“Naufragios”, la crónica de un fracaso heroico

Naufragios

Álvar Núñez Cabeza de Vaca puso a su crónica el título de Naufragios. Sufrió dos en la expedición a La Florida, aunque perderse en esos mares era de lo más corriente: además del desconocimiento de las costas, vientos e islas del Mar Caribe y del Golfo de México por parte de los pilotos, los huracanes y las tormentas fueron la causa principal de que se hundieran barcos con tanta frecuencia que se estima en más de quinientas las naves que hoy en día podrían formar parte del cementerio marino que anima a tantos cazadores de tesoros.

La primera edición de los Naufragios fue publicada en Zamora en 1542. En 1555 fue editada una segunda que, a diferencia de la primera, está dividida en capítulos y añade la historia del segundo viaje de Cabeza de Vaca al continente americano (a Argentina, Brasil y Paraguay) que es conocida como los Comentarios. Es una crónica personal apasionante y razonablemente verídica de sus experiencias con los indios de los poblados con los que tuvo contacto y de sus costumbres, redactada años después de que Álvar Núñez recorriera gran parte del territorio que hoy pertenece al sur de los Estados Unidos, desde la salida desde Sanlúcar de Barrameda en junio de 1527 hasta su llegada a Nueva España diez años después.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca no idealiza a los indios con los que se encuentra, pero reconoce su capacidad de adaptación al medio y relata, sin alharacas ni críticas, sus ritos y costumbres. La mayoría de ellos son muy primitivos, cazadores-recolectores que no conocen la cerámica y muchos, ni siquiera la agricultura o el vestido, de manera que para cocer los alimentos utilizan calabazas que llenan de agua y a las que arrojan piedras calentadas en el fuego.

Incluso llega a poner por escrito lo que eran prejuicios de la época sobre los indios: son mentirosos y borrachos, dice, aunque alegres y fuertes y no conocen el cansancio cuando persiguen venados. Algunos le ayudan y le salvan la vida, como los que le asistieron tras su naufragio, pero otros los esclavizan, a él y a sus compañeros, aunque en toda su caminata tendrá en cuenta el bien que les hicieron cuando naufragaron en la isla del Malhado el 6 de noviembre de 1528, sin ropas, sin nada y con hambre y frío.

Los indios – escribe en los Naufragios– de ver el desastre en que estábamos con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hubieron de vernos, comenzaron todos a llorar recio y tan de verdad que lejos de allí se podía oír y esto les duró de media hora”. Después a los supervivientes los repartieron entre las tribus y las familias.

Resulta un poco extraño que en solo dos páginas, Cabeza de Vaca resuelva sus primeros seis años de convivencia con una tribu seminómada, entre las islas y la montaña. Señala en su crónica que, tras ese tiempo y harto de los malos tratos, decidió huir con sus compañeros, “por el mucho trabajo que me daban y el mal tratamiento que me hacían” y justifica la tardanza en que los españoles no se ponían de acuerdo en cuanto al momento de marcharse.

Los cuatro –Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado, el esclavo negro del primero llamado Estebanico, y Álvar Núñez Cabeza de Vaca- inician un peregrinaje por una ruta que da vueltas sobre sí misma en múltiples ocasiones ya lo largo de la cual van practicando ‘sanaciones’, que no brujerías, en nombre del Señor a los enfermos que se les presentan, aunque parte del ritual consiste en soplarles, como le enseñaron a hacer los “físicos” a Álvar Núñez en la tribu en la que permaneció durante los primeros años.

Esta insistencia en que sana en nombre de Dios deja claro su deseo de evitar cualquier sospecha sobre su conducta por parte de la temible Inquisición, pero también es posible que estuviera convencido de que poseía determinados poderes transmitidos por Jesucristo. En sus Naufragios utiliza la palabra “Dios” en múltiples ocasiones, especialmente cuando describe estas curaciones prodigiosas, que repiten un proceso relacionado con el bautismo y por el que intenta llevar a los indígenas a la creencia y a la fe.

indios cabeza vaca

Su fama de curanderos les precedía y en todos los poblados que visitaban eran agasajados, después del inevitable rito chamánico de sanación. Cuando llegó a Nueva España, con la barba crecida y el cabello por la cintura, descalzo y acompañado por Dorantes, Castillo, Estebanico y casi mil indígenas, no sólo parecía un hombre santo, sino que se comportaba como si lo fuese. Algunos historiadores le reprochan que se comportara como el Mesías y afirman que sus seguidores no eran peregrinos, sino maleantes que llevaban a los cuatro de un lado a otro con el único objeto de saquear a los vecinos; que todo formaba parte de una cultura compleja de intercambio de bienes y guerras rituales que Cabeza de Vaca nunca llegó a entender, como tampoco comprendió que su carisma se debía más a la cultura indígena que a sus propios méritos.

