Penúltimas palabras de Wilde y James; el ‘papelón’ de Xul Solar y la leyenda de Valle-Inclán

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Oscar Wilde murió en París a los cuarenta y seis años, prematuramente envejecido, tras cumplir la sentencia que le llevó a la cárcel por su homosexualidad, castigo infame donde los haya. No tenía maś dinero que el que le prestaban los que aún seguían siendo sus amigos. Su aspecto cambió radicalmente: engordó y dejó de ser el hombre elegante y atildado que siempre había sido.

Pero no perdió el don de la conversación ni la agilidad verbal de la que hizo gala a lo largo de su vida. De él se cuentan innumerables leyendas y una de ellas -que puede o no ser cierta- se sitúa poco antes de su muerte, ocurrida el 30 de noviembre de 1900 a consecuencia de una infección de oído que se complicó, aunque Wilde en su última carta achaca su enfermedad a una intoxicación de mejillones y expresa bastante confianza en su curación.

Pero a lo que iba: poco antes de morir pidió champagne y cuando se lo llevaron, declaró enfáticamente: ‘Estoy muriendo por encima de mis posibilidades’.

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Sobre los últimos momentos o las últimas frases de los ilustres hay mucha literatura y mucha leyenda, pero no todas son falsas. Algunas son interpretables, como la de Henry James, que murió en 1916 tras una larga enfermedad durante la cual sufrió delirios. Meses antes de su muerte y después de un primer ataque contó, al recuperarse, que en el momento de caer al suelo y pensar que todo se acababa, escuchó en la habitación una voz que no era la suya y que decía: ‘Así que al fin ha llegado, esa cosa distinguida!’

Podría interpretarse como que esa frase se refería al propio James, a quien calificaba de “cosa distinguida”. No en vano, Henry James es uno de los escritores más “aristocráticos” de la historia de la literatura y al menos así lo deduzco de cómo cuenta la anécdota Javier Marías, pero Borges, su gran admirador, ofrece otra traducción de la frase ‘So this is it at last, the distinguished thing’, que quedaría de la siguiente manera: “Ahora, por fin, esa cosa distinguida, la muerte”. Más metafísico quizá, pero le quita la gracia burlona de Henry James sobre sí mismo.

¡Qué papelón!

Volvió a aparecer Borges, no puedo evitarlo. Y me recuerda una historia que contó, también sobre la muerte, a su amiga y biógrafa María Esther Vázquez. Estaban hablando del conde de Saint Germain, del que la leyenda cuenta que a lo largo del siglo XVIII mantuvo el mismo aspecto, con el que aparentaba unos cuarenta años. De ahí se deducía que era inmortal y es entonces cuando dice Borges que “en Buenos Aires ocurrió algo parecido con Xul Solar” -pintor, astrólogo, inventor de neolenguas, místico y excéntrico- hasta los últimos años de su vida. “Gente que lo trató en distintas épocas y yo mismo, que fui su amigo durante mucho tiempo pues lo conocí aproximadamente en 1923, nunca notamos en él ningún cambio físico”. Incluso él mismo estaba convencido de ser inmortal.

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Y sigue contando Borges: una persona que le quería mucho, cuando Xul Solar murió, en 1963, exclamó: “¡Él, que había dicho que era inmortal! Ahora se ha muerto ¡Qué papelón!”. El escritor confiesa, falsamente escandalizado, que fue la primera vez que oyó ese término refiriéndose a un muerto.

María Esther Vázquez da un detalle más sobre esta cuestión: la persona que quería mucho a Xul Solar y que pronunció en su velorio la palabra ‘papelón’ fue la propia mujer del pintor, a la que el marido había logrado convencer de que era inmortal. Xul aseguraba a quien quisiera oírlo que era un ángel caído del cielo y que por eso viviría para siempre y que podía entrar en éxtasis y levitar en cualquier momento y lugar. Una vez lo intentó en el domicilio de Borges, pero cuando se hallaba tumbado en el suelo presto a alzarse, entró la madre, doña Leonor, y le dijo tajantemente que en su casa nadie se tiraba al suelo y que no se le ocurriera volver a hacerlo. Lo dejaron para otro día.

Xul Solar fue un hombre insólito, incluso de nombre, que él mismo construyó mezclando sus apellidos: Schultz Solari. Óscar Agustín Alejandro, nacido en Argentina, era hijo de alemán e italiana. Fue muy amigo de juventud de Borges; ilustró varias obras del escritor y era hombre de capacidades y oficios muy diversos: pintor, músico, inventor de instrumentos y creador de lenguas -el ‘neocriollo’ y la ‘panlengua’, ésta última monosilábica y universal. Una vez Borges le preguntó por lo que había hecho ese día, a lo que Xul Solar contestó que “nada importante: después de almorzar, fundé doce religiones”.

Valle-Inclán, tradicionalista y ácrata

Nos gustaría que fuera verdad pero, según las recientes biografías del escritor gallego, ninguna de las leyendas que corren sobre lo que dijo o hizo en los momentos previos a su muerte son auténticas. Había advertido que no quería en su funeral “ni cura discreto ni fraile humilde ni jesuita sabihondo” y ya enfermo, en un frío mes de enero de 1936 y en una habitación de un sanatorio de Santiago atestada de amigos, familiares y curiosos, se desesperaba en su agonía, quejándose: ‘¡Me muero! ¡Lo que tarda esto! ‘.

