Rudyard Kipling, El hombre que quiso reinar

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Todavía recuerdo el día en que Peachey Carnehan y Daniel Dravot entraron en mi oficina para que les mostrara mapas de zonas inexploradas de Afganistán y libros sobre esos territorios. Querían ir a un lugar del que sólo conocían su nombre, Kafiristán; que era montañoso y que sus mujeres eran muy bellas. Querían ir allí y ser coronados reyes y así “tomar posesión de lo que era suyo”.

Tres años después, quien había sido un hombretón de cejas oscuras y pobladas apareció en la misma sala de prensas sin que yo, a primera vista, pudiera reconocerle. “Caminaba encorvado hasta el suelo, tenía la cabeza hundida entre los hombros y movía los pies como un oso. Aquel harapiento gimoteó que había regresado: He vuelto y fui rey de Kafiristán, yo y Dravot ¡eramos reyes coronados! Soy Peachey Taliaferro Carnehan”.

Y allí mismo esa misma noche me contó la historia de cómo consiguieron unir a los poblados de Kafiristán, de cómo formaron un ejército y compraron armas con la venta de las piedras preciosas que abundaban en el lugar, de cómo les enseñaron a arar la tierra y a tender puentes colgantes. Les convencieron de que eran descendientes de Alejandro y a Dravot le hicieron rey. Lucía una impresionante corona y pensó que podría hacer de ese pueblo una nación importante y que, una vez conseguido este sueño, hablaría de tú a tú con el virrey y, finalmente, ofrecería de rodillas su reino a la reina Victoria y ella le diría: “Levantaos, sir Daniel Dravot”.

Pero cometió un error. Antes de partir, Carnehan y Dravot habían firmado un contrato por el que se comprometían a no beber y a no tener tratos con mujeres. Pero Dravot quiso tomar una reina; los sacerdotes le dijeron que era imposible que una hija de los hombres tuviera tratos carnales con dioses o diablos. La joven elegida, asustada, mordió a Dravot y éste sangró. Y el pueblo se rebeló contra él y contra su compañero porque se dieron cuenta de que no eran dioses, sino mortales como ellos; en definitiva, unos impostores.

A Dravot lo tiraron por un puente colgante al precipicio y a Carnehan lo crucificaron para dejarle libre al día siguiente. Le regalaron la cabeza de su compañero, el rey, que aún llevaba puesta la corona, para que no se olvidara de que nunca debía volver.

El propio Kipling, “joven yFeatured image decidido escritor británico”, dice en el comienzo del relato que en una ocasión conoció “de cerca a quien pudo haber sido un verdadero rey y me prometieron la posesión de un reino”. Escuchamos a Kipling actuando como corresponsal en esa oficina que visitan los dos buscavidas, primero para pedirle consejo y que les dejara echar un vistazo a los mapas antes de emprender su aventura, y luego recibiendo al despojo en que se ha convertido Carnehan. Es el escritor británico de Bombay quien nos cuenta esta maravillosa y trágica historia. Al leerla no cabe la menor duda de que fue auténtica, ya que es Kipling mismo quien la transcribe al papel de labios de uno de ellos. Y, además, les conoció y supo de su existencia y de su viaje y de su fatal desenlace.

Una aventura espiritual

En el prólogo a la edición de Destino de 1989, José María Guelbenzu, escritor y crítico, revela que leyó las historias de Kipling cuando era adolescente y que ‘El rey de Kafiristán’, título de la edición española de entonces, le introdujo en el mundo de la reflexión de la mano de un autor “con vida de aventura y aspecto de burócrata victoriano” que le permitió “asistir, abajo la apariencia (real) de un relato de aventuras al desarrollo de una aventura espiritual”.

Cuando ambos timadores aparecen en la corresponsalía buscando los libros que hablan de Kafiristán y mostrando el contrato que ambos han firmado entre sí comprometiéndose a ser reyes surge, dice Guelbenzu, “un aura de ingenuidad y dignidad” que se sobrepone a su pasado de bribones y que da inicio a una historia llena de grandeza, en la que “lo grotesco y lo simbólico establecen un extraordinario contraste” que dota de belleza a una historia “directa y llana” de cuyo texto surge “la tensión espiritual de sus dos protagonistas” que alcanzan y cumplen su destino, se elevan “hasta la cumbre en virtud de su propio esfuerzo y de su deseo de ser” para, tras contemplar el mundo desde las alturas del poder, vuelvan “a la tierra de los hombres y, en ella, a lo que ellos mismos fueron”, anteponiendo “la dignidad a la expiación”.

