Cuaderno de bitácora 2019: de Sumeria a Tombuctú

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Son muchos los relatos, las invenciones y las historias reales que se han quedado fuera: lecturas inacabadas, proyectos postergados, banalidades, reiteraciones y asuntos que perdieron su oportunidad. Pero a pesar de todo, el año se ha portado considerablemente bien. Empezó muy futurista, con la desaparición, en un futuro próximo, por desintegración o aburrimiento, lo que podría ser una inteligencia superior y extraña a la mente humana, GOLEM XIV. Un enero terminal realizó un triple salto hacia atrás y se plantó en el primer relato conocido de un viaje, el de Gilgamesh. Luego vinieron las primeras ciudades, las de Sumeria, y las ciudades imaginadas, las invisibles y las que aún se pueden visitar.

Viajar desde casa tiene sus ventajas porque existe la opción de cambiar el itinerario y el punto de vista en cualquier momento y no se cansan los pies ni se mojan los zapatos. Gregor von Rezzori me enseñó un poquito de Venecia, parada del tramo alternativo por el que transitaba ya en el siglo pasado el famoso Orient Express, el tren a cuya inauguración, en 1883, asistió el periodista y académico francés Edmond About junto con cuarenta invitados más a los que se recomendó ir provistos de revólveres prestos a ser utilizados en los territorios balcánicos infestados de bandoleros. Salió de la estación del Este de París, entonces Estrasburgo, y recorrió más de tres mil kilómetros hasta llegar a Constantinopla en ochenta horas, aunque la última etapa del viaje se hizo en barco a través del Mar Negro, desde Varna. Seis años más tarde, cuando la vía férrea fue terminada, el viaje completo sería de 67 horas y el destino final, el hotel Pera Palace de Estambul que el dueño de la Compañía Wagon-lits, George Nagelmakers, hizo construir para los viajeros del Orient-Express.

Manuel Leguineche, en su libro sobre míticos hoteles europeos, cuenta historias del Pera Palas, que conserva una habitación-museo en la que solía retirarse Mustafá Kemal Ataturk, padre de la Turquía moderna, y en la que nada ha cambiado desde su muerte, por cirrosis, en 1938: los relojes de la habitación 101 siguen marcando la hora de su fallecimiento, las 21:05, como homenaje póstumo. En el Pera Palas se alojó Agatha Christie durante once días de 1926 en los que supuestamente desapareció, aunque al parecer no había abandonado Inglaterra; también el aventurero Pierre Loti, la actriz Greta Garbo, el revolucionario León Trotski e incluso un inexperto periodista llamado Hemingway que acudió a cubrir la guerra entre griegos y turcos en 1922, el mismo conflicto que obligó a escapar al que sería el nuevo dueño del Pera Palas, un empresario de origen griego, Prodromos Athanasiadis, conocido como Bodosakis, y que llegó a este hotel, dicen que alrededor de 1915, con una vestimenta poco acorde con el prestigio del establecimiento, por lo que el recepcionista lo puso de patitas en la calle. Su indignación fue de las que hacen época: compró el Pera Palas y quien acabó fuera del hotel fue el empleado que lo rechazó.

Esta historia no deja de ser una leyenda y el Pera Palas continuó su andadura entre recuerdos auténticos e inventados. Como dice Leguineche, este hotel “ha sido y es el espejo de aquellos tiempos fabulosos, unión de Oriente y Occidente, de tráficos y negocios, de príncipes y aventureros, de viejas ladies y gigolós de mirada ardiente, de mercaderes y funcionarios de las embajadas”. El mismo ambiente del que presumía el ‘tren más fastuoso de todos los tiempos’, el Expreso de Oriente.

Edmond About publicó sus experiencias del viaje inaugural del 4 de octubre de 1883 y no quiso evitar ni comentarios poco elogiosos acerca de sus compañeros de viaje alemanes ni, al atravesar Baviera, referirse a la Alemania victoriosa que ha construido “estaciones monumentales a costa nuestra” para alertar, a continuación de lo caras que les costarían en el futuro a los franceses porque “pueden convertirse en establecimientos militares de primer orden” y podrían desembarcar, en menos de 24 horas, “batallones y baterías con destino a París”.

Apenas habían transcurrido doce años de la guerra franco-prusiana y faltarían más de treinta para que todos los territorios que atravesaba el Orient-Express ardieran en una nueva conflagración que acabaría con las potencias imperiales y cambiaría el dibujo de las fronteras europeas en la Conferencia de Paz de París, convocada hace exactamente cien años, en 1919, para decidir sobre el futuro de los vencidos.

Mientras Europa vivía la inestable paz de las alianzas entre iguales y las ententes entre rivales, el tren de lujo fue acaparando anécdotas y gastronomía, desde la demostración de la ‘voluntad de poder’ del rey Fernando de Bulgaria que, apostado en la vías del ferrocarril, detenía su paso, subía a la máquina y “lanzaba el convoy a toda velocidad por curvas y pendientes”, a la carta del prestigioso vagón restaurante: “ostras, rodaballo en salsa verde, filete de buey con pommes château, pastel de jabalí con una salsa chaud-froide, crema bávara con chocolate y pastelería vienesa”, según cuenta Mauricio Wiesenthal.

La guerra de 1914 interrumpió el servicio del Expreso de Oriente, pero finalizada la contienda la construcción del túnel Simplon posibilitó un ruta alternativa, en la que una de sus paradas era Venecia, justo antes de llegar a Trieste. Hacía siglos que Venecia había dejado de ser una gran potencia marítima, pero había subsistido como el mito romántico de una gloriosa decadencia, forjado desde el soneto de Wordsworth ‘Sobre la extinción de la República Veneciana’ a las líneas de Shelley y la ‘Oda a Venecia’ junto con el canto cuarto de ‘Childe Harold’ en el que Byron recuerda: “Estaba yo en Venecia, sobre el Puente de los Suspiros, entre un palacio y una prisión…”

Venecia también fue residencia de excéntricos como el barón Corvo, de trayectoria irregular y fantástica, y a punto estuvo de desaparecer, no sólo por el agua, sino por el fuego. Jan Morris recuerda cómo Marinetti quiso destruir todas las obras maestras italianas para empezar desde cero y, en 1914, cuando una bomba estuvo a punto de caer sobre la Basílica, el ideólogo del futurismo sobrevoló la ciudad arrojando panfletos, que decían: “El enemigo quiere destruir los monumentos cuya destrucción es un privilegio patriótico que sólo a nosotros corresponde”. Ya en 1910 Marinetti había organizado un gran encuentro futurista en Trieste, ciudad que consideraba un modelo ideal para sus teorías: la llamó “la nostra bella polveriera” y pidió la quema de las bibliotecas y la inundación de los museos.

Venecia y Trieste tienen en común su apertura a Oriente, su melancolía, su antiguo esplendor y su relación con la muerte. En la ciudad de la laguna murieron Wagner, Browning, Diaghilev y la pequeña hija de Shelley y Dante falleció de unas fiebres contraídas durante su estancia. También murió allí el escritor residente en Munich, Gustav Aschenbach, cuando el cólera se extendió por las islas y llegó al Lido, y Colin que con su esposa Claire visitaban como turistas una ciudad de pesadilla.

En Venecia nació Marco Polo y eran Venecia todas las ciudades que había visitado y que iba describiendo noche tras noche a Jublai Kan, emperador de los tártaros, para aliviar su melancolía. Ciudades imaginarias que Italo Calvino inventa para nosotros, los lectores, como Donald Campbell, un ingeniero escocés perdido en las arenas del desierto, recrea para sí mismo los edificios, los puentes y los campanarios de su Edimburgo natal en medio del tórrido desierto del Gobi.