Pues parece que nada era cierto, pues ningún sarao se había armado en la habitación, en la que sólo estaban presentes tres personas: dos doctores y su hijo Carlos; que don Ramón en esos momentos ni pronunciaba sentencias grandilocuentes ni ganas tenía y lo que es peor, que en el funeral, el 6 de enero de 1936, ningún anarquista se abalanzó sobre el ataúd para arrancar la cruz que lo adornaba. Se contó, faltando a la verdad, que la tapa del féretro se rompió, que el cadáver quedó al descubierto y que el autor de la tropelía cayó rodando al hoyo y tuvieron que rescatarlo. Y es que, dice su biógrafo, don Ramón no fue ácrata en ningún momento de su vida y duda seriamente de la leyenda que ha hecho de él un lunático o un excéntrico. Pero hubiera sido bonito.

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Bibliografía

María Esther Vázquez, Borges, sus días y su tiempo, Ediciones B, 1984

Javier Marías, Vidas escritas, Random House, 2007

Ramón Alberca, La espada y la palabra: vida de Valle-Inclán, Tusquets, Barcelona, 2015

El año del verano que nunca llegó, William Ospina

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Todo anda relacionado: nosotros con nuestros coetáneos y con nuestros antepasados y también con los que han de llegar; con lo que está cerca pero también con lo que está a miles de años luz; con lo que leemos y con lo que alguien escribió hace más de dos mil años; con la lluvia de la primavera y con los huracanes de otro continente. Así pasa siempre porque todo suceso es la consecuencia de millones de interacciones ocurridas hasta ese momento, producidas por el azar, cuyas leyes de causalidad desconocemos.

El volcán de una pequeña isla del archipiélago indonesio entró en erupción en la primavera del año 1815. Produjo un impresionante tsunami y se llevó por delante la vida de más de sesenta mil personas. El nombre del monte volcánico, Tambora, y el de la isla, Sumbawa, eran totalmente desconocidos para los europeos pero todo el hemisferio norte padeció un año después las consecuencias de la nube de azufre y ceniza que ocultó el sol, hizo que nevara en pleno junio en Nueva Inglaterra, malogró cosechas, produjo hambrunas y cambió los colores del crepúsculo y del amanecer.

La erupción del Tambora contribuyó a crear personajes tenebrosos, cuyas sombras surgieron en una larga noche de frío y lluvia que comenzó el 16 de junio de 1816 en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, en Ginebra. “Todo está comunicado en secreto” y “al libro del universo se puede entrar por cualquier página”, dice el propio William Ospina para justificar la obsesión y los trabajos que durante tres años le mantuvieron ocupado siguiendo los hilos, aparentemente invisibles, de una historia que ocurrió en un mes de junio que debía ser primaveral pero que no llegó a florecer porque el verano, ese año, no llegó nunca.

El escritor colombiano W. Ospina actúa como un detective, siguiendo las pistas que le van dejando lecturas, conversaciones y lugares, y va conformando una historia que empezó a tejerse en su imaginación a partir de la preparación de una conferencia sobre el gólem, ese coloso de barro al que la palabra Emet inscrita en su frente le convierte en un ser vivo. La asociación con Frankenstein fue inmediata y de ahí a Mary Shelley, su autora. Días después recibe como regalo el libro de Trelawny, Memorias de los últimos días de Byron y Shelley. A partir de esta concatenación de hechos, surgidos en apariencia por azar, Ospina se siente obligado a proseguir la historia de aquella larga noche en la que cinco jóvenes – Shelley, Mary Godwin, Claire Clairmont, Polidori y Byron- estuvieron encerrados por culpa de un tiempo de pesadilla en una villa a la que ya anteriormente habían visitado importantes personajes, como el mismo Milton.

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Byron, Polidori, Mary, Percy y Claire

No sabía si necesitaba escribir una novela -dice Ospina- pero comprendí que me estaba vedado recurrir a las licencias de la ficción. Sólo podía contar las cosas como fueron: no los hechos, sino apenas mi lenta aproximación a los hechos” y dar cuenta “no de la verdad de la historia, sino de los azares y las incertidumbres de mi propia búsqueda”. El resultado es un apasionado relato sobre la gestación del Monstruo de Frankenstein y del Vampiro de Polidori y de cómo se entremezlaron los destinos de los cinco jóvenes, como no podía ser de otra forma. Ninguno de ellos alcanzaba los treinta años y ellas ni siquiera los veinte cuando idearon las pesadillas y ninguno de los tres hombres sobreviviría más de ocho años a esa fecha.

Byron, que había alquilado la villa, llegó a Ginebra acompañado por Polidori, un joven médico de veinte años, al que había contratado como facultativo y también para que llevara un diario del viaje. Había abandonado Inglaterra después de un gran escándalo que tenía que ver con los amores incestuosos que mantuvo con Augusta Byron, su media hermana. Había cautivado a la sociedad inglesa con su fascinante personalidad, pero no se le perdonó el adulterio ni la provocación.

También Shelley había abandonado Inglaterra. Hacía unos años, mientras estudiaba en Oxford, publicó una invectiva contra la sociedad de su tiempo, Necesidad del ateísmo. Fue expulsado de la Universidad y de la mansión familiar. Por un impulso rebelde se casó con la joven Harriet, hija de un posadero; visitó a Coleridge y a Wordsworth, en aquel momento máximos exponentes del romanticismo inglés, pero que a Shelley le parecieron extraordinariamente conservadores; y volvió sus ojos hacia William Godwin, un pensador anarquista, “gran negador de todo poder, de toda tradición y de toda institución”.

En la casa de Godwin, Shelley conoció a sus tres hijas: Fanny, Mary y Claire. Abandonó a su mujer, Harriet, y huyó con Mary y con Claire al