No deja de ser una conjetura que, en parte, puede ser acertada. Pero cuando se leen los Naufragios lo que aparece es una crónica del fracaso, un itinerario de hambre, frío y penurias. La mayor parte de las veces los cuatro supervivientes no tenían nada que llevarse a la boca y hacían lo que podían para conseguir algún alimento. Si permanecían un tiempo con una tribu o emprendían la marcha, era en función de su propia subsistencia. Y lo peor es que todas eran pobrísimas. Cuenta de un “banquete” que les ofreció una tribu y que consistía en una especie de bayas, tan amargas, que solamente mezcladas con tierra podían comerse porque así se endulzaban. Además de tierra, comían madera y estiércol de venado.

Todos somos hijos de nuestra época y la versión que Abel Posse crea en El largo atardecer del caminante se corresponde con el cambio de perspectiva acerca de los “salvajes”, que surge con Rousseau y se acentúa en siglos posteriores. Para el pensamiento moderno, el indio nativo no colonizado es un ser prístino, inocente, sabio en su ecosistema, y en algunas ocasiones, imbuido de misticismo. Tal vez las historias que narra sobre la apacible vida de Cabeza de Vaca en la primera tribu o sus experiencias alucinatorias no sean totalmente auténticas; tal vez exagera cuando dice que nuestro héroe denunció en el interior de su alma la desgracia que supuso para los “conquistados” la llegada de los españoles y de su cultura demoníaca de culpa y muerte, pero también es cierto que sus Naufragios contribuyeron a cambiar la imagen que los españoles tenían de los indios.

Su largo viaje por esas tierras es la historia de un fracaso según los parámetros de un Hernán Cortés o un Francisco Pizarro. Cabeza de Vaca no podía llevar riquezas a España, ni indígenas, ni territorios y así lo reconoce en la dedicatoria de su crónica al emperador Carlos V, pero podía ofrecer informaciones sobre las regiones desconocidas por los españoles y quizá hacerse indispensable para diseminar la fe cristiana entre los paganos. Es en este deseo, el de justificar y poner en valor sus ocho años de penuria y esfuerzos, donde puede descubrirse cierta exageración o incluso alguna mentira. También, como he dicho antes, el intento de no llamar la atención de la Inquisición.

mapa cabeza de vaca

Álvar Núñez quiso defender a los indios de los malos tratos, de la esclavitud, de la muerte y la violación; nunca pensó que fueran modelo ni ejemplo, al menos aquellos con los que se encontró, pero siempre les quiso proteger de la codicia del hombre blanco. Cuando los cuatro supervivientes de la expedición de Narváez se van acercando a las tierras ya conquistadas de Nueva España, observa que los indios son cada vez menos, que muchos han huido a los montes cercanos para no ser esclavizados y maltratados, de forma que los campos están desatendidos. “Estas gente todas, para ser atraídas a ser cristianos y a obediencia de la imperial majestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y este es camino muy cierto y otro no”.

Por azar, la primera partida con la que se encuentran los cuatro antiguos náufragos está formada por buscadores de esclavos, bajo el mando del capitán Diego de Alcaraz, que se le queja de que llevaba muchos días “sin haber podido tomar indios” y sin comida. Dorantes y Castillo trajeron más de seiscientas personas de aquel pueblo que los cristianos habían hecho subir al monte. Incluso les llevaron maíz, pero los de Alcaraz quisieron esclavizarlos de nuevo.

A los indígenas que les habían acompañado, no conseguían convencerlos de que ellos, los cuatro supervivientes, y los esclavistas eran iguales, de la misma nación e idéntica religión y decían “que nosotros veníamos de donde salía el sol y ellos donde se pone y que nosotros sanábamos a los enfermos y ellos mataban a los que estaban sanos y que nosotros veníamos desnudos y descalzos y ellos vestidos y en caballos y con lanzas, y que nosotros no teníamos codicia de ninguna cosa y con nada nos quedábamos y los otros no tenían otro fin que robar todo cuanto hallaban y nunca daban nada a nadie”.