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La ciudad escocesa que reconstruye Ignacio Padilla entre tormentas de arena es un delirio pero la ciudad yemení de Hadramaut es auténtica, aunque pueda parecer un espejismo. Es la ciudad de rascacielos de barro, de edificios aferrados a las paredes de majestuosos cañones, que formó parte de la ruta del incienso y cuyas casas, rectangulares, construidas exclusivamente con adobe, presentan cinco o más pisos de altura. Cuando el viajero se acerca bajo el sol de mediodía, apenas se distingue una presencia del mismo color que las laderas grisáceas sobre las que se construyó y se sigue reconstruyendo con capas y más capas de arena y arcilla, porque estos materiales se deterioran con el agua que, aunque escasa, a veces inunda el cauce casi siempre seco del río Hadramaut.

Hasta comienzos del siglo XX Hadramaut fue una ciudad desconocida para Occidente. En 1931 un diplomático holandés, Daniel Van Der Meulen, ferviente calvinista como él mismo cuenta en sus diarios y cuya fe le hizo amigo de los nómadas del desierto, que le aseguraron que los ateos no perciben las bendiciones del Altísimo y eso no es bueno para las caravanas, salió desde Mukalla, puerto principal de Arabia del Sur y se dirigió a los valles de Hadramaut, encajonados entre espectaculares y laberínticos cañones.

Fue el primer explorador occidental que llegó a estas tierras de nombre extraño que tal vez proceda de una frase en árabe que significa ‘dar la bienvenida a la muerte’. Hoy todo parece indicar que este nombre podría aplicarse a todo el país: la guerra que lo ha asolado durante los últimos cuatro años ha producido muertes y terribles hambrunas. Yemen se está convirtiendo en un cementerio y esas casas de Hadramaut, tras cuyos muros se ocultaban sus habitantes en las horas de calor, pueden quedar abandonadas para siempre, convertidas en mausoleos de una ciudad fantasma.

Una ciudad, también construida con barro pero objeto de deseo desde hace siglos es la mítica Tombuctú, visitada por el viajero árabe Ibn Batuta, contemporáneo de Marco Polo, cuando aún era una pequeña ciudad, y por León el Africano, dos siglos después, y cuya narración exaltó la imaginación de los europeos. El viajero de origen granadino que se estableció en Fez, que fue capturado ante las costas de Túnez y acogido por el papa León X, llegó a Tombuctú en el momento de mayor esplendor del reino y describió una ciudad provista de fabulosas riquezas.

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En Tombuctú inicia el Níger su impredecible travesía del desierto y la ciudad hace de punto de unión entre el río y las arenas. Nació como campamento estacional de los nómadas tuaregs y se convirtió en una gran ciudad gracias al comercio de oro y esclavos que proporcionó la riqueza necesaria para el mantenimiento de famosos eruditos, santones e incluso una universidad. Poco después de la visita de León el Africano, la ciudad comenzó a declinar con el traslado de la ruta del comercio transahariano; en 1591 fue capturada por mercenarios marroquíes.

Tombuctú perdió su poder pero ganó en misterio y disparó la imaginación de exploradores y poetas. En su búsqueda, que le llevó a cruzar 3.200 kilómetros del peor desierto de África, perdió la vida Gordon Laing, escocés como Mungo Park y como tantos otros exploradores, incluido el apócrifo Donald Campbell y, aún hoy, cuando llegar hasta allí no es difícil, su nombre evoca aventura y peligros.

Addenda

Las leyendas sobre el hotel Pera Palas de Estambul, las anécdotas del Orient-Express, los viajes del diplomático holandés Van der Meulen y los de Ibn Batuta y León el Africano a Tombuctú, así como algunas notas sobre Venecia y Trieste se quedaron en mis archivos a lo largo de este año por falta de oportunidad. Los recupero en este balance cuya coherencia, creo, ha quedado salvaguardada.

Lecturas

-Edmond About, ‘Orient-Express: de Pontoise a Estambul’, Editorial Confluencias, 2018

-Manuel Leguineche, ‘Hotel Nirvana’, El País Aguilar, 1999.

– Mauricio Wiesenthal, ‘La Belle Epoque del Orient Express’, Geocolor 1979

-Daniel Van Der Meulen, Entrando en la abrasadora Hadramaut, Mundos por Explorar, National Geographic, 2006

– Sanche de Gramont, “El dios indómito, la historia del río Níger”, Fondo de Cultura Económica, 2003.

“Las antípodas y el siglo”, de Ignacio Padilla

classantipodasEl Marco Polo de Italo Calvino veía en cada ciudad que describía al Gran Kan la esencia de una ciudad única,Venecia, a la que su corazón y una nostalgia irrazonable, le hicieron volver: la veía en las ciudades araña, en las sutiles del aire y en las del agua e incluso en las que aún no habían sido.

Donald Campbell, un ingeniero escocés, quiso seguir las huellas de Marco Polo, se perdió en las arenas del desierto y una patrulla de guardias tibetanos le dejaron malherido e inconsciente en medio de la nada. Le recogió y atendió un grupo de kirguises, nómadas del desierto, que le rescataron de la muerte e hicieron de él su profeta.

Amaba su ciudad natal, Edimburgo, tal vez más de lo que Marco Polo amaba la suya, Venecia. Para poder volver negó su presente, olvidó los días en que estuvo al borde de la muerte y creó una realidad alternativa en la que su rescate en el tórrido desierto del Gobi fue obra de un batallón de granaderos y en la que su curación corrió a cargo del cirujano. Volvió en un buque de la Armada a su ciudad natal, en la que permaneció el resto de su vida, asomándose al Mar del Norte y recibiendo su frío aliento cuando diariamente se desplazaba por las calles para impartir clases en su cátedra del Old College. Siempre estuvo convencido, pese a percibir algunos destellos de la verdad, de que los kirguises que se reunían a su alrededor cada mañana no eran tales, sino alumnos escoceses de arquitectura, según nos cuenta Ignacio Padilla en su maravilloso cuento Las antípodas y el siglo’.

edimburgo

Campbell dictaba sus clases, siempre sobre las construcciones de Edimburgo, mientras sus falsos alumnos, los nómadas, apuntaban en sus tablillas de barro todo lo que el enviado de los dioses del desierto les decía. Interpretaron su mensaje: construir una ciudad que se llamaría Edimburgo, una ciudad secreta cuyo emplazamiento sólo conocerían los iniciados. Y en el desierto del Gobi alzaron de la roca sus edificios y sus puentes con idénticas medidas, crearon una réplica exacta de la fría y lluviosa capital, y repitieron también sus historias de brujas y exploradores.

Y luego llegó sir Richard de Veelt, que descubrió el ‘Memorial de la segunda peste’ en una aldea de la Amazonía que, tras verse diezmada por la peste bubónica, hubo de sufrir una catástrofe aún peor, “una enfermedad que cursaba como primer signo una salud inquebrantable”. Le siguió un aventurero que quiso coronar el Everest en un aeroplano y a éste, un coronel británico obsesionado por trasplantar la puntualidad de los trenes británicos al sistema ferroviario de una colonia del Imperio en África.

