* La Ciudad de los Césares, mito de náufragos y desaparecidos — Historias emergentes

Ni las Amazonas ni las Ciudades de Cíbola ni Santiago Matamoros eran leyendas propias del nuevo continente, en el que se buscó de todo, desde la Fuente de la Juventud al Paraíso Terrenal, pero pronto surgieron mitos autóctonos como la leyenda de El Dorado o la Ciudad de los Césares. Conocida también como Ciudad Encantada […]

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* Crónicas de lo maravilloso desde el Nuevo Mundo

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Cuando los españoles llegaron a las Indias intentaron describirlas mediante relaciones, cartas, crónicas y apuntes, diarios de a bordo y diarios de caminantes, dirigidos a los reyes que les habían concedido el derecho de exploración o nombrado adelantados o virreyes de tal o cual región, con la intención de hacerles partícipes de lo que habían visto, oído y hecho o como justificación o documento para pedir nuevas gracias o consolidar las ya obtenidas o las por venir. También para su publicación, al estilo del Libro de las Maravillas, de Marco Polo.

Las crónicas fueron escritas por los conquistadores, aunque delegaron muchas veces en quienes les acompañaban, generalmente clérigos u hombres de letras que también participaron en el descubrimiento, como es el caso de Gonzalo Fernández de Oviedo, primer cronista oficial de las Indias y gobernador de Santo Domingo y La Española, o Bernal Díaz del Castillo, que participó en la conquista de México. Incluso hubo alguno, como Gaspar Pérez de Villagrá que escribió su versión de la conquista de Nuevo México por Juan de Oñate en versos endecasílabos repletos de resonancias clásicas y caballerescas. Su poema empieza con las mismas palabras que la Eneida – “A las armas y al varón heroico canto”- a lo que sigue la lista de los principales participantes en la expedición para pasar, a continuación, a ensalzar “los hechos y proezas de aquellos españoles valerosos” que lograron “prodigios grandes de tierras y naciones nunca vistas”.

A quienes llegaron y vieron, todo les pareció nuevo, diferente, y muchas veces no encontraban nombres para lo observado y no entendido, de manera que lo asimilaron como maravillas. También se crearon fábulas, se inventó y se exageró, como si no fuera bastante aventura o heroicidad atravesar los desiertos de Texas y de Atacama, explorar inmensas selvas y seguir el curso de inacabables ríos; tropezar con tribus del paleolítico y con imperios como el del Inca; hacer frente a animales desconocidos y mortíferos y contemplar las cataratas del Iguazú o el Cañón del Colorado.

Los europeos que llegaron a las Indias a lo largo del siglo XVI vivieron en la intersección de la cultura medieval y la renacentista y, al dejar volar la imaginación se dibujan, ellos o los protagonistas de sus crónicas, como héroes de novelas de caballerías, descubridores de ciudades doradas que cambian mágicamente de lugar, santos hacedores de milagros o personajes míticos en busca del Paraíso o de las Fuentes de la Eterna Juventud.

El Paraíso de Cristóbal Colón

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En este mundo a caballo entre lo cristiano a ultranza y lo clásico recuperado se produce una actualización sorprendente, e incluso una amalgama desconcertante, de mitos cristianos y paganos que producen la impresión de que los exploradores de las tierras y mares recién descubiertos vivían en una continua observación de milagros inauditos y maravillas imposibles.

Cristóbal Colón sufría de cierta propensión a recuperar viejas historias e insertarlas en mundos nuevos: en la Relación de su primer viaje hace referencia a tres sirenas “que salieron bien alto de la mar, pero que no eran hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían pinta de hombre en la cara”. No eran las famosas de Ulises, ya que al parecer no cantaban.

Cuando llega a las Indias y no encuentra ni el oro ni las especias que esperaba para poder pagar las deudas y hacerse rico, intenta convencer a los Reyes de España, sus patrocinadores, de la importancia del viaje: ninguna riqueza material es comparable al descubrimiento del Paraíso y la evangelización de los idólatras.

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Inclinado a interpretar literalmente la Biblia, convencido de su destino providencial y con el propósito de justificar que no hubiera suficiente oro en La Española e islas vecinas, llegó a la conclusión de que era en las Indias donde se hallaba el Paraíso Terrenal y, como allí no había altísimos montes que rozaran el cielo -condición sine qua non para eludir los efectos de Diluvio Universal- ideó una ingeniosa deformidad terrestre: la Tierra no era totalmente redonda, sino que hay en ella un lugar en que se alarga “como un pezón de mujer”, justo debajo de la línea equinoccial, y donde se hallaría precisamente el Paraíso, en la cima de aquel lugar que tiene la forma de un “tallo de pera”. Y sigue argumentando, en esta Relación del tercer viaje, en 1498, que “lo que corrobora fuertemente esta opinión es que el Sol, cuando Dios lo creó, apareció en la extremidad del Oriente y su primera luz brilló aquí en Oriente”. Concluye con que esta hipótesis suya es conforme al parecer de los santos y de los doctos teólogos.

Santiago en su caballo blanco

La intervención de la Providencia, incluso en forma de apóstol Santiago, queda fuera de la competencia del historiador y del alcance de la prueba. Pero la ficción, la leyenda y el mito sirvieron en esta época tan dura, violenta y todavía medieval, para la justificación de actos impropios y para acrecentar el ánimo en las adversidades, aparte de su utilidad netamente ideológica.

Cuenta el cronista Pedro Mariño de Lobera que, al llegar Pedro de Valdivia y su ejército al valle del Aconcagua, se reunieron en su contra todas las tribus del lugar para atacarlos y estaban ganando la batalla cuando, por un motivo desconocido, de repente dieron media vuelta y huyeron. Interrogados los indígenas apresados, contaron que su huida se debió a que vieron bajar del cielo a un español provisto de una gran barba blanca y una enorme espada que, montado sobre un caballo blanco, se había abalanzado sobre ellos. Valdivia interpretó que el mismísimo apóstol Santiago llegó en su auxilio y, en justa retribución, llamaron Santiago de la Nueva Extremadura a la primera ciudad que fundaron en lo que hoy es Chile, el 12 de febrero de 1541.

La Fuente de la Eterna Juventud

Los embajadores del rey persa Cambises II en Etiopía preguntaron a su rey por los motivos de la larga vida de sus súbditos y, en respuesta, les condujo a una fuente de agua tan ligera que nada sufría sobre ella, según relata Herodoto en la primera referencia que se tiene de este mito, que sufrió diversas modificaciones a lo largo del Medievo.

Se cuenta que Juan Ponce de León, descubridor de La Florida, oyó hablar de una fuente de la juventud a los arahuacos que poblaban algunas islas del Caribe. Según la leyenda, Sequene, un jefe nativo de Cuba, reunió a un grupo de los suyos y navegó hacia el norte, hacia Bimini, lugar donde discurrirían las aguas restauradoras de la juventud, pero no volvió nunca.