Lecturas

– Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/naufragios–0/html/

– Abel Posse, El largo atardecer del caminante, 1992

https://skandza.wordpress.com/2018/01/01/alvar-nunez-cabeza-de-vaca-el-caminante-en-el-atardecer/

Felipe Fernández-Armesto, Nuestra América (Una historia hispana de Estados Unidos), Galaxia Gutenberg, 2014

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– Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el caminante en el atardecer

Abel, libro

Lo llamaron místico, excéntrico e incluso loco, cuando en realidad fue un justo entre ladrones y asesinos. Fue el único que en ocho años de caminar entre indios no mató a ninguno ni esclavizó ni se hizo rico ni rebautizó ríos, sierras o mares, ni agregó los territorios que recorrió con sus pies desnudos a la ya inflada Corona de España. “Sólo la fe cura, sólo la bondad conquista”, repitió Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en sus Naufragios, crónica personal de lo que le ocurrió en esos años.

Hizo la caminata más grande de la historia, unos ocho mil kilómetros a través de lugares desconocidos, a pie, desnudo, sin cruces ni evangelios. Desde la Florida recorrió los actuales estados de Alabama, Misisipi, Louisiana, Nuevo México y parte de Arizona y llegó a lo que era frontera española por Sonora y Chihuahua, donde se detuvo, quizá para visitar a los indios tarahumaras. En su recorrido se relacionó con las grandes tribus de los semínolas, los calusas y los indios pueblo.

Regresó triunfalmente a España, donde fue premiado por el emperador Carlos con el cargo de Adelantado y Gobernador del Río de la Plata. Fue mala suerte: militares, religiosos y colonos habían convertido la guarnición del Paraguay en un extenso burdel en el que las mujeres se vendían y se compraban, la poligamia convenía por igual a clérigos, colonos y soldados y los nativos habían sido reducidos a la esclavitud. Lo prohibió todo pero fue devuelto a España encadenado y acusado de los crímenes que cometieron los otros. En 1545 se le condena al exilio en Orán y doce años más tarde Felipe II le indulta. Poco le quedaba ya por vivir.

La cárcel y los litigios acabaron con su patrimonio. Nació rico hacia 1488, en Jerez, en una casa con más tradición y orgullo que dineros y murió en Sevilla a finales de 1558, pobre y en soledad. Es en estos últimos meses de su vida cuando su falso biógrafo argentino, Abel Posse, se hace con él y le obliga a escribir lo que pudo o debió ocurrir durante los años en que vivió entre los indios. El resultado fue un libro editado en 1990 bajo un título muy apropiado: El largo atardecer del caminante.

Abel Posse

Posse pone en su pluma lo que quizá Cabeza de Vaca hubiera querido escribir: una crónica que contara la verdad de lo que ocurrió entre los indios, de las ciudades-montaña de barro y estiércol, de la comunión del hombre con la tierra, de brebajes que a uno le hacen renacer, del éxtasis provocado por los alcoholes sagrados o la inhalación de humo, de grandes vuelos y visitas al país de los muertos y a las regiones donde habita el dios misterioso, del fin de los días, de indios que no tienen apego a la vida corriente porque su realidad está mucho más allá.

Bajo el mando de Pánfilo de Narváez, seiscientos hombres y cinco navíos partieron en junio de 1527 del puerto de Sanlúcar de Barrameda, apenas transcurrido un mes del saco de Roma, protagonizado por el Emperador Carlos V. “No podíamos saber que ya partíamos maldecidos por la voluntad de Dios”, se atreve a confesar Alvar Núñez en su falsa o secreta crónica. Él era segundo en autoridad como representante de la Corona y su primer naufragio ocurrió cuando fue a recoger sustentos y pertrechos para el fabuloso viaje a La Florida. Se perdieron dos naves, sesenta hombres y la mayoría de las provisiones recogidas.

Donde más lejos llegaron en barco fue a la bahía de Tampa, en Florida: desde allí partieron a pie y a caballo hacia la provincia Apalache, hostigados por los indios, hambrientos y muertos de frío. Ante la imposibilidad de seguir adelante, los supervivientes construyeron cinco barcos de remos con los que descendieron un río, el Misisipi, hasta llegar al mar. En la desembocadura, la barcaza de Alvar Núñez naufragó de verdad en la madrugada del 6 de noviembre de 1528.

