Narradores ficticios en Robinson Crusoe y en El Quijote

Robinson

En el mundo de la ficción todo gira en torno a la verdad. A veces el escritor intenta expresamente llevarnos al convencimiento de que lo que cuenta es cierto, como Robinson Crusoe con su falsa autobiografía, y en otras ocasiones se burla, como hace el narrador de Don Quijote, al insistir en que su historia es “verídica” y “verdadera”. En ambos casos, nosotros los lectores hacemos “como si” nos lo creyéramos y estimamos los artificios narrativos, si son buenos, que utilizan los creadores para conquistar nuestra buena fe.

Coetzee juega con la verdad en ‘Foe’: parece enseñarnos sus tretas y revelar su concepción de la creación literaria, ingresando de lleno en lo que se ha venido a llamar ‘metaliteratura’, horrible término aunque el prefijo goce de amplio prestigio desde Aristóteles. Nos cuenta los mecanismos, nos dice que Cruso ni escribió diario alguno ni contó su historia real a nadie, que Viernes carecía de lengua y que Susan Barton era una especie de fantasma a la que Foe hizo muy poco caso. Pero con todo esto ya ha conseguido contarnos una historia.

Y precisamente en un ensayo sobre el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, Coetzee menciona el juego que se trae el propio autor para hacernos creer en la ‘veracidad’ del relato. En la tercera entrega de las aventuras de su náufrago, Defoe se ve en la circunstancia de tener que defenderse de las acusaciones que le atribuyen haberse inventado su vida, de que no existe como personaje real y que todo es una invención, una novela.

Yo, Robinson Crusoe -escribe en el prefacio- afirmo que la historia, aunque alegórica, también es histórica, que hay un hombre vivo y bien conocido, cuyas peripecias son el objeto al que alude más directamente la mayor parte de la historia y en ello empeño mi buen nombre”. Y con una bravuconada propia de Cervantes, al que Defoe admiraba profundamente, firma con su nombre: Robinson Crusoe.

En la segunda parte de ‘Don Quijote de la Mancha’, cuando ya había salido de la imprenta el apócrifo de Avellaneda, Cervantes hace morir a su hidalgo, de acuerdo a lo que dice el narrador de la historia, Cide Hamete, quien asegura, en los últimos párrafos de la novela, que de “mi pluma sola nació don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para el uno, a despecho y pesar del escritor fingido”, al que pide que deje descansar a su héroe en su sepultura ahora que ya ha muerto.

La autoría de Don Quijote, la multiplicidad de narradores ficticios y la mención de Cervantes en la propia novela son mecanismos ‘metaliterarios’, es decir, que incluyen una ficción dentro de otra ficción, y actúan como predecesores de obras características del postmodernismo del siglo XX y del actual, en las que prolifera la reflexión sobre la literatura dentro del mismo texto.

En la portada de la edición de 1605 de ‘El Quijote’ se dice que el libro fue “compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra”. Sería así el ‘componedor’, el que recoge las partes y las ensambla, y no necesariamente el escritor, como si dejara la responsabilidad a otros. Ya entrados en materia, el narrador asegura haber tomado la historia, en parte, de ciertos documentos, y más adelante concreta que proviene de un manuscrito arábigo. Utiliza el conocido y tradicional artificio del ‘manuscrito hallado’ aunque con la variante de que el narrador no lo transcribe, sino que lo cuenta, lo que complica la cuestión, a la que se añade la existencia, igualmente ficticia, de otro narrador que tiene nombre propio dentro de la novela, Cide Hamete Benengeli.

Además del juego de la autoría, como cuando en el prólogo se reconoce solamente como padrastro de un “hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno”, Cervantes practica la confusión o la sorpresa a lo largo de su novela al unir el mundo del hidalgo Alonso Quijano con el del lector. El cura y el barbero revisan la biblioteca de don Quijote y uno de los libros resulta ser la ‘Galatea’, momento en que el cura revela que es “grande amigo suyo ese Cervantes”. En otro capítulo, el cautivo en la venta nos da noticia de “un soldado español, llamado tal de Saavedra”. Ambos testigos declaran conocer a uno que era escritor y soldado pero no lo relacionan con el texto que los contiene.

don quijote

Borges, en su ensayo ‘Magias parciales del Quijote’, pone de relieve el mecanismo del manuscrito hallado por casualidad: la novela entera ha sido traducida del árabe y Cervantes adquirió el manuscrito en el mercado de Toledo, lo hizo traducir por un morisco, a quien alojó más de un mes y medio en su casa, mientras concluyó la tarea. El escritor argentino recuerda a Thomas Carlyle, que fingió que el ‘Sartor Resartus’ era una versión parcial de una obra publicada por el doctor Diógenes Teufelsdroeckh y también Shakespeare, que incluye en el escenario de Hamlet otro escenario en el que el príncipe de Dinamarca hace de espectador.

La mención del propio autor como personaje en la obra, la ficción dentro de la ficción y los diálogos entre el narrador y sus imaginarios lectores, como sucede en ‘Tristan Shandy’, han ocupado a muchos creadores y en muchas ocasiones. A veces, como Cervantes y Defoe, cuando salen en defensa de sus personajes para que quede constancia de su ‘existencia’ o para que ningún otro venga a quedárselos. Otras veces como un juego intelectual que se ha hecho presente en casi toda la literatura posterior, en la que los autores juegan a imaginarse dentro de la novela, a utilizar personajes ficticios, profundizar en su personalidad y circunstancias, cambiarlos a su gusto, enriquecerlos de mil maneras distintas y así proponernos un juego a los lectores que voluntariamente aceptamos y del que en muchas ocasiones salimos muy satisfechos.

Ocurre con Coetzee, no sólo en ‘Foe’, sino también en ‘El maestro de Petersburgo’ o en ‘Elizabeth Costello’, con Michel Tournier, con Jean Rhys y con Christa Wolf, pero sobre todo y en toda la amplitud del propio concepto de ‘metaficción’ con Jorge Luis Borges, que al concebir el mundo como una biblioteca, imaginaria o real, que se reproduce en textos infinitos relacionados entre sí; un mundo en el que sólo tiene existencia ontológica el lenguaje escrito, los arquetipos literarios, y en definitiva, lo que pueda ser llevado y traído por la palabra.

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La historia de Cruso contada por Susan Barton, en ‘Foe’, de J.M. Coetzee

Foe

La isla a la que fue arrojada Susan Barton era una gran mole rocosa que se elevaba bruscamente sobre el mar, salpicada de arbustos grisáceos que nunca florecían ni daban hojas; los bancos de algas parduscas que varaban en la playa despedían un olor nauseabundo y las hormigas correteaban por toda la isla, habitada por monos, gaviotas, alcatraces y cormoranes. Pero lo peor era el viento, incesante y enloquecedor durante las veinticuatro horas del día.

