* Cristóbal Colón, la Sombra y la Vigilia

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Desconciertan los secretos del Descubridor, todo aquello que intentó borrar o simular o convertir en otra vida y circunstancia y en otros impulsos y objetivos hasta convertirse en un personaje contradictorio, cuando no incoherente. Desde su origen, humilde, que pretendió aureolar con tintes aristocráticos; sus conocimientos como marino, también modestos; la existencia de un misterioso piloto que, mientras agonizaba, pudo ponerle en camino hacia los dominios del Gran Khan, hasta la invención de sí mismo como un místico empeñado en descubrir el camino hacia el Paraíso y contribuir a la conquista de Jerusalén.

Alejo Carpentier y Augusto Roa Bastos hacen de Colón el protagonista de ‘El arpa y la sombra’ y ‘Vigilia del almirante’, respectivamente; cada uno en su novela recrea un personaje complejo y acomplejado, ambicioso y místico, incoherente y tenaz. El tono de autenticidad en ambas es llamativo porque, además del recurso de la documentación histórica, muchos de sus pasajes están inspirados e incluso transcritos de forma fidedigna de los diarios, cartas y relaciones de Cristóbal Colón, con el añadido fundamental de la visión personal de los autores sobre su protagonista.

El arpa y la sombra’ toma como excusa la intención del papa Pío IX de canonizar a Cristóbal Colón en 1851. Carpentier juega con el tiempo y va de los pormenores de este proceso al Cristóbal Colón en sus últimos años, recluido en un monasterio franciscano de Valladolid. Corre el año 1506 y en su lecho de muerte, mientras espera al confesor, deja fluir la memoria y recuerda un pasado del que en ocasiones se arrepiente y las más de las veces intenta justificar.

Desde su celda monástica, Colón defiende su destino que ve prefigurado por el mismo Séneca que, en la estrofa final del coro de Medea, profetiza: Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamentos de las cosas y se abrirá una gran tierra y un nuevo marino como aquel que fue guía de Jasón, que hubo nombre Tiphi, descubrirá un nuevo mundo y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras”.

¡Tanto se esperaba de él y tanto prometió! Tiene delante la relación de su primer viaje y observa que escribió la palabra ‘oro’ innumerables veces, como si “un maleficio, un hálito infernal, hubiese ensuciado ese manuscrito, que más parece describir una busca de la Tierra del Becerro de Oro que la de una Tierra Prometida para el rescate de millones de almas sumidas en las tinieblas nefandas de la idolatría”.

Regresa a España para dar cuenta de las nuevas posesiones, acompañado de un grupo de indios lastimosos y papagayos, y la reina Isabel le recrimina que “para traer siete hombrecitos llorosos, legañosos y enfermos, unas hojas y matas que para nada sirven como no sea para sahumerios de leprosos y un oro que se pierde en el hueco de una muela, no valía la pena haber gastado dos millones de maravedíes”.

Desconcertado y más ambicioso que nunca vuelve a las Indias, donde los nativos ya no le parecen tan amables y sí más caníbales, más desconfiados y más embusteros. Ya dijeron los normandos, que habían visitado estas tierras antes que él, tal como le contó un judío emigrado a Galway, que en Vineland se encontraron nativos malformados, contrahechos, patizambos, a los que llamaron skraelings, término que traducirá despectivamente por monicongos. Como no hay oro ni especias, ni forma de encontrarlos, a Colón se le ocurre la idea de lucrarse con la venta de esclavos y manda quinientos prisioneros a España.

Yo no quería el oro para mí -se dice a sí mismo en su celda franciscana- sino para mantener mi prestigio en la Corte y justificar la legitimidad de los altos títulos que me habían sido otorgados. No en vano, las Capitulaciones de Santa Fe le habían otorgado el título de Almirante de Castilla, con lo que se ponía por encima del propio heredero, además de visorrey y gobernador de todas las tierras firmes y las islas y todo su contenido y esto en vida y después de muerto, cuando se transmitirán a sus herederos todas estas preeminencias y prerrogativas.

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La reina Isabel le vuelve a recriminar: esta vez por que esclavice a súbditos que no son suyos, sino de ella. Se le viene abajo el único negocio fructífero que le quedaba en estas islas recién descubiertas y es entonces cuando insiste en que encontró “el Paraíso Terrenal, frente a la isla de la Trinidad, en las bocas del Drago, donde las aguas dulces, venidas del Cielo, pelean con las saladas”.

El último capítulo de la novela de Carpentier lleva por título ‘La sombra’ y transcurre en el Vaticano en 1892, durante el papado de León XIII, que pretende finalizar el proceso de beatificación de Colón, siguiendo la vía abierta por Pío IX con su postulación.