“La vuelta no tiene otro fin que la muerte, pues el ciclo está cumplido” y si Carnehan sobrevive es sólo para dar fe de la hazaña y mostrar la nobleza de una gran amistad, que persiste por encima de cualquier error que Dravot haya cometido. Antes de morir, el hombre que fue rey dice a su amigo: “Hice que dejaras una vida feliz para que te mataran en Kafiristán siendo excomandante en jefe de las fuerzas del emperador. Dí que me perdonas, Peachey”. Te perdono de todo corazón, dice Carnehan y emprende el viaje de vuelta con la cabeza coronada de su amigo envuelta en unos trapos, sólo para contarle a Kipling la gran aventura que ambos vivieron y que ha acabado con la muerte de su amigo y la de él mismo.

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La tierra de Kafiristán

Rudyard Kipling publicó este cuento en 1888, el mismo año en el que Mayrena se proclamó rey de los sedangs (en lo que fue la Indochina francesa) y George Scott Robertson fue destinado al norte de Afganistán por el Gobierno británico. El primer occidental que logró penetrar en Kafiristán fue el cartógrafo británico William McNair en 1883, disfrazado de médico musulmán. No obstante, hay un mapa de la región que fue publicado en 1881 por Edward Stanford para la Real Sociedad Geográfica de Londres y que fue realizado por el cartógrafo Henry Sharbau (1822-1904).

En 1889 y con el permiso expreso del Gobierno británico, George Scott Robertson, médico militar del Ejército, se internó en las regiones donde Dravot y Carnehan fueron reyes y, en 1896 publicó un interesante libro sobre sus experiencias y contactos, titulado “The Kafirs of the Hindu-Kush”, en Kafiristán, que significa ‘tierra de infieles’.

En ese mismo año de 1896 el emir de Afganistán invadió la región y le cambio el nombre a Nuristán, que significa ‘tierra de luz’, obligó a todos los kafires a convertirse al Islam e hizo quemar sus famosos ídolos tallados. Actualmente esa provincia afgana sigue llamándose Nuristán.

Kafir significa infiel y era el término usado por los musulmanes para referirse a los pueblos no conquistados y no creyentes del sur de África, como bantúes y zulúes, y que se traduce por ‘cafre’, un vocablo sumamente peyorativo en todos los idiomas europeos pero que para los islamistas no era despectivo ni racista.

En su expedición hacia el este, camino de la India, Alejandro Magno pasó por esa zona encajonada entre montañas y dominada por el Hindu-Kush. La leyenda cuenta que los kalash, como se llama ahora a sus habitantes no musulmanes, eran los descendientes de los griegos macedonios que se quedaron allí para colonizar la región. Algunos etnólogos afirman que no es cierto y que es un truco de los kalash para llamar la atención internacional, pero el Gobierno griego ha asumido la leyenda y periódicamente subvenciona a algunos jóvenes locales para estudiar en Atenas.

Parece que los primeros kalash provienen de tibus indoarias que se repartieron por los valles del norte de Afganistán, una zona de paso en la ruta de la seda, a más de 2.000 metros de altura. Lograron evitar la islamización replegándose en sus valles de la región de Chitral que actualmente forma parte de Pakistán, pero hoy sólo quedan unos tres mil en estos valles de Bumburet, Rambur y Birir. Su cultura es muy diferente a la de los musulmanes con los que comparten el territorio: son politeístas, su símbolo es el sol, fabrican vino y beben licores de alta graduación, las mujeres no llevan la cara tapada y bailan alrededor de las hogueras. Y son de apariencia caucásica: piel blanca y ojos claros.

En el cuento Kipling se hace eco de la leyenda sobre los colonos alejandrinos cuando nuestros dos ex soldados dicen -y Dravot lo cree- ser herederos de Sikander, que es como llamaban los persas a Alejandro. Cuando Dravot le expone sus planes de futuro a su compañero de aventuras tiene muy presente que el ejército que está creando será un ejército, no de una nación, sino de un Imperio porque “esos hombres no son negros ¡son ingleses!”. Dravot está seguro de que son lejanístimos herederos de las tropas de Alejandro Magno, que cruzaron victoriosas el territorio. Y, en ese instante en que parece envuelto en gloria, se siente como el macedonio, un hacedor de imperios.