Seguimos leyendo en unos ‘Apuntes de balística’ la constatación lógica, pero de imposible demostración empírica, del peligro que acarrea utilizar armas falsificadas; el relato de la comprobación de que el río Tsango desembocaba en el Brahmaputra, misión encargada por el coronel Bailey, de la Real Sociedad Geográfica, a dos cartógrafos nativos en ‘Darjeeling’; las inútiles invocaciones al diablo de un ermitaño en un “desierto impávido” y las visitas de los turistas a una mina en el Kalahari, cuyo abismo estaba provisto de un ‘Bestiario mínimo’.

Son doce cuentos de exploradores en lugares remotos, situados, según el autor, en “ese pasado en el que viajar era una aventura para la que se tenía una fecha de salida pero nunca de llegada, las guerras unos cálculos de balística y el horario de los trenes una cuestión de honor por la que perder la vida”. Son aventuras narradas desde su lado oscuro, en absoluto ejemplar, y casi siempre abocadas al fracaso.

Las antípodas y el siglo’ es el título, en octosílabo trocaico como los otros tres, del primer volumen de la Micropedia, el proyecto que Ignacio Padilla inició hace más de veinte años: una gran enciclopedia de mundos fantásticos. Su muerte en un accidente de tráfico en 2016 impidió su término, pero lo hizo su amigo Jorge Volpi, que se encargó de la edición de los textos y de restaurar el inédito ‘Lo Volátil y las Fauces’.

Si en los cuentos del volumen “El siglo y las antípodas” el nexo es el viaje y la exploración, así como el falso honor, la falsa gloria y el falso heroísmo, en los siguientes nos visitan autómatas jugadores de ajedrez; muñecas parlantes naufragadas; dragones tricéfalos y murciélagos flamígeros habitantes de bestiarios dibujados en pergamino; bestias creadas con los sefirot, la base numérica del universo, y espejos venecianos que reflejan las miserias del alma y revelan sucesos del futuro, cuyo secreto le fue concedido a los Polo por el Gran Kan.

La normalización de estos prodigios recuerda a García Márquez, de cuyo realismo mágico quería apartarse el autor pese a su devoción por el colombiano, y su lenguaje, virtuoso y erudito, así como algunos juegos de la imaginación, a Jorge Luis Borges. Todo un banquete de delicias para saborear sin prisa.

Micropedia, Ignacio Padilla

– Las antípodas y el siglo

– El androide y las quimeras

– Los reflejos y la escarcha

– Lo volátil y las fauces

Editorial Páginas de Espuma, 2018

Nota sobre el Crack

Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Ricardo Chávez, Alejandro Estivill, Vicente Herrasti, Pedro Ángel Palou y Eloy Urroz, autores mexicanos nacidos entre 1961 y 1968, formaron la Generación Crack, que defendía la superación del realismo mágico que ya entonces se había convertido en un tópico de la literatura latinoamericana y la apertura a una literatura más abierta y menos nacionalista.

Presentaron su manifiesto en 1996, que llevaba el lema Si hace Crack es Boom”, y que planteaba, en palabras de Padilla, “lograr historias cuyo cronotopo, en términos bajtinianos, era cero: el no lugar y el no tiempo, todos los tiempos y lugares y ninguno”. ‘En busca de Klingsor’, de Jorge Volpi, publicada en 1999, y ‘Amphitryon’, de Ignacio Padilla (2000), son el resultado de esta nueva práctica literaria del Crack.

“Las ciudades invisibles” y la nostalgia de Venecia

VCalvinoEn los jardines del palacio, Marco Polo describe a Kublai Kan, emperador de los tártaros, las ciudades invisibles que forman su vasto imperio. El viajero veneciano rebusca en su memoria, en sus deseos y temores, y crea esos lugares imposibles que pretenden aliviar la melancolía del Gran Kan.

Todas las ciudades llevan nombres de mujer nos cuenta Italo Calvino, el autor de “Las ciudades invisibles”, y fueron surgiendo de su imaginación a lo largo de mucho tiempo: las apuntaba, las guardaba y seguía. Algunas de estas ciudades inventadas pertenecen a la memoria: Zaira, cuyo pasado está escrito en sus calles, en sus ventanas y en sus escaleras, como si fueran las líneas de la mano, o Zora, que posee la propiedad de permanecer en el recuerdo punto por punto y que no se borra jamás de la mente, con la posibilidad, como ocurre con el palacio mnemotécnico de Mateo Ricci, de que cualquiera que la haya visitado puede sobreponer sobre la ciudad una retícula y disponer en cada una de sus casillas todo aquello que quiere recordar, de modo “que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen esta ciudad de memoria”.

Marco Polo sigue describiendo ciudades redundantes, que se repiten en sí mismas y ciudades de mercaderes en las que se reúnen los de siete naciones en cada solsticio y cada equinoccio y que no sólo van a comprar, sino también a contar historias por las noches junto a las hogueras; ciudades dobles, como Valdrada, construida a orillas de un lago de manera que se pueden ver al mismo tiempo dos ciudades invertidas en las que todo se repite con exactitud y no sólo las fachadas, sino lo que hay en el interior de las casas. Hay ciudades construidas sobre zancos y ciudades acuáticas cruzadas por innumerables canales que se superponen.

VCiudadesCalvino

Pero las más extraordinarias son las aéreas, las sutiles. El propio Kublai sueña con ciudades ligeras como cometas, caladas como encajes, transparentes como mosquiteros, ciudades que repiten el dibujo de las nervaduras de las hojas y ciudades filigrana de ficticio espesor. A estas ciudades de la imaginación del emperador, Marco Polo añade la ciudad telaraña, colgada en el vacío de un precipicio, atada a dos montañas por cuerdas, cadenas y pasarelas.

También se diferencian por la disposición de su calles y por su crecimiento: Olinda crece en círculos concéntricos manteniendo sus proporciones y en Andria cada una de sus calles corre siguiendo la órbita de un planeta de manera que los edificios repiten el orden de las constelaciones y las posiciones de los astros más luminosos. Pero también hay ciudades de muertos y ciudades justas e injustas y ciudades aún no nacidas.

Una de las noches, en el jardín donde Marco hace el relato de sus viajes, Kublai observa que hay una ciudad de la que no habla nunca y que esa ciudad es Venecia. El viajero le pregunta a su vez: “¿De qué crees que hablaba, entonces? Cada vez que describo una ciudad digo algo de Venecia. Cuando hablo de las cualidades de otras ciudades parto de una primera ciudad que permanece implícita y esa es Venecia”. Quizá tengo miedo de perder a Venecia de una vez por todas si hablo de ella, o quizá hablando de otras ciudades la he ido perdiendo poco a poco”.

Venecia es la sutil, la primigenia, la acuática, la amable y también la terrorífica, la justa y la injusta, la de los mercaderes y la de las historias, cuya relación destacan los malpensados cuando dicen que “no hay lenguaje sin engaño”. Al imperio de la Serenísima se le fueron añadiendo siglos de historia, capas de lujo, de mugre, de vejez. Una ciudad sabia y decadente, identificada con el atardecer como advierte Borges al señalar que Venecia es “un crepúsculo delicado y eterno, sin antes ni después”.

Suspendida en el tiempo y la más inverosímil, en palabras del propio Thomas Mann, que la convierte en el escenario de su novela más obsesiva y simbólica. Gustav Aschenbach, un reconocido escritor residente en Munich, sale de su casa una mañana de verano y de improviso le asalta un violento deseo de viajar, de huir, “un ansia de cosas nuevas y lejanas, de liberación, de descanso y de olvido”. Tras una estancia de una semana en una isla del Adriático decide marchar a Venecia y se instala en un hotel del Lido, igual que hizo Thomas Mann en el mes de mayo de 1911, estadía de la que surgió la idea de ‘La muerte en Venecia’, publicada un año después.