El genovés, al ser mencionado en la sala, llega a las estancias vaticanas en forma de fantasma. Allí, en una especie de retablo de las maravillas, surge el panegirista fanático y absurdo de Colón, Leon Bloy, que ejerce como defensor de quien considera el santo profeta que materializará la ‘revelación del globo’. Pero el abogado del diablo llama la atención a los presentes sobre el hecho de que fue Colón quien instituyó la esclavitud en el Nuevo Mundo y que en esto fue el primero. También figura en la lista el pecado de concubinato, cometido no por lujuria, sino por aparentar y no rebajar su falsa alcurnia al casarse con Beatriz, una simple criada. Al final su “sombra” será alejada despectivamente de los altares religiosos.

En esta novela de Carpentier hay un elemento maravilloso: la aparición de los fantasmas de Colón y de Andrea Doria en las salas vaticanas donde se lleva a cabo el debate de la beatificación, al final de la novela. En ‘Vigilia del Almirante’, del escritor Roa Bastos, el elemento mágico aparece al principio, cuando las tres carabelas se encuentran empantanadas en un “mar de hojas de color de oro verde cantárida, espeso, que las empuja hacia atrás, impidiéndoles la marcha”. Es un mar de pesadilla que apenas se mueve y que les tiene inmovilizados, en la vigilia de su desembarco en las Indias, y que permite al autor viajar en el tiempo, hasta la celda del monasterio de Valladolid en las horas previas a su muerte.

Roa Bastos, que escribió esta ficción histórica sobre el descubrimiento en 1992, quinientos años después, afirma en el prólogo que “éste es un relato de ficción impura, o mixta, oscilante entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia”, una obra “heterodoxa” y alejada de la “parodia y del pastiche, del anatema y de la hagiografía”. Y advierte de que “tanto las coincidencias como las discordancias, los anacronismos, inexactitudes y transgresiones en relación a los textos canónicos son deliberados, pero no arbitrarios ni caprichosos”.

Cristóbal Colón en esta versión literaria es un hombre enigmático, tozudo y obsesionado. Y guarda un secreto: la ruta que el piloto agonizante en una playa de Portugal le reveló. Poco antes de morir tras un naufragio en costas portuguesas, le contó que las Indias estaban a 750 leguas de las islas Afortunadas, tras las Antillas, las Siete Ciudades de los obispos navegantes, la isla del Brasil y el archipiélago de las Once Mil Vírgenes y que en éste, por la noche, murallas de arrecifes protegen la entrada a las Indias y al Paraíso terrenal.

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Bajo secreto de confesión, Colón contó el secreto del Piloto a fray Juan Pérez, prior de la Rábida y confesor de la Reina, y también a fray Antonio de Marchena, astrónomo, guardián del convento y custodio de Sevilla. En la novela de Carpentier el secreto no pertenece al Piloto, sino a Maestre Jacobo, que tenía su residencia en la costa occidental de Irlanda y conocía la historia de los normandos que, habiendo sido desterrados, navegaron entre las brumas hiperbóreas hacia una enorme tierra a la que llamaron ‘Tierra Verde’. Ante el juego al que le somete Isabel, que un día le promete su aval y al día siguiente de todo se olvida, no tiene más remedio que revelarle sus fuentes tras la toma de Granada, según la versión de Carpentier. Otros autores se referirán a otros secretos que Colón compartirá con Isabel, como el camino hacia el Paraíso Terrenal.

Roa Bastos también dibuja el perfil visionario de Cristóbal Colón, pero no toma partido sobre su autenticidad o su simulación pragmática. Para convencer a los Reyes Católicos les promete la reconquista del Santo Sepulcro, auténtica misión en defensa de la fe cristiana, y él, convencido de su importancia, se pregunta si será canonizado alguna vez como el primer santo y mártir marítimo de la Cristiandad. Ya hemos visto que no lo consiguió.

Colón se ve como un nuevo Moisés, conductor de un pueblo, de una multitud de pueblos, a los que evangelizar y entregar las Tablas de la Ley. Tras cuarenta días de peregrinación sobre el desierto marino, el mar Tenebroso, llegará a la Tierra Prometida, pero estará condenado a no entrar en ella, en el Paraíso que vislumbra en las Indias.

El Almirante de Roa Bastos muestra un perfil visionario y testarudo. Es posible que Colón creyera hasta su último suspiro que había descubierto, conquistado y ganado las tierras de Cathay y del Cipango y que había invadido los dominios del Gran Khan, al que hacía más de un siglo que la dinastía de los Ming había destronado. La propuesta de Colón consistía en urdir una alianza con el rey de China que, bajo el mando de España atacaría en tenaza al Islam y ya, de paso, acabaría también con la hegemonía portuguesa. “Descomunal ignorancia, frenética ambición de riquezas disfrazada de hipócrita misticismo”, sentencia Roa Bastos.

carabelas

Nadie se acordará de Colón hasta casi el final del segundo milenio, dice el escritor paraguayo. “Entonces resurgirá como otro, la imagen de un hombre oscuro, sin rostro, sin nombre, sin edad, sin memoria, la leyenda de un hombre que quiso ser importante y que en realidad no importó a nadie ( ) Redescubrirá un mundo nuevo para los europeos por azar y el no sabrá que lo ha descubierto porque lo confundirá con el de los libros leídos al apuro, con el de los mapas robados, con el de un secreto sonsacado a un navegante agonizante, con las profecías de las Escrituras que no tenían por qué ocuparse del descubrimiento”.