La narradora de esta historia de náufragos y náufraga ella misma, Susan Barton, viajaba de Bahía a Europa, pero la tripulación de barco se amotinó, la abandonó a la deriva y a la vista de la isla habitada por Viernes y por Cruso. Cuando éste la miró por primera vez, lo hizo como si fuera un pez arrojado por las olas y no como a una infortunada criatura de su misma especie.

El paso de los años y el aislamiento han pasado factura a Cruso. Ante la insistencia de Susan por saber cómo llegó a la isla, un día le cuenta que su padre había sido un rico comerciante y que él había abandonado la casa paterna para correr aventuras y, al día siguiente, le asegura que había tenido una niñez de orfandad y pobreza y acabó enrolándose como grumete. Decía también que llevaba quince años viviendo en su isla y que cuando el barco naufragó él y Viernes fueron los dos únicos supervivientes.

El haber envejecido sin hablar con nadie (Viernes es mudo en esta versión) y sin que nadie le lleve la contraria, estrechó de tal modo sus horizontes que “había llegado a la convicción de que ya sabía del mundo todo cuanto había que saber”. Si en la novela de Defoe, Robinson nos agobia con sus iniciativas y emprendimientos (se hace cazador, recolector, alfarero, agricultor, cabrero, cocinero, sastre… ) este náufrago de Coetzee es un ser apático, aunque no indolente: se había impuesto una tarea diaria, tan inútil como agotadora, que consistía en desbrozar el terreno, limpiarlo y apilar piedras para construir terrazas que se dedicarían a la agricultura cuando en el futuro llegara a la isla un barco con semillas.

Por lo demás, ni pensaba en construir un barco ni escribía un diario. Tampoco le importaba la vida pasada de Susan. Ninguna curiosidad le asaltaba y nada tenían de qué hablar. Así pasó un año hasta que fueron rescatados. En la travesía muere Cruso y ella llega a Inglaterra con Viernes.

Ficción dentro de otra ficción

Es aquí donde comienza la segunda parte de la novela de Coetzee y se convierte en una reflexión acerca del proceso mismo de creación literaria. En Inglaterra, Susan se pone en contacto con Foe, un famoso escritor de la época, al que intenta hacerle llegar sus cartas en las que relata lo que ocurrió durante el año que permaneció en la isla con los otros dos náufragos, Robinson y Viernes. Como ocurre con los seis personajes de Pirandello que buscan un autor para que revele que están “tan vivos como para tocarlos, como para oírlos respirar”, Susan Barton pretende que Foe narre su historia, dotándola de un interés literario que ella no sabe darle, pero también para que le devuelva su entidad y deje de ser un fantasma que es en lo que se ha convertido, al igual que Viernes, al abandonar la isla.

El material que entrega a Foe no es nada apasionante y ella misma reconoce que la vida en la isla fue en realidad muy aburrida: “No había peligros ni fieras depredadoras, ni siquiera serpientes; la comida era abundante, el sol benigno. Nunca desembarcaron piratas ni filibusteros ni caníbales en la isla”. Pero al mismo tiempo pide a Foe que no mienta, que cuente la verdad, que no hubo caníbales ni nada ocurrió fuera de lo normal.

Sin duda, se dice Susan, Cruso debía sentir a su modo un tedio profundo y, al igual que Viernes, tenía muy pocos deseos de escapar y empezar una nueva vida. “Y sin deseos ¿cómo es posible construir un relato?”, se pregunta. Cuando al final Foe y Susan Barton se encuentran, el escritor le reconoce que su isla no da para un historia porque “carece de contrastes de luz y de sombra y todo se repite monótonamente, una y otra vez; es como una barra de pan”.

En sus cartas, ella le dice a Foe: “Cuando me paro a pensar en mi historia se me antoja que mi papel es el de aquel que llega, levanta acta de testigo y todo lo que desea es volver a irse cuando antes: un ser sin entidad propia, un fantasma al lado de un Cruso de carne y hueso ¿Es ese, acaso, el destino de todo narrador? Y, sin embargo, yo, al igual que Cruso, también tenía un cuerpo”. Y le pide al narrador, a Foe, que le facilite recobrar el ser que ha perdido. Pues “aunque mi historia cuente la verdad, no da testimonio de la verdad esencial” y son necesarias palabras precisas para aprehender la visión antes de que se desvanezca con el tiempo.

El Robinson Crusoe de Defoedefoe lapida

El auténtico Defoe, como todos sabemos, dejará a Susan fuera del libro e introducirá a los caníbales que nunca visitaron la isla o al menos nunca fueron vistos por ella, convertida con Coetzee en la mediadora entre Robinson y Foe, la musa que visita al autor y que lo cabalga, como dice ella misma en uno de los capítulos finales de la novela, representando en cierto modo la personificación del proceso creativo.

Robinson Crusoe es una historia con muchos momentos aburridos, sobre todo en los primeros capítulos, en los que incluso se transcribe el insulso diario del náufrago: el 30 de abril, “me quedé sin pan”; el 1 de mayo “descubrí un pequeño barril en la playa”; el 3 de mayo “comencé a cortar un travesaño” y así párrafo tras párrafo de noticias intrascendentes. Junto a esta sucesión de hechos triviales hay oraciones de agradecimiento -repetidas una y otra vez- a la Providencia que le ha dispensado esta isla y no otra.

Lo cierto es que al Robinson de Defoe no le falta de nada en su isla, que más bien parece un reino: ha rescatado todo lo que ha podido y más del barco en el que naufragó y luego encalló en la playa y en su nueva morada no carece ni de espacio ni agua ni alimentos; el clima es espectacularmente benigno y no hay depredadores ni indígenas.

Soledad y ausencia de problemas conforman una monotonía insufrible por lo que, hacia la mitad del libro, cuando ya lleva veintitantos años en soledad, Defoe decide que Robinson reciba la visita de los caníbales y salve a Viernes, con el que convivirá los últimos años de estancia en la isla. Defoe convierte de repente el diario de un solitario náufrago en una novela de aventuras, con indígenas que hacen del canibalismo un ritual guerrero, crueles piratas y marineros amotinados, que son vencidos gracias a la inteligencia y la valentía de Crusoe; al final los dos náufragos son rescatados y trasladados a Europa, donde aún les queda tiempo para enfrentarse (en los Pirineos) a un colosal oso y a una manada de lobos.

El tercer personaje de la novela de Coetzee, Viernes, tampoco tiene que mucho que ver con el original. Mientras que el de Defoe es un servidor bien dispuesto, agradecido y con ganas de aprender, el de Coetzee es un personaje primitivo y silencioso, del que sólo sabemos gracias al relato de Susan, que le ve como un loco que bailotea vestido con togas y pelucas mientras toca la flauta. Pero es también un personaje crucial, creado para dar testimonio, pese a su mudez, de la auténtica esencia de la isla y del naufragio, de lo que no puede relatarse con palabras.

