Santa Claus y la recuperación de las Saturnalia

Santa-Claus

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, con el incipiente regreso a la normalidad de los asuntos económicos, la celebración de la Navidad al modo americano en Europa se extendió con una amplitud desconocida hasta entonces. También el prestigio de los Estados Unidos, que tanto había contribuido a ganar la guerra, contribuyó a que se recuperara el árbol de Navidad, el muérdago, las tarjetas de felicitación y Papá Noel o Santa Claus, tradiciones europeas al fin y al cabo pero que, con recientes añadidos, formaban parte de las celebraciones americanas y que en Francia se habían considerado, hasta entonces, pueriles.

El antropólogo Claude Levi-Strauss publicó un artículo en ‘Le Temps Modernes’ en 1952, en el que recogía el auge de esta fiesta en Francia al tiempo que daba cuenta de un hecho insólito protagonizado por las autoridades eclesiásticas: unos meses atrás, el 24 de diciembre de 1951, Papa Noel fue colgado de las rejas y quemado, por usurpador y hereje, en el atrio de la catedral de Dijon, en presencia de casi tres centenares de niños del Patronato.

Se le acusaba de paganizar la Fiesta de la Navidad, aunque en realidad Papa Noel tenía su origen en el siglo IV de nuestra era y se inspiraba en el obispo san Nicolás de Bari, nacido en la actual Turquía. Entre sus buenas obras se cuenta que, compadecido por el oprobioso destino de tres doncellas, cuyo padre había caído en la más absoluta de las miserias hasta concebir la idea de prostituirlas, dejó caer por la chimenea de la casa unas monedas de oro que se introdujeron en las medias de lana que las jóvenes habían puesto a secar. De aquí la tradición de colgar calcetines tejidos en los que aparecen a la mañana siguiente los regalos de Navidad. Y, entre los milagros ocurridos por su intercesión, se cuenta el prodigio de haber devuelto a la vida a tres pequeñuelos que habían sido sacrificados por un hostelero para dar de comer a sus clientes.

La figura de san Nicolás se extendió por muchos países y los inmigrantes holandeses que en el siglo XVII fundaron la ciudad que posteriormente sería Nueva York, llevaron consigo la fiesta de Sinterklaas, su patrono, traducción de san Nicolás, el anciano bonachón que regala juguetes a los niños, y cuya pronunciación derivó en Santa Claus.

Lo que parecen ser nuevos ritos no surgen como por ensalmo, sino que recogen elementos arcaicos que se transforman o se combinan con otros modernos, de alguna manera ya presentes a lo largo de la historia. En su artículo, Levi-Strauss señala que la Navidad, a mediados del siglo XX, era una fiesta moderna pero con múltiples caracteres arcaizantes. El uso del muérdago, por ejemplo, es una pervivencia druídica pero se volvió a poner de moda en la Edad Media y actualmente no deja de utilizarse en las fiestas navideñas.

La hiedra y el acebo se utilizaban para adornar las viviendas en la Roma de las Saturnalia y Papa Noel, además de inspirarse en san Nicolás, tiene su antecedente en el Abad del Desgobierno, que no es otro que el inglés Lord of Misrule, personajes que se convierten en reyes de la Navidad. Estos lores, abades o monarcas son los herederos del rey de los muertos en la Antigua Roma, en las fiestas que se celebraban entre el 17 y el 24 de diciembre, los días más oscuros del año. En ellas se hacían regalos, sobre todo velas de cera, y se producía una obligada fraternidad entre ricos y pobres – los sirvientes se sentaban a la mesa y eran servidos por sus señores – y una subversión de los papeles de hombres y mujeres, que se intercambiaban las vestimentas para mostrar esa transformación festiva. Los jóvenes elegían a su rey, que debía regir los excesos y situarlos en determinados límites, y los esclavos recibían una pequeña paga extra, en vino o en moneda.

Las Saturnalia eran también la culminación del recuerdo a los muertos que ocupa todo el otoño y comienza con el inicio de la estación. En los países anglosajones, y cada vez más en los nuestros ante la mirada crítica de las autoridades católicas al igual que pasó con Papa Noel en Dijon, se celebra el Hallow Even, fiesta en la que los niños disfrazados de fantasmas y esqueletos persiguen a los adultos. Los muertos, representados por los más pequeños, exigen caramelos y luego, en el solsticio de invierno, es decir, el 24 de diciembre, colmados de regalos y satisfechos abandonan a los vivos hasta el siguiente otoño en que la luz comenzará a menguar de nuevo.

saturnalia

Estas fiestas romanas gozaban de tal popularidad que, si bien duraban un sólo día en la época de Julio César, fueron ampliándose a siete y durante ese periodo se disfrutaba una vacación absoluta. A la Iglesia le costó mucho esfuerzo desembarazarse de ellas y sólo lo consiguió a fuerza de prohibiciones y de instaurar el nacimiento de Jesucristo el mismo día en que se celebraba la festividad del Sol Invicto.