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La película de John Huston

La película fue rodada en 1975 por John Huston y protagonizada por Michael Caine en el papel de Carnehan y por Sean Connery, en el de Dravot. En el cuento de Kipling, Dravot es descrito como un hombre muy elegante con una gran barba rojiza y de Carnehan se destacan su negras y pobladas cejas, lo que no coincide con el aspecto de ambos actores. Pero dejando de lado las similitudes o discrepancias, todos están de acuerdo es que se trata de una película impecable y, para mí, fascinante, la mejor película de aventuras de todos los tiempos.

Es la historia de dos perdedores, dos tipos muy del agrado del director. Y parecen más perdedores que en el cuento de Kipling. Y más sarcásticos. Cuando Danny y Peachey se encuentran por primera vez con los habitantes de Kafiristán, les preguntan si son dioses, a lo que replican: “No, somos ingleses, que es casi lo mismo”.

No está rodada ni en la India ni en Afganistán, sino en Marruecos, pero Huston consiguió que la productora le financiera un viaje al Himalaya en busca de exteriores, aunque lo único que hizo fue cazar tigres y enfermar de elefantiasis genital por una picadura de mosquitos.

Otra anécdota del film es que la mujer con la que Dravot se desposa, lo que origina toda la catástrofe posterior, estaba interpretada por Shakira Caine, esposa de Michael. En la película se llamaba Roxana, igual que la esposa bactriana de Alejandro Magno.

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André Malraux, La Vía Real

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Mientras redactaba la semblanza de Mayrena, el efímero rey de los sedangs, me parecía estar contando una historia de opereta, pura farsa: los estrambóticos uniformes, la profusión de órdenes y medallas, los combates a duelo con los indígenas y todo lo demás me parecía que no ofrecía una imagen fiel de lo queocurrió en aquel tiempo en la Indochina francesa. Me faltaba sobre todo crear una atmósfera del lugar y una imagen creíble de los actores. Y es sorprendente, pero eso solamente lo consigue la literatura.

Andrè Malraux estuvo allí, en las selvas de Indochina, en el año 1923, más de treinta años después de la muerte de Marie I. Ese año, el escritor francés se embarcó con su esposa, Clara Goldschmidt, y con un amigo de la infancia, Louis Chevasson, hacia Saigón. Había perdido todo su dinero en la bolsa y le dijo a Clara, según las memorias de ella, que ni se le ocurriera pensar que él iba a ponerse a trabajar. Así pues, organiza una expedición privada con el fin de arramblar con piezas de arte jemer en Camboya. Fueron descubiertos tras arrancar varios relieves en el templo abandonado de Banteay Srei (en el área de Angkor), un templo hindú dedicado al dios Shiva en el siglo X, y detenidos por las autoridades coloniales. Los dos amigos fueron condenados a penas de cárcel en 1924, tres años para Andrè y dieciocho meses para su compañero, pero no llegaron a cumplirlas. Pasado el tiempo, André Malraux se convertiría en ministro de Cultura en la Francia de De Gaulle, entre 1959 y 1969.

El protagonista de ‘La Vía Real’, novela publicada en 1930, es un joven arqueólogo -Claude- que pretende seguir la ruta que unía Angkor y los lagos con la cuenca del Menán para descubrir templos olvidados y llevarse los bajorrelieves para venderlos. Le acompañará un aventurero de profesión, ya mayor, posiblemente a sueldo de las autoridades de Siam que le habrían encomendado misiones respecto a las tribus rebeldes, como la organización del país shan y de las provincias fronterizas laosianas. Perken es danés, al igual que los mandos de la policía y del ejército de Siam, con cuyo gobierno mantiene unas relaciones “tan pronto cordiales como amenazadoras”; acompaña a Claude porque quiere saber noticias de otro aventurero, perdido entre los mois, Grabot.

Estas misiones “no oficiales” nos recuerdan a Mayrena y su incursión entre las tribus de los mois para organizarlos y crear una especie de colchón francés frente a las ambiciones territoriales de Inglaterra y de Alemania, potencia que actúa a través del Reino de Siam.