En 1514 el rey encargó a Ponce de León la conquista y gobierno de “las islas de la Florida y Bimini”. Es posible que el explorador creyera en la leyenda de la fuente, conocida por todos en esa época, pero no hay evidencia de que la tuviera como objetivo de su expedición y no se le vinculó con ella hasta después de su muerte, en 1575, en las Memorias de Hernando de Escalante Fontaneda, quien en 1549, cuando tenía trece años, sobrevivió a un naufragio en los cayos de Florida y fue adoptado por la tribu de los calusa, con los que vivió diecisiete años.

Fue rescatado por los españoles y en su libro de Memorias se menciona la supuesta existencia de un río de aguas curativas y su búsqueda por Ponce de León, que el mismo Hernando nunca creyó y así dejó escrito. No obstante, Antonio de Herrera, en sus Décadas (1615) idealiza la narración de Escalante y asegura que la fuente existía y que era frecuentada por los indios, que adquirían un rejuvenecimiento instantáneo nada más beber sus aguas.

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Coñori, reina de las amazonas

A lo largo de los ocho meses que le llevó descender el río caudaloso e interminable que le iba a llevar al país de la canela en la expedición iniciada por Gonzalo Pizarro en 1541, Francisco de Orellana y los suyos no sólo tuvieron noticias de un reino cercano gobernado exclusivamente por mujeres, sino también la oportunidad de trabar combate con ellas. Es el cronista de la expedición, el fraile dominico Gaspar de Carvajal, quien revela que un cacique les advirtió de que se alejaran de las ‘coniupuyara’, que en su lengua significaba ‘grandes señoras’. En otra aldea, su cacique les explicó que les entregaban un tributo a cambio de su ayuda militar.

Dice Carvajal lo siguiente acerca de estas amazonas: “Estas mujeres son muy blancas y altas y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto a la cabeza, y son muy membrudas y andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios, y en verdad que hubo mujer de estas que metió un palmo de flecha por uno de los bergantines y otras que menos, que parecían nuestros bergantines un puerco espín” .

Un cautivo que iba con ellas le contó que eran señoras de un reino grande y rico en el que sólo había mujeres. La reina se llamaba Coñori y se perpetuaban secuestrando esclavos a los que retenían un tiempo: se los pasaban unas a otras hasta que quedaban preñadas y, cumplida su misión, se les devolvía a sus tribus. Si parían un hijo, lo mataban, y si una hija, se la quedaban y la instruían en las artes guerreras de este reino femenino. Tanto le gustó la historia a Francisco de Orellana que el río pasó de llamarse Grande a río de las Amazonas.

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La Atlántida y el derecho de conquista

Para acallar a quienes ponían en duda el derecho de Castilla a gobernar las tierras descubiertas, en este caso el Perú, su virrey, Francisco de Toledo, se empeñó en demostrar que los antepasados de los Incas eran extranjeros que invadieron Cuzco en el año 565 de nuestra era y que sometieron a los indígenas a un régimen tiránico por lo que los españoles tenían, no sólo la potestad, sino la obligación de liberarlos e imponer su propio gobierno, amén de convertirlos a la verdadera religión. Y encargó al capitán Pedro Sarmiento de Gamboa que escribiera una historia general de estos territorios hasta 1572.

La obra, dedicada a Felipe II, desarrolla la teoría de que las Indias formaron parte del continente de la Atlántida, que se extendía hasta Cádiz y que, como consecuencia de un gran cataclismo que en gran parte lo sepultó en el océano, quedó América aislada del resto del mundo. Presenta como fuentes fidedignas a Estrabón y a Solino cuando afirman que Ulises, después de edificar Lisboa, navegó por el Atlántico y como de él no se supiera nada más, elucubró con que arribara a Nueva España y poblara hasta Veragua. Lo confirma, sigue diciendo Sarmiento de Gamboa, el que “los mexicanos usaban el traje tocado y vestido grecesco”, es decir, griego. Y para corroborar que en un tiempo lejano todos formaban parte de la misma tradición, aduce que los indios del Perú aún recordaban el gran diluvio del que habla la Biblia y que duró sesenta días y sesenta noches.

Sarmiento de Gamboa no fue el único que rescató el mito de la Atlántida en esta época de exploraciones y descubrimientos. Francisco López de Gomara, en 1554, demostraba en su Historia general de las Indias, que las nuevas tierras parecían adaptarse perfectamente al relato platónico y lanzaba la suposición de que los habitantes de la Atlántida eran los aztecas. Bartolomé de las Casas llegó a relacionar el continente sumergido con las tribus perdidas de Israel.

* El espejismo de las Siete Ciudades de Cíbola

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Las riquezas que encontraron los conquistadores de México hizo pensar a muchos que podrían existir otros reinos tan fabulosos o incluso más. Corrió la noticia de que el oro utilizado por los aztecas en sus monumentos provenía de regiones situadas más al norte, donde se ubicaba su tierra de origen, la mítica isla de Aztlán.

A la conquista de Tenochitlán, sucedió la del Perú, en la década de 1530, lo que encendió aún más el entusiasmo por nuevos descubrimientos de remotos territorios que pudieran albergar idéntica o mayor fortuna. Entonces resurge la leyenda medieval de las siete ciudades de oro fundadas por los siete obispos portugueses que salieron huyendo de la península cuando fue tomada por los árabes en el siglo VIII.

La leyenda se refería a una isla en el Atlántico, Antilla, pero como en la travesía de Colón no se halló, el mito se trasladó al Nuevo Mundo. Al principio, las siete ciudades de oro se buscaron en la Florida pero los nativos a los que se preguntaba, las iban situando más y más al norte, posiblemente para quitarse a los buscadores de encima. Con el tiempo pasaron a llamarse las ciudades de Cíbola porque en las llanuras donde podrían encontrarse pastaban infinidad de cíbolos, que era el nombre español para designar a los bisontes.

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En 1537 regresan por Nueva España Cabeza de Vaca, Maldonado, Dorantes y Estebanico, perdidos durante ocho años por el desierto entre Texas y Arizona. Contaron sus experiencias y sus penurias pero lo único que interesaba a sus oyentes eran esas supuestas ciudades riquísimas de las grandes llanuras con las que por fuerza debieron encontrarse.

Ese mismo año un fraile llamado Juan de Olmedo se entendió con el virrey Antonio de Mendoza para salir en busca de aquel riquísimo reino, cuando apenas habían retornado los náufragos de Cabeza de Vaca, lo que les permitió contar con Estebanico como guía. La expedición llegó hasta la frontera de lo que es hoy Arizona, sin encontrar nada más que algún poblado perdido, aunque sí rumores de grandes ciudades al norte.