El rey de las Saturnalia es heredero de un mito antiguo: el elegido, tras personificar a Saturno, dios de la agricultura, y permitirse todo tipo de excesos durante un mes, era sacrificado solemnemente. Levi-Strauss, que lo recuerda citando a Frazer, finaliza su artículo, titulado “El suplicio de Papá Noel”, con la deriva inesperada de aquellos sucesos de 1951: gracias al auto de fe de Dijon nos encontramos al héroe reconstituido con todas sus características y en toda su plenitud, tras un eclipse de algunos milenios. Todo regresa.

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Las legiones perdidas de Marco Licinio Craso

Muchos fueron los legionarios que perdieron la vida en cientos de batallas y muchos también los que perdieron la libertad en las fronteras del Imperio. Sabemos que más de cuarenta mil murieron en las guerras de Aníbal, pero cayeron en territorio italiano; las legiones de Varo perecieron en Germania para consternación de Augusto y de otras no se supo nada, como ocurrió con la IX Hispana, que luchó en Britania y que no volvió a ser mencionada a partir del año 108 dC.

De los legionarios romanos que se extraviaron o murieron de sed en el desierto de Arabia, a los que mencioné en mi anterior comentario acerca del Reino de Saba, Malraux les dedicó un maravilloso réquiem y su lectura me trajo a la memoria a los muertos y a los supervivientes de otra gran catástrofe, la batalla de Carras contra el Imperio parto, en la que murieron veinte mil legionarios romanos y otros diez mil fueron hechos prisioneros.

Carras, la historia de un ‘craso’ error

Hoy aquella aldea llamada Carras recibe el nombre de Harrán y pertenece a Turquía; en el año 53 aC, este territorio de la Alta Mesopotamia fue el escenario de una cruel derrota que marcó durante mucho tiempo la relación entre los Imperios romano y parto.

Marco Licinio Craso, el hombre más rico de Roma, del que Plutarco escribió que el único vicio que tenía era el de la codicia, mandaba el ejército romano, compuesto por siete legiones. El hijo del general, Publio, había acudido en su apoyo con mil jinetes galos, enviado por César y fue de los primeros en perder la vida tras enfrentarse a los terribles catafractos partos (caballo y jinete iban protegidos por una recia armadura). Su cabeza fue enviada al padre con la esperanza de que se rindiera. Al final de la última batalla, tras hallar refugio momentáneo en Carras, el propio Craso fue asesinado, tras una estratagema ideada por el general Surena con objeto de secuestrarle, y su cabeza y una de sus manos fueron entregadas al rey Orodes II durante la celebración de la boda de su hija con el rey de Armenia, que se había pasado al bando del vencedor después de traicionar a Roma.

Surena, el general vencedor, organizó un simulacro de “triunfo” para burlarse de Roma: hizo desfilar a los diez mil prisioneros y subió al carro del vencedor a un viejo legionario llamado Paciano que, disfrazado de mujer, fue obligado a fingir que era Craso y a saludar a la muchedumbre que le insultaba y arrojaba desperdicios durante todo el itinerario.

La muerte de Craso y su fracaso militar fueron durante años ejemplo de las consecuencias de una ambición desmedida, de manera que incluso se llegó a acuñar el doble término: “craso error”. Pero también es ejemplar que quien se valió del engaño, su adversario el general Surena, muriera a traición por orden del propio rey Orodes II que, celoso de su éxito, ordenó su asesinato un año después.

Las águilas de las siete legiones romanas se guardaron en un templo y años después, durante el gobierno de Augusto, cuando los partos fueron derrotados, se devolvieron a Roma. También se acordó que quienes hubieran caído prisioneros regresaran a sus casas, pero habían pasado más de veinte años y de los diez mil no quedaba nadie o nadie quiso volver.

