Prometeo, el vicio de la filantropía

Prometeo. fuego

Así como Ahasver, el ángel caído de Heym, es sentenciado a vagar eternamente sin conocer reposo por haberse opuesto al orden divino y haber prendido en los hombres la chispa de la rebelión, Prometeo cumple su castigo en el Cáucaso por similares delitos. Ahasver es el defensor de las causas perdidas de los hombres y en eso radica su coincidencia con Prometeo, que nada tiene que ver con Lucifer, aunque en ello hayan insistido los apologistas cristianos tan propensos a la apropiación de todo lo grecolatino para sus propios intereses.

Prometeo comete un sacrilegio al robar el fuego, consigue incluso engañar a Zeus y podríamos coincidir con Hesíodo en que ha transgredido los límites. Shelley en el prólogo a su poema ‘Prometeo Liberado’ reconoce que ambos personajes comparten una misma rebeldía, pero el Titán carece de ambición, de envidia y de deseos de venganza y, sobre todo ama a los hombres, les protege y les enseña y consigue para ellos una era de justicia, sin reyes ni dioses.

Según Hesíodo, los hombres ya existían antes de que se les repartieran los dones que les harán plenamente humanos. Esta historia comienza cuando Zeus ha conseguido el poder tras la violenta lucha con los Titanes. Los dioses que le acompañan viven en el Olimpo pero también comparten lugares de la tierra con los humanos, en especial la llanura de Mecone, cerca de Corinto, en la que todo florece espontáneamente y en la que viven mezclados los unos con los otros: se sientan a la misma mesa, escuchan cantar a las Musas la gloria de Zeus y todos los días se celebran como una fiesta. Los hombres no conocen ni el trabajo ni el dolor ni la enfermedad ni el nacimiento ni la muerte y, aunque no son inmortales, viven cientos o miles de años, siempre jóvenes, hasta que un día desaparecen, igual que cuando llegaron.

Esta supuesta Edad de Oro finaliza en el momento en el que, por razones que se ignoran, Zeus realiza un nuevo reparto para resaltar las diferencias entre dioses y hombres. Recurre a Prometeo, hijo de un Titán pero aliado del rey de los Olímpicos. Hesíodo narra esta historia legendaria a través de tres importantes actos: el sacrificio a los dioses, el robo del fuego y la creación de la mujer.

El primer acto se desarrolla en torno al sacrificio de ofrendas a los dioses. Muerto y despellejado el buey, Prometeo hace dos lotes con él: en uno coloca los huesos mondos y lirondos y sobre ellos extiende una atractiva capa de grasa y, en el otro, amontona las carnes y las cubre con la piel y las repugnantes vísceras del animal. Le da a elegir a Zeus y éste elige el primer lote. Su reacción al verse engañado es de ira y resuelve dejar a los hombres sin el fuego y con ello reducirlos a la condición de bestias.

Hay un engaño, pero también la situación en la que quedan los hombres respecto a los dioses queda aclarada, según deduce Vernant: la parte que se sacrifica a los Olímpicos está compuesta de huesos y grasa, que es lo más vital e inmortal de los animales, y ascenderá a los cielos como una humareda, en tanto que la parte que se quedan los hombres, la carne, que es la que necesitan para subsistir, queda reducida a materia muerta. Los dioses no necesitan comer ni beber, si acaso néctar y ambrosía; en cambio, los hombres están sometidos al hambre, a la necesidad y a la mortalidad. Son los Efímeros, frente a los Felices, que componen el grupo de los inmortales.