Regresaron sin nada, pero un misionero franciscano que acababa de llegar a Nueva España desde Perú, fray Marcos de Niza, retomó la idea y tras hablar con el virrey, organizó otra expedición al norte. Salieron en 1539 fray Marcos, Estebanico y varios cientos de indígenas, que atravesaron el desierto de Sonora y bordearon el golfo de California. Llegaron a un pueblo, Vacapa, donde nadie había visto nunca a un español y Estebanico marchó de avanzadilla con unos cuantos indios: encontró aldeas y nuevos indios que le dieron noticias sobre Cíbola y las ricas ciudades del norte, compuestas por edificios de varias plantas cuyos muros tenían turquesas incrustadas. Pero Estebanico no volvió: se había acercado demasiado a Cíbola y sus guardianes nativos lo habían matado.

Eso fue lo que los supervivientes que le acompañaban contaron a fray Marcos, que no quiso volver sin nada y decidió acercarse a la ciudad prohibida. Pudo contemplarla a lo lejos y decir, después, que Cíbola era más grande incluso que Tenochitlán y más rica y sofisticada. Y añadió que los jefes indígenas que le acompañaban le revelaron que era la más pequeña de las Siete Ciudades, situadas aún más al norte, y que más allá existía un reino aún mayor, llamado Totonteac.

Fray Marcos volvió a Nueva España con estas nuevas historias y el virrey ordenó una nueva expedición a cuyo mando puso a Francisco Vázquez de Coronado. En febrero de 1540 salieron 340 españoles y novecientos esclavos y criados, doscientos caballos, rebaños de ganado, cañones y municiones. Para mayor seguridad se envió una expedición paralela a finales de primavera: dos barcos bajo el mando de Fernando de Alarcón bordearían la costa este de México con suministros de repuesto.

Cuando la expedición terrestre llegó a Culiacán, Vázquez de Coronado decidió dividirla y dejar atrás a los lentos -los indígenas y los españoles que iban a pie, además del ganado y carretas con pertrechos- y se llevó la mayor parte de la caballería. En julio llegaron a las inmediaciones de Cíbola, que no era más que un poblacho. Pero decidieron, ya que estaban, conquistar aquella aldea y otros seis pueblos de los indios zuñi en las llanuras de lo que hoy es Nuevo México. Consiguieron algunas turquesas, pieles de bisonte, algo de comida y poco más.

Vázquez envió a su segundo, Tristán de Luna y Arellanos, hacia el este, y nada encontró; mandó hacia el norte a García López de Cárdenas, que al menos se llevó el ser el primer europeo en ver el Gran Cañón del Colorado, pero de ciudades de oro, nada; y por último encargó a otra partida dirigirse al noroeste, bajo el mando de Melchor Díaz, para que se reuniera con la flota de Alarcón y recogiera los suministros que tanta falta les hacían, pero los barcos ya se habían marchado y nunca más se supo de ellos. Ninguna de las misiones consiguió nada, tampoco la enviada al este con el capitán Hernández de Alvarado.

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En la primavera de 1540 un indio pawnee le dijo a Vázquez de Coronado que existía un poco más al norte una maravillosa ciudad llamada Quivira, cuyas casas eran de piedra y los tejados de oro. El guía, que llevaba por nombre Xabel, era un nativo de tez oscura al que apodaron ‘el Turco’ y les dio su palabra de que el señor de esas tierras “duerme la siesta debajo de un gran árbol del que cuelga gran número de cascabeles de oro”.

Hacia Quivira partieron treinta expedicionarios con su jefe a la cabeza. Se adentraron en las llanuras ilimitadas de Texas y Kansas para descubrir que las casas estaban techadas, pero no con oro sino con paja y que el fabuloso reino no era más que un conjunto de míseras aldeas de los wichitas. Xabel, que finalmente confesó que la historia de Quivira era una conspiración de los indios para inducir a la tropa a dirigirse a las llanuras con la esperanza de que murieran de hambre, fue ejecutado.

En 1542, regresó Vázquez de Coronado a Nueva España, donde el virrey Antonio de Mendoza no le recibió con mucha alegría: no había encontrado ni un mísero cascabel de oro y había perdido a la mayoría de hombres que con él partieron. El mito de las Siete Ciudades fue desvaneciéndose y, aunque en posteriores expediciones los españoles aún preguntaban a los indios por esos reinos afortunados no constituyeron ya el objetivo de las partidas, dirigidas más a explorar e instalar colonias en el territorio ante la llegada de los rivales franceses.

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Desierto de Sonora, en Arizona

El mismo año de la expedición fallida de fray Marcos de Niza, se preparó una impresionante: la de Hernando de Soto, un veterano de la conquista y en ese momento gobernador de Cuba. Desde la isla partieron más de seiscientos hombres, doscientos caballos, armas de fuego y armaduras, manadas de cerdos y jaurías de perros de presa, instalados en nueve barcos. Sesenta años después, el Inca Garcilaso de la Vega contó que la expedición estaba tan abastecida de todo que más bien parecía una ciudad navegando por el mar.

Ya en tierra, se movieron sin rumbo durante mas de tres años, impulsados por la “demoníaca energía de su capitán”, Hernando de Soto, que no tenía en el horizonte las ciudades de Cíbola, pero sí tesoros aún más fabulosos que los de Hernán Cortés. Nada encontró más que disensiones entre los suyos, la pérdida de la mitad de sus hombres y su propia vida. Cayó enfermo de fiebres y murió en la primavera de 1542. Sus restos reposan desde entonces en el fondo del Misisipi, adonde fueron arrojados para que no cayeran en manos de los nativos. De tan lujosa aventura sólo consiguieron salir con vida trescientos expedicionarios, con las manos vacías.

* ‘Naufragios’, la crónica de un fracaso heroico

Naufragios

Álvar Núñez Cabeza de Vaca puso a su crónica el título de Naufragios. Sufrió dos en la expedición a La Florida, aunque perderse en esos mares era de lo más corriente: además del desconocimiento de las costas, vientos e islas del Mar Caribe y del Golfo de México por parte de los pilotos, los huracanes y las tormentas fueron la causa principal de que se hundieran barcos con tanta frecuencia que se estima en más de quinientas las naves que hoy en día podrían formar parte del cementerio marino que anima a tantos cazadores de tesoros.

La primera edición de los Naufragios fue publicada en Zamora en 1542. En 1555 fue editada una segunda que, a diferencia de la primera, está dividida en capítulos y añade la historia del segundo viaje de Cabeza de Vaca al continente americano (a Argentina, Brasil y Paraguay) que es conocida como los Comentarios. Es una crónica personal apasionante y razonablemente verídica de sus experiencias con los indios de los poblados con los que tuvo contacto y de sus costumbres, redactada años después de que Álvar Núñez recorriera gran parte del territorio que hoy pertenece al sur de los Estados Unidos, desde la salida desde Sanlúcar de Barrameda en junio de 1527 hasta su llegada a Nueva España diez años después.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca no idealiza a los indios con los que se encuentra, pero reconoce su capacidad de adaptación al medio y relata, sin alharacas ni críticas, sus ritos y costumbres. La mayoría de ellos son muy primitivos, cazadores-recolectores que no conocen la cerámica y muchos, ni siquiera la agricultura o el vestido, de manera que para cocer los alimentos utilizan calabazas que llenan de agua y a las que arrojan piedras calentadas en el fuego.