Daniel Defoe, el autor

Por último, el cuarto personaje de Coetzee es el propio Foe, que añadió el aristocrático ‘De’ a su apellido y se convirtió en Daniel Defoe y que, a los 58 años, comenzó a escribir la historia del náufrago que le hizo célebre. Hasta entonces había sido mercader, fabricante, asegurador de barcos, soldado, fugitivo de la justicia por malversación y deudas, periodista, propagandista de la Revolución Gloriosa de Guillermo de Orange, antipapista furibundo y también espía.

Disidente y puritano por educación y afectos, predicador de virtud en materia sexual, sentía debilidad por mujeres de escasa virtud y por los pícaros, de manera que llegó a publicar una serie de artículos sobre la vida de criminales notorios, e incluso entrevistó a Jack Shepherd, un ladrón que fue condenado a la horca y cuyas andanzas fueron llevadas a la obra teatral ‘La ópera del mendigo’, que se representó durante más de cien años.

Daniel Defoe -dice Coetzee en un artículo sobre ‘Robinson Crusoe’– es un “suplantador, un ventrílocuo, incluso un falsificador” y su novela es una imitación, una “falsa autobiografía muy influida por los géneros de la confesión en el lecho de muerte”, en la que pretende describir a un héroe aventurero que “encaje en el modelo bíblico de desobediencia, castigo, arrepentimiento y liberación”, pero sin conseguirlo del todo.

Pero en la novela de Coetzee, Daniel Foe es otro personaje más. Vive escondiéndose de los alguaciles que quieren apresarlo por deudas; recibe a Susan y a Viernes en un cuchitril y, aunque asegura que son seres de carne y hueso, nos parece a los lectores que son producto de su imaginación, como la hija de Susan y su niñera. Son todos fantasmas en busca de sentido, situación de la que ni siquiera Foe se salva, que es lo que el autor pretende hacernos entender al recordarnos continuamente que estamos ante una obra de ficción que se remite a otra obra de ficción.

Esta búsqueda de sentido parece encontrar una respuesta en el último capítulo, que muestra un total cambio de registro y cuyo narrador, quizá el propio autor, nos hace dudar incluso de la existencia de sus personajes, que yacen en el fondo del mar, para dar el protagonismo a la isla y al naufragio.

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La isla de Redonda, el Reino de Javier Marías

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El islote de Redonda figura en los mapas auténticos del Caribe, entre Antigua y Montserrat, en las Antillas, pero su importancia radica en lo que tiene de isla fantasmagórica y literaria y no en sus características físicas, poco sobresalientes.

Su territorio apenas llega a los tres kilómetros cuadrados, carece de palmeras e incluso de playas. Es un peñasco habitado por lagartos y tal vez por alguna cabra, al que sólo llegan fácilmente los alcatraces; precisamente sus deposiciones constituyeron el único valor económico que se le pudo extraer.

Descubierto en su segundo viaje a América, en noviembre de 1493, Cristóbal Colón ni siquiera se dignó a desembarcar en él. Le puso un nombre -Nuestra Señora de la Redonda- y se marchó, dejándola a merced de piratas, corsarios y contrabandistas que encontraron en la isla un refugio temporal gracias a la dificultad que entrañaba llegar a ella y desembarcar. También es un lugar de mala reputación, en el que viven monstruos, suceden hechos que carecen de explicación natural y donde se ha perdido el rastro de más de un marinero.

En 1865, Matthew Dowdy Shiell, predicador metodista, comerciante y banquero residente en la isla vecina de Montserrat, adquirió el islote y solicitó a la reina Victoria el título de Reino para cedérselo a su hijo, primero y único en una sucesión de una decena de hijas. La Reina se lo concedió con la única condición de que nunca supusiera un peligro para los intereses británicos.

Matthew Phipps Shiel fue coronado como Felipe I, Rey de Redonda, al cumplir los quince años, en una ceremonia naval presidida por el obispo de Antigua. De temperamento excéntrico, era también un grafómano impenitente, y algunas de sus obras, de carácter fantástico, han perdurado hasta hoy, como ‘La nieve púrpura’, publicada precisamente por la editorial del Reino de Redonda.

Shiel, que perdió la segunda ‘ele’ del apellido paterno, tuvo la brillante idea de crear una aristocracia basada en el ingenio y en el talento y comenzó a repartiendo ducados de Redonda. Los primeros agraciados fueron H. G. Wells, Dylan Thomas, Henry Miller, Lawrence Durrell y Dorothy Sayers. En estas concesiones tuvo mucho que ver un joven bohemio y poeta llamado Terence Ian Fytton Armstrong, más conocido por John Gawsworth, el seudónimo con el que firmaba sus obras. Tras un largo reinado, de 1865 a 1947, Felipe I abdicó en su amigo, que tomó el nombre de Juan I.

Sus problemas económicos y su afición a las barras de bar, fueron los causantes de que Juan I acabara comerciando vulgarmente con los títulos nobiliarios de Redonda, que vendía de acuerdo con las necesidades del momento; incluso llegó a publicar un anuncio en el Times en el que ponía a la venta el Reino de Redonda por mil guineas. Como consecuencia de esta venta alocada de cédulas nobiliarias, su sucesor en el trono de Redonda, el editor y escritor Wynne-Tyson, se vio obligado a afrontar diversos litigios y cuando ya iba a tirar la toalla, se encontró de bruces con la solución a sus problemas y a los de Redonda: un escritor español, Javier Marías.

Javier Marías

Tras haber sucedido a John Gawsworth con el nombre de Juan II y habiendo reinado desde 1970, Wynne-Tyson cedió su trono y los derechos de los anteriores regentes del Reino en 1997 a Javier Marías, empujado por su desesperación ante los litigantes que habían adquirido sus presuntos títulos nobiliarios en la barra de un bar. Además, Javier Marías había mostrado un gran interés por el poeta maldito que había ocupado el trono y eso contribuyó a que Wynne-Tyson decidiera desembarazarse de todo y legárselo al escritor español, que sólo le pidió que retrasara un año la notificación pública de su nombramiento. En ese tiempo redactó ‘Negra espalda del tiempo’, donde cuenta su experiencia en Oxford mientras escribía ‘Todas las almas’, novela en la que aparece como personaje el propio Gawsworth.

La figura del poeta bohemio, promesa literaria en los años treinta y monarca de Redonda que nunca visitó su reino, aunque “lo vendió varias veces”, atrajo a Javier Marías de forma irresistible. La promesa literaria dejó de escribir en 1954 y murió quince años después en el olvido, después de pasear su mendicidad por Oxford y habiéndose dedicado al “coleccionismo malsano de libros” y de otros objetos que pertenecieron a personajes ilustres, como “un bonete de Dickens, una pluma de Thackeray, un anillo de lady Hamilton y las cenizas del propio Shiel”.

