Peter Handke, Nobel de Literatura: opiniones políticas, delitos literarios

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Al final la indignación no fue tanta y ni siquiera llegó a convertirse en un amago de boicot. La campaña en su contra se materializó con la presencia de algunos grupos de personas en la calle mientras se celebraba la ceremonia de entrega de los Premios Nobel en el Konserthuset de Estocolmo el pasado día 10 de diciembre; dejaron constancia de su ausencia seis embajadores, entre ellos el representante de Turquía, país que como todo el mundo sabe es un ‘defensor acérrimo de los derechos humanos y la libertad de expresión’, y en la cena de gala, Handke no se sentó junto al rey de Suecia, sino diez sillas más allá.

Y eso fue todo, después de que a medida que se acercaba el día en que el escritor austríaco Peter Handke viajaría a Estocolmo para recibir el Premio Nobel de Literatura 2019, crecía la polémica por su concesión a quien, según sus detractores, no condenó el ‘genocidio’ musulmán por parte de los serbobosnios e incluso se atrevió a acudir al entierro de Slobodan Milosevic y pronunciar unas palabras ante su tumba.

Desde que se anunció la concesión del premio en octubre, Peter Handke se ha negado a hablar sobre su postura ante la cuestión yugoslava y, en la tradicional rueda de prensa que celebra la Academia Sueca en vísperas de la entrega del premio, no contestó a preguntas que no fueran sobre literatura. En su discurso de aceptación, de tono introspectivo y filosófico, contó episodios familiares relacionados con la Segunda Guerra Mundial, recordó la figura de su madre y recitó fragmentos de su largo poema dramático ‘Por los pueblos’, pero no mencionó en ningún momento nada relacionado con lo que dijo o porqué lo dijo antes y después del bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia.

Ya lo explicó, incluso por escrito y en entrevistas, en las que denunció, no sólo el bombardeo occidental, sino también que sólo se hablase de ‘genocidio’ propiciado por serbios, cuando lo hubo también -quizá con otro nombre más apropiado, como ‘crimen contra la humanidad’- por croatas y musulmanes. En 2006 escribió un artículo con el título ‘Al final ya no se entiende nada’, en referencia al debate surgido por la concesión del Premio Heinrich Heine, al que renunció debido a la tensión que suscitaron sus declaraciones. En este artículo resume lo que vio en Yugoslavia y lo que escribió en su día: que hubo campos de prisioneros en todo el país entre 1992 y 1995 y que en ellos “se pasaba hambre, se torturaba y se asesinaba” y no todos estos campos eran serbios; que sintió y siente una enorme “rabia” contra los comandantes y planificadores serbios; que el de Srbrenica “es el peor crimen contra la humanidad que se cometió en Europa después de la guerra” y que la “terrible venganza” de los serbios, que fueron masacrados -también niñas y mujeres- por tropas musulmanas durante la Navidad ortodoxa de 1992-1993 no justifica la barbarie posterior, “eterna vergüenza de los responsables serbobosnios”.

Y sí, acudió al entierro de Milosevic porque “amo a Yugoslavia -no tanto a Serbia, pero sí a Yugoslavia- y quise acompañar la caída de mi país favorito en Europa y esa fue una se las razones para asistir al funeral”.

Pero, independientemente de que su opinión sea equivocada o tibia o insuficiente, de que Handke se haya puesto en el bando perdedor y le estén lloviendo piedras desde entonces, lo que indigna es el revuelo organizado contra la Academia Sueca por la concesión del Premio Nobel. Dice la Academia que se lo otorga “por su influyente trabajo en el que el genio lingüístico ha explorado la periferia y la especificidad de la experiencia humana”.

El presidente del Comité del Nobel, Anders Olsson, envió tres cartas a destacadas figuras de Kosovo y Bosnia-Herzegovina, en las que decía que se le otorgaba el premio para celebrar su excepcional trabajo literario, no su persona. No obstante, han dimitido dos miembros del Comité del Nobel como protesta y porque, dice uno de ellos -Gun-Britt Sundström- la concesión del Premio supone colocar “la literatura por encima de la política”. Ante semejante reflexión sólo resta señalar que el señor Sundström está muy bien dimitido y no debería ocuparse nunca más de dirimir sobre un premio literario.

También debería haber recordado, antes de aceptar su membresía, que otros autores recibieron el Premio Nobel de Literatura con importantes cargas políticas a sus espaldas, como ocurrió con Winston Churchill, que lo recogió en 1953 por “su dominio de la descripción histórica y biográfica, así como su brillante oratoria en defensa de los valores humanos” sin que la Academia Sueca reparara en que sus políticas habían causado directamente la hambruna de Bengala diez años antes, en 1943, en la que murieron más de tres millones y medio de personas.

