ortodoxo. No es oportuno -opina el arzobispo- que circule la abominable herejía de que hay otro resucitado que no es Jesucristo y se ponga en duda que sólo él resucitó de entre los muertos para cumplir su misión divina.

El Príncipe, presionado por el arzobispo, ordena al capitán Stres, responsable de la seguridad de la región, que busque al impostor que ha traído a Doruntina desde la lejana Bohemia. Para impedir los rumores, las murmuraciones, los lamentos de las plañideras y, sobre todo, para borrar de las mentes la creencia de que una promesa dada por un albanés obligue de tal manera que hasta los muertos se levanten de la tumba, hay que inventar una nueva trama, un engaño, una traición, cualquier historia que deje en paz a los muertos.

Stres consiguió de Doruntina que le contara, antes de morir, cómo transcurrió el viaje: ella sólo recordaba “cúmulos de estrellas cabalgando por el cielo” y un único e interminable trayecto nocturno. Stres visita el cementerio y observa que la tumba que alberga a Kostandin está removida. Y se lo imagina cabalgando a lomos de la negra lápida, en una vuelta de tuerca aún más pavorosa. Pero la razón de Estado se impone y aparece el supuesto impostor, que declara su culpa, aunque la duda persiste.

Ambas novelas, El ocaso de los dioses de la estepa’ y ‘El viaje nupcial’, giran en torno a la promesa que ha de cumplirse, la ‘besa’, que el estudiante albanés defiende ante sus compañeros del Instituto Gorki, como una institución jurídica popular no escrita pero sí inscrita en el alma de los albaneses. Tan ineludible es cumplir la promesa dada, que ni siquiera las fronteras de la muerte pueden contra ella. Lo contrario sería la ‘pabesa’, la ignominia de tiempos injustos y feroces, como los de Monastir, el lugar donde los turcos asesinaron a quinientos líderes albaneses, invitados a una fiesta para sellar un acuerdo de reconciliación, o la campaña oficial orquestada en la Unión Soviética contra la concesión del Premio Nobel de Literatura a Pasternak, un autor “reaccionario”.

Nota biográfica

Ismael Kadaré nació en 1936 en la ciudad albanesa de Gjirokastra, en el seno de una familia musulmana perteneciente a la secta de los bektashi, una escisión del islam muy tolerante, nacida en Turquía, y que practica el 20% de la población musulmana albanesa. El escritor no se considera religioso y muchas de sus obras muestran una gran dosis de amargura ante la ocupación otomana y contra las dictaduras, religiosas y políticas.

Su primera novela, El general del ejército muerto’ tuvo un gran éxito en el extranjero e incluso fue llevada al cine e interpretada por Mastroianni. Esa admiración universal hacia Kadaré fue motivo de orgullo para el país gobernado entonces por Enver Hoxha, que le protegió personalmente, a pesar de no ser un escritor afecto al régimen, aunque sí formó parte de instituciones comunistas (fue diputado y dirigió la Unión de Escritores). Permaneció en Albania hasta que en 1990, tras una transición caótica, se exilió a Francia. Recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2009 y es uno de los eternos candidatos al Nobel.