Javier Marías se hace cargo del Reino de Redonda. No podía negarse, entre otras razones porque hubiera sido como renegar de Kipling y de ‘El hombre que pudo reinar’, que tanto le recordaba a Gawsworth, tal como cuenta en ‘Todas las almas’. Tres años después de que partieran hacia su Reino, Kipling le abre la puerta del periódico a un Carnehan que al principio no pudo reconocer: “Caminaba encorvado hasta el suelo, tenía la cabeza hundida entre los hombros y movía los pies como un oso. Aquel harapiento gimoteó que había regresado: he vuelto y fui rey de Kafiristán, yo y Dravot ¡eramos reyes coronados! Soy Peachey Taliaferro Carnehan”.

Pese a su republicanismo, Javier Marías se ha hecho monarca absoluto del Reino de Redonda, pero porque, como él mismo defiende, “el Reino se hereda por ironía y por letra, nunca por solemnidad o sangre”. A raíz de su nombramiento y con el propósito de no convertirse en “súbdito único”, refrendó anteriores nombramientos que se ajustaban a derecho y no a barra de bar y amplió escandalosamente la lista de artistas e intelectuales que forman la corte de Redonda, como Pedro Almodóvar, Ray Bradbury, Cabrera Infante, Coetzee, Citati y Umberto Eco, entre otros muchos.

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Algunos cortesanos colaboraron en hacer del islote un reino ideal: tiene una bandera diseñada por Javier Mariscal, vizconde de Ney; una moneda propia, creada por Alessandro Mendini, vizconde de Alquimia y diseñador de Swatch; el plano de un palacio de Frank Gehry, duque del Nervión; un lema que dice Ride si sapis (ríe si sabes) y un pasaporte internacional, no válido, por supuesto.

Pero lo más importante fue la creación, a principios de este siglo, de un sello propio de literatura que lleva el nombre de Reino de Redonda y que que, a estas alturas, lleva publicados una treintena de títulos muy bien elegidos y tratados, tanto en la traducción como en la edición.

El libro que inauguró la serie fue precisamente ‘La mujer de Huguenin’, cuyo autor es el primer rey de Redonda, M.P. Shiel. Al aceptar el título de Rey, Javier Marías también se comprometió a “mantener viva la memoria del Reino, de los anteriores reyes y de la leyenda”, así como recibir en herencia los derechos de las obras de Shiel y de Gawsworth y ejercer como su albacea literario.

Cumpliendo esta obligación pero también por gusto, el sello de Redonda se inauguró con la obra de Shiel, cuya novela más famosa es ‘La nube púrpura’, reeditada posteriormente por la misma editorial. El segundo volumen de Redonda, aunque contiene relatos para adultos de Richmal Crompton, escritora venerada por Javier Marías y por muchísimos otros, está dedicado a Jon Wynne-Tyson, Juan II, “que conservó y guardó el otro reino” con desgana hasta que, ya sexagenario, consiguió pasar el testigo al actual monarca.

En el prólogo a la primera publicación, ‘La mujer de Huguenin’, Javier Marías señala que no se trata del nacimiento de una nueva editorial, “sino más bien, tan sólo, del de la letra impresa que emite y emitirá este Reino, sin plazos fijos ni periodicidad preestablecida, y sin considerar si los textos que ofrezca podrán o no tener lectores. No se me escapa la suerte que suele aguardar a todo documento o legajo republicano o regio: permanecer guardado, casi nunca leído, jamás expuesto. No aspirarán a más los de este Reino. Redonda lleva demasiado tiempo siendo sólo aire, humo y polvo para querer buscarle otro destino”.

Afortunadamente, la letra impresa ha sido expuesta y es excepcional. He comentado ya una de las obras publicadas, la de Thomas Browne sobre ‘Las urnas funerarias’, y me quedan muchas otras valiosísimas, como las dos de Sir Steven Runciman que llevan los títulos de ‘La Caída de Constantinopla’ y ‘Las vísperas sicilianas’ -de eminente contenido histórico y de gran calidad literaria- y los dos de Rebeca West, ‘El significado de la traición’ y ‘Un reguero de pólvora’, trabajos periodísticos sobre juicios posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Reino Unido y el muy famoso de Nuremberg.

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En 2001 el Reino de Redonda creó sus premios, destinados a autores literarios y cinematográficos extranjeros. El primero recayó en John Maxwell Coetzee, que también recibió el título de Duke of Disgrace, en referencia a su novela ‘Desgracia’, y que en español se traduciría por Duque de Deshonra, que contiene connotaciones ajenas a ‘disgrace’ pero que a Coetzee le pareció un nombre “apropiadamente quijotesco”, según cuenta el propio Javier Marías. Comenté hace tiempo lo mucho que me había gustado una de sus novelas, ‘Esperando a los bárbaros’ . Ha llegado el momento de recordar otra fascinante, que da comienzo en una isla, tan inhóspita o más que la de Redonda, pero igual de sugerente. En el próximo capítulo.

Nota: Todas las frases entrecomilladas (excepto el comienzo del cuento de Kipling) pertenecen a Javier Marías y están entresacadas de prólogos, presentaciones y de ‘Negra espalda del tiempo’.

 

La Utopía de Tomás Moro, el paraíso de un antisistema

“Voy a decirte lo que siento. Creo que donde hay propiedad privada y donde todo se mide por el dinero, difícilmente se logrará que la cosa pública se administre con justicia y se viva con prosperidad”

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Fue Tomás Moro quien acuñó el neologismo utopía‘, que puede traducirse como el ‘no lugar’ o el ‘buen lugar’ (eu). Si unimos los dos significados tenemos ‘el lugar estupendo que no existe’ y al que podemos atribuir características que hagan de él una república ideal. En Nova Insula Utopia, Moro describió un Estado de ficción, que era bueno y que no existía, localizado en una isla rodeada de montañas y cuya entrada sólo conocían los naturales del lugar.

Lo más llamativo de esta obra es su aparición en 1516, un año antes de que Lutero diera a conocer sus ‘Noventa y cinco tesis’ en Wittemberg, cuando el poder espiritual y temporal de la Iglesia Católica estaba en su apogeo y sólo había siervos, súbditos o vasallos, ya fueran del Rey, del Papa o de los grandes señores feudales, de los arzobispados, las abadías o los conventos.

Frente al clericalismo rampante, Tomás Moro defiende un Estado guiado por el derecho natural y, frente a los privilegios de la clase alta, preconiza la igualdad de todos los ciudadanos. Predica la libertad de pensamiento y la tolerancia religiosa frente a la imposición de una religión única, aunque excluye totalmente a los ateos, que son apartados de las funciones públicas porque en Utopía, lo único que se tiene por ilícito es afirmar que las almas mueren con los cuerpos o que el mundo viene gobernado por el azar sin intervención alguna de la providencia divina.