Una mochila mucho más pequeña cargaban Thomas Mann, apologista, aunque posteriormente arrepentido, de la supremacía alemana sobre los franceses; Camilo José Cela, censor franquista; Gabriel García Márquez, amigo de Fidel Castro, y Mario Vargas Llosa, defensor a ultranza de la invasión de Irak y que, aún hoy, sigue elogiando la política económica de Pinochet en Chile. Todos ellos recibieron el Nobel de Literatura.

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Handke, escritor ‘maldito’ y arisco, en una línea similar a la de su compatriota Thomas Bernhard, es un autor de novelas complejas, aristadas de múltiples escollos, desviaciones y reflexiones que vuelven una y otra vez sobre cuestiones no del todo explicadas. La crítica lo considera uno de los grandes novelistas, dramaturgos y cineastas de nuestra época y, posiblemente, dentro de unos años, cuando nuestra generación haya desaparecido, sus opiniones acerca de la guerra de los Balcanes se habrán olvidado o quedarán como una marca pintoresca en su biografía, pero el adolescente ciego de ‘Los avispones’ que busca respuestas a tragedias familiares o el viaje de Filip Kobat a Eslovenia en busca de su hermano desaparecido en ‘La repetición’ perdurarán en el tiempo porque ésa es la gloria de la literatura.

Handke ha conseguido el Nobel de Literatura cuando ya no se lo esperaba. Tampoco hubiera pasado nada si no se lo hubieran concedido. Son más los escritores valiosos que no lo han recibido que los que figuran en la lista de premiados de la Academia Sueca. Muchos de ellos han sido olvidados, como ocurre con Giosuè Carducci, poeta que encarnó la unidad de Italia, galardonado en 1906, cuando ya tenía un pie en la tumba, más o menos como le ocurrió al Premio Nobel de 1924, el escritor polaco Wladyslaw Reimont, que murió unos meses después de recibir el premio.

Entre los 118 premiados no figura Jorge Luis Borges, tal vez porque sus opiniones, más que de derechas, impropias de un genio como él, lo obstaculizaron. Se publicó un diálogo con María Esther Vázquez, en el que comentando la violencia entre los negros en Estados Unidos, decía Borges que el problema es que les habían educado cuando lo mejor hubiera sido que desconocieran que eran descendientes de esclavos; el negro -insistía Borges- no tiene memoria histórica y, por lo tanto, no sabe ni lo necesita. Se trata de una opinión absurda y ofensiva expresada en una conversación pública, pero nunca leeremos algo similar en su obra literaria, lo que demuestra que las ideas y las actitudes de un escritor no contaminan su obra que, en general, queda al margen de muchos despropósitos.

La Academia Sueca se ha guiado en muchas ocasiones por las llamadas cuotas: ahora le toca a algún escritor africano, el del año que viene a uno indio que franceses ha habido muchos; tampoco hay que olvidar, sobre todo en los últimos tiempos, premiar a una mujer. El supuesto atentado contra la moral y las buenas costumbres también ha sido la excusa “idealista” (recurriendo al término utilizado por Alfred Nobel para condicionar la concesión de su Premio de Literatura) para que otros autores no aparecieran ni siquiera en las quinielas.

No figura entre los galardonados Vladimir Nabokov y no parece que fuera por sus simpatías hacia el partido republicano, la CIA y Nixon ‘el tramposo’, sino porque su ‘Lolita’ era demasiado escandalosa para la Academia Sueca, es decir, por motivos extraliterarios. Ni, por la misma razón, D. H. Lawrence, “el de los coitos de Lady Chatterley’, como le llamaba Nabokov. Tampoco, aunque pudiera ser por ignorancia o por prejuicios nacionalistas, León Tolstói, que murió un 20 de noviembre de 1910. Hubo tiempo para su elección, ya que el primer Nobel de Literatura data de 1901 y se lo llevó el poeta francés, prácticamente olvidado, Sully Prudhomme, pero no su compatriota, Marcel Proust, que hace exactamente un siglo -el 10 de diciembre de 1919- fue impulsado a la excelencia literaria por ‘A la sombra de las muchachas en flor’, premiada con el Goncourt tras acaloradas discusiones del jurado. Tampoco recibió el Nobel el creador del más famoso escarabajo volador de la historia de la literatura, Franz Kafka; ni Musil ni Joyce ni tantos otros…

Lecturas.

Peter Handke, ‘Al final ya casi no se entiende nada’, en ‘Contra el sueño profundo’, Nórdica, 2017.