Venecia mann

La historia de Aschenbach, comenta Thomas Mann en sus memorias, mostró ser “obstinada, sobrepasando en mucho el sentido que yo había querido atribuirle”, superando las pocas ambiciones que había depositado en ella. Lo que pretendía ser un descanso de la novela en la que estaba trabajando, ‘Confesiones del estafador Félix Krull’, desarrolló su propia voluntad y se convirtió en una “obra de múltiples facetas y numerosas relaciones”.

Aschenbach llega a Venecia por el mar en una travesía oscurecida por un cielo turbio y gris del que caía, de cuando en cuando, una lluvia neblinosa. El barco abandona el Adriático y entra en la laguna, una masa de agua opaca, translúcida y pálida; una laguna “albina”, la llamó Jan Morris en su magnífico retrato de la ciudad, con sus torres y su abigarramiento de campanarios, cúpulas y pináculos que ofrecen una impresión ilusoria, un engaño de los sentidos. Volvamos a Mann y a la impresión que recibe el viajero ante Venecia: “Se presentó ante su vista la deslumbradora composición de fantásticos edificios que la república mostraba a los ojos asombrados de los navegantes que llegaban a la ciudad: la graciosa magnificencia del palacio y del Puente de los Suspiros, las columnas con santos y leones, la fachada pomposa del fantástico templo…”.

Prosiguen las visiones que ya empezaran en Munich con la presencia de un extraño individuo en el cementerio. “No he inventado absolutamente nada”, asegura Thomas Mann: en ‘La muerte en Venecia’ son reales el siniestro navío de Pola, el viejo presumido, el sospechoso gondolero, Tadzio y su familia, el cólera, el maligno saltimbanqui… todo estaba allí y sólo había que colocarlo en su lugar. También estaba allí la góndola veneciana, “negra, con una negrura que sólo poseen los ataúdes”, opresiva y evocadora de aventuras y de noches sombrías y del “último viaje silencioso”, en el que sólo se escucha el ruido sordo de las olas contra la embarcación.

Desde las primeras páginas, en las que el protagonista pasea por el cementerio de Munich, y la descripción de la góndola veneciana que alquila nada más llegar y esa especie de Caronte que la guía, está presente la muerte, una presencia que se refuerza con el olor pestilente de la laguna y el de la podredumbre de las callejas. Venecia “la bella insinuante y sospechosa, ciudad encantada y trampa para extranjeros”, en la que brilló el arte “como pompa y molicie”, está enferma pero simula no saber nada de la epidemia de cólera que va escogiendo a sus víctimas, agoniza y se muestra como el reflejo de la propia decadencia y soledad de Aschenbach. En Venecia “todo lo monstruoso parecía posible y toda moralidad parecía abolida”. Y, sin embargo, hay una placidez, una cómoda morosidad en el transcurso de los días, en la contemplación de la belleza de Tadzio, un ambiente de calma y espera, como si el sueño acercara lenta y pausadamente a Aschenbach a su destino último, el punto final de la huida a Venecia.

– Italo Calvino, ‘Las ciudades invisibles’, Ediciones Siruela, 1999

– Thomas Mann, ‘La muerte en Venecia’, Editorial Planeta, 1974

Moby Dick, viaje al infierno blanco

Moby Dick libro

Llamadme Ismael”. Estas dos palabras forman el comienzo literario más genial de todos los tiempos. No sólo inicia el acercamiento con el lector, sino que certifica la autenticidad de las historias que nos va a contar y su papel en ellas. Me podéis llamar Ismael, o Fernando o Federico. En el fondo no importa, cualquier nombre podría servirme porque no soy yo quien tiene importancia en esta historia; sólo soy el testigo, quien os la relata y la traslada.

Ismael tiene muchas semejanzas con el autor de la novela: al igual que Melville fue profesor en una escuela rural, se embarcó en la marina mercante y, por último, en balleneros. Pero en la novela prefiere que no se sepa su auténtico nombre para que su historia sea más creíble y porque ha visto demasiadas cosas y lleva sobre su espalda una carga que le obliga a ser precavido y ocultar su identidad. Es un superviviente y está aquí para contarlo.

Y a pesar de todo lo dicho anteriormente, el nombre de Ismael no está elegido al azar. Es el que llevó el hijo de Abraham y de su esclava Agar y significa “Dios escucha”. Simbólico es también el del capitán Ahab que, educado en la fe cuáquera, propensa de por sí a los patronímicos bíblicos, lleva el de un rey malvado, enemigo de los profetas y que, junto con su esposa Jezabel, forman una de las parejas más espeluznantes de la Biblia, un libro que no es que carezca de espantos.

Los armadores del ‘Pequod’, Bildad y Peleg, profesan, como casi todos los habitantes de Nantucket, la fe cuáquera debido a que la isla fue colonizada originariamente por esta secta, la Sociedad Religiosa de los Amigos, de premisas pacifistas y puritanismo extremo, lo que no les impide ser los marinos más sanguinarios en la caza de la ballena. Y el barco en el que se embarca Ismael lleva el nombre de una célebre tribu de indios de Massachussets, ahora tan extinguidos como los antiguos medas”. El ‘Pequod’, compendio multicultural, entre cuyos tripulantes figuran pieles rojas como Tashtego, negros como Dagoo, polinesios como Quiqueg y gentes venidas de todas partes del mundo, como si de un augurio tratará su propio nombre, correrá la misma suerte que esa tribu desaparecida.

Ismael comienza su relato presentándose con grandes dosis de ironía. Nos enteramos de que no posee más que unas pocas monedas en el bolsillo y que ha decidido hacerse a la mar en un barco como marinero porque como pasajero no sólo no le pagarían, sino que tendría que abonar su pasaje. Se embarca para echar fuera la melancolía, como ya ha hecho en otras ocasiones, “atormentado por el perenne prurito de las cosas remotas” y para “navegar por mares prohibidos y abordar costas bárbaras”. En esta ocasión ha elegido que sea en un barco ballenero donde se empeñen en pagarle por la molestia y así poder cumplir el sueño de presenciar “interminables procesiones de cetáceos y, en medio de todos, un gran fantasma encapuchado, como un monte nevado en el aire”. De esta forma asoma en este capítulo, aún de presentación, el otro gran protagonista del libro: el gran Leviatán, la ballena blanca.

Ismael es un hombre tranquilo, abierto a costumbres extrañas y, pese a su religiosidad presbiteriana, detesta el ayuno y la tristeza de algunos ritos. Este relato amable de sus opiniones y de sus compañeros va aminorándose desde el momento en que Ahab hace acto real de presencia en el barco (hacia la página 153 en mi edición de 633), cuando ya se habían cumplido más de quince días desde que salieron de Nantucket. Ismael había oído hablar de él a quienes lo habían conocido, y también sufrido, y todos coincidían en que el capitán del ‘Pequod’ nunca había sido muy alegre pero que tras la pérdida de su pierna por el mordisco de una maldita ballena está un poco raro, como fuera de quicio, tal vez desesperado.