Existen jerarquías en la familia, por sexo y por edad, y también castigos y esclavitud. Son aún conceptos medievales que perdurarán varios siglos y por lo tanto son disculpables, sobre todo porque derivan en algo desconcertante por su modernidad. Así vemos que los esclavos son aquellos delincuentes incorregibles, cuya labor es realizar tareas serviles y crueles, como “degollar, cortar y desollar a los animales”, por considerar que estas prácticas “inducen a los hombres a la fiereza, a la crueldad y a la inhumanidad”. Por la misma razón, la caza está absolutamente prohibida y se reserva a los esclavos, por ser un “menester propio de carniceros”.

También se ha establecido la eutanasia en este Estado ideal porque, cuando la vida se convierte en un tormento lo mejor es alejarse de tan miserable estado, ya sea quitándose la vida o pidiendo que se la quiten a uno. Ni los sacerdotes ni los magistrados lo impedirán, una vez informados.

Pero sobre todo, la denuncia que recorre todo este librito va contra los poderosos, los que se hacen llamar nobles, los que viven en el lujo a costa de la miseria de la mayoría. Frente a ese estado de cosas tan lamentable se alza un valor por encima de todo lo demás: la igualdad.

Primero nos cuenta Moro que, en Utopía, las cargas del trabajo se reparten equitativamente, ya que nadie podrá pasar más de dos años llevando la dura vida del labrador; cumplido el plazo, pasa a desempeñar un oficio en la ciudad y otro trabajador vendrá a sustituirlo, a no ser “que se complazca en la agricultura”. Los instrumentos de labranza son comunales y en la ciudad tampoco las gentes poseen nada en particular: todo es de todos. No hay ningún pobre, porque nadie posee nada en particular, siendo todos ricos en común.

Y, atención: todos los hombres y las mujeres deben tener una actividad laboral, que les ocupará seis horas cada día, tres por la mañana y tres por la tarde. Y que nadie se llame a engaño, dice tajantemente Moro, porque “con ese tiempo, no solamente basta sino que sobra para obtener en abundancia las cosas necesarias para la vida y aún las superfluas”. Y para demostrarlo, nos recuerda que en las naciones europeas las mujeres no trabajan, tampoco sacerdotes y monjes, a los que se unen los ricos y los herederos, que nada producen; los espadachines y los truhanes y también los mendigos, todos improductivos. Y, entre los que trabajan, hay muchos que se ocupan en cosas innecesarias, que sólo sirven “al antojo y al exceso”.

La edición española de 1638, reeditada en los años sesenta del pasado siglo, cuenta con un prólogo de Francisco de Quevedo y Villegas. Comienza diciendo de Moro que su ingenio era admirable, su vida ejemplar y su muerte gloriosa y del libro señala que “es corto, más para atenderle como merece ninguna vida será larga”. Quevedo lanza su dardo contra el enemigo de España y dice que Moro escribió su Utopía contra “la tiranía de Inglaterra” y que por eso la hizo isla.

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Pero no es del todo cierta esta hipótesis. No va contra la tiranía de Inglaterra, sino contra la tiranía de los poderosos, de los intocables, de los ricos en todas las naciones conocidas. Los últimos párrafos muestran qué es lo que impulsa a Tomás Moro a describir esta isla ideal. Se pregunta “cómo puede justificarse que un usurero u otro cualquiera que no se ocupa en trabajo alguno y que toda su acción es poco necesaria a la República, pueda adquirir, a base de tal ociosidad, el vivir con esplendor y regalo” mientras que un trabajador tenga que fatigarse día y noche para “granjearse escasamente su alimento” y pasar hambre hasta llegar a una vejez mísera por falta de sustento “¿Cómo puede justificarse la injusticia de una República que desperdicia grandes caudales en los que llama nobles, en los artífices de cosas vanas, en los bufones y en los inventores de deleites superfluos?”

¿Y qué diremos de los ricos que se quedan con el salario de los trabajadores, no solamente con violencia y engaño, sino con el pretexto de las leyes?” Unas leyes inventadas por los poderosos, “adornadas con los colores de la nación” y unos “hombres perversos de codicia insaciable que se reparten entre sí los bienes que debían destinarse a la necesidad de todos”.

La riqueza se levanta como una diosa”, en un mundo de miserables gracias a los cuales los poderosos mandan y triunfan y esa masa de desheredados hacen que resplandezca de manera que los ricos “sigan haciendo alarde de su poder y su ostentación, aumentando más la necesidad y la miseria”.

En el mes de julio del año 2017, más de quinientos años después de la publicación de Utopía, sería justo señalar que la riqueza de unos pocos se levanta más que nunca, que es una diosa, a la que se ofrecen los sufrimientos de los desafortunados, de los débiles y de los desheredados. Si Tomás Moro volviera a publicar su Utopía, le considerarían un ‘comunista’, lo que en opinión de los ‘pensadores correctos’ tan afectos al sistema que en lugar de enseñar, engañan, es un crimen de lesa humanidad.

Espejismos y leyendas: las islas imaginarias

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Durante muchos siglos, el Atlántico fue un océano desconocido y con mala fama. Los viajeros árabes lo llamaban ‘el mar tenebroso’ y preferían dirigir su vista y sus pasos hacia el este. Sin embargo, el mar del oeste tan denostado rebosaba de islas legendarias que atraían a los espíritus aventureros. Ya en los mapas catalanes y genoveses del siglo XIV aparecen las islas de Madeira y las Azores, pero también islas que nunca se identificaron porque sólo existieron en la imaginación de las gentes. Eran islas de fantasía, tan inexistentes como los viajes que llevaban a ellas, sólo pretendían satisfacer el deseo de lo maravilloso de los hombres y mujeres del Medievo.

La isla de Brasil

Algunas eran islas flotantes, como la del Brasil, que aparecía un solo día cada siete años entre la niebla de las costas irlandesas. Los primeros relatos sobre este hecho extraordinario datan del siglo XI y la primera vez que la isla aparece en un mapa lo hace en el de un cartógrafo mallorquín en 1325 y frente a Irlanda.

Se organizaron varias expediciones en su búsqueda, la más importante en 1498: el navegante italiano John Cabot, financiado por el rey Enrique VII, inició un viaje del que no volvió y en el que se perdieron trescientos hombres y cinco barcos.

Las leyendas irlandesas cuentan, dos siglos más tarde, que el capitán John Nisbet pudo visitar, tras levantarse una espesa bruma, la isla de Brasil. Se dirigía desde Francia a Irlanda, es decir, que por allí cerca estaba, posiblemente como se venía diciendo, frente a las costas irlandesas. Nisbet contó luego que estaba habitada por negros y grandes conejos propiedad de un mago y que todos vivían en un castillo de piedra; otros dicen que encontró a un grupo de ancianos a los que Nisbet logró liberar del hechizo que les tenía encadenados.