* Los perros del Paraíso o las Indias como un Edén malogrado, de Abel Posse

los-perros-del-paraiso-abel-posseLos elementos aristotélicos dividen la novela en cuatro capítulos. En un principio fue el Aire, cuando el joven Cristóbal intuye su destino en Génova, donde los marinos que repostaban “mentían con magnitud” y referían la historia de San Brandán y cómo encontró el Paraíso en el Océano Atlántico; relataban las fábulas de homéricos combates con el Octopus gigante y la Orca asesina o exageraban con el Maelström que arrastraba al abismo a las naves con su tripulación. Escuchando y leyendo novelas de caballería marinera, Cristóbal Colón aprendió que “el mar era un dios atrabiliario, iracundo y amoral”.

Los perros del Paraíso’ presenta una versión personal y simbólica del llamado Descubrimiento, una historia urdida con datos reales y elementos mágicos y maravillosos que se insertan en un tiempo distorsionado, con el uso de un lenguaje que, según el propio autor, quiere desacralizar la historia, jugar con ella y ofrecer una visión surrealista desde lo auténticamente real. “Los saltos -dice- son como de un trampolín hacia el delirio literario, pero retornan a una lógica profunda, a veces hasta ideológica que es como el alma de la novela”.

En esta historia en la que confluyen la secreta intimidad de los hechos y una intensa labor de imaginación que pretende cubrir inevitables lagunas desconocidas e irrecuperables del pasado, intervienen, además de Colón -un superhombre, palmípedo, anfibio y resplandeciente como una luciérnaga- los reyes Isabel y Fernando ahítos de voluntad de poder, con sus modos renacentistas y su estado medieval; aztecas convencidos de la necesidad de una hecatombe que fortifique el sol, el dios anémico, hasta el fin del ciclo de los tiempos; incas escépticos, geométricos y racionales, defensores de la idea de que “los hombres son una broma de los dioses para mortificar a los animales”; compañeros de navegación, caribes y personajes extemporáneos, como los lansquenetes Swedenborg, visitante asiduo del Cielo y del Infierno, y Ulrico Nietz, visionario y predicador del eterno retorno al que parece condenado el Nuevo Mundo y acusado de bestialismo por besar a un caballo en Génova.

El Cristóbal Colón de Abel Posse es un místico con una “capacidad interna de secreción de delirio perfecta”, que no necesita ni peyote ni ayahuasca para eludir el embrutecimiento racionalista europeo, según dictaminan los hechiceros taínos. Contagiado por la pasión, la pena y la nostalgia del Paraíso, poseído por la divinidad, se convierte en un iluminado, que cree en las profecías y en su destino: es un elegido.

El Fuego sigue al Aire. Un vikingo de la Última Thule le cuenta a Cristóbal Colón cómo era la costa de Vineland y le revela un secreto que tenía que ver con el Paraíso Terrenal. En Tenochtitlán, el Supremo Sacerdote bendice la bondad y la pureza de la doctrina cristiana de los barbudos que llegarán por el Gran Mar. Los mandó Quetzalcoatl, que los predijo: son maravillosos, hijos de la mutación, generosos, de infinita bondad, su dios humano manda amar al otro como a sí mismo, detestan la guerra y respetarán a nuestras mujeres porque su dios se lo manda.

Mientras, en los reinos de Castilla y Aragón, amancebados en las personas de sus monarcas, nacía la ideología imperial y católica: el poder adornado por la esvástica se había echado a rodar e Isabel y Fernando irían encontrando a su héroes y a sus superhombres, sin piedad y sin grandeza, como Gonzalo de Córdoba o el chanchero Pizarro, el amoral genovés o Torquemada, “hijo de la noche y de la niebla”, redactor del edicto de expulsión de los judíos que, en el mismo año de 1492, conformó el mayor progrom de la historia hasta ese momento.

Comienza la travesía en el Agua y la misión, secretísima e inefable, de Colón: hallar la apertura del océano que permitirá el paso del iniciado a la dimensión perdida del Edén, el lugar sin muerte, la mutación esencial. “Yo creo que soy el único que busca el Paraíso y tierras para los injustamente perseguidos”, dice Colón acerca de su destino secreto, en el que la reina Isabel hace de cómplice secreta. En cambio, Fernando “retacón, robusto y abaturrado”, se negaba a lo imaginario.

Las tres carabelas avanzan hacia Occidente por la ruta de los iniciados. “Ingresan en una región espacio-temporal no visitada antes” por los hombres y el almirante comprende que es natural que en esta “zona intermedia entre la nada y el ser, entre lo conocido y el misterio”, hagan su irrupción -a veces con verdadero descaro- los muertos, que se mezclan con los vivos durante el día sin ser vistos, pero que se definen al anochecer con su color lechoso. Se les presiente, “sentados en las jarcias, con las piernas al aire, sardónicos, exigentes, malintencionados, explotadores impúdicos del prestigio sombrío de la muerte”.