Incluso llega a poner por escrito lo que eran prejuicios de la época sobre los indios: son mentirosos y borrachos, dice, aunque alegres y fuertes y no conocen el cansancio cuando persiguen venados. Algunos le ayudan y le salvan la vida, como los que le asistieron tras su naufragio, pero otros los esclavizan, a él y a sus compañeros, aunque en toda su caminata tendrá en cuenta el bien que les hicieron cuando naufragaron en la isla del Malhado el 6 de noviembre de 1528, sin ropas, sin nada y con hambre y frío.

Los indios – escribe en los Naufragios– de ver el desastre en que estábamos con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hubieron de vernos, comenzaron todos a llorar recio y tan de verdad que lejos de allí se podía oír y esto les duró de media hora”. Después a los supervivientes los repartieron entre las tribus y las familias.

Resulta un poco extraño que en solo dos páginas, Cabeza de Vaca resuelva sus primeros seis años de convivencia con una tribu seminómada, entre las islas y la montaña. Señala en su crónica que, tras ese tiempo y harto de los malos tratos, decidió huir con sus compañeros, “por el mucho trabajo que me daban y el mal tratamiento que me hacían” y justifica la tardanza en que los españoles no se ponían de acuerdo en cuanto al momento de marcharse.

Los cuatro –Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado, el esclavo negro del primero llamado Estebanico, y Álvar Núñez Cabeza de Vaca- inician un peregrinaje por una ruta que da vueltas sobre sí misma en múltiples ocasiones ya lo largo de la cual van practicando ‘sanaciones’, que no brujerías, en nombre del Señor a los enfermos que se les presentan, aunque parte del ritual consiste en soplarles, como le enseñaron a hacer los “físicos” a Álvar Núñez en la tribu en la que permaneció durante los primeros años.

Esta insistencia en que sana en nombre de Dios deja claro su deseo de evitar cualquier sospecha sobre su conducta por parte de la temible Inquisición, pero también es posible que estuviera convencido de que poseía determinados poderes transmitidos por Jesucristo. En sus Naufragios utiliza la palabra “Dios” en múltiples ocasiones, especialmente cuando describe estas curaciones prodigiosas, que repiten un proceso relacionado con el bautismo y por el que intenta llevar a los indígenas a la creencia y a la fe.

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Su fama de curanderos les precedía y en todos los poblados que visitaban eran agasajados, después del inevitable rito chamánico de sanación. Cuando llegó a Nueva España, con la barba crecida y el cabello por la cintura, descalzo y acompañado por Dorantes, Castillo, Estebanico y casi mil indígenas, no sólo parecía un hombre santo, sino que se comportaba como si lo fuese. Algunos historiadores le reprochan que se comportara como el Mesías y afirman que sus seguidores no eran peregrinos, sino maleantes que llevaban a los cuatro de un lado a otro con el único objeto de saquear a los vecinos; que todo formaba parte de una cultura compleja de intercambio de bienes y guerras rituales que Cabeza de Vaca nunca llegó a entender, como tampoco comprendió que su carisma se debía más a la cultura indígena que a sus propios méritos.

No deja de ser una conjetura que, en parte, puede ser acertada. Pero cuando se leen los Naufragios lo que aparece es una crónica del fracaso, un itinerario de hambre, frío y penurias. La mayor parte de las veces los cuatro supervivientes no tenían nada que llevarse a la boca y hacían lo que podían para conseguir algún alimento. Si permanecían un tiempo con una tribu o emprendían la marcha, era en función de su propia subsistencia. Y lo peor es que todas eran pobrísimas. Cuenta de un “banquete” que les ofreció una tribu y que consistía en una especie de bayas, tan amargas, que solamente mezcladas con tierra podían comerse porque así se endulzaban. Además de tierra, comían madera y estiércol de venado.

Todos somos hijos de nuestra época y la versión que Abel Posse crea en El largo atardecer del caminante se corresponde con el cambio de perspectiva acerca de los “salvajes”, que surge con Rousseau y se acentúa en siglos posteriores. Para el pensamiento moderno, el indio nativo no colonizado es un ser prístino, inocente, sabio en su ecosistema, y en algunas ocasiones, imbuido de misticismo. Tal vez las historias que narra sobre la apacible vida de Cabeza de Vaca en la primera tribu o sus experiencias alucinatorias no sean totalmente auténticas; tal vez exagera cuando dice que nuestro héroe denunció en el interior de su alma la desgracia que supuso para los “conquistados” la llegada de los españoles y de su cultura demoníaca de culpa y muerte, pero también es cierto que sus Naufragios contribuyeron a cambiar la imagen que los españoles tenían de los indios.

Su largo viaje por esas tierras es la historia de un fracaso según los parámetros de un Hernán Cortés o un Francisco Pizarro. Cabeza de Vaca no podía llevar riquezas a España, ni indígenas, ni territorios y así lo reconoce en la dedicatoria de su crónica al emperador Carlos V, pero podía ofrecer informaciones sobre las regiones desconocidas por los españoles y quizá hacerse indispensable para diseminar la fe cristiana entre los paganos. Es en este deseo, el de justificar y poner en valor sus ocho años de penuria y esfuerzos, donde puede descubrirse cierta exageración o incluso alguna mentira. También, como he dicho antes, el intento de no llamar la atención de la Inquisición.

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Álvar Núñez quiso defender a los indios de los malos tratos, de la esclavitud, de la muerte y la violación; nunca pensó que fueran modelo ni ejemplo, al menos aquellos con los que se encontró, pero siempre les quiso proteger de la codicia del hombre blanco. Cuando los cuatro supervivientes de la expedición de Narváez se van acercando a las tierras ya conquistadas de Nueva España, observa que los indios son cada vez menos, que muchos han huido a los montes cercanos para no ser esclavizados y maltratados, de forma que los campos están desatendidos. “Estas gente todas, para ser atraídas a ser cristianos y a obediencia de la imperial majestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y este es camino muy cierto y otro no”.

Por azar, la primera partida con la que se encuentran los cuatro antiguos náufragos está formada por buscadores de esclavos, bajo el mando del capitán Diego de Alcaraz, que se le queja de que llevaba muchos días “sin haber podido tomar indios” y sin comida. Dorantes y Castillo trajeron más de seiscientas personas de aquel pueblo que los cristianos habían hecho subir al monte. Incluso les llevaron maíz, pero los de Alcaraz quisieron esclavizarlos de nuevo.