Desde su Vigilia Colón ve el pasado y el futuro y augura “una muchedumbre de gente codiciosa y malvada que viene a usurpar mi señorío sobre las tierras descubiertas y conquistadas por mí y bajo la insignia de mi autoridad sembrarán muerte, esclavitud y terror”. Ya es tarde para cambiar su testamento pero declara que su deseo es que todas las tierras conquistadas por él se devuelvan a sus auténticos propietarios, a los nativos de las Indias. El que fuera lector incansable de novelas de caballerías dictó sus últimas voluntades y “con la ayuda del ama y la sobrina untó los dedos en el testamento y se desvaneció”.

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* La naturaleza de lo insólito en la novela latinoamericana

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Antonio Pigafetta dejó por escrito que “había visto cerdos con el ombligo en el lomo y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara”. Con este recuerdo del cronista que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, Gabriel García Márquez inició el tradicional discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de 1982 ante la Academia Sueca.

Lo maravilloso en el Nuevo Mundo se encuentra en las expediciones en busca de países ilusorios como El Dorado, de ciudades imposibles como la de Manoa, las siete de Cíbola o la de los Césares; en la leyenda de la Fuente de la Eterna Juventud o en el relato de la desaparición de once mil mulas cargadas con oro que salieron de Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino, pero que más tarde aparecieron en las mollejas de unas gallinas que se vendían en Cartagena de Indias y que fueron criadas en tierra de aluvión, historia que relató el escritor colombiano en ese mismo discurso.

En estos sueños y misterios de siglos pasados, García Márquez vislumbra los gérmenes de la novela del siglo XX en Latinoamérica. Esos lugares de fábula y sus personajes desmesurados gozan de tal presencia que el escritor sólo necesita ponerse a contar lo que ve y ‘normalizar’ lo insólito.

El Reino de este mundo, de Alejo Carpentier

Recuerda Carlos Fuentes que en París, en 1930, tres jóvenes escritores- Carpentier, Uslar Pietri y Miguel Ángel Asturias- se detuvieron un momento sobre el Pont des Arts y decidieron arrojar al Sena al surrealismo francés por innecesario. Si Breton no dejaba de ensalzar lo “maravilloso”, ellos, en Iberoamérica lo tenían a raudales y con la ventaja de una mayor autenticidad que el francés.

Ése fue el año en el que Arturo Uslar Pietri publicó Las lanzas coloradas y Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, sobre tradiciones y relatos de la cultura maya, a la que él pertenecía por parte de madre, y que tuvieron como antecedente la traducción que él mismo hiciera del Popol Vuh, historia maya de la creación del hombre.

Estas Leyendas de Guatemala son relatos precursores del realismo maravilloso, en los que el tiempo y el espacio fluyen anárquicamente. Paul Valery, que los leyó en su traducción francesa, escribe en una carta que en estas “historias-sueños-poemas” en las que se confunden creencias, cuentos y todas las edades de un pueblo le han resultado extrañas e inesperadas, con su mezcla de “naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de teología de Salamanca, donde el Volcán, los Frailes, el Hombre-Adormidera, el Mercader de joyas sin precio, las bandadas de Pericos dominicales, los Maestros-magos que enseñan en las aldeas la fabricación de los tejidos y el valor del cero, componen el más delirante de los sueños”.

El reino de Carpentier

Años después, en 1943, en el transcurso de un viaje que Alejo Carpentier hizo a Haití, y que luego transmutó en El Reino de este mundo, novela a partir de la cual se acuña la expresión ‘lo real-maravilloso, visitó las ruinas de Sans-Souci, la Ciudadela de La Ferrière y la normanda Ciudad del Cabo y pudo comprobar el “sortilegio de esas tierras y las advertencias mágicas de sus caminos”. Frente a esta manera natural en la que se desarrolla lo insólito, lo sorprendente y lo irracional, denunció “la agotadora pretensión de suscitar lo maravilloso que caracterizó a ciertas literaturas europeas de los últimos treinta años”, conseguido en un primer momento de manera lícita pero corrompido con trucos de prestidigitación a medida que se pretendía “suscitar lo maravilloso a todo trance”.