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Finales de septiembre de 1492: se divisa una enorme nao, de varias hileras superpuestas de luces horizontales en movimiento, en cuya popa se puede leer ‘Queen Victory’. Barcos sin velas transportan innumerables pasajeros que bailan música sincopada; el Mayflower va cargado de puritanos terribles camino de Vineland; se suceden piratas ingleses amantes de la Reina Virgen, barcos holandeses dedicados al tráfico de negros y naves sombrías cargadas de emigrantes sicilianos, genoveses, extremeños e irlandeses, “gente de labor, mestizaje y bastardía, movida por modestos sueños subsistenciales”. Colón comprende que este propósito suyo de llegar al Paraíso rompe el orden espacio-temporal establecido: el horizonte se quiebra por la proa de la Santa María, que rasga el velo y avanza entre visiones de otros tiempos.

La aparición de naves extemporáneas la utiliza García Márquez en el cierre del primer capítulo de ‘El otoño del patriarca, pero en una torsión hacia el pasado, al origen, a la llegada de los españoles. El general se asomó a la ventana del mar como tantas otras noches “y vio el acorazado de siempre que los infantes de marina habían abandonado en el muelle, y más allá del acorazado, fondeadas en el mar tenebroso, vio las carabelas”. Esta imagen inquietante presenta el mismo mar tenebroso que alberga las embarcaciones del dominio en dos épocas distintas: la de los extranjeros en un acorazado vislumbrado por el dictador de turno, por el patriarca, y la de los conquistadores de hace cuatrocientos años.

Es una imagen del pasado que llega al futuro y se observa desde la tierra subyugada y domada a lo largo de los siglos, la que iba a contener el Paraíso de Colón. Abel Posse ya lo sitúa muy cerca de las carabelas que surcan el mar y que están a punto de encenderse en llamaradas. El Almirante está avisado de que en el punto cósmico de apertura que han alcanzado, el tremendo calor es un signo positivo porque proviene del fuego de las espadas flamígeras que guardan las Puertas del Paraíso.

Por fin las carabelas llegan a la Tierra, el cuarto y último elemento. Allí son y están las indias Anacaona y Siboney y la desnudez paradisíaca, el fin de la culpa y la evidencia del dios ausente. Pero Fernando se irrita porque si, como dice el Almirante, es posible la existencia del Paraíso Terrenal se acabó el negocio; el Jardín del Edén ni se puede labrar ni expropiar ni explotar.

Cristóbal Colón se establece en total desnudez en una isla, entre papagayos y aves del paraíso, y anuncia que ha cesado la muerte y que los indios son ángeles y desconocen la caída, la culpa y el pecado. Y el Almirante condena y prohíbe el trabajo, “orgullo babélico y demoníaco”. Pero los suyos no aceptan los bienes del Paraíso, detestan el no hacer y el no medrar, en tanto que los clérigos solo admiten el Cielo tras una vida de obediencia y sacrificio. Roldán, el hombre fuerte del momento, da un golpe de estado y los hombres pierden de nuevo el Jardín del Edén. Y cuando el Almirante, esposado, regresó a España comprendió que el Paraíso “quedaba en manos de milicos y corregidores”.

chihuahua_0_600Abel Posse ve a Colón como “la síntesis de todo el universo europeo colonizador: es judío cristianizado, místico y esclavista, empresario y poeta, ambicioso y capaz del mayor delirio, como creer en el Paraíso Terrenal”. Colón fracasó al ofrecer a sus contemporáneos la visión paradisíaca de las Indias, donde los perros, mencionados en el Diario de su primer viaje, no ladraban porque no concebían que hubiera cosa alguna que se pudiera robar. Según los toltecas, estos perrillos contenían cada uno de ellos una desdichada alma humana y tras el fracaso lo invadieron todo, insignificantes y siempre ninguneados”, pero como no tenían “el orgullo de los jaguares ni las altas ramas de los quetzales” se retiraron.

El descubrimiento y la conquista es un drama en el que todos pierden. “He querido plasmar -dice Abel Posse en una entrevista- un encuentro de civilizaciones que comenzó con un intercambio de regalos y terminó con un genocidio y una guerra de dioses. Traté de narrar cómo esas dignidades barbadas llegadas en carabelas, terminan por saquear ese paraíso que los había impresionado los primeros días. Sólo quedan esos perros vagabundos que andan por los caminos de América como esperando la recreación del jardín arruinado”.