A los indígenas que les habían acompañado, no conseguían convencerlos de que ellos, los cuatro supervivientes, y los esclavistas eran iguales, de la misma nación e idéntica religión y decían “que nosotros veníamos de donde salía el sol y ellos donde se pone y que nosotros sanábamos a los enfermos y ellos mataban a los que estaban sanos y que nosotros veníamos desnudos y descalzos y ellos vestidos y en caballos y con lanzas, y que nosotros no teníamos codicia de ninguna cosa y con nada nos quedábamos y los otros no tenían otro fin que robar todo cuanto hallaban y nunca daban nada a nadie”.

Lecturas

– Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/naufragios–0/html/

– Abel Posse, El largo atardecer del caminante, 1992

https://skandza.wordpress.com/2018/01/01/alvar-nunez-cabeza-de-vaca-el-caminante-en-el-atardecer/

Felipe Fernández-Armesto, Nuestra América (Una historia hispana de Estados Unidos), Galaxia Gutenberg, 2014

* Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el caminante en el atardecer

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Lo llamaron místico, excéntrico e incluso loco, cuando en realidad fue un justo entre ladrones y asesinos. Fue el único que en ocho años de caminar entre indios no mató a ninguno ni esclavizó ni se hizo rico ni rebautizó ríos, sierras o mares, ni agregó los territorios que recorrió con sus pies desnudos a la ya inflada Corona de España. “Sólo la fe cura, sólo la bondad conquista”, repitió Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en sus Naufragios, crónica personal de lo que le ocurrió en esos años.

Hizo la caminata más grande de la historia, unos ocho mil kilómetros a través de lugares desconocidos, a pie, desnudo, sin cruces ni evangelios. Desde la Florida recorrió los actuales estados de Alabama, Misisipi, Louisiana, Nuevo México y parte de Arizona y llegó a lo que era frontera española por Sonora y Chihuahua, donde se detuvo, quizá para visitar a los indios tarahumaras. En su recorrido se relacionó con las grandes tribus de los semínolas, los calusas y los indios pueblo.

Regresó triunfalmente a España, donde fue premiado por el emperador Carlos con el cargo de Adelantado y Gobernador del Río de la Plata. Fue mala suerte: militares, religiosos y colonos habían convertido la guarnición del Paraguay en un extenso burdel en el que las mujeres se vendían y se compraban, la poligamia convenía por igual a clérigos, colonos y soldados y los nativos habían sido reducidos a la esclavitud. Lo prohibió todo pero fue devuelto a España encadenado y acusado de los crímenes que cometieron los otros. En 1545 se le condena al exilio en Orán y doce años más tarde Felipe II le indulta. Poco le quedaba ya por vivir.

La cárcel y los litigios acabaron con su patrimonio. Nació rico hacia 1488, en Jerez, en una casa con más tradición y orgullo que dineros y murió en Sevilla a finales de 1558, pobre y en soledad. Es en estos últimos meses de su vida cuando su falso biógrafo argentino, Abel Posse, se hace con él y le obliga a escribir lo que pudo o debió ocurrir durante los años en que vivió entre los indios. El resultado fue un libro editado en 1990 bajo un título muy apropiado: El largo atardecer del caminante.

Abel Posse

Posse pone en su pluma lo que quizá Cabeza de Vaca hubiera querido escribir: una crónica que contara la verdad de lo que ocurrió entre los indios, de las ciudades-montaña de barro y estiércol, de la comunión del hombre con la tierra, de brebajes que a uno le hacen renacer, del éxtasis provocado por los alcoholes sagrados o la inhalación de humo, de grandes vuelos y visitas al país de los muertos y a las regiones donde habita el dios misterioso, del fin de los días, de indios que no tienen apego a la vida corriente porque su realidad está mucho más allá.

Bajo el mando de Pánfilo de Narváez, seiscientos hombres y cinco navíos partieron en junio de 1527 del puerto de Sanlúcar de Barrameda, apenas transcurrido un mes del saco de Roma, protagonizado por el Emperador Carlos V. “No podíamos saber que ya partíamos maldecidos por la voluntad de Dios”, se atreve a confesar Alvar Núñez en su falsa o secreta crónica. Él era segundo en autoridad como representante de la Corona y su primer naufragio ocurrió cuando fue a recoger sustentos y pertrechos para el fabuloso viaje a La Florida. Se perdieron dos naves, sesenta hombres y la mayoría de las provisiones recogidas.

Donde más lejos llegaron en barco fue a la bahía de Tampa, en Florida: desde allí partieron a pie y a caballo hacia la provincia Apalache, hostigados por los indios, hambrientos y muertos de frío. Ante la imposibilidad de seguir adelante, los supervivientes construyeron cinco barcos de remos con los que descendieron un río, el Misisipi, hasta llegar al mar. En la desembocadura, la barcaza de Alvar Núñez naufragó de verdad en la madrugada del 6 de noviembre de 1528.

Tras una noche de huracanes y tempestades, acabó en tierra, desnudo. Su armadura, de factura florentina, de conquistador rico, quedó en el fondo de las aguas. “Perdí vestiduras e investiduras -le hace escribir Posse- pues el mar se había tragado la espada y la cruz”. Sólo quedaron unos quince o veinte de aquellos seiscientos, repartidos a lo largo de la playa, marismas, islotes y bancos de arena. Llamaron a la isla la del Malhado, único nombramiento que harían en todos los años que anduvieron por esas regiones.

Los indios los encontraron y fue entonces cuando se produjo en Cabeza de Vaca el comienzo de un cambio porque pudo entender a los indios y apreciar sus conocimientos y sus artes primitivas, pero eficaces, que les permitieron sobrevivir. Tampoco habrían podido sin su compasión: al verles en la playa, náufragos y desnudos, “nos rodearon, se arrodillaron y comenzaron a llorar a gritos para reclamar la atención de sus dioses en favor nuestro. Era un ritual de compasión, de conmiseración, tan sentido y desgarrador que Dorantes supuso que eran verdaderos cristianos”.

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Fue adoptado por una familia de chorrucos, que vivían en el interior, y con ellos pasó seis años. Abel Posse le crea una esposa, Amaría, y dos hijos, Amadís y Nube, así como una profesión, la de mercader, por la que pudo relacionarse con otras tribus y conocer el destino de los supervivientes españoles. Comerciante fue y lo demás bien podría haber sido así. Pero llega un momento en que debe marcharse porque las relaciones con los jefes guerreros de la tribu no es buena y lo hace con tres de sus compañeros de naufragio, los únicos que han sobrevivido y han querido partir con él. Y, sin armas, sin Biblia, y desnudos, cruzan los cuatro grandes ríos que riegan lo que hoy se conoce como estados de Louisiana, Texas, Arizona y Nuevo México.