Tras una noche de huracanes y tempestades, acabó en tierra, desnudo. Su armadura, de factura florentina, de conquistador rico, quedó en el fondo de las aguas. “Perdí vestiduras e investiduras -le hace escribir Posse- pues el mar se había tragado la espada y la cruz”. Sólo quedaron unos quince o veinte de aquellos seiscientos, repartidos a lo largo de la playa, marismas, islotes y bancos de arena. Llamaron a la isla la del Malhado, único nombramiento que harían en todos los años que anduvieron por esas regiones.

Los indios los encontraron y fue entonces cuando se produjo en Cabeza de Vaca el comienzo de un cambio porque pudo entender a los indios y apreciar sus conocimientos y sus artes primitivas, pero eficaces, que les permitieron sobrevivir. Tampoco habrían podido sin su compasión: al verles en la playa, náufragos y desnudos, “nos rodearon, se arrodillaron y comenzaron a llorar a gritos para reclamar la atención de sus dioses en favor nuestro. Era un ritual de compasión, de conmiseración, tan sentido y desgarrador que Dorantes supuso que eran verdaderos cristianos”.

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Fue adoptado por una familia de chorrucos, que vivían en el interior, y con ellos pasó seis años. Abel Posse le crea una esposa, Amaría, y dos hijos, Amadís y Nube, así como una profesión, la de mercader, por la que pudo relacionarse con otras tribus y conocer el destino de los supervivientes españoles. Comerciante fue y lo demás bien podría haber sido así. Pero llega un momento en que debe marcharse porque las relaciones con los jefes guerreros de la tribu no es buena y lo hace con tres de sus compañeros de naufragio, los únicos que han sobrevivido y han querido partir con él. Y, sin armas, sin Biblia, y desnudos, cruzan los cuatro grandes ríos que riegan lo que hoy se conoce como estados de Louisiana, Texas, Arizona y Nuevo México.

Dorantes y Palacios creían en edificios de oro y Estebanico, el negro, en el riesgo y la aventura. Llegaron a Ahacus, que sería la primera de las Siete Ciudades. Iban preguntando a todos los indios con los que se encontraban y ellos, al igual que los dioses, “no necesitaban más que nuestra propia ambición para castigarnos”. No encontraron ninguna ciudad de oro, aunque a su llegada a México algunos dijeran que sí y otros lo insinuasen.

Posse sitúa a Alvar Núñez, a él solo, ante Ahacus, supuesta ciudad a la que fue conducido por unos guías. Y lo que describe es una visión: una ciudad-montaña resplandeciente gracias a un centenar de hogueras que la iluminan desde la base. Tamboriles y flautas señalan la presencia de los chamanes y los brujos procedentes de las Cuatro Regiones del Mundo, que danzan en la oscuridad. Una ciudad efímera de una sola noche, que desaparece al amanecer.

Su última experiencia mística será en Sierra Madre con los tarahumaras, a los que menciona escasamente en sus Naufragios. Eran hombres silenciosos y extraños, nos cuenta Alvar-Posse; desprecian la palabra “como un equívoco de los hombres del llano” y huyen de todo “bienestar y apego por la vida”. También tienen serias reservas frente a la reproducción de los humanos y son hombres anteriores a los de este Sol enfermo. Cabeza de Vaca asiste al rito del Ciguri, una raíz que machacada produce náuseas y visiones, y por el que le fue dado regresar a su infancia, a sus recuerdos, y también visitar las avenidas de las ciudades secretas, por lo que concluyó que Marata o Totonteac bien podría ser aquellas a las que sólo se accede por la iluminación del Ciguri.

Cuando llegó a México relató sus aventuras pero no todas e insinuó que tenía ciertos conocimientos que reservaba para el rey. Muchos creyeron que el secreto que Alvar Núñez guardó celosamente no tuvo que ver con las ciudades de oro ni con las visiones alucinatorias, sino con el mismo Descubrimiento. “No hemos descubierto nada en las Indias -le hace escribir Posse- lo que hemos descubierto es España”, una España enferma que lleva “un dios miserable que siembra muerte en nombre de la vida” y que repite la maldad donde quiera que vaya, un demonio que nos precede y que se identifica con nuestra cultura, con la que hemos robado a los indios para siempre “la paz del alma”.