Cuando Carpentier denuncia esta burocratización, este abuso de fórmulas repetidas hasta la saciedad se está refiriendo a una forma de concebir la narración, absolutamente legítima y fecunda pero en algunos casos fracasada, que sólo pretende sorprender al introducir, en un mundo totalmente realista, un suceso inverosímil, mágico en definitiva.

En cambio ‘lo real maravilloso’ no es una tendencia internacional ni tiene límites cronológicos. Proviene de las raíces culturales de la América Latina, raíces indígenas y africanas, y de las tradiciones y leyendas de los colonizadores. Para Carpentier “lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad”. Y para captarlo se precisa fe, algo de lo que carecen los surrealistas porque, aunque invoquen espectros, no creen en los ensalmos y acaban poniéndose muy aburridos cuando insisten en su literatura onírica “arreglada”.

Durante su estancia en Haití, dice Carpentier en esta presentación de su novela sobre el reino de Henri Christophe, pudo ponerse en contacto cotidiano con “algo que podríamos llamar lo real-maravilloso” porque allí “millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal”, un negro mandinga que inició la sublevación y fue quemado por ello, aunque sus seguidores se negaron a reconocer su muerte y le inventaron una nueva metamorfosis, una más de las que experimentó en vida.

También pertenecía a lo real-maravilloso la cruel tiranía del rey negro Henri Christophe, uno que fue cocinero y dueño de un albergue en la calle de los Españoles y que logró hacerse con el poder: sus soldados resplandecían con uniformes de vistosos entorchados, penachos de plumas celestes y botas de húsares como no los viera siquiera el ejército de Napoleón. El rey vivía en Sans-Souci, un inmenso palacio de cuento, en cuyo exterior abundaban terrazas, arcadas, jardines, pérgolas, arroyos artificiales y laberintos de boj.

En la cultura iberoamericana se produce una mezcla fascinante de lo medieval europeo, las cosmogonías nativas y, también, como ocurre con Haití, en Cuba o en Venezuela, de la cultura trasplantada de los esclavos africanos: las danzas de la santería o el vudú. En El Reino de este mundo Paulina Bonaparte, hermana del emperador llega a la isla de Santo Domingo acompañando a su esposo, el general Leclerc, el nuevo gobernador. No pasaría mucho tiempo hasta que se declarase una epidemia de peste y como no se conocía remedio, ella, hija de la Ilustración y de la Razón, dejó de ser razonable y se encomendó al negro Solimán. Los sahumerios de incienso, índigo, cáscaras de limón y las oraciones al Gran Juez, a San Jorge y a San Trastorno fueron el primer recurso pero, al acrecentarse el miedo tras la terrible agonía de Leclerc, Paulina avanzó aún más en el mundo de poderes que se agitaban en torno a los conjuros de su sirviente: promesas, penitencias, ayunos, rituales mecánicos, bailes de poseídos y gallos degollados.

Esta presencia de lo prodigioso no es privilegio único de Haití o de Guatemala, “sino patrimonio de la América entera, donde aún no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”, dice Carpentier, que abunda en que el continente está lejos de haber agotado su caudal mitológico.

La soledad de América

La historia de América no es sino una crónica de lo real maravilloso, pero a la que en justicia hay que reconocerle un lado terrible y oscuro que García Márquez puso de relieve en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura. Si bien los dos primeros párrafos hacen referencia a los prodigios narrados por Pigafetta que recuerdan a los del latino Plinio, muy pronto cambia el tono para denunciar la injusticia rampante en el continente. No puedo dejarlo pasar porque también de protesta y queja está hecha la literatura de mis escritores favoritos, desde Carpentier a García Márquez, desde Onetti a Abel Posse, y muchos otros.

En la crónica americana hay esclavitud y exterminio de indios, subastas de esclavos negros, guerras sangrientas, dictadores espeluznantes, como el mismo Henri-Christophe en Haití y tantos otros déspotas que se disputan el protagonismo histórico de los últimos siglos, y también pobreza, abandono y sufrimiento. Desde la segunda mitad del pasado, se suceden las novelas sobre dictadores, de los llamados sarcásticamente ‘padres de la patria’, como el Supremo de Roa Bastos, el Patriarca de García Márquez o el Chivo de Vargas Llosa, entre otros, que tienen su glorioso antecedente en el ‘Tirano Banderas’ de Valle Inclán.

Garcia marquez

En su alegato, el escritor colombiano recuerda a los millones de muertos, a los cientos de miles de desaparecidos y a los refugiados; apenas nueve años antes se había asesinado la democracia en Chile y aún perduraba una dictadura militar, inicua y brutal en Argentina. Recuerda también a los que huyen de su país por miedo, por desesperación o por pura hambre; denuncia la violencia y el dolor desmesurado de la historia americana, “resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento” y reprocha a la vieja Europa haberles dejado solos, durante mucho más de cien años.

Los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria: una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra (Del discurso de Gabriel García Márquez).