La isla fue incluida hasta el siglo XVIII por los cartógrafos Gerardus Mercator y Abraham Ortelius, pero nunca se dio con ella y con el tiempo desapareció de los mapas. En las coordenadas geográficas donde debería estar, a doscientos metros de profundidad, existe un banco de arena llamado Porcurpine y que forma parte de la zona de pesca coloquialmente conocida por los buques pesqueros españoles como el Gran Sol.

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Antilla

Dice la leyenda que muchos visigodos que escaparon de los árabes cuando conquistaron la península en el siglo VIII, llegaron a la gran isla de Antilia o Antilla, en la que se ubicaron las siete ciudades de Cíbola. A mediados del siglo XVI, los españoles aún creían poder encontrar en el norte del recién descubierto México los rastros que los conducirían a las siete famosas ciudades fundadas por siete obispos más de quinientos años antes. También se dice que el rey Rodrigo huyó tras la ocupación musulmana para refugiarse en la isla de San Brandán, de la que daremos cuenta a continuación.

San Brandán

De todas las islas fantásticas del Atlántico destaca la de San Brandán, cuya leyenda recogida en la Navigatio Sancti Brandani, crónica compuesta entre los siglos X y XI, y que tuvo una gran influencia en el imaginario medieval, cuenta la historia del abad de Clonfert, que en el siglo VI y, en compañía de catorce monjes también irlandeses, inició un largo viaje en una pequeña embarcación, un fragilísimo curragh (un barquichuelo con armazón de madera recubierto con finas capas de piel), en el que llegaron incluso a América.

San Brandán y sus marineros vagaron durante siete años por el oceáno, durante los cuales se enfrentaron a terribles monstruos marinos y catalogaron numerosas islas -la de los Pájaros, la del Infierno, un peñasco aquí, un islote allá. En uno de ellos fondearon y cuando encendieron el fuego para cocinar tras la celebración de la misa de Pascua, se dieron cuenta de que estaban sobre un pez gigante, la ballena Jasconius que, más adelante, conducirá a Brandán hasta las proximidades del Paraíso Terrenal, al que llega tras atravesar un mar oculto por densas nieblas que impide el retorno a quienes no van en nombre de Dios.

Esta isla, conocida como la Isla de San Brandán o de los Bienaventurados, aparece y desaparece, ocultándose de quienes la buscan. Y, sin embargo, a lo largo de la historia se le ha puesto contorno y se la ha situado en los mapas. Algunos creen que está cerca de las Canarias, donde ha perdurado la tradición de una octava isla, habitualmente invisible excepto en determinadas condiciones meteorológicas, a la que se ha llamado San Borondón. También argumentan quienes esto creen que el geógrafo Ptolomeo incluyó en este archipiélago una isla a la que llamó Aprositus, que literalmente significa “inaccesible” y que no es otra que la del monje irlandés.

La isla de los Bienaventurados aparece en el mapamundi de Ebstorf (1235), en el que se cuenta gráficamente el viaje de san Brandán a estas islas africanas. También en un mapa de Toscanelli realizado para el rey de Portugal. Su ubicación varía: desde Irlanda a las Canarias y de Terranova al ecuador. En el primer globo terráqueo, el de Martin Behaim, en el que no se dibuja todavía América porque data de 1492, se incluye en las cercanías del ecuador, se la denomina insula Perdita y cuenta en una leyenda que San Brandán desembarcó allí allí en el año 565.

A partir del mapamundi del pirata turco Piri Reis, de 1513, San Borondón se desplaza hacia el norte en los mapas y se coloca cerca de Terranova. Eso ocurre hasta el siglo XVIII, en el que deja de considerarse real y desaparece de los mapas.

Las islas del Pacífico

En el siglo XVIII entra en escena con inusitada fuerza el viaje por el otro gran océano, que en cierta manera desbanca al Atlántico. Y de nuevo surgen infinidad de islas irreales, tantas que un siglo más tarde, el Pacífico llegó a tener más de cien que, sin embargo, figuraban en los mapas. El capitán británico sir Frederick Evans fue a visitarlas una por una y suprimió 123 de las Cartas de Navegación del Almirantazgo por falta de existencia.

Los espejismos provocados por las distorsiones lumínicas, lo que poéticamente se denomina ‘Fata Morgana’ y que proviene del hada Morgana, hermanastra del rey Arturo, y su capacidad de cambiar de forma a voluntad, fueron probablemente el origen de algunas confusiones, como la que ocurrió con el supuesto avistamiento de la isla Esmeralda en 1821 por el capitán William Elliot cerca de la Antártida.

Siete años más tarde, el capitán del buque Nimrod, John King Davis, aseguró haber visto la isla Esmeralda alrededor del cabo de Hornos e informó también de otras supuestas islas, a las que se llamó las Nimrod, que nunca más fueron vistas en las sucesivas expediciones que llegaron a estos lugares y que sólo pudieron constatar mares vacíos. En 1940 se declararon oficialmente inexistentes y producto de espejismos comunes en las regiones polares.

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La isla de Taprobane en las Fuentes del Paraíso, de Arthur C. Clarke

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El Pico de Adán, Ceilán

Entre el paraíso y Taprobane hay cuarenta leguas y desde allí puede oírse el sonido de las fuentes del Paraíso”. Los pobladores de la isla le contaron al fraile Juan de Marignolli, cuando en 1338 se dirigía a la Corte del Gran Kan de China enviado por el Papa Benedicto XII, que estaban tan cerca del Edén que se podía oír el ruido del agua de las fuentes en su caída. El franciscano recogió este relato al hablar del Génesis en sus Crónicas de Bohemia; en ese fragmento sobre su viaje, asegura que fectivamente así era, que el Paraíso estaba muy cerca de estos lugares y aduce como prueba que en la isla crecían maravillosos árboles frutales, a la que se añadía la auténtica huella que dejó Adán en la cima del Pico que lleva su nombre.

Arthur C. Clarke, que vivió y murió en la isla de Ceilán o Taprobane o Serendib y que actualmente lleva el nombre de Sri Lanka, sitúa en ella su novela ‘Las Fuentes del Paraíso’, haciéndose eco de la tradición que le fue relatada a Marignolli. También recoge la leyenda del rey que asesinó a su padre y posteriormente fue derrotado por su hermano, al que había usurpado el trono, aunque le da el nombre de Kalidasa y no el real, Kasyapa.