En las primeras páginas de la novela, Perken menciona al efímero rey de los sedangs, del que dice: “Creo que era un hombre ávido de representar su propia biografía, lo mismo que un actor representa su papel”. Elogia su valentía y nos da un pequeño apunte biográfico para demostrarlo: “Llevó a lomos de elefante el cadáver de su pequeña concubina chame para que pudiese ser enterrado como las princesas de su raza, a través de la selva insumisa”. Y reconoce la fiereza de los sedangs al confesar que sólo ha vivido entre ellos ocho horas.

Comienza el viaje a través de la selva y su descripción resulta angustiosa: “Claude se hundía como en una enfermedad en aquella fermentación en que las sombras se hinchaban, se alargaban, se pudrían fuera del mundo en el que el hombre cuenta, que le separaba de sí mismo con la fuerza de la oscuridad. Y por todas partes, los insectos ( ) vivían de la selva, desde la bolas negras que aplastaban los cascos de los bueyes uncidos a las carretas y las hormigas que ascendían temblequeando por los troncos porosos hasta las arañas sostenidas por sus alas de saltamontes en el centro de telas de cuatro metros ( ) una inmovilidad de eternidad ( ) Las altas y blanquecinas termiteras sobre las que jamás se veía una termita, elevaban en la penumbra sus picos de planetas abandonados, como si hubiesen nacido de la corrupción del aire, del olor a hongos, de la presencia de las minúsculas sanguijuelas, aglutinadas bajo las hojas como huevos de moscas ( ) Una potencia desconocida unía los árboles a las fungosidades, hacía bullir todas las cosas provisionales sobre un suelo semejante a la espuma de los pantanos, en aquellos bosques humeantes de principios del mundo”.

Y a este horror se une el miedo que provocan los salvajes, la tribu stieng, a cuyo poblado van a parar. Vestidos con taparrabos infectos, provistos de lanzas y de un arma corta mezcla de sable y de machete, su táctica guerrera consistía en sembrar los caminos de pequeñas lancetas envenenadas y apenas visibles. La selva y sus habitantes, así como los blancos que se internan en ella, recuerdan las imágenes que dibuja Josep Conrad en ‘La línea de sombra’ y las que muestra Francis Ford Coppola en Apocalypse Now, película inspirada precisamente en esa novela.

Malraux describe ‘La Vía Real’ como una “novela de aventuras” marcada por “una preocupación metafísica” y con una “dimensión política”. Una vez dijo que su anticolonialismo nació en Indochina. Sin embargo, en esta novela el héroe, aunque cínico y brutal, sigue siendo Perken, que parece erigirse en defensor de los indígenas de sus dominios contra la llegada del hombre blanco, pero que no tiene el menor respeto por las tradiciones de los stieng cuando dispara sobre el totem de la aldea. Malraux los describe en términos muy parecidos a los que usa a la hora de hablar de los insectos: sucios, crueles y poseídos por el instinto comunitario e imparable de una colonia de hormigas.

Tras leer la novela de Malraux me parece más digna de interés si cabe la aventura de Mayrèna. Al escritor francés le impresionó la hazaña de su conciudadano e incluso llegó a escribir una novela inacabada sobre su vida. Se trata de “El reino del maligno”, que cierra el tercer volumen de las Obras Completas de Malraux. Comenzó a redactarla en 1939 y narra la creación de Reino de los Sedangs por Mayrèna. Rescató su personaje central para algunos capítulos de las Antimemorias pero nunca llegó a terminarla.

Esta novela de Malraux tiene para mí el valor de un testimonio real: el de su expedición. También posee un lenguaje muy impresionista, muy visual. Como novela de aventuras es medianamente entretenida. Lo que la hace un poco insoportable son algunas meditaciones “filosóficas” sobre lo que es o quiere ser Perken: la mezcla de erotismo, poder y muerte, ideas que atraviesan la novela desde el principio hasta el frinal, hacen de ella una obra trasnochada y de ambición desnortada. Pero resulta interesante su lectura porque, además de las descripciones inolvidables de la selva y de los nativos, es el testimonio de una época, la de los años treinta, en los que la ideología colonialista comenzaba a ser denostada, aunque de una forma tangencial como hace el propio Malraux. Y también es interesante porque Malraux mismo es todo un personaje, un mitómano con ansias metafísicas.