Pero ni siquiera las advertencias aparentemente disparatadas de un mendigo, que les alerta acerca del “Viejo Trueno”, de su muerte y renacimiento a los tres días, de la calavera de plata y de la pérdida de su pierna, frases inconexas que les dirige justo antes de embarcarse, podían augurar la impresión que deja la visión de Ahab en el alcázar del barco: mostraba una cicatriz blanquecina como la huella de un rayo, que surcaba la parte derecha de su rostro desde el nacimiento del pelo y bajaba por el cuello, donde desaparecía oculta en la ropa. Pero su aire sombrío se debía más a la pierna blanca sobre la que se apoyaba y que no era otra cosa que una mandíbula de cachalote, un hueso marfileño adaptado a servirle de prótesis siniestra que sustituía a la pierna que un día le arrancara uno de su especie. La pierna artificial se apoyaba en un agujero taladrado al efecto en un lado del alcázar, cerca de un obenque al que Ahab se agarraba con un brazo elevado y allí, erguido, con su capote y el sombrero ladeado, silencioso e imponente, retaba con su mirada al horizonte y mantenía a su tripulación en un estado de terror y zozobra permanente.

El capitán Ahab en la película de John Huston

Ya les ha informado de su propósito, que no es otro que perseguir a la ballena blanca que le arrancó la pierna y, una vez localizada, matarla. Sólo Starbuck, el primer oficial, se opone, y no sólo porque es un objetivo suicida y una venganza contra un animal estúpido que actúa guiado por su instinto, sino porque el ballenero es una empresa de la que todos esperan, en mayor o menor grado, un beneficio económico y la captura de un único cachalote no resultaría rentable. Pero Ahab compra el alma de la tripulación cuando clava en el mástil una onza de oro español, equivalente a dieciséis dólares, que pertenecerá a quien primero dé la señal de avistamiento de “esa ballena de cabeza blanca, con tres agujeros perforados en la aleta de cola, a estribor” y de “mandíbula torcida” como la Muerte.

Todos juraron violencia y venganza y elevaron sus gritos de ¡muerte a la ballena! La treintena de tripulantes del ‘Pequod’ se fundió en un loco sentimiento místico antes de comenzar la búsqueda del “monstruo asesino” por “los dos lados de la costa y por todos los lados de la tierra” y al “otro lado del cabo de Buena Esperanza y del cabo de Hornos y del Mäelstrom noruego y de las llamas de la condenación”, para no dejarle escapar.

A lo largo de la travesía los marineros del ‘Pequod’ oyeron rumores acerca de los poderes sobrenaturales de Moby Dick, como su ubicuidad en el tiempo y en el espacio, su inteligente malignidad, su descomunal tamaño y su palidez de sudario, que se sumaron a terrores antiguos. Cuando, tras recorrer todas las zonas de pesquería ballenera, se acercaban a las coordenadas en el ecuador del Pacífico donde Ahab sufrió su grave herida, escucharon historias verídicas de auténtico pavor: al menos dos barcos balleneros con los que se encontraron habían perdido hombres y lanchas en un enfrentamiento con la ballena blanca que, con demoníaca indiferencia, destrozaba a sus perseguidores.

Por fin encuentran a Moby Dick, solemne en el horizonte del mar, y durante tres días el capitán ordena su caza inexorable y la tripulación, a la que el destino había arrebatado el alma, le sigue en su locura como un solo hombre. El tercer día la ballena blanca arremete contra el mismo ‘Pequod’ que desaparece entre las aguas. “Todo se desplomó y el gran sudario del mar siguió meciéndose como se mecía hace cinco mil años”.

El viaje de Ahab en búsqueda de la ballena blanca, con la que identifica todos su males corporales y espirituales, encarnación de su propia cólera interior, no sólo es un delirio absurdo. Lo peor es que el dolor, la violencia y la muerte que ha entrañado ese viaje al abismo no sirve para nada. Consumido por su deseo incumplido de venganza es un Prometeo que crea su propio buitre devorador y la desgracia de todos los que le acompañan.

Moby Dick” es una novela de aventuras y de viajes, un reportaje sobre la cacería de los grandes mamíferos marinos, una reflexión sobre el compañerismo y la amistad, así como una denuncia del fanatismo y de la tiranía de la sinrazón. Es un libro total y esa pretensión se aprecia en la amplísima información que ofrece Melville. En la novela se añaden a unas cincuenta citas de la Biblia, científicas y literarias, un capítulo de cetología en el que se repasan los diferentes tipos de ballenas que surcan los mares, de acuerdo con los tratados de Beale y Bennet, ambos médicos balleneros británicos que realizaron su labor en el mar del sur. También hace un recorrido de la imagen de la ballena en la pintura, los grabados y la escultura; nos informa de que su alimento es el brit, de sus míticos enfrentamientos con los pulpos gigantes, del ámbar gris, de las peculiaridades de la caza de la ballena, como es el uso de las estachas, de la profesión de arponero y, naturalmente, del descuartizamiento del cachalote a bordo del buque y del uso que se da a su aceite de calidad única.

Se ha querido ver, en lecturas posteriores de “Moby Dick”, una metáfora ecológica. Melville dedica un capítulo a defender que la ballena, al contrario que el búfalo, no se extinguirá jamás porque está en los mares mucho antes de que llegáramos nosotros. No parece un argumento serio y, el tiempo no le está dando la razón: en trescientos años el número de cachalotes ha pasado de tres millones a unos diez mil. Sin embargo, hay una reflexión significativa sobre el abuso que hacen los hombres de las bestias: tras el relato de la muerte especialmente cruel de un cachalote anciano, Ismael comenta que este pobre animal “debía ser asesinado para iluminar las alegres bodas y los demás festivales del hombre y asimismo para alumbrar las solemnes fiestas que predican que todos han de ser incondicionalmente inofensivos para con todos”. En definitiva, un uso frívolo de la muerte de un imponente animal.

Ahab es también la personificación del tirano. Como Moby Dick, tiene o aparenta poderes sobrenaturales: consigue apagar el fuego de San Telmo y reimantar una brújula descontrolada. Representa el poder absoluto de un tirano sobre sus súbditos, a los que dirige hacia el abismo. Su personalidad arrolladora consigue unir a una tripulación para que le acompañen al mismísimo infierno y con alegría. Los oficiales podrían haber hecho algo, pero se resignan ante el poder e incluso Starbuck, el más cerebral, se rinde y acepta que la ballena blanca es un ser sobrenatural provista de una inteligencia maligna y vengativa.

La ballena asesina de Melville se inspiró en un caso real que el mismo escritor se encarga de mencionar. El ‘Essex’, un barco ballenero de Nantucket, naufragó en 1820 en mitad del Pacífico cuando un enorme cachalote se separó de la manada que las lanchas perseguían con sus arpones y, en lugar de huir, se lanzó de cabeza contra el buque e hizo que se estremecieran los mástiles; a continuación, se sumergió en el agua y salió disparado de las profundidades, muy cerca del ‘Essex’ y lo golpeó con tal fuerza que hizo saltar la proa en pedazos. En muy poco tiempo, se inclinó y desapareció bajo el mar.

Después de grandes penalidades, parte de la tripulación consiguió llegar a tierra. En Moby Dick sólo se salva “un huérfano” en un ataúd gracias al ballenero ‘Raquel’ que aún seguía buscando a sus hijos allí donde desaparecieron, en el dominio de la ballena blanca.

Herman Melville, Moby Dick, Editorial Bruguera 1979. Traducción y notas de José M.ª Valverde.

Ovidio en el Ponto, la amargura del exilio

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Un poema y un error llevaron a Ovidio a los confines del Imperio Romano. En la cincuentena, inmerso en una vida placentera y alcanzado el éxito como poeta del amor y las metamorfosis, tuvo que abandonar la ciudad por orden expresa y fulminante del emperador Octaviano y cambiar su residencia, vecina a la colina del Capitolio, y su villa en las cercanías de Roma por una existencia inclemente en la localidad de Tomos, una antigua colonia griega convertida en plaza fuerte, habitada por los primitivos getas, un pueblo tracio que había vivido durante siglos en el delta del Danubio, y por algunos griegos barbarizados.