Dorantes y Palacios creían en edificios de oro y Estebanico, el negro, en el riesgo y la aventura. Llegaron a Ahacus, que sería la primera de las Siete Ciudades. Iban preguntando a todos los indios con los que se encontraban y ellos, al igual que los dioses, “no necesitaban más que nuestra propia ambición para castigarnos”. No encontraron ninguna ciudad de oro, aunque a su llegada a México algunos dijeran que sí y otros lo insinuasen.

Posse sitúa a Alvar Núñez, a él solo, ante Ahacus, supuesta ciudad a la que fue conducido por unos guías. Y lo que describe es una visión: una ciudad-montaña resplandeciente gracias a un centenar de hogueras que la iluminan desde la base. Tamboriles y flautas señalan la presencia de los chamanes y los brujos procedentes de las Cuatro Regiones del Mundo, que danzan en la oscuridad. Una ciudad efímera de una sola noche, que desaparece al amanecer.

Su última experiencia mística será en Sierra Madre con los tarahumaras, a los que menciona escasamente en sus Naufragios. Eran hombres silenciosos y extraños, nos cuenta Alvar-Posse; desprecian la palabra “como un equívoco de los hombres del llano” y huyen de todo “bienestar y apego por la vida”. También tienen serias reservas frente a la reproducción de los humanos y son hombres anteriores a los de este Sol enfermo. Cabeza de Vaca asiste al rito del Ciguri, una raíz que machacada produce náuseas y visiones, y por el que le fue dado regresar a su infancia, a sus recuerdos, y también visitar las avenidas de las ciudades secretas, por lo que concluyó que Marata o Totonteac bien podría ser aquellas a las que sólo se accede por la iluminación del Ciguri.

Cuando llegó a México relató sus aventuras pero no todas e insinuó que tenía ciertos conocimientos que reservaba para el rey. Muchos creyeron que el secreto que Alvar Núñez guardó celosamente no tuvo que ver con las ciudades de oro ni con las visiones alucinatorias, sino con el mismo Descubrimiento. “No hemos descubierto nada en las Indias -le hace escribir Posse- lo que hemos descubierto es España”, una España enferma que lleva “un dios miserable que siembra muerte en nombre de la vida” y que repite la maldad donde quiera que vaya, un demonio que nos precede y que se identifica con nuestra cultura, con la que hemos robado a los indios para siempre “la paz del alma”.

Islas literarias: mitos, aventuras y distopías

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La isla es un lugar privilegiado para situar paraísos, utopías, reinos inaccesibles, misterios, tesoros y todo tipo de aventuras. Su cualidad de espacio cerrado y, en muchos casos, inaccesible, permite infinitos juegos de la imaginación. A veces es escenario, otras excusa, pero también puede convertirse en otro personaje más, como la Esperanza de Tournier, madre y luego esposa.

La literatura de las islas, a la que podemos añadir los lugares cerrados, temporal o permanentemente, podría considerarse un subgénero transversal que refleja de manera muy evidente las cuestiones, los conflictos y los deseos de las sociedades y épocas en las que se construye. En el Medievo leemos sobre islas fantásticas y milagrosas, como las que encontró el monje irlandés San Brandán en su viaje en busca de la ‘Tierra Prometida de los Santos’ y cuya leyenda, que se remonta al siglo VI, se redacta cinco siglos más tarde en la crónica Navigatio sancti Brandani.

Y, aunque en estos tiempos se creyera que el Paraíso terrenal se hallaba en Mesopotamia, entre los dos grandes ríos, o en la cumbre de una altísima montaña que rozaría con la luna, lo que explicaría su salvación durante el Diluvio Universal, también se situó en una isla circular en los confines del mundo habitado, como muestra el mapa de Hereford, del siglo XIV. Asimismo, el Paraíso se localizó a cuarenta leguas de la isla de Taprobane, desde la que se podían escuchar sus fuentes, según contaron los pobladores de la isla, hoy Ceilán, al fraile Juan de Marignolli, cuando en 1338 se dirigía a la corte de China enviado por el Papa, asunto que recogió en sus Crónicas de Bohemia

Cuando Portugal emprendió sus grandes viajes marítimos alrededor de África y descubrió las Azores, Enrique el Navegante (1394-1460) envió una expedición en busca de la isla de Antilia, donde dice la leyenda que se refugiaron siete obispos cristianos que lograron escapar de los musulmanes cuando invadieron la península ibérica. Colón también creía en su existencia y la tuvo en consideración como punto de parada en su viaje a las Indias, pero nadie la encontró. Según el marino Eustache de la Fosse, la isla estaba protegida por un conjuro lanzado por uno de los obispos que predijo que la isla no se volvería a encontrar hasta que hubiera sido restablecida la fe católica.

Exploradores y aventureros

Con la llegada de españoles y portugueses a América se multiplicaron los relatos de los exploradores. Como ya ocurriera con Marco Polo con su Libro de las Maravillas del Mundo (1298), su compatriota Antonio Pigafetta narró las aventuras que corrieron los miembros de la expedición de Magallanes, que en 1522 completó la primera vuelta al globo, en la Relazione del primo viaggio intorno al mondo, que fue publicada en Venecia en 1536.

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Pigafetta fue uno de los 18 supervivientes de una tripulación inicial de 265 y su testimonio acerca de las penurias que tuvieron que sobrellevar, como la ingesta de cuero hervido, ratas y serrín porque no había otra comida en el barco, y los peligros a los que hicieron frente, como la batalla en una isla filipina donde Magallanes perdió la vida, es sobrecogedor. En su diario, que inició el mismo día de su partida, consigna numerosos datos sobre los lugares que visita y también nos cuenta, entre otras historias, cómo en 1521, habiendo llegado a la isla de Borneo la expedición española dirigida ya por Elcano, fueron recibidos por el sultán de Brunei.

Las expediciones continuaron a lo largo de los siglos siguientes. La búsqueda de una tierra al sur, cuya existencia estaba inserta en la tradición pitagórica al concebir un continente asimétrico al mundo conocido, inevitable para equilibrar el planeta e impedir que volcara, no tendría su final feliz hasta que Cook descubriera la gran isla de Australia, ya en el siglo XVIII.

La búsqueda de las islas Salomón, que el explorador español Mendaña encontró y perdió en el segundo viaje, y la mítica Tierra Austral alimentaron la fantasía de muchos autores, que crearon islas fantasmas que desaparecían de pronto en la niebla o surgían en otros lugares y en las que vivían seres inventados como los que pueblan la isla de los Cinocéfalos, en los Viajes de Enrique Wanton, pseudónimo de Zaccaria Seriman (1708-1784). A finales del siglo anterior, Gabriel de Foigny describió en Les aventures de Jacques Sadeur, una isla ubicada en la terra incognita australis, en la que sus habitantes hermafroditas procreaban por el muslo, aunque este relato se relaciona más con una utopía de radical igualdad fisiológica entre sexos, que con descubrimientos y aventuras.

