Tumbas para el recuerdo: de Cervantes a Shakespeare; de Tolstoi a Stevenson; de Collioure a Comala

La posibilidad de la vida eterna y sus efectos secundarios me llegó de Borges, cuyo cuento ‘El inmortal’ siempre me ha despertado cierta desazón por el simulacro de vida de los personajes que, como el Homero del relato, se convierten en seres imperecederos tras bañarse en un río que concede el don de la eternidad. Lejos de ser un regalo, resulta un terrible e inmerecido castigo.

Las culturas paganas que no creían en la inmortalidad o que no les parecía nada deseable, como ocurre con Grecia y Roma, y también con otras más modernas aunque menos sofisticadas, como la vikinga, fiaban la auténtica inmortalidad a la fama y a la gloria después de la muerte; a los cuentos, a las canciones y a las sagas que se repetirían a lo largo de los siglos elogiando la vida y la muerte del héroe o del poeta.

Antes de seguir despeñándome por caídas de imperios y civilizaciones desaparecidas quisiera retomar el asunto de la perdurabilidad de los hombres en el recuerdo de las generaciones posteriores. No hay otra frase que exprese de forma más bella este deseo de permanecer en la memoria por toda la eternidad que la de Shakespeare: ‘Perduraré donde más alienta el aliento, es decir, en los labios de los hombres’.

Y para el recuerdo y los homenajes se construyeron los cementerios y las visitas guiadas. El turismo necrófilo da muchos dividendos, al menos fuera de España. En nuestro país no hay costumbre de visitar necrópolis para depositar flores en la tumba de nuestros escritores, músicos o pintores. Tampoco en las de reyes ni guerreros ni políticos, pero eso es otra historia. Me gusta pensar que no es un menoscabo de nuestra condición hispana, sino un adorno: los españoles no somos mitómanos. Pero tampoco parece que sea eso -no hay más que ver cómo se arracima la gente ante los famosos del momento y cómo se matan por un selfie con el actor de moda- sino más bien el reflejo de un triste desapego hacia nuestra historia cultural.

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Los buscadísimos huesos de Cervantes

Según su testamento, Miguel de Cervantes pidió ser enterrado en la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas, en agradecimiento a los Trinitarios que le liberaron de su cautiverio en Argel tras cinco años. La Orden, a la que se unió años antes de su muerte, pagó ‘in extremis’, cuando iba a ser embarcado a Constantinopla, los quinientos ducados de oro por su rescate. Tras la construcción del nuevo convento se perdieron los vestigios de su tumba, pero en 2014 comenzaron los trabajos de exploración de nichos y tumbas en la cripta del convento de las Trinitarias en Madrid en busca de los restos mortales del escritor.

El Ayuntamiento madrileño, que corría con los gastos, tenía el firme propósito de instalar en la propia cripta del convento un “túmulo digno e idóneo” que pudiera ser visitado por el público. No reparó en excesos mediáticos, más relacionados con las elecciones del año 2015, cuando se terminaron los trabajos, que con el centenario de la muerte del escritor, un año después.

Pero sólo se encontraron una mandíbula y dos decenas de huesos que podrían ser atribuidos a Cervantes pero que andaban muy mezclados con otros de distintos difuntos. La exposición sobre los trabajos se hizo en el Museo de Historia de Madrid, en cuya inauguración la entonces alcaldesa, Ana Botella, afirmó muy convencida de que, en el convento de las Trinitarias se “singularizarían” con una lápida los restos hallados que, en su opinión, “corresponden a Cervantes porque así lo avalan tres ciencias: la Antropología, la Arqueología y la Historia”. Y también hubo sepelio, en el mes de junio, de forma que Cervantes fue enterrado por tercera vez desde que muriera en 1616.

Así pues, se trasladaron los supuestos restos del escritor a la Iglesia de San Ildefonso y hubo lápida y visitas guiadas. El epitafio proviene de una de las obras más queridas por Cervantes, ‘Persiles y Sigismunda’, y dice así: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”.

Otros restos de ilustres

Al parecer el número de visitantes del convento de las Trinitarias ha aumentado con toda esta publicidad sobre tumbas, huesos y testamentos: estábamos en el año del IV Centenario de la muerte de Cervantes.

No es Cervantes el único personaje ilustre enterrado en una cripta eclesial. Shakespeare pidió que sus huesos reposaran en Iglesia de la Santa Trinidad de Stratford, donde fue bautizado. El cumplimiento de ese deseo impidió que ocupara un hueco en la ‘Esquina de los poetas’ de la Abadía de Westminster, en Londres, en cuyo transepto sur se encuentran las tumbas de Dickens, Kipling, Browning y Tennyson.

Estos enterramientos ilustres tienen su correspondencia en el Panteón de París, cuya construcción comenzó en 1764, y en el que permanecen los restos de Voltaire desde 1791, tras la Revolución Francesa, y los de Alejandro Dumas, situados entre los de Émile Zola y Victor Hugo. En el frontispicio está inscrita la dedicatoria: “A los grandes hombres, la patria agradecida”.

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Machado en Collioure

Si Shakespeare quiso persistir en el recuerdo de los hombres, Antonio Machado dejó de lado esas pretensiones en ‘Cantares’: “Nunca perseguí la gloria / ni dejar en la memoria / de los hombres mi canción”. Pero el poeta español también tiene su público, que visita su tumba en el cementerio del pueblo francés de Collioure, donde murió en febrero de 1939, a los veinticuatro días de llegar, huyendo de la victoria fascista en España.

En los bolsillos de su gabán se encontraron manuscritos los que tal vez fueran sus últimos versos, de un día en que pudo pasear por el pueblo, al que llegó enfermo de neumonía: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Su madre, que le acompañaba en su huida de España, murió tres días después, y en 1958 los restos de ambos pasaron a una tumba propia, financiada por un centenar de donantes, entre ellos Andrè Malraux, Albert Camus, la librería Gallimard y el sindicato UGT. Fue a partir de entonces cuando la gente empezó a enviar escritos y a depositarlos sobre la tumba: poemas, agradecimientos, tarjetas de visita e incluso peticiones. Como si fuera un santo laico, le pedían protección. En los ochenta, el Ayuntamiento de Colliure instaló, al lado de la tumba, un pequeño buzón abierto para que estos miles de escritos no se perdieran.

Las tumbas más bellas

La tumba de Tolstoi ni siquiera es tumba; es más bien es un túmulo rectangular en medio del bosque de la que fuera su hacienda, Yasnaia Poliana, cubierto de flores, sin cruz ni lápida ni inscripción, ni siquiera el nombre, y de la que dice Stefan Zweig que es “la tumba más bella, impresionante y triunfal del mundo”.

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Tolstoi en Yasnaia Poliana

Tampoco está reñida con la naturaleza, la tumba de Louis Stevenson en la cima del monte Vaea de Samoa. El epitafio dice: Aquí yace donde quiso yacer / de vuelta del mar está el marinero / de vuelta del monte está el cazador.

Otros eligieron esparcir sus cenizas en lugares imaginarios. Es el caso de Juan Rulfo, que optó por la cremación y pidió que sus restos se aventaran en Comala, la ciudad en la que vivió un cacique llamado Pedro Páramo y al que su hijo va a buscar por recomendación de su madre y donde los muertos conversan. Nada tiene que ver esta Comala imaginaria, ubicada “sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno”, como la describe Abundio Martínez en las primeras páginas de la novela, con el pueblo que sí existe y se llama Comala, de casas encaladas y umbrosas huertas. El deseo de Juan Rulfo, genial e intencionado, de reposar en la tierra de su imaginación, viene a decirnos que el mejor homenaje a un escritor es la lectura de su obra y que en ella le encontraremos siempre.

De los gastos, disgustos y tiempo perdido, que conllevó la búsqueda de los restos de Cervantes, dijo Francisco Rico, que, al fin y al cabo, si se trata de leer o releer su obra, puede que sus huesos no sirvan para mucho. Las estadísticas ofrecen un dato lamentable: sólo el 21% de los españoles ha leído ‘El Quijote’.

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Ragnarök, la última batalla vikinga del fin de los tiempos

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Casi todas las mitologías ofrecen una narración más o menos pormenorizada del fin de los tiempos, en la que el mundo conocido desaparecerá inevitablemente como consecuencia de tremendos cataclismos. De esa destrucción o purificación, según el punto de vista, surgirá un nuevo tiempo, generalmente dichoso, o una vuelta al pasado, a una Edad de Oro que retornará. Las cenizas del antiguo orden serán la materia del porvenir, que contendrá en su mismo origen el germen de una extinción que se repetirá por los siglos de los siglos.

Las profecías del Ragnarök

La destrucción por el agua o por el fuego es común a muchas mitologías. Las leyendas vikingas profetizan que el Ragnarök, el Destino de los Dioses, vendrá precedido de grandes catástrofes: impetuosos vientos barrerán la faz de la Midgard, la Tierra Media, y traerán consigo inmensas heladas y tormentas cegadoras durante tres inviernos. El Sol y la Luna desaparecerán devorados por los lobos y el mundo se hundirá en la oscuridad más absoluta mientras caen las estrellas del cielo. Se multiplicarán los seísmos, se desintegrarán las montañas y cundirá el hambre y la muerte.

Loki, el dios del caos, extenderá la guerra y la confusión y Odín, el padre de los dioses, reunirá a sus valientes guerreros en el Valhalla para el último combate, en el que todos morirán. Surt, de la estirpe de los malvados gigantes, arrojará fuego y azufre por la boca y prenderá un infierno gigantesco. Jörmundgander, la serpiente de la Midgard, se levantará del lecho profundo del océano y provocará que los mares se alcen contra la tierra y ésta y el Cielo desaparecerán en las aguas. El tiempo se detendrá.

Pero de las cenizas surgirá un mundo distinto, una tierra verde que rebosará cereales y el Sol reaparecerá para dar luz y calor a una nueva raza humana, descendiente de la única pareja que consiguió sobrevivir al Ragnarök. En este nuevo mundo, la maldad y la miseria no existirán y los hombres y los dioses -descendientes de Odín y de Thor- vivirán juntos en paz y armonía. Hasta la próxima gran batalla.

Gracias a Snorri Sturluson, nacido en Islandia a finales del siglo XII y que fue poeta, ‘recitador de la ley’ y, sobre todo, compilador de leyendas, conocemos un relato completo de la mitología escandinava, desde la creación del mundo hasta el Ragnarök. Posiblemente, este relato presente cierta contaminación cristiana porque para protegerse de una acusación de apostasía, ya en el prefacio de la obra realiza una racionalización cristiana de la religión pagana, describiendo a los dioses ancestrales como deificaciones de héroes antiguos.

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El terror vikingo

Esta gran batalla del fin del mundo entre dioses y gigantes que es el Ragnarök responde a la violencia que impregna la historia de estos pueblos escandinavos que sometieron y saquearon, a sangre y a fuego, cientos de poblaciones que vieron cumplirse esas profecías de destrucción en su propia carne. Los vikingos aterrorizaron a Europa durante siglos.

Los autores medievales usaban el término vikingo para describir a alguien que se dedicaba al iviking, es decir, al saqueo, y no necesariamente debía ser escandinavo. El significado original de la palabra era “hombre de las bahías”, quizá porque en esos lugares se escondían los piratas para emboscar a los navíos despistado. El término vikingo se convirtió en sinónimo de escandinavo con el paso del tiempo, a medida que las actividades depredatorias de estos pueblos del norte se extendieron hasta Al-Andalus.

Para muchos, las hordas de vikingos fueron el fin de su mundo. Especialmente terroríficos eran los llamados berserkers que mostraban un absoluto desprecio por su vida y que, antes de entrar en combate, se provocaban una furia parecida a un trance -aullaban y mordían sus propios escudos- , lo que les hacía inmunes al dolor de las heridas.

Comenzó a saberse de los hombres del norte en el siglo II a.C, cuando una falta crónica de tierras cultivables obligó a dos tribus al norte de Jutlandia, los cimbrios y los teutones, a buscar un lugar donde aposentarse. Arrasaron gran parte del centro y del oeste de Europa antes de invadir Italia en el 102 a.C, donde finalmente fueron aniquilados por los romanos.

Pero fue el 8 de junio del año 793 cuando se conoció en toda la Cristiandad el primer gran estallido de la violencia nórdica con el ataque al monasterio de la isla de Lindisfarne, en Northumbria. En una carta escrita poco después, Alcuino, distinguido académico, decía: “Nunca antes se ha visto semejante atrocidad en Britania como la que hemos sufrido a manos de un pueblo pagano … La iglesia de San Cutberto está bañada con la sangre de los sacerdotes de Dios, huérfana de todos sus objetos y expuesta al saqueo de los paganos, el lugar más sagrado de Britania…”

Tras esta primera incursión, los vikingos atacan Escocia e Irlanda y extienden sus actividades al Imperio franco. En el 845 saquean el valle del Sena y amenazan París. En el año 865 fue Inglaterra la que sintió la furia del ataque vikingo; luego el turno le llegó a Flandes. Los monasterios prácticamente desaparecieron de todo el norte de Francia, pero pocos lugares sufrieron más a manos de los vikingos que Irlanda: durante casi doscientos años, a partir del siglo IX, sufrieron no sólo la depredación de sus bienes sino también el que sus habitantes abastecieran el comercio de esclavos de los nórdicos.

Tampoco la península ibérica se salvó de sus correrías. Los hombres del norte atacaron La Coruña, donde sufrieron una gran derrota; bajaron por la costa y saquearon Lisboa y, en sus incursiones, llegaron hasta Sevilla.

El último ataque vikingo tuvo lugar en 1240. Ocurrió en Iona, una pequeña isla en el norte de Escocia, en las Hébridas.

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John Haywood, Los hombres del norte

Desde el 793 al 1241 la historia contempló la actividad de los hombres del norte por todo el mundo conocido. Desde su patria escandinava, se dirigieron hacia el este descendiendo por los grandes ríos rusos, cruzaron el mar Caspio y llegaron a Bagdad. En el oeste, saquearon toda la costa europea y fundaron asentamientos en algunos lugares de Escocia, Inglaterra, Irlanda y Francia. Llegaron a penetrar en el Mediterráneo y atacaron Italia y el norte de África. Otros vikingos cruzaron el Atlántico y se establecieron en las islas Feroe, Islandia y Groenlandia. Incluso llegaron a América del Norte.

El historiador John Haywood nos cuenta en Los hombres del norte. La saga vikinga (793-1241) todo lo que hicieron, sus viajes, sus costumbres, su mitología, también sus fracasos, hasta su declive y transformación, que coincide con el asesinato del islandés Snorri, el compilador de versos y leyendas, acusado de traición. Sus casi quinientas páginas ofrecen una narración ágil de hechos no muy conocidos y dan respuesta a un gran número de dudas y claroscuros de la historia vikinga, aunque dejan resquicios a la imaginación porque del pasado no todo puede saberse con certeza.

Contra la inmortalidad: J.L. Borges, Swift y otros dioses

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Marco Flaminio Rufo, tribuno de Roma, partió en busca de la Ciudad de los Inmortales, aunque estaba avisado por los filósofos de que “dilatar la vida de los hombres es dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes”. Y cuando la encuentra, en el centro de un terrible desierto, diseñada como un laberinto insensato de arquitectura caótica, descubre que en sus alrededores viven los trogloditas, una estirpe bestial que no conoce la palabra y se alimenta de serpientes.

En el epílogo a la colección de cuentos en el que se inscribe ‘El Inmortal’, Borges, además de afirmar que es, de todos, el más trabajado, reconoce que lo escribió con la idea de mostrar “el efecto” que la inmortalidad causaría a los hombres.

Los trogloditas son los Inmortales y crearon esa ciudad desatinada como último gesto condescendiente con el mundo. Después “decidieron vivir en el puro pensamiento y en la especulación” y marcharon a las cuevas que rodeaban la Ciudad de los laberintos. “Absortos, casi no percibían el mundo físico”. El paso de los siglos les marcó hasta convertir su absoluta tolerancia en un desdén apático; se hicieron invulnerables a la piedad e indiferentes ante su propio destino. Porque la inmortalidad supone que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas y sabiéndolo resulta infructuoso provocarlas.

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La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres”, que conmueven por su “condición de fantasmas” porque cada acto que ejecutan puede ser el último y todo tiene el valor “de lo irrecuperable y de lo azaroso”. En cambio, para los inmortales, cada acto es el eco de otros anteriores o el presagio de lo venidero (1).

Gulliver en el país de los struldbruggs

Los Inmortales de Borges se han convertido, a fuerza de indiferencia hacia un mundo que se repite infinitamente, en trogloditas, en seres desprovistos de deseos y de curiosidad. Algo parecido pero acrecentado por las consecuencias del proceso de envejecimiento les ocurre a los struldbruggs, los Inmortales con los que se encuentra la criatura de Jonathan Swift en sus viajes.

Cuando Gulliver llega al reino de Luggnagg, se le revela la existencia de los struldbruggs o inmortales, que muy de tarde en tarde -dos o tres por siglo- y por azar nacían en el país en el seno de familias normales, como un error de la naturaleza. Se les distinguía porque mostraban un enorme lunar rojo en la frente, sobre la ceja izquierda, “lo que era señal infalible de que no morirían nunca”.

Gulliver expresa su total admiración y proclama la excelsitud de aquellos que han nacido inmunes a la calamidad universal que es la muerte, a la maldición que pesa sobre la naturaleza humana. Ante el desconcierto de los luggnaggianos, se lanza a describir las ventajas de la condición de inmortal y cómo él aprovecharía tales privilegios. Y es entonces cuando le muestran la insensatez de su deseo de inmortalidad.

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Los struldbruggs -le cuentan- se comportan con normalidad hasta los treinta años y a partir de esta edad se tornan, poco a poco, melancólicos y amargados. Cuando llegan a los ochenta años, la edad considerada como límite de la vida, “no solamente padecen de todos los achaques y enfermedades de los demás hombres a su edad, sino de varios otros originados por la aterradora perspectiva de no morir jamás”. A ello se añade que son tercos, irritables, avaros, vanidosos, charlatanes, incapaces de profesar amistad e insensibles a todo afecto natural.

Ni siquiera recuerdan lo que aprendieron en su juventud porque la edad les hace perder la memoria y ya son incapaces de adquirir nuevos conocimientos. A los noventa años se les cae el pelo y los dientes y ni siquiera disfrutan de la comida. Olvidan los nombres de las cosas y tampoco pueden entregarse al placer de la lectura porque no son capaces de ligar el principio de un párrafo con su final. Gulliver pudo observar a alguno de ellos, ahítos de malformaciones y de aspecto cadavérico: “Ofrecían, el espectáculo más doloroso que haya contemplado en mi vida” (2).

La inmortalidad de los dioses

Al sorprender a Eos, diosa de la Aurora, entendiéndose con Ares en el lecho, Afrodita la condenó a enamorarse de mortales durante el resto de su vida inmortal. Los fue perdiendo uno a uno y, para poder seguir unida a Titono, un deslumbrante príncipe troyano, pidió a Zeus que le convirtiera en inmortal, a lo que el jefe del Olimpo accedió. Pero Eos olvidó pedir al mismo tiempo la juventud inmortal para su amante, de manera que Titono fue envejeciendo pero sin morir, menguando día tras día, hasta convertirse en un grillo. Cada mañana, Eos, la de los rosados dedos visita la tierra antes de que salga el sol derrama sus lágrimas, el rocío, por pena y remordimiento y Titono entona el invariable susurro con el que pide su muerte.

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Y es que a los dioses hay que pedirles los dones con mucho cuidado. Siempre se las arreglan para que los mortales reciban menos de lo que solicitan. O incluso, para que reciban algo mucho peor. La inmortalidad es un don de los dioses y una condena para los hombres, aunque también hay inmortales que preferirían acabar con sus tormentos eternos, como el caso del titán Prometeo, y dioses que no viven para siempre.

En algunas religiones, los dioses, a semejanza de los hombres que los han creado, mueren. Son religiones de tribus de América del Norte, de Filipinas y también de África, nos cuenta Frazer. Incluso en la mitología griega hay criterios dispares acerca del atributo de la inmortalidad que supuestamente poseen los dioses. Así se cuenta que el cuerpo de Dionisos estaba enterrado en Delfos, junto a la dorada estatua de Apolo, y que en su tumba se leía la inscripción: “Aquí yace muerto Dionisos, hijo de Semele” (3).

En Creta se vanagloriaban de poseer la tumba del propio Zeus y la enseñaban a los visitantes todavía a comienzos de nuestra era. La famosa paradoja del filósofo cretense Epiménides, que se inicia con los proposición “Todos los cretenses son mentirosos”, proviene del convencimiento popular en toda Grecia de que los cretenses eran unos mentirosos porque se empeñaban en negar la inmortalidad del padre de los dioses y de los hombres.

Borges y la inmortalidad

Borges, en sus conversaciones y conferencias, siempre se mostró reacio a la inmortalidad. En este cuento de ‘El Inmortal’ dice que, incluso para judíos, musulmanes y cristianos, la inmortalidad tiene una importancia relativa, puesto que las tres religiones consideran importante sólo la primera parte de esa eternidad, cien años como mucho, mientras que el resto se dedica al premio o al castigo.

Y, en una conferencia en la Universidad de Belgrano sobre este mismo asunto, comienza recordando que para William James la inmortalidad personal apenas es una cuestión relevante, a la que apenas le dedica una página de ‘Las variedades de la experiencia religiosa’. James escribe, con un punto de ironía, que “Dios es el productor de la inmortalidad personal”, algo que Unamuno repite en ‘Del sentimiento trágico de la vida‘ sin darse cuenta de la broma, dice Borges.

El escritor argentino chocó muchas veces con el español, del que le repugnaba especialmente ese deseo patético y dramático de seguir siendo don Miguel de Unamuno por toda la eternidad. “Yo no quiero seguir siendo Jorge Luis Borges -dijo en esa ocasión- yo quiero ser otra persona. Espero que mi muerte sea total, espero morir en cuerpo y alma”.

En cualquier caso, Borges consideraba más poética e interesante la solución de la transmigración de las almas. Los budistas, recuerda en esta conferencia, creen que hemos vivido un número infinito de vidas, en el sentido de ilimitado, y la transmigración nos da la posibilidad de transitar de cuerpo en cuerpo, en cuerpos humanos y vegetales.

La inmortalidad es necesaria, pero no la personal. Camina hacia la inmortalidad el mundo por lo que Shopenhauer denomina ‘wille’ (la voluntad); lo que Bernard Shaw entiende como ‘the life force’ (la fuerza vital) y Bergson, como el ‘élan vital’ que se manifiesta en todas las cosas, que crea el Universo y que está en cada uno de nosotros. “Creo en la inmortalidad, no en la inmortalidad personal, pero sí en la cósmica”. Es la misma idea que proclama Spinoza: la de la Naturaleza o el Dios inmortal, en el que estamos comprendidos los hombres (4).

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Vivir por hábito y las gallinas inmortales

En las conversaciones que mantuvo con María Esther Vázquez a lo largo de varios años, Borges, preguntado sobre si cree en la otra vida, responde categóricamente que no, que tiene la confianza de que no haya ninguna otra y que tampoco le gustaría que la hubiera. Eso fue en 1973, trece años antes de su muerte. Dos años antes, en 1984, bromeaba con María Esther acerca de su fallecimiento: “Sería tan raro que yo me muriera. No por el hecho de morirme en sí, que sería de lo más común, a todos les ocurre, sobre todo a mi edad; sino que sería raro que yo, tan rutinario, hiciera algo fuera de mis hábitos”.

En el transcurso de otra charla acerca de la inmortalidad, Borges narra la fábula china del taoísta que busca el elixir de la inmortalidad; lo encuentra pero con tan mala fortuna que el recipiente que lo contenía se vuelca y va a parar al jardín de la casa, donde moraban unas gallinas. Éstas beben el licor e inmediatamente -provistas de un vigor inusitado- alzan el vuelo y se pierden en el cielo. Puesto que los animales sólo viven el presente, esas gallinas andan volando, no sabemos por qué cielos, sin saber ni sospechar siquiera que son inmortales y todo esto -concluye Borges- resulta algo “ridículo” (5).

Notas

(1) Jorge Luis Borges, El Inmortal, Obras Completas RBA-Instituto Cervantes, 2005

(2) Jonathan Swift, Viajes de Gulliver, Alborada Ediciones, 1988

(3) James George Frazer, La rama dorada, Fondo de Cultura Económica, 2006

(4) Jorge Luis Borges, La inmortalidad, Conferencia en la Universidad de Belgrano (1978), Obras Completas RBA-Instituto Cervantes, 2005

(5) María Esther Vázquez, Borges: sus días y su tiempo, Ediciones B, 1984