Diez mil prisioneros desaparecidos

Lo que ocurrió con estos diez mil prisioneros es un enigma al que los historiadores han querido dar una respuesta. Parece que uno de los lugartenientes de Craso, Casio (que pasados los años sería una de los asesinos de Julio César) consiguió escapar y rehacer un ejército de varios miles de hombres, por lo que Surena, ante el temor de que los prisioneros pudieran ser liberados y convertirse de nuevo en enemigos, deportó a la gran mayoría a la frontera este del imperio, a la lejana Margiana, una de las ciudades fundadas por Alejandro Magno, según cuenta Plinio el Viejo en su ‘Historia Natural’.

Aunque muchos de los prisioneros habrían acabado como esclavos en las minas, seguramente el rey Orodes II no quiso desperdiciar la oportunidad de contar con legionarios romanos a los que podía utilizar para crear unidades destinadas a defender sus fronteras. Las unidades de élite romanas se emplearían, por ejemplo, en Bactria (hoy Afganistán) como fuerza de choque y, posiblemente, en diversos puestos fronterizos para su derensa contra los nómadas hunos.

Estas tribus, que constituían una amenaza para China, ocupaban toda la franja a lo largo de la frontera norte de su Imperio, desde Manchuria hasta Bactria, pasando por Mongolia. En años posteriores a la batalla de Carras, los hunos se rebelan contra el rey de Sogdiana y pretenden crear su propio estado en las rutas comerciales que unen Asia Central con Persia, pero China envía a uno de sus generales al mando de cuarenta mil hombres y derrotan a las tribus nómadas en el año 35 aC. Entre los mil quinientos prisioneros, cuentan los anales chinos, figuraban ciento cuarenta y cinco hombres que debían ser mercenarios occidentales. Y, rápidamente, se piensa en los legionarios romanos que podrían haber escapado de Persia para acabar en las filas de los hunos.

Ban Gu, historiador del siglo I, autor de ‘El libro de los Han’

Los mismos anales chinos proporcionan ciertas informaciones que permiten especular con que los romanos habían contribuido a la lucha junto a las filas nómadas porque relatan su sorpresa al tropezar con campamentos fortificados con doble empalizada que encontraron, así como puentes, construcciones propias de la ingeniería civil romana. Además, los chinos se hacen eco de una táctica utilizada en el combate por estos enemigos, a la que llaman “formación escamas de pez”, y que corresponde a lo que las legiones romanas ponen en práctica con la “formación en tortuga”, en la que construyen un caparazón utilizando el solapamiento de los escudos, como las escamas, en forma de cuadrado.

Lo extraño es que los hunos solían combatir a caballo, utilizaban el arco y su infantería no combatía en formación, sino como una horda desordenada, que es lo propio de los nómadas. Tampoco construían campamentos fortificados como el mencionado en las crónicas chinas.

Formación en tortuga

¿Qué ocurrió después con estos soldados? Homer H. Dubs, un estadounidense experto en China, afirmó en 1957, en su obra ‘Una ciudad romana en la antigua china’, que los legionarios de Craso se establecieron en una pequeña ciudad en el noroeste de Gansu, una provincia que los chinos habían arrebatado a los partos en el año 121 aC. Esta ciudad se llamaba Li-Jien (o Liqian), un topónimo que habría designado por extensión todos los lugares relacionados con Roma o el Imperio romano, es decir, lo que está más allá de los griegos.

La ciudad se creó -cuenta el cronista chino Ban Gu, en el que se basa el historiador norteamericano- para proteger la frontera contra los hunos, pocos meses después de la victoria china en Sogdiana y en ella se instalaron los mercenarios occidentales. Los legionarios de Craso debían tener en esa época unos cuarenta y cinco años. Es posible.

Por otra parte, se ha descubierto en la zona individuos cuya apariencia no tiene nada de china: tienen la nariz recta, los cabellos castaños o pelirrojos, a veces rizados, piel clara y gran estatura. Y aunque sus documentos de identidad chinos especifican que pertenecen a la etnia han, ellos mismos reivindican una ascendencia original.

Sin embargo, no es extraño que en esta zona exista población de rasgos caucásicos porque la ruta de la seda favoreció los contactos y porque la población original de la zona, anterior a la dinastía Han, era indoeuropea.

Aunque, también podrían tener un origen griego: en los valles de Afganistán y Pakistán, en el Hindu-Kush, viven aún hoy los que se consideran descendientes de los soldados de Alejandro Magno que poblaron aquellas regiones.

Bibliografía

-Plutarco, Vidas paralelas (Nicias y Craso)

-Jean-Noël Robert, De Roma a China; la ruta de la seda en la época de los Césares, Editorial Stella Maris, 2015.