Los viajes a lo largo y ancho de los mares, las aventuras y desventuras de los exploradores y los naufragios en islas desiertas serán el argumento de muchas novelas, algunas juveniles, desde la misma aparición de Robinson Crusoe, que constituye el relato de una isla de las maravillas, copia perfecta de una colonia británica en el mundo recién descubierto, y en la que se suceden las aventuras con caníbales, piratas y españoles.

Daniel Defoe sitúa a su náufrago en una isla del Atlántico, y no en el archipiélago Más a Tierra, donde fue abandonado el marino Selkirk, en quien se inspiró. Toda la zona caribeña estuvo infestada de piratas, individuos que darán mucho que hablar como asesinos sin piedad y también como símbolos de la libertad y el desorden.

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En La isla del tesoro (1871) Stevenson nos cuenta la historia del pirata John Silver, que formó parte de la tripulación del fallecido capitán Flint, el más despiadado y sanguinario de todos los bucaneros que alguna vez existieron. Silver vuelve al lugar donde se enterró un gran tesoro, la isla Norman, para recuperarlo. Todavía resuena el golpe de su pata de palo sobre la cubierta de la Hispaniola.

De 1857 data otra novela de islas y de aventuras, esta vez con naufragio incluido. La isla del coral, de Robert M. Ballantyne, se sitúa en los Mares del Sur y ha pasado a ser un clásico juvenil. Su comienzo aún resuena en mis oídos de tantas veces como lo leí y que constituye la primera declaración de intenciones de un aventurero:Correr mundo fue siempre y es todavía mi pasión dominante, la alegría de mi corazón, la verdadera luz de mi existencia”.

Las islas utópicas y la ciencia ficción

Mientras los navegantes descubren nuevos mundos para Occidente, se produce la gran revolución renacentista que muestra otra forma de pensar, menos rígida y más crítica con las condiciones de vida del común de los mortales. Para remediarlas inventa mundos inexistentes pero posibles.

Sobre islas se fundaron los tres relatos clásicos acerca de estados ideales: La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella, la Utopía de Thomas More y la Nueva Atlántida de Francis Bacon. Las dos primeras dibujan una sociedad igualitaria y justa, aunque no lleguen a la categoría de paraíso, y tendrán repercusiones en la teoría política; la tercera, publicada cien años más tarde, añade un elemento -la pasión por el conocimiento y la tecnología- que dará origen a las distopías recurrentes del género de la ciencia ficción.

Julio Verne y G.H. Wells, auténticos precursores, representan esas vertientes científico-tecnológicas esbozadas por Bacon, pero de forma muy distinta, en las dos novelas que ambos sitúan en islas imaginadas. Verne es un optimista, creyente en el progreso y en la ingeniería. Los cinco náufragos de La isla misteriosa (1874) llegan en globo a un islote rocoso, sin nada en las manos ni en los bolsillos, pero gracias a que uno de ellos es un ‘ingeniero’ o, lo que es lo mismo, un héroe de la técnica y de la ciencia aplicada, forjan acero, componen nigtroglicerina, fabrican abono químico, funden vidrio y cultivan trigo a partir de un grano encontrado en el dobladillo de una chaqueta.

Casi medio siglo después aparece Wells y la ciencia ya no es la panacea ni el escritor tan inocente. El conocimiento y la tecnología, que tradicionalmente se consideraron tentaciones demoníacas por lo que tienen de desafíos al mismísimo Dios, pueden generar efectos adversos, como en La isla del Dr. Moreau (1896), en la que un científico loco se propone acelerar el proceso evolutivo señalado por Darwin mediante operaciones de cirugía que convierten animales en hombres.

A partir de aquí, no sólo la ciencia ficción es distópica, sino la literatura en general. El espacio cerrado de una isla se convierte en lugar no sólo de experimentos diabólicos, sino también de comportamientos llevados al límite. Y este elemento claustrofóbico, a veces con tiempos y espacios yuxtapuestos que convierten la vivencia de los personajes en una pesadilla repetida hasta el infinito, como ocurre en La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, se acentúa en la literatura posterior a la Segunda Guerra Mundial.

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La isla del coral de Ballantyne, donde tres jóvenes náufragos lograr sobrevivir aplicando los principios morales de la sociedad británica de la época, es decir, victoriana, no volverá a repetirse. En ella se inspiró William Golding, pero para contradecirla, al escribir en 1952 El señor de las moscas, relato sobre las experiencias de una treintena de chicos británicos de entre seis y doce años cuyo avión se estrella en una isla del Pacífico.

No hay ningún adulto con ellos y, al principio, intentan cuidar unos de otros para lo que crean normas de supervivencia pero lo que consiguen es un nuevo orden que se convertirá en un infierno. Los náufragos en esta ocasión dejan aflorar la crueldad y la tendencia violenta hacia la destrucción de los más débiles, en una situación de desorden y miedo. Hacía apenas siete años que se había dejado atrás una terrible guerra mundial, con millones de muertos en los frentes, bombardeos en las ciudades, Auschwitz, Hiroshima, la existencia del mal ilimitado, todo consecuencia de un conflicto terrible en el que Golding había participado y que se refleja en el comportamiento de unos niños que también son víctimas y verdugos, pese a su supuesta inocencia.

La invención de Morel, de A. Bioy Casares

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Un italiano que vendía alfombras en Calcuta le dio la idea de venirse a la isla, único lugar en el mundo donde podría ocultarse un perseguido por la justicia. Alguien muy rico hizo construir en los años veinte algunas edificaciones para uso personal; luego la isla quedó abandonada y corren rumores de que se adueñó de ella una maldición o una enfermedad.

En un diario, el fugitivo sin nombre relata lo que cree ver y oír. El lugar está sucio, abandonado, pero las construcciones se mantienen en pie. En el edificio llamado Museo, donde viven los ‘veraneantes’, hay una piscina con sapos, escuerzos y porquería y un acuario repleto de peces muertos. Los árboles están secos y en el sótano de uno de los edificios funcionan enormes máquinas cuyo sentido se ignora.

Y comienzan lo que a un extraño le parecerían alucinaciones: personas que vienen y van sin reparar en la presencia del fugitivo o bailan en medio de una tempestad de agua y viento o en la colina, rodeados de víboras; mantienen conversaciones que se repiten todas las tardes; se pueden ver dos soles y dos lunas en el mismo firmamento… Todo tiene una explicación racional, cuenta Borges en el prólogo, en el que no nos desvela nada en absoluto de la trama. Yo no seré tan discreta: tiene que ver con la inmortalidad, con el “alma” desalmada y los estados de conciencia.