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Sri Kanda, la Montaña Sagrada, donde Kalidasa construyó un palacio aéreo hace dos mil años es el emplazamiento más adecuado de toda la Tierra para situar la estación de anclaje del satélite que permitirá, mediante vías de hiperfilamento, el recorrido de un ascensor espacial que, impulsado por electricidad barata, reemplazará a los costosos y atronadores cohetes que, a partir de ese momento será utilizados exclusivamente para el transporte en el espacio profundo. Vannevar Morgan, un ingeniero de prestigio obsesionado por la idea de unir las estrellas mediante un sistema de ascensores y torres orbitales, pretende convencer a los monjes para que acepten que en su montaña se instale “una escalera hasta el cielo, un puente hacia las estrellas”.

En realidad no hay ningún choque entre tradición y modernidad, entre religión e ingeniería, ni siquiera entre pasado y futuro. Clarke nos viene a decir que Vannevar Morgan y Kalidasa, un visionario en su época, son muy parecidos en sus ambiciones: el monarca concibe su propio Paraíso y pretende construir el Cielo en la cumbre, pero la guerra se lo impedirá, y el ingeniero prosigue su obra abriendo una ventana a las estrellas. Será precisamente la profecía de las mariposas doradas, que no son más que las almas de los guerreros del rey destronado, las que al alcanzar el templo, el Vihara, den por concluido el contencioso entre los monjes y la Corporación de Astroingeniería y comience la construcción de la Torre Orbital.

En uno de los diálogos se establece una comparación con la Torre de Babel, “un proyecto de ingeniería estelar” que no llegó a realizarse como castigo de Dios a la soberbia de los hombres. Teniendo en cuenta el ateísmo declarado del autor, habría que entender el éxito de la Torre Orbital como un poético ajuste de cuentas.

En el epílogo, Arthur C. Clarke da explicaciones sobre los cambios que ha realizado en la geografía de Ceilán para acomodarla a su Taprabane del futuro, como el traslado de la isla ochocientos kilómetros al sur para situarla justo en el Ecuador, donde estaba hace veinte millones de años, y la duplicación de la altura de Sri Prada, una sorprendente montaña cónica, sagrada para budistas, musulmanes, hindúes y cristianos, en cuya cima se yergue un pequeño templo y al que todos los años, desde hace siglos, acuden miles de peregrinos que ascienden con dificultades los 2.240 metros escalonados.

En la cima se puede contemplar un espectáculo de gran belleza: “La sombra del Pico al alba forma un cono perfectamente simétrico, visible sólo durante breves minutos a la salida del sol, que se extiende casi hasta el horizonte sobre las nubes, más bajas”. Como es notorio, ‘Las Fuentes del Paraíso’ es un emotivo homenaje a Sri Lanka, del que Clarke fue ciudadano desde 1956, compartiendo nacionalidad británica y cingalesa, y donde murió, en 2008.

Respecto al ascensor espacial, Clarke revela que el concepto apareció en Occidente en un número de Science en 1996, aunque seis años antes la idea fue desarrollada por un ingeniero de Leningrado, Y.N. Artusanov, que planteaba la posibilidad de un “funicular celeste” que uniría la Tiera con un satélite fijo mediante cables, a través de los cuales circularía un ascensor de transporte de carga y pasajeros que operaría sin propulsión de cohetería. Y además, sería más barato. Una de las frases famosas de Clarke es que, en el futuro, un viaje de ida y vuelta al espacio costará nueve euros.

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Arthur C. Clarke

En sus obras -más de ochenta libros y numerosos artículos- describe a menudo avances tecnológicos que podrían llevarse a cabo y uno de ellos sería el del “ascensor espacial”, cuyos detalles técnicos explicó en un artículo en 1981, titulado ‘El ascensor espacial: ¿experimento intelectual o clave del universo?’ Precisamente, una de las tres leyes formuladas por Clarke dice que la única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.

Algunos críticos reprochan a Clarke su vertiente hard, el excesivo cientifismo de sus novelas, de naturaleza fría y deshumanizada, que intenta paliar con referencias a la historia, aunque también aquí resulta bastante profesoral. No en vano, Arthur Charles Clarke, nacido en el Reino Unido en 1917, participó durante la II Guerra Mundial en el desarrollo de la nueva tecnología de radar; se licenció en física y matemáticas en el King’s College de Londres y en 1945 escribió el famoso artículo en el cual predijo que un día las comunicaciones de todo el mundo se realizarían a través de una red de satélites geoestacionarios situados a intervalos fijos alrededor del ecuador terrestre.

Veinte años más tarde, en 1964, la NASA lanzó el primer satélite geoestacionario, el Syncom 3, que retransmitió imágenes de los Juegos Olímpicos de 1964 desde Tokio a Estados Unidos, la primera transmisión de televisión a través del Pacífico. En 1954, Clarke también propuso utilizar satélites para la meteorología y actualmente no se conciben las previsiones sin ellos. Del ‘ascensor espacial’ existen proyectos en desarrollo en Estados Unidos, Europa y Japón a partir de un cable que estaría formado por millones de hebras de carbono y que, partiendo de un punto del ecuador, ascendería hacia una estación espacial.

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Artur C. Clarke, Fuentes del paraíso, Editorial Bruguera 1983 (la primera edición original es de 1979)

Inhumación o combustión, el dilema de Browne sobre el reposo eterno

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Sir Thomas Browne, Hydriotaphia: el enterramiento en urnas

El polvo al polvo y las cenizas a las cenizas; no importa cómo se haya procedido a la disolución de la materia orgánica puesto que, finalmente, todos terminaremos en el olvido por el ineluctable transcurrir del tiempo.

Esta reflexión tan pesimista no resulta muy acorde con el espíritu del escritor que revolucionó la prosa inglesa, que se adornó con la erudición más fabulosa del momento, los párrafos inacabables y los sujetos perdidos en la más enrevesada de las sintaxis. Pero, sobre todo, no se aviene con su espíritu festivo y burlón, capaz de inventarse un catálogo de obras inexistentes para escarnio de coleccionistas -el Musaeum Clausum o Bibliotheca Abscondita– o redactar un compendio de animales reales e imaginarios, como la salamandra y el grifo, en su Pseudodoxia Epidemica.

O tal vez sí, porque el antídoto contra su desesperanza sobre la inmortalidad y su previsión de que su cuerpo acabaría como alimento para los gusanos, consistía, tal vez, en un fervor entusiasta por la nimiedad y por los detalles divertidos que hacen llevadera la existencia. Sir Thomas Browne, nacido en el año 1605 en Londres, hijo de un comerciante de sedas y graduado como doctor en medicina en Leiden, tiene un pie en la oscura Edad Media y otro en la modernidad del siglo del ingenio, el XVII, en el que se produce un cambio revolucionario en la forma de concebir lo intelectual.