En las elegías que componen ‘Tristes’ y en las epístolas de las ‘Pónticas’ pide a sus familiares y amigos que intercedan ante Augusto para que le permita volver. Para acentuar los tintes sombríos de su existencia habla de Tomos, actual puerto rumano de Constanza, a orillas del Mar Negro, como de un lugar árido, hostil e inseguro, situado en los últimos confines del mundo, “cubierto por un eterno manto de nieve” y rodeado de salvajes enemigos, sármatas y getas, que lanzan mientras cabalgan en torno a los muros dardos envenenados con la hiel de las víboras, de forma que las casas lucen erizadas de flechas y “los cerrojos de las puertas apenas resisten el empuje de las armas”. Pero sobre todo es el frío de inviernos que se suceden sin tregua y el mar helado lo que le hace lamentar una y otra vez su cruel destino.

Estrabón. en su ‘Geografía’, señala que en tiempos homéricos lo que hoy llamamos Mar Negro, se denominaba “Axenos”, que significa inhóspito, debido a las tormentas de invierno y a la ferocidad de las tribus escitas que vivían en el litoral y que se complacían en el sacrificio de los extranjeros que llegaban a sus costas. Después, cuando los jonios fundaron sus colonias alrededor de este mar, se le llamó “Euxinos”, es decir, bueno con los extranjeros, hospitalario.

El poeta ruso Pushkin desmiente que el lugar sea tan terrible como Ovidio lo describió y asegura que brilla aquí largo tiempo un azulado cielo / y breve es el imperio de la invernal borrasca”. Pero la autocompasión no le permite al poeta romano escribir nada que pueda parecer un alivio a su situación de desterrado. En una de las epístolas Ovidio se hace eco del reproche de uno de sus amigos, Bruto, que le advierte de que un censor tilda sus cartas de monótonas y fastidiosas por ocuparse todas del mismo asunto y con idéntico tono lastimero. En ellas no deja de rogar a sus amigos que intercedan ante Augusto para que se acuerde de él y, al menos, elija otro destino de destierro menos aborrecible.

Nunca volvió a Italia a pesar de sus súplicas. Ni siquiera Tiberio, el sucesor de Octaviano, se prestó a escucharle. Falleció nueve años después de su llegada al Ponto, en el año 17. En una de sus epístolas expresó el temor de morir en Tomos y que sus restos fueran sepultados en su suelo y que, después de muerto, sus despojos yacieran oprimidos en la tierra de Escitia. Pedía que se impidiera que los cascos de los caballos tracios profanaran sus cenizas mal inhumadas, “como suelen quedar las de un desterrado”, y que la sombra de un sármata fuera a espantar a sus manes.

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No regresó del lugar que consideraba tan tenebroso y tuvo que conformarse con recorrer con los “ojos del pensamiento” las plazas, los palacios, los teatros revestidos de mármol, los pórticos y el campo de Marte, los jardines y los estanques y las aguas de Euripo. Y eso a pesar de que todos sus escritos del exilio ensalzan la divinidad y la clemencia de Augusto y en ningún momento ponen en duda la justicia de su decisión. Incluso en los poemas que escribe en el idioma de los getas, entonó “las alabanzas de César” cuyo “numen divino ayudó la novedad de mi empresa”.

Tampoco le había servido de nada la redacción de los ‘Fastos’, una obra que recuperaba ritos y creencias de la primitiva religión romana, tan del gusto de Octaviano, junto con el canto a la vida rural y a las antiguas y sencillas costumbres. Ovidio no era Virgilio, con quien Augusto tenía en común su mala salud de hierro y su aspecto enclenque y desvalido, ni tampoco Horacio, y la moderación y la vida pastoril no figuraban en la lista de temas predilectos.

Ovidio prefería la literatura amatoria, las elegías a una enamorada, en su caso llamada Corina, a la que dirigía sus cuitas de amor de la misma manera que Tíbulo a Delia, Propercio a Cintia y Cátulo a Lesbia. Después vino ‘El arte de amar’, en el que da consejos a hombres y mujeres para conquistar el objeto de su amor, elogia la vida alegre y las astucias de las cortesanas y considera el adulterio como un acicate más para el cortejo.

Fue un error de libro. El emperador Augusto, llevado por su puritanismo, no exento de hipocresía, había convertido una ofensa privada como el adulterio en un delito castigado con el destierro. Una de sus víctimas fue su propia hija Julia, a la que había obligado a casarse en tres ocasiones por razones de Estado: primero con un apuesto y limitado Marcelo; luego con su mano derecha, Marco Agripa, que casi le triplicaba la edad y, por último, con su hijastro y futuro emperador Tiberio. Tal vez a Julia le fascinaran las fiestas desenfrenadas o tal vez su actitud fuera una respuesta a la educación rígida que recibió y a las imposiciones matrimoniales. El caso es que se esgrimió que se citaba en secreto con sus numerosos amantes en el mismo Foro donde su padre había propuesto sus leyes “morales” que obligaban a denunciar a la adúltera si no se quería cometer un crimen de connivencia. Fue el propio Augusto quien denunció a Julia en el Senado, maldijo su memoria e hizo que destruyeran todas sus estatuas. En el año 2 a.n.e. fue confinada en la minúscula isla de Pandataria, al oeste de Nápoles.

Alrededor de la fecha en que fue condenada Julia, Ovidio publicó ‘El arte de amar’, excusa que se utilizaría para justificar su destierro diez años después. Es seguro que esta obra al emperador no le hizo gracia alguna y ya entonces pudo adoptar una predisposición hostil hacia el poeta, que, en su destierro, dijo que le perdieron un “carmen” y un “error”. El poema podría ser aquel pero el error, al que también denomina “culpa, crimen, estupidez e imprudencia”, es el que despierta más especulaciones porque nunca reveló en qué consistía.

Se ha argumentado que Ovidio pertenecía a una secta neopitagórica de carácter republicano y también que formó parte de una conspiración con los descendientes de Octaviano, pero no es una hipótesis que pueda tomarse en serio. Coincide su orden de destierro con el de la nieta del emperador, Julia la Menor, en el mismo año a la isla de Trimera y por las mismas razones que llevaron a su madre a Pandataria. La mayoría de los estudiosos cree que, de alguna manera, Ovidio fue testigo o tal vez cómplice del adulterio de la nieta, hecho que causó un gran escándalo social, o quizá fue un nuevo poema desconocido para nosotros y que desveló esa trama.

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En sus escritos en Tomos, dice el poeta que ha sido acusado de “ser maestro de un adulterio obsceno”, que su culpa es grave pero que no se le debe acusar más que de insensato y temerario. “Yo no vine a las tierras del Ponto acusado de homicida ni mis manos confeccionaron ningún letal veneno ni sufrí el castigo del que pone su sello en apócrifas escrituras ni cometí viles acciones que la ley prohibiese y, no obstante, tengo que confesar mi delito, más grave que todos estos. No me preguntes cuál; escribí un Arte insensato y eso impide que mi manos se consideren inocentes; no pretendas inquirir si he pecado en otro terreno y que toda mi culpa recaiga sobre el Arte de amar”. Estos versos pertenecen a una misiva dirigida al rey tracio Cotys, poeta en lengua griega, al que pide protección, pero no parece muy sincera su confesión ya que habían pasado más de diez años desde la publicación de ‘El arte de amar’. Aunque pudiera ser que Augusto se la hubiera guardado desde entonces.