Los hombres comen carne pero cocida o asada porque no son animales salvajes. Zeus les ha arrebatado el fuego y Prometeo sube al Olimpo por donde se pasea disimuladamente con una rama de hinojo, planta que tiene la característica de ser húmeda y verde por fuera y seca por dentro. Se apodera de una semilla del fuego de Zeus y la introduce en el hinojo. Baja de nuevo a la tierra y entrega lo robado a los hombres. Zeus lo descubre y de nuevo se enfurece y es entonces cuando envía a Prometeo al Cáucaso mientras idea nuevas “regalos” para los hombres, como la creación de Pandora. Si bien el Titán regala el fuego a los hombres, el Crónida, utilizando similar astucia, les regala el origen de todos sus males, según el capítulo más antifeminista de ‘Los trabajos y los días’. Prometeo Esquilo

Frente a Hesíodo, que toma partido claramente por Zeus y considera que Prometeo es un criminal justamente castigado, Esquilo lo convierte en mártir que se sacrifica y hace frente al poder omnímodo e injusto de Zeus en ‘Prometeo encadenado’, la tragedia que realmente marca las características del mito y sus recreaciones a lo largo de los siglos. Rafael Argullol, en ‘El fin del mundo como obra de arte’, contrapone la sabiduría del dramaturgo griego a las visiones de Juan de Patmos, el alba prometeica frente al ocaso apocalíptico.

Esquilo, dice Argullol, es un hombre sabio, profundo, equilibrado, orgulloso de haber participado en las batallas de Maratón y Salamina, en tanto que el autor del Apocalipsis es su antítesis: un visionario, probablemente un loco, con una descomunal capacidad para el odio y una mente forjada en la venganza. No hay más que leer las escenas de crueldad inusitada, de violencia y de regocijo por parte de los santos que, desde lo alto, contemplan el fin del mundo. Es la obra de un desequilibrado, de un enfermo.

El Prometeo de Esquilo es el gran seductor en un mundo en el que no existe ninguna imagen inmutable, ningún paraíso perdido al que recurrir, porque la Edad de Oro de la que da cuenta Hesíodo es realmente, la Edad de la Estupidez. No hay nostalgia de algo que no fue y por eso Prometeo no mira atrás porque el pasado no es mejor que el presente o el futuro y exige al hombre que reconozca su soledad, a cambio de un sueño ambiguo de libertad. No les ofrece la inmortalidad, pero si les evita “ver ante sí un fatal fin” fundando en ellos ciegas esperanzas”, es decir, la confianza en el futuro. Ahora, los Efímeros, los que viven al día -dice el ‘Prometeo encadenado’– poseen el fuego y de él obtendrán el conocimiento de muchas artes. Prometeo convierte a los hombres, de niños, en seres inteligentes y capaces de reflexionar. No hay paraíso perdido y es el Titán quien entrega la antorcha que revela el conocimiento a los mortales.

Prometeo Argullol

Frente a un dios inmutable, ajeno al devenir de los hombres, nacido en el desierto, en un paisaje sin matices, Zeus podría ser un dios que aprende del tiempo que a todos nos envejece. En la tragedia de Esquilo, ‘Prometeo liberado’, de la que sólo conocemos algunos fragmentos, se ha producido un pacto, nada fácil, por no decir imposible. Heracles, parece que con el permiso de Zeus, ha matado al águila que atormentaba a Prometeo y a éste le ha liberado de sus cadenas. No es fácil aceptar que dos adversarios tan inflexibles acaben reconciliándose. Es posible que Zeus, con el tiempo, haya evolucionado hacia un carácter más humanitario y haya acabado perdonando a Prometeo, lo que supondría admitir la perfectibilidad del ser supremo, algo manifiestamente imposible en el Dios de la Biblia.

No se entiende que en la primera tragedia, Prometeo augure a Zeus la pérdida del poder a causa de sus “propios designios insensatos”; que el tirano supremo envíe como intermediarios a Krátos, personificación del Poder, y a Bia, la violencia, que actúan como sus sicarios y que, a través del servil Hermes, le comunique las condiciones de su tormento eterno, para, en la segunda tragedia, llegar a un pacto. Tampoco está en la naturaleza del héroe aceptar esa especie de indulto.