Jorge Luis Borges, enemigo acérrimo de la ‘novela psicológica’ por su tendencia a demostrar que nada es imposible – “suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad”- realiza un alegato a favor de la ‘novela de peripecias’ o ‘de aventuras’ que no pretende ser realista, sino totalmente artificial y de argumento riguroso y ordenado. En ella hay asuntos mayores y argumentos admirables. Pone como ejemplos ‘El hombre invisible’, de H. G. Wells, que podríamos incluir en el apartado de ciencia ficción; ‘El proceso’, de Kafka, de argumento filosófico y distópico; ‘Otra vuelta de tuerca’, la novela de fantasmas de Henry James, y ‘El viajero sobre la tierra’, de Julien Green y de género inclasificable, entre lo gótico y lo onírico.

La novela de Bioy Casares, sigue diciendo la reseña borgiana, es una obra de “imaginación razonada” y “perfecta” que resuelve los prodigios y las alucinaciones de forma fantástica, pero no sobrenatural.

borges-bioy casaresEl diálogo de Bioy con Borges

Temas que comparten, enciclopedias consultadas, cuentos leídos entre los dos, frases de otros relatos, aparecen a lo largo de la novela de Bioy. Uno de los guiños más llamativos es el que hace referencia a la frase que Borges endosa a su amigo acerca de su aborrecimiento a los espejos y a la cópula porque “multiplican el número de seres humanos”. En La invención de Morel, el protagonista, además de escribir un diario llamado Defensa de sobrevivientes, está redactando un ensayo en el que propugna soluciones a la superpoblación y lleva por título Elogio a Malthus. Si los hombres se reprodujeran y, sobre todo, si tantos como son se inmortalizaran según el método de Morel, no habría sitio para todos y los paraísos serían destruidos.

Pero años después, Bioy Casares, en sus memorias, tras agradecer a Borges que le situara en un cuento tan prodigioso como el de Tlön, asegura que nunca tuvo nada contra los espejos, ni siquiera contra la cópula, y que a los primeros siempre los vio como ventanas “que se abren sobre aventuras fantásticas, felices por lo nítidas” y que la reproducción artificial de un hombre con la nitidez con la que el espejo reproduce las imágenes, fue el tema esencial de La invención de Morel.

También hay otras referencias a lecturas compartidas y autores estimados de Bioy y Borges. Cuando empieza a sospechar de la certeza de lo que ve en la isla, al fugitivo se le ocurre que podría estar soñando o viajando como Dante o Swedenborg. Para Borges, la Divina Comedia ocupa un lugar primordial entre sus obras preferidas y sobre ella escribió varios ensayos y de Manuel Swedenborg, el teólogo que visitó el cielo y el infierno y luego regresó para contarlo, escogió, junto a Bioy y Silvina Ocampo, uno de sus cuentos, Un teólogo en la muerte, para incluirlo en su antología ya clásica de literatura fantástica.

Cuando Morel defiende su método para preservar la vida de sus amigos y la suya propia en la isla, alegando que hay vidas “como las de los mandarines chinos que dependen de botones que seres desconocidos pueden apretar”, hace una clara referencia a la fábula de El mandarín, relatada por el escritor portugués Eça de Queiroz en 1880 y de la que Borges reseñó que pertenecía al género fantástico. En ella, un hombre gris que vive en un tugurio lisboeta tiene la posibilidad de cambiar su vida por la de un rico mandarín en China pero previamente deberá matarlo mágicamente. La forma es fantástica, pero el argumento es moral y nos hace regresar a La invención de Morel, donde también hay un precio que pagar por la inmortalidad.

El sueño de Morel era crear un paraíso de inmortalidad en la isla abandonada, en la que una semana entera de la vida de varias personas se repitiera inevitablemente durante una eternidad. Es una parodia del eterno retorno, un pensamiento transformador que le llegó a Nietzsche a través de antiguas filosofías y religiones, aunque él hablara del “inmortal instante en que yo engendré el eterno retorno”: la idea del tiempo que gira en sí mismo y que repite sin cesar su contenido limitado.

Acerca de este pensamiento, Borges escribió La doctrina de los ciclos y El tiempo circular. Recoge la formulación que parte de la premisa de que existe un número finito, aunque desmesurado, de átomos que componen el mundo, lo que obliga necesariamente a considerar un número de permutaciones posibles, lo que lleva a su vez ineludiblemente a la repetición del universo en un tiempo infinito. “De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble”. Es un pensamiento que estremece, propio de locos o de profetas.

La perfección del artificio engendra monstruos (Jacques Derrida)

El nombre de Morel, cuya historia publica Bioy Casares en 1940, remite a otro científico isleño, el doctor Moreau, que en la imaginación de Wells en 1896, crea un mundo de manipulación biológica, ajeno a cualquier ética. Especuló sobre la naturaleza animal de los hombres y la humanidad en los animales, mientras que Bioy reflexiona sobre la realidad y sus simulacros, sobre la máquina que crea duplicados sin densidad, fantasmas y, en definitiva, monstruos.

En el diario, el narrador escribe: “Sentí repudio, casi asco, por esa gente y su incansable actividad repetida ( ) Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas; estar enamorado de una de esas imágenes era peor que estar enamorado de un fantasma”.

Porque no menos monstruosa que los demás es Faustine, el holograma del que se enamora el fugitivo. Esa afección le llevará a crear una nueva ‘película’ para poder estar junto a ella por toda la eternidad. Pero, mientras dure esa supuesta eternidad, sólo podrá contemplarla y pensar los propios pensamientos que ya pensó, no compartirán el mismo universo y su conciencia, incapaz de reconocer, permanecerá invariable, muerta. “Congregados los sentidos, surge el alma”, dice el propio texto. Pero ese alma es una repetición de sí misma sin cambio ni evolución.

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La conciencia es una especie de yo controlador que mantiene el cuerpo y la mente en orden. Es aquello que simula desaparecer cuando uno se duerme y reaparece a la mañana siguiente, cuando abrimos los ojos. Incluso el sueño la ha cambiado, pero lo más importante es que funciona basándose en las experiencias de las que guarda memoria. Esto me lleva a una de mis películas favoritas, Atrapado en el tiempo, en la que el protagonista, interpretado por Bill Murray, vive el mismo día cada vez que se despierta. Todo se repite exactamente igual que la víspera, pero con el añadido de que el sujeto lo recuerda todo y se ve incapacitado para romper ese círculo de pesadilla.

El mismo narrador de La invención de Morel comprende que la vida de los ‘veraneantes’ no es una vida auténtica, porque no deja de ser una reproducción, que se trata de un experimento inconcluso y que habría que averiguar si verdaderamente esas imágenes tan reales sienten o piensan. Y mantiene la esperanza de que en el futuro, estos problemas quedarán solucionados. En ello confía y así se despide.