Su discurso, publicado en 1658 con el título ‘Hydriotaphia: el enterramiento en urnas o breve disertación sobre las urnas sepulcrales halladas recientemente en Norfolk‘, hace referencia a unas vasijas funerarias que en esa época se hallaron enterradas en el campo, cerca de Walsingham. Partiendo de ese hallazgo, Browne se explaya en las más diversas consideraciones; de primeras, al apostar por el origen romano de las urnas aunque posteriormente se averiguó que eran sajonas, se permite comentar la ocupación de Gran Bretaña por César, Claudio, Vespasiano y Severo y de la guerra que inició y perdió la reina Boadicea. Todo aprovecha para el convento y en este caso para innumerables citas y comentarios eruditos.

En tierra o en fuego

El tiempo tiene rarezas infinitas y muestras de todas las variedades”; múltiples inventos se han experimentado a lo largo de los siglos para lograr la “disolución corporal”, aunque “las naciones más serenas han reposado de dos maneras: la de la simple inhumación y la combustión”. A partir de esta reflexión, Browne se lanza a comentar la antigüedad de una y otra formas de eliminación orgánica y sus ventajas e inconvenientes.

Si bien el enterramiento carnal o sepultura fue utilizada por Abraham y los patriarcas, la práctica de la combustión se remonta a las exequias de Aquiles y Patroclo, y fue utilizada por muchos pueblos, como los celtas y los germanos. Incluso algunos consideraban el fuego como la mejor solución porque contenía un sesgo purificador. También, “sin pretender fundamentos naturales, otros evitaban así la malevolencia de los enemigos hacia sus cuerpos enterrados”, como ocurrió con el caso del romano Sila, que quiso evitarse lo que él hizo a su enemigo Mario.

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Atendiendo a la eventualidad de un expolio, Browne se pone dramático: “Ser arrebatados de nuestras tumbas, que se hagan de nuestras calaveras cuencos para beber, y nuestros huesos sean convertidos en flautas para deleite y diversión de nuestros enemigos, son trágicas abominaciones evitadas en los enterramientos con cremación”. Como si de una profecía se tratara, así ocurrió con su calavera, robada en 1840 de su tumba de la Iglesia de St. Peter Mancroft, en Norwich, y vuelta a enterrar en 1922.

W.G. Sebald, en ‘Los anillos de Saturno’, cuenta que, habiendo hallado por casualidad una entrada en la Enciclopedia Británica, según la cual el cerebro de Browne se conservaba en el museo del Hospital de Norfolk & Norwich, cuando estuvo allí pidió que se lo mostrasen y lo único que recibió fue la incomprensión más absoluta, pese a que de todos es sabido que hubo una época en la que en los hospitales municipales se instalaba con frecuencia una cámara en la que se conservaban determinados horrores, para la enseñanza médica o la edificación moral: hidrocéfalos, órganos hipertrofiados, abortos y criaturas deformes.

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Sigue contando Sebald que, en 1840, con motivo de un sepelio en el mismo lugar en el que estaban enterrados los restos de Browne, se deterioró su ataúd y quedaron expuestas partes de su contenido (algo muy parecido a lo ocurrido con el supuesto cadáver de Milton). Como consecuencia, el cráneo de Browne y un rizo de su cabello pasaron a ser posesión de Lubbock, médico y presbítero, “quien a su vez legó en testamento las reliquias al museo del hospital, donde hasta 1921 pudieron contemplarse entre todo tipo de extravagancias anatómicas”.

Las tumbas como viviendas en el más allá o contra el olvido

Volviendo a la Hydrotaphia, de lectura apasionante, aunque los detalles de erudición a veces resultan un poco agobiantes, nos presenta un recuento de objetos que acompañaban a los muertos en su sepultura, con la espada de oro, los doscientos rubíes, los centenares de monedas y otras muestras de magnificencia que se encontraron en el monumento de Childerico I, cuarto rey desde Faramundo.

A veces da la impresión de que las referencias y las citas son producto de la invención del autor, como cuando recurre a la autoridad de Vanurci Biringuccio o de Martinus Becanus, nombres imposibles pero auténticos: el primero era un científico militar y matemático italiano del siglo XVI y el segundo, jesuita y exégeta de Brabante de la misma época, según las notas.

Además de pasar revista al tipo de árboles o flores que adornaban las tumbas en los diferentes pueblos, desde Atenas a Roma, Browne nos intriga con la disposición de los cuerpos en las tumbas: los persas yacían hacia el norte y el sur, los megarenses y los fenicios ponían la cabeza hacia el este; los atenienses, según creen algunos, hacia el oeste, disposición que mantienen los cristianos y que, según Beda el Venerable, fue la postura que “adoptó nuestro Salvador”: hacia el oeste es adónde miraba cuando fue crucificado.

Al concluir su meditación sobre las urnas funerarias de Norfolk, Browne afirma que esos mismos recipientes son un fracaso estrepitoso que sólo nos recuerda la muerte y la descomposición y no a quienes con ellas quisieron alcanzar la eternidad. Gran parte de la antigüedad -recuerda- “satisfacía sus esperanzas de subsistencia con la transmigración de sus almas; otros se contentaban por ser una partícula del alma pública de todas las cosas, en el retorno a su desconocido y divino origen” y los egipcios preparaban sus cuerpos para aguardar el regreso de sus almas, pero “todo era vanidad y desvarío”. Nada garantiza que el nombre de los héroes no caiga en el olvido y la mayoría de los hombres ha de verse satisfecha con encontrar su nombre “en el registro de Dios, no en las actas de los hombres”.

Browne concluye con una contradicción de lo previamente defendido cuando afirma que perdurar en la memoria satisfacía los deseos antiguos, pero que “vivir es, en verdad, volver a ser nosotros mismos”, es ser para siempre, lo que “sólo la religión concede”, aunque, por otra parte, desconfía de la eternidad: “Dios, que es el único que puede destruir nuestras almas y que ha asegurado nuestra resurrección, ni de nuestros cuerpos ni de nuestros nombres claramente ha prometido la duración”.

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De la edición y traducción

No se tradujo a Browne al castellano hasta que lo hizo Javier Marías para el quinto volumen de su colección del Reino de Redonda, publicado en 2002 y dedicado a la memoria de W.G. Sebald, Duke of Vértigo. Solamente en 1944 apareció en la revista El Sur el quinto capítulo de la Hydrotaphia, traducido por Borges y Bioy Casares. una traducción tan “hermosa como inexacta”, dice Marías, que añade la recomendación de Strachey para leer a Browne: siempre en voz alta, “bogando por el Eúfrates, junto a las costas de Arabia, en Constantinopla o entre las garras de una esfinge”.

Bibliografía

– Sir Thomas Browne, La religión de un médico y El enterramiento en urnas, Penguin Clásicos, Edición y Traducción de Javier Marías, 2017,

– W.G. Sebald, Los anillos de Saturno, Editorial Debate, 2000.