En el escenario de ‘Prometeo encadenado’ aparece Io, la joven metamorfoseada en vaca, que huye enloquecida del acoso del tábano. Según García Gual, Esquilo ha puesto en conexión su leyenda con la de Prometeo, cuando probablemente nada en la tradición los relacionaba. Pero los sufrimientos de Io vienen a ilustrar la situación de la divinidad en el mundo: Prometeo puede ser culpable, pero Io, víctima del capricho de Zeus y de la venganza de Hera, es absolutamente inocente.

El coro, compuesto por las Oceánides, jóvenes doncellas que representan la empatía ante el dolor del rebelde, amedrentadas ante el mundo de violencia e injusticia que les revela la historia de Io, deciden sufrir con Prometeo, acompañarle en su destino, ser compasivas en el sentido griego de la palabra sympatheia. Ellas y los espectadores levantan acta de acusación contra Zeus, contra su injusticia.

En el ensayo, poético y filosófico, de Argullol, Io representa un importante papel, más allá de la injusticia concreta a la que ha sido sometida por los dioses. Io, condenada a “perder la patria segura del instinto para vagar en el desierto del conocimiento”, castigada con el “regalo de la conciencia”, verdaderamente es la representación de la humanidad, que intenta explicarse la furia del mundo y la causa de su dolor.

Lecturas

– Rafael Argullol, ‘El fin del mundo como obra de arte. Un relato occidental’, 1991, Acantilado.

– Carlos García Gual, ‘Prometeo: mito y tragedia’, 1979, Ediciones Peralta.

– Jean-Pierre Vernant, ‘El universo, los dioses, los hombres. El relato de los mitos griegos’, Anagrama, 2000.

El Fin del Mundo en los relatos bíblicos y el Diluvio como ensayo

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Los pueblos antiguos creían que el tiempo se repetía una y otra vez, de la misma manera que la naturaleza muestra que una estación sucede a otra y que lo que florece es destruido para resurgir después. Los mitos de estas antiguas culturas anuncian la destrucción del mundo y su renacimiento infinito. En modo intuitivo, los antiguos pensaban que después de cada cataclismo se crearía un nuevo mundo y la humanidad volvería a progresar atravesando diferentes etapas.

La concepción hindú del cosmos concibe el universo como una cadena de mundos que nacen y desaparecen, como una sustitución del ‘día de Brahma’ por la ‘noche de Brahma’. La imprescindible renovación periódica del mundo será protagonizada por el guerrero-sacerdote Kalki que, montado en un caballo blanco, exterminará con su espada a toda la humanidad, caída en una degradación irreversible, para iniciar una nueva Edad de Oro.

En el budismo tibetano es Maitreya quien dirige un ejército de dioses contra Hanumanda al final de uno de los ciclos de la humanidad; tras mil años de renovación, tendrá lugar la destrucción del mundo, que se producirá primero por medio del fuego, después por el viento y, finalmente, por medio del agua. Los dioses vendrán a llevarse a los pocos hombres que han sobrevivido, a los que enseñarán y otorgarán el don de la inmortalidad.

Incluso en la cosmogonía de los estoicos, el universo es consumido cíclicamente por el fuego que lo engendró y de esta aniquilación resurge interminablemente para repetir una idéntica historia.

Apocalipsis bíblico: El Libro de Daniel

En cambio, para las tres religiones del Libro -judaísmo, cristianismo e islamismo- la historia se comporta de forma lineal, sin vueltas ni retrocesos. Todo se encamina a un auténtico punto final con la total e irreversible destrucción del mundo tal como lo conocemos.

El relato del fin del mundo que nos deja el Antiguo Testamento no es absolutamente novedoso, pero muestra unas características especiales que le han hecho persistir más allá del momento de su redacción, e incluso ha hecho posible la creación de nuevos patrones religiosos. Me atrevería a señalar como tales el propio cristianismo y, dentro de él, concepciones como el milenarismo medieval o las tendencias apocalípticas del fundamentalismo norteamericano del siglo XX.