Lo que sí parece clara es la antipatía del emperador hacia el poeta. En ‘El arte de amar’, Ovidio reta al emperador: “¡Que otros añoren la sencillez de las antiguas costumbres!”. Y seguidamente se muestra encantado de vivir en unos tiempos tan amables. Augusto le ordena, diez años después, abandonar Roma y al destierro añade la crueldad del destino: un lugar que, en la tradición grecolatina, era ejemplo de salvajismo, irracionalidad y de todo lo que consideraban ajeno a la civilización.

Ovidio recuerda en la Elegía IX de ‘Tristes’ que en Tomos, Medea despedazó a su hermano y expuso en una roca las manos lívidas del joven y su cabeza chorreando sangre para que su padre, Aetes, lo pudiera identificar y se retrasara en su persecución mientras recogía uno a uno los miembros esparcidos del hijo para darles sepultura. Fue en Tomos, que en griego significa “recorte, amputación”, una guarnición romana en una tierra de niebla y pesadilla, donde la princesa de Colcos traicionó a su padre y mató a su hermano, porque, según relata el poeta romano en Las metamorfosis’, nada más ver a Jasón se enamoró perdidamente de él y abandonó a un “padre despiadado” y “un país bárbaro” a cambio de una promesa de matrimonio.

Más que un acto de censura parece un represalia personal: tras el destierro, Augusto hizo desaparecer de las bibliotecas públicas no sólo ‘El arte de amar’, sino también ‘Los fastos’ y ‘Las metamorfosis’, pero no las prohibió ni las destruyó. Después, el tiempo obraría en favor de Ovidio, convirtiéndolo en uno de los poetas latinos que mayor influencia tuvo en autores posteriores.

Y ya he dado término a una obra que ni la ira de Júpiter, ni el fuego, ni el hierro ni el tiempo devorador podrán destruir. Ese día que, sin embargo, no tiene poder más que sobre mi cuerpo, pondrá fin cuando quiera al incierto espacio de mi existencia; pero yo volaré, eterno, por encima de las altas estrellas con al parte mejor de mí y mi nombre persistirá imborrable. Y allá por donde el poder de Roma se extienda sobre las tierras sometidas, los labios del pueblo me leerán, y por todos los siglos, si algo de verdad hay en las predicciones de los poetas, gracias a la fama yo viviré” (‘Las metamorfosis’, traducción de Ely Leonetti Jungl).

Ausencia de añoranza

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Dícese de una enfermedad que cursa con desapego y absoluta falta de pasión por regresar al propio país. Irena y Josef, dos ciudadanos checoslovacos que dejaron su país hace veinte años y residen una en Francia y otro en Dinamarca, se enfrentan, en ‘La ignorancia’, de Milan Kundera, a la idea del Gran Regreso tras la Revolución de Terciopelo de 1989. Los amigos franceses de Irena creen, siendo como son afectos sin fisuras a los valores morales consagrados desde hace siglos por la Odisea, que ella, la expatriada, ha se sentir nostalgia irreductible e intenso deseo de volver a la tierra natal y abandonar París.

Pero ni para Irena ni para Josef, que vive en Dinamarca, el regreso es la culminación de un deseo insatisfecho. No hay nostalgia ni añoranza y tampoco conciben magia alguna en el regreso. Ambos han hecho su vida en otro país, e incluso reconocen que el exilio les permitió vivir de otra manera, tener una existencia diferente, no necesariamente más feliz ni menos dura, pero sí distinta, en la que les sucedieron experiencias que en su país no podrían haber ocurrido.

Durante esos años en los que nunca se atrevieron a pensar siquiera que podrían volver, porque se consideraba que los regímenes comunistas eran eternos, se desvincularon casi totalmente de familias y amigos y al regresar se dan cuenta de que no tienen nada en común con ellos. Dejaron de conversar juntos debido a la distancia y al aislamiento y de evocar con ellos viejos recuerdos, que es la mejor fórmula para conservarlos. Ya ni siquiera tienen en común la misma impronta del pasado porque la memoria es siempre personal y selectiva y lo que para uno fue crucial, para otra resultó sólo una anécdota o incluso cayó en el olvido.

El paso del tiempo nos convierte a todos en personas diferentes. Josef encuentra un diario personal que conservó su hermano y no se reconoce en él. Han pasado treinta años desde entonces y él es otro, no tiene nada que ver con quien escribió esas páginas. Y lo que es peor, no le gusta en absoluto ese personaje que encarna un pasado del que, además, no quiere saber nada.

Poca materia de conversación tiene ninguno de los dos protagonistas con familiares y amigos de los que llevan separados veinte años porque, además, a nadie en su país de nacimiento le importa lo que han hecho o dejado de hacer en Francia o en Dinamarca. No les interesa, lo que significa que volver definitivamente supondría la amputación de esos veinte años pasados en el extranjero que, a fin de cuentas, han conformado su vida y lo que son ahora.

Josef e Irena con su marido abandonaron Checoslovaquia en 1969, después de que un año antes se frustraran las ansias de emancipación de los ciudadanos con la ocupación soviética. Se marchan como exiliados, pero no por miedo insuperable sino por escapar de la infinita vacuidad del país y la falta de esperanza. Lo mismo le ocurre al autor, Milan Kundera, aunque abandonó el país años más tarde, en 1975, después de que perdiera su cátedra en el Instituto de Cinematografía por su supuesta disidencia y su relación con la Primavera de Praga.

El exilio, una cuestión de acentos

No se sabe que Kundera haya vuelto a su país natal. Yo no lo creo. Quien sí volvió, aunque lo hizo veinticinco años después fue Roberto Bolaño y eso a pesar de que su renuencia era más clara que la del escritor checo. Cuando habla del exilio deja claro que él no puede sentir nostalgia “por la tierra en donde uno estuvo a punto de morir” ni se puede tener nostalgia por la pobreza, por la intolerancia, la prepotencia o la injusticia”. Esa nostalgia, concluye, “siempre me ha sonado a mentira” y, en el peor de los casos, “exiliarse es mejor que necesitar exiliarse y no poder hacerlo”.

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Bolaño en Blanes, donde vivió y escribió

El escritor chileno tuvo que salir por riesgo absoluto de su vida. Estaba en Santiago cuando se produjo el golpe de estado contra el presidente Allende y los militares ocuparon el poder. Estuvo detenido durante ocho días y consiguió salir del país cinco meses después, en enero de 1974. No obstante, cuando habla de su vida fuera de Chile, lo hace con cierta levedad optimista, como cuando dice que “en ocasiones, el exilio se reduce a que los chilenos me digan que hablo como un español; los mexicanos que hablo como un chileno y los españoles que hablo como un argentino”, en definitiva “una cuestión de acento”.

Se hizo prometer a sí mismo que nunca más volvería a su país, pero lo hizo, veinticinco años después, a finales del siglo pasado. Subió a un avión, superó las turbulencias y llegó a suelo chileno, que no besó por supuesto. Y en Chile, de golpe aparecieron los rostros de su infancia y de su adolescencia. Santiago seguía igual, dice en sus ‘Fragmentos de regreso al país natal’, y es que “las ciudades no cambian en veinticinco años” y las empanadas chilenas aún se llaman así y aún se comen chacareros. Algo sí ha cambiado: no había toque de queda y Pinochet estaba retenido en Londres.

Thomas Bernhard en San Salvador’

Los protagonistas de ‘La ignorancia’, Josef e Irena, sienten hacia su país de origen simple indiferencia y Roberto Bolaño, desaparecido del país el dictador sanguinario, puede volver a su patria. Aunque a ninguno les convence demasiado el lugar donde nacieron, no lo difaman ni lo odian ni desearían su desaparición, como ocurre en el monólogo desesperado de Edgardo Vega, salvadoreño de nacimiento y canadiense de adopción desde los veinte años, en la novela ‘El asco’, que lleva como subtítulo Thomas Bernhard en San Salvador’, toda una declaración de intenciones, del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya.

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En unas páginas añadidas al final del relato, de apenas cien, el autor explica qué le llevó a hacer frente a la nación propia y cómo lo escrito no le resultó impune. Han transcurrido veinte años desde su publicación, en 1997, pero ‘El asco’ continúa provocando reacciones virulentas y su autor ni siquiera puede volver a su país. Todo por una novela que pretendía ser un ejercicio de estilo, una imitación de Thomas Bernhard, cuya obra es una crítica sin piedad a su país, Austria, y a su cultura. Como un estigma, la novelita de imitación y sus secuelas me persiguen”, dice Castellanos Moya.

Edgardo Vega, el protagonista, va desgranando vituperios, ofensas e insultos ante un confidente, que resulta ser el autor del libro y que transcribe su incesante monólogo y suaviza algunas frases para no escandalizar a los lectores. Vega ha vuelto para asistir al funeral de su madre, después de casi veinte años de ausencia, aunque juró no pisar nunca San Salvador. Comienza tachando de “inmundas y abominables” todas las cervecerías del país, de “cochinada” la cerveza nacional, y alerta de que no hay que decirlo en voz alta porque “la primera y principal característica de los pueblos ignorantes” es considerar “que su miasma es la mejor del mundo”. Prosigue su diatriba contra los grupos de rock y la música latinoamericana; contra los activistas que abandonaron el país; contra la televisión, cosa de analfabetos que sólo produce “septicemia espiritual”; contra su hermano al que sólo le importa la plata, como al resto de los salvadoreños, contra el fútbol, en el que “veintidós subalimentados con sus facultades mentales restringidas corren detrás de una pelota”; contra las gasolineras que invaden el paisaje; contra las hamburgueserías y contra un pueblo “obtuso, bruto y abyecto”.

Todo allí es asqueroso, dice Vega, pero su odio más ferviente va dirigido contra las pupusas, “unas tortillas grasientas rellenas de chicharrón”, que son la marca distintiva del país. Y precisamente esta crítica al plato nacional fue la que más les dolió a sus críticos que vieron mancillada su gastronomía nacional: imperdonable.

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Lecturas

– Milan Kundera, La ignorancia, Tusquets Editores, 2000

– Roberto Bolaño, Entre paréntesis, Editorial Anagrama, 2004

– Horacio Catellanos Moya, El asco, Random House, 2018

“La luna y las hogueras”, el Ulises de Pavese

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Un día tomó el barco en Génova, cruzó el Atlántico y llegó a California. Han pasado veinte años y el viajero de Cesare Pavese, narrador de su propia historia en ‘La luna y las hogueras’, regresa a su aldea del Piamonte, aunque ni siquiera puede decir que fuera suya porque en ella nada tuvo, tan solo una familia que lo acogió y amigos de infancia y juventud, la mayoría desaparecidos en la guerra y en las venganzas.

Vuelve como ‘el americano’ y vuelve rico pero aquellos ante quienes querría mostrar su éxito no están ya. Sólo queda su amigo Nuto, con una experiencia de vida diferente a la suya, convertido en otro hombre, igual que él. Veinte años no pasan en vano y aquí en el pueblo ya nadie se acuerda de mí, nadie recuerda que soy bastardo y que estuve de criado”.

Desde el valle del Belbo, donde pasó su infancia y parte de su juventud, partía la carretera que llevaba a Génova y de allí “a Dios sabe donde”; desde Canelli imaginaba la gente de más allá, la gente del mundo, que “mejora de vida, que se divierte y que se aleja por el mar”. Y él también partió y conoció otros hombres y otras tierras.

¿Por qué ha vuelto? Porque una noche comprendió que las estrellas que veía no eran las suyas, ni tampoco las tierras que parecían jardines y no huertas de labor, porque América no es un país para echar raíces y nadie le conocía desde pequeño y porque quería volver para ver algo que ya había visto –“los carros, los heniles, un cuévano, una verja, una flor de achicoria, un pañuelo de cuadros azules, una calabaza para beber, un mango de azada”– y lo que no había cambiado – ”las viejas con arrugas, los bueyes cautelosos, las chicas con vestidos estampados de flores, los tejados con sus palomares”.

Al volver recupera las historias que ya había olvidado, como las hogueras de San Juan que, según los viejos, atraían las lluvias y favorecían que todos los cultivos vecinos a la fogata dieran mejores y más abundantes cosechas, y la influencia de la luna a la hora de talar un pino o lavar una cuba, y vivir según las estaciones, no según los años: la canícula, las ferias, las cosechas, la temporada de poda, de echar el sulfato a las viñas o de deshojar las panojas del maíz. “Cada estación tenía sus costumbres y sus juegos y lo bueno es que la vida se regía por ellas”.

Vuelve para volver a vivir todo esto pero “los rostros, las voces y las manos que debían tocarme y reconocerme” hacía mucho tiempo que no estaban y “lo que quedaba era como una plaza a la mañana siguiente después de una fiesta, como un viñedo tras la vendimia, como ir solo al restaurante cuando alguien te ha dado plantón”.

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En una entrada de 1949 de su diario ‘El oficio de vivir’, Cesare Pavese hace referencia a esta novela que acababa de escribir y que se publicaría póstumamente. Reflexiona sobre la gloria y dice que para que sea grata tienen que resucitar los muertos, rejuvenecerse los viejos, volver los que están lejos” porque la hemos soñado en un ambiente limitado, entre rostros familiares que eran para nosotros el mundo y querríamos ver, ahora que hemos crecido, el reflejo de nuestras empresas y palabras en aquel ambiente, en aquellas caras”, que han desaparecido, se han dispersado o han muerto.

El regreso de este emigrante italiano al Piamonte de la luna y las hogueras no es tanto a una aldea en la que ya no queda nadie, sino a la infancia. Al deseo de ver la vida con ojos ingenuos y abiertos a lo imposible y con toda la vida por delante. Nuto le dice que cuando era niño pasaba hambre, que su vida no había sido tan feliz como para desear recuperarla. Pero eso apenas lo recuerda, como tampoco el peligro que le obligó a huir ni la guerra que nada arregló y mató a tantos, en combate y en venganza. Sólo tiene memoria para querer volver y poder sentir lo que sentía entonces, cuando era niño: que todo estaba aún sin hacer y que crecer sólo consistía en aprender a hacer cosas difíciles. Aún no sabía que hacerse mayor era envejecer y ver morir.

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En ‘El oficio de vivir’, Pavese escribe que hay un extraño momento en el que, con doce o trece años, te ibas del pueblo y vislumbrabas el mundo en alas de la fantasía y no te dabas cuenta de que en ese preciso momento, en que “eras más pueblo que mundo”, empezaba un largo viaje que, a través de ciudades, aventuras, nombres, arrebatos, mundos ignotos, te llevaría hacia el porvenir. Todo está en la infancia, hasta aquella fascinación que será porvenir y que sólo entonces se siente como una conmoción maravillosa”. Recuperar esa conmoción es imposible y por eso “La luna y las hogueras” refleja una tristeza infinita, la del pasar de los años que no dan marcha atrás nunca y la que produce el tiempo que todo lo envejece.