La Utopía de Tomás Moro, el paraíso de un antisistema

“Voy a decirte lo que siento. Creo que donde hay propiedad privada y donde todo se mide por el dinero, difícilmente se logrará que la cosa pública se administre con justicia y se viva con prosperidad”

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Fue Tomás Moro quien acuñó el neologismo utopía‘, que puede traducirse como el ‘no lugar’ o el ‘buen lugar’ (eu). Si unimos los dos significados tenemos ‘el lugar estupendo que no existe’ y al que podemos atribuir características que hagan de él una república ideal. En Nova Insula Utopia, Moro describió un Estado de ficción, que era bueno y que no existía, localizado en una isla rodeada de montañas y cuya entrada sólo conocían los naturales del lugar.

Lo más llamativo de esta obra es su aparición en 1516, un año antes de que Lutero diera a conocer sus ‘Noventa y cinco tesis’ en Wittemberg, cuando el poder espiritual y temporal de la Iglesia Católica estaba en su apogeo y sólo había siervos, súbditos o vasallos, ya fueran del Rey, del Papa o de los grandes señores feudales, de los arzobispados, las abadías o los conventos.

Frente al clericalismo rampante, Tomás Moro defiende un Estado guiado por el derecho natural y, frente a los privilegios de la clase alta, preconiza la igualdad de todos los ciudadanos. Predica la libertad de pensamiento y la tolerancia religiosa frente a la imposición de una religión única, aunque excluye totalmente a los ateos, que son apartados de las funciones públicas porque en Utopía, lo único que se tiene por ilícito es afirmar que las almas mueren con los cuerpos o que el mundo viene gobernado por el azar sin intervención alguna de la providencia divina.

Existen jerarquías en la familia, por sexo y por edad, y también castigos y esclavitud. Son aún conceptos medievales que perdurarán varios siglos y por lo tanto son disculpables, sobre todo porque derivan en algo desconcertante por su modernidad. Así vemos que los esclavos son aquellos delincuentes incorregibles, cuya labor es realizar tareas serviles y crueles, como “degollar, cortar y desollar a los animales”, por considerar que estas prácticas “inducen a los hombres a la fiereza, a la crueldad y a la inhumanidad”. Por la misma razón, la caza está absolutamente prohibida y se reserva a los esclavos, por ser un “menester propio de carniceros”.

También se ha establecido la eutanasia en este Estado ideal porque, cuando la vida se convierte en un tormento lo mejor es alejarse de tan miserable estado, ya sea quitándose la vida o pidiendo que se la quiten a uno. Ni los sacerdotes ni los magistrados lo impedirán, una vez informados.

Pero sobre todo, la denuncia que recorre todo este librito va contra los poderosos, los que se hacen llamar nobles, los que viven en el lujo a costa de la miseria de la mayoría. Frente a ese estado de cosas tan lamentable se alza un valor por encima de todo lo demás: la igualdad.

Primero nos cuenta Moro que, en Utopía, las cargas del trabajo se reparten equitativamente, ya que nadie podrá pasar más de dos años llevando la dura vida del labrador; cumplido el plazo, pasa a desempeñar un oficio en la ciudad y otro trabajador vendrá a sustituirlo, a no ser “que se complazca en la agricultura”. Los instrumentos de labranza son comunales y en la ciudad tampoco las gentes poseen nada en particular: todo es de todos. No hay ningún pobre, porque nadie posee nada en particular, siendo todos ricos en común.

Y, atención: todos los hombres y las mujeres deben tener una actividad laboral, que les ocupará seis horas cada día, tres por la mañana y tres por la tarde. Y que nadie se llame a engaño, dice tajantemente Moro, porque “con ese tiempo, no solamente basta sino que sobra para obtener en abundancia las cosas necesarias para la vida y aún las superfluas”. Y para demostrarlo, nos recuerda que en las naciones europeas las mujeres no trabajan, tampoco sacerdotes y monjes, a los que se unen los ricos y los herederos, que nada producen; los espadachines y los truhanes y también los mendigos, todos improductivos. Y, entre los que trabajan, hay muchos que se ocupan en cosas innecesarias, que sólo sirven “al antojo y al exceso”.

La edición española de 1638, reeditada en los años sesenta del pasado siglo, cuenta con un prólogo de Francisco de Quevedo y Villegas. Comienza diciendo de Moro que su ingenio era admirable, su vida ejemplar y su muerte gloriosa y del libro señala que “es corto, más para atenderle como merece ninguna vida será larga”. Quevedo lanza su dardo contra el enemigo de España y dice que Moro escribió su Utopía contra “la tiranía de Inglaterra” y que por eso la hizo isla.

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Pero no es del todo cierta esta hipótesis. No va contra la tiranía de Inglaterra, sino contra la tiranía de los poderosos, de los intocables, de los ricos en todas las naciones conocidas. Los últimos párrafos muestran qué es lo que impulsa a Tomás Moro a describir esta isla ideal. Se pregunta “cómo puede justificarse que un usurero u otro cualquiera que no se ocupa en trabajo alguno y que toda su acción es poco necesaria a la República, pueda adquirir, a base de tal ociosidad, el vivir con esplendor y regalo” mientras que un trabajador tenga que fatigarse día y noche para “granjearse escasamente su alimento” y pasar hambre hasta llegar a una vejez mísera por falta de sustento “¿Cómo puede justificarse la injusticia de una República que desperdicia grandes caudales en los que llama nobles, en los artífices de cosas vanas, en los bufones y en los inventores de deleites superfluos?”

¿Y qué diremos de los ricos que se quedan con el salario de los trabajadores, no solamente con violencia y engaño, sino con el pretexto de las leyes?” Unas leyes inventadas por los poderosos, “adornadas con los colores de la nación” y unos “hombres perversos de codicia insaciable que se reparten entre sí los bienes que debían destinarse a la necesidad de todos”.

La riqueza se levanta como una diosa”, en un mundo de miserables gracias a los cuales los poderosos mandan y triunfan y esa masa de desheredados hacen que resplandezca de manera que los ricos “sigan haciendo alarde de su poder y su ostentación, aumentando más la necesidad y la miseria”.

En el mes de julio del año 2017, más de quinientos años después de la publicación de Utopía, sería justo señalar que la riqueza de unos pocos se levanta más que nunca, que es una diosa, a la que se ofrecen los sufrimientos de los desafortunados, de los débiles y de los desheredados. Si Tomás Moro volviera a publicar su Utopía, le considerarían un ‘comunista’, lo que en opinión de los ‘pensadores correctos’ tan afectos al sistema que en lugar de enseñar, engañan, es un crimen de lesa humanidad.

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Margaret Thatcher, icono gay

A primera vista no cumple las condiciones: ni es bella ni es elegante ni glamourosa; tampoco era homosexual y, desde luego, no es un referente en la lucha por los derechos de la comunidad gay. Su inclusión en la lista de los iconos LGTB debe responder a otra cualidad y me inclino a pensar que fuera su androginia, esa capacidad tan suya de presentar características masculinas y femeninas al mismo tiempo, de parecer un ser físicamente intermedio y no pertenecer de forma clara al sexo que se le asignó en el nacimiento.

Zbigniew Brzezinski, que fuera asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, llegó a decir que “en su presencia, uno olvida rápidamente que es mujer. No me da la impresión de ser realmente femenina”. No es el único. Martin Amis, que conoció a la Dama de Hierro a través de los elogios hacia ella de su padre y de Larkin, cuenta con la acidez que le caracteriza que, mientras “la hija del tendero” anda por el Kremlin y la Casa Blanca, por Luxemburgo o por los astilleros de Gdanks, “los que la observan parecen compartir un mismo temor: que un buen día la señora Thatcher se encamine hacia el servicio equivocado”.

Pero no se trata sólo de androginia, sino también de cierta fractura moral: Margaret Thatcher pretendía aparentar ternura y compasión pero su mirada y sus gestos más inconscientes la delataban. Mitterrand pensaba de ella que tenía los ojos de Calígula y la boca de Marilyn Monroe. Implacable y vengativa con los que consideraba sus enemigos, como los sindicatos o aquellos que le llevaban la contraria en su propio partido, era capaz de ponerse a llorar en la televisión mientras mostraba una confusa simpatía por los más desafortunados y decía trabajar por la protección social de los más vulnerables, cuando verdaderamente se opuso a ellos con toda la firmeza de su voluntad.

Intentó remodelarse para hacerse más querida, más popular, tomando lecciones de elocución para reducir el tono insoportablemente agudo de su voz y consiguió aparecer en la televisión con “aire de mártir”, sonriendo de manera que inspira compasión y hablando con voz almibarada (1)

Cameo de Thatcher en ‘La línea de la belleza’

En ‘La línea de la belleza’, Hollinghurst introduce una descripción de la señora Thatcher, ya que no en vano la novela se desarrolla en su segundo mandato, en plena irrupción del sida y de los escándalos sexuales de miembros de su gabinete.

Gerald, diputado tory, y Rachel, perteneciente a la clase alta británica, invitan a la Dama a una cena en su casa, a la que asisten muchos invitados, para celebrar sus bodas de plata. Se la espera como si en realidad la fiesta fuera por ella y Margaret no desilusiona: entra “con su paso elegante y brioso, resabio de una turbación reprimida hacía mucho, de una torpeza transmutada en poder ( ) Pareció complacida por el recibimiento y respondió a él de un modo algere y pragmático, como la realeza moderna”. Pero, “por distinguida que se mostrase y enjoyada que estuviera, carecía de modales”. Con su “peinado perfecto” y una chaqueta con bordados tan exagerados que parecía llevar “el uniforme de Ruritania” o la indumentaria de una “cantante de country” hacía que, “a su alrededor, sus cortesanos se sobresaltaran como faisanes”. Finalmente, Nick Guest -a quien hemos seguido durante toda la novela- entendido en arte, homosexual y decadente, saca a bailar a la baronesa en un alarde de audacia y ante la estupefacción del anfitrión y del resto de los invitados.

Política anti gay

Reaccionaria desde la cuna, con una profunda insensibilidad a todo lo que tuviera connotaciones artísticas o intelectuales, Margaret Thatcher tampoco tenía simpatías por el feminismo y presumía de su concepto victoriano de la mujer, pese a su propia carrera, al defender que el resto de las mujeres permaneciera al servicio de la “familia”.

En cuanto a la homosexualidad, si bien es cierto que votó a favor de su despenalización en 1967, ésta sólo fue parcial porque la ley mantenía prohibiciones respecto a la sodomía y a la indecencia y establecía discriminaciones. Pero lo peor fue la norma que introdujo durante su mandato, en 1988: la denominada ‘Sección 28’, por la que se prohibía expresamente hablar sobre homosexualidad en las escuelas del Reino Unido, un hecho que ha impedido durante años a cualquier alumno homosexual solicitar apoyo o ayuda en su entorno educativo.

Fue una normativa que duró hasta 2003 y que declaraba textualmente que en las escuelas subvencionadas “no deben promocionar intencionadamente la homosexualidad o publicar material con la intención de promocionarla, como tampoco promocionar la enseñanza de la aceptación de la homosexualidad como una supuesta relación familiar”.

En plena expansión del sida Thatcher tomó una decisión que la coloca, junto a Reagan y al papa Woytila, como máxima responsable de haber dificultado la adopción de medidas que hubiesen frenado la expansión del virus. En 2003, Thatcher acudió a la Cámara de los Lores para votar en contra de la derogación de la Sección 28, pero no se salió con la suya.

Elogios y diatribas en la comunidad gay

Uno de los culpables de que Thatcher se haya colado en la lista de iconos gays es la famosa pareja de artistas conocidos como ‘Gilbert&George’, una pareja de hecho y de derecho desde hace cuarenta años. Declararon al unísono que ellos votaban a los conservadores y que admiraban profundamente a la señora Thatcher porque el arte sólo prospera en el capitalismo y porque ellos lo que quieren es ganar dinero.

Esta actitud parece una provocación, y no una adscripción, de los autores de una exposición que lleva por título ‘Postales de la uretra’ y que muestra una colección de uretras enmarcadas y unidas por la bandera de la Union Jack; son los mismos que, en la presentación de su muestra ‘Nacked shit’ (que viene a ser algo así como ‘mierda en bolas’) pregonaron la “dimensión moral de la mierda”, similar a la del sexo, en su opinión.

Son dos ejemplos que demuestran que personajes tan irreverentes no pueden sentir aprecio por una persona que, además de no apreciar ni entender ninguna manifestación artística y mucho menos del calibre de las que nos enseñan Gilbert&George, carecía por completo de sentido del humor.

Hay una anécdota sobre sus discursos, todos muy aburridos y solemnes; sus colaboradores introducían chistes en ellos, chistes que ella no entendía y que había que explicarle pacientemente para no conseguir absolutamente nada porque al final permanecía tan seria e incapaz como antes. Uno de estos chistes hacía referencia al ‘loro muerto’ de un sketch de los Monty Python. Se lo explicaron e incluso le pusieron el vídeo y la misma situación surrealista les hacía llorar de la risa, pero ella inmutable sólo acertó a preguntar: “Y este Monty Python ¿es de los nuestros?”

(1) Lo cuenta Martin Amis en un artículo para la revista Elle‘ en el que comenta el libro de Hugo Young, ‘The Iron Lady’, en 1985