Allá por el año 167 a.C. se incorpora a los textos bíblicos, aún no sometidos a un canon, una clara falsificación: el Libro de Daniel. En él se narran las aventuras de un personaje ficticio que proviene de la tradición folklórica judía y que se supone que fue coetáneo del rey babilonio Nabucodonosor, cuatrocientos años antes, cuando el pueblo judío fue condenado al exilio.

Pero lo más llamativo de este Libro de Daniel no son la aventuras de este héroe popular, sino las profecías sobre hechos que habrían de producirse a lo largo de los cuatro siglos siguientes hasta llegar a la época misma del falsificador y un poquito mas allá. El sueño del rey que Daniel interpreta, predecía la caída de imperios, el primero de ellos el babilónico, y también la muerte del soberano griego Antíoco IV que, en el año 160 a.C. aún vivía y gobernaba. Este rey se propuso helenizar a todos los judíos, llegó a prohibir la circuncisión y el sabbat y les obligó a adorar también a otros dioses. Se rebelaron y comenzó un conflicto largo y confuso. El Libro de Daniel prometía a los judíos que se mantuvieran fieles a Dios que su resistencia y su lucha sería recompensada, serían salvados, resucitarían.

El éxito de este relato se debe en buena parte a su lenguaje, repleto de imágenes y símbolos que forman rompecabezas y que los lectores han de descodificar, lo que supone inevitablemente que puede adaptarse a cualquier situación. Los cuatro imperios, cuya destrucción profetizaba Daniel, estaban representados por bestias. No les puso nombre y podían ser Babilonia, el Imperio persa, Macedonia o Roma, potencias que dominaron sucesivamente el mundo de aquellos tiempos. Pero también Estados Unidos, la Unión Soviética o China. Todo es susceptible de interpretación.

Además, estas profecías alentaron el mesianismo y la aparición de nuevas sectas: tras la destrucción de las bestias por los ángeles, “Alguien, llamado Hijo del Hombre”, dice, descendería sobre nubes y dominaría por toda la enternidad.

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Nuevo Testamento: el Apocalipsis de Juan

Lo que posteriormente se llamará cristianismo nace como un movimiento judío, el de los esenios, obsesionado con que el final de los tiempos está próximo. Esta visión apocalíptica les infunde el imperativo de la castidad, clara muestra de la ausencia de un proyecto de futuro, que será copiada por la comunidad cristiana primitiva. Los apóstoles y los discípulos estaban convencidos de que apenas faltaba una generación para que se produjera el fin del mundo y creían firmente que ellos llegarían a contemplar en vida el regreso triunfal de Jesucristo.

El Libro del Apocalipsis fue escrito hacia el año 95 de la era actual y relata una serie de visiones cuyo punto culminante es la aparición de la Nueva Jerusalén que baja del cielo tras una destrucción sistemática de la tierra, sobre la que primero se abate granizo, fuego y sangre, tras lo cual queda arrasada una tercera parte; también una tercera parte del mar queda aniquilado, incluidas sus criaturas; con el sonido de la trompeta del tercer ángel, un astro cae del cielo ardiendo y destruye la tercera parte de los ríos y las aguas, volviéndolas amargas y la cuarta trompeta extingue la tercera parte del sol, de la luna y las estrellas sumiendo a la tierra en la oscuridad. Continúan las catástrofes con una plaga de langostas, semejantes a caballos, que atormentarán a quienes “no tienen el sello de Dios sobre sus frentes”. Los ángeles restantes siguen destruyendo el mundo con fuego, humo y azufre.

A continuación, se produce la lucha entre los ángeles liderados por Miguel y el dragón, la antigua serpiente, llamada también Satanás. Y del mar surge la Bestia y siete nuevas plagas consuman la ira de Dios. Por último sucede la batalla de Harmagedón en la que participan los ejércitos celestes sobre caballos blancos frente a los ejércitos de la bestia, el falso profeta y los reyes de la tierra.

El Islam, la última revelación

El Islam se ve a si misma como la “religión del final de los tiempos” al ser la última revelada por Dios a la humanidad. Por lo tanto, será la que traiga el Apocalipsis consigo. Numerosos capítulos del Corán hablan del día del Juicio, cuando “el sol se haya oscurecido, las estrellas pierdan su brillo, las montañas sean puestas en marcha, las estrellas se dispersen, los mares se desborden…”

La escatología islámica comparte con la cristiana la creencia en la segunda venida de Cristo, que será el encargado de acabar con el Anticristo que confundirá a la mayoría con sus prodigios y en su frente llevará escrita la palabra kâfir (impío). Además de Jesús, los musulmanes esperan la llegada del Mahdi, que aparecerá “cuando los corazones se hayan endurecido y la tierra esté llena de maldad”. Llenará la Tierra de equidad y justicia al final de los tiempos, “cuando el Sol salga por Occidente”, y su labor será restablecer el sentido de lo sagrado.

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El Diluvio como ensayo del fin del mundo

Las tres religiones del Libro tienen muy presente que los hombres han de ser castigados por sus pecados y por su maldad. Los judíos tienen mucha experiencia en ese sentido: Dios les desprecia y les castiga una y otra vez, aunque nunca de manera tan expeditiva como cuando envió a la humanidad entera lluvias interminables durante cuarenta días y cuarenta noches.

Se trata de una leyenda de origen mesopotámico, anterior a la redacción del Génesis, incorporada al Poema de Gilgamés. Enlil decide destruir a los hombres porque le resultan molestos y ruidosos, pero Ea advierte a Uta-na-pistim de lo que va a ocurrir y le sugiere que construya un barco que ha de llenar con animales y semillas. Llega el día del diluvio y toda la humanidad perece, excepto nuestro héroe, que ha sido advertido previamene, y sus acompañantes.

En la Biblia se aprovecha el relato para advertir a los hombres del castigo que seguirá a su desobediencia y extraigan la consiguiente lección. Pero también es el comienzo de una serie de alianzas de Dios con su pueblo elegido. Noé, tras salvarse él y su familia, erige un altar y ofrece sacrificios, tras lo cual Dios decide que nunca más enviará un Diluvio a los hombres. Y como señal de este acuerdo, aparece su firma en el cielo: el arco iris que sucede a la tormenta.

Dice Dios en el capítiulo 9.11 del Génesis: Hago con vosotros pacto de no volver a exterminar a todo viviente por las aguas de un diluvio y de que no habrá ya más un diluvio que destruya la tierra. Y añade: Ved aquí la señal del pacto que establezco entre mí y vosotros ( ) pongo mi arco en las nubes para señal de mi pacto con la tierra ( ) Cuando yo haga nublarse la tierra, aparecerá el arco en las nubes y me acordaré de la alianza entre vosotros y yo, y con todo ser vivo, con toda carne; y las aguas no serán ya más un diluvio que destruya toda carne.

Un poco antes, en el mismo Génesis y a propósito del Diluvio, Dios se arrepiente de lo que ha hecho y promete no volver ya más a maldecir la tierra por el hombre, pues los deseos del corazón humano, desde la adolescencia, tienden al mal; no volveré a exterminar todo viviente, como acabo de hacer. Mientras dure la tierra habrá sementera y cosecha, frío y calor, verano e invierno, día y noche.

Si leemos con atención veremos que Dios se disculpa ante los seres vivos que él ha creado y que no conocen la maldad, lo que no es el caso del hombre, cuya perversidad es manifiesta y merece todo lo malo que le pueda ocurrir. Es cierto que Dios se comprometió a no matar a ningún ser vivo por medio del agua, pero le quedan infinidad de opciones: el azufre, las plagas, el fuego… Todas aquellas de las que Juan en el Apocalipsis hace un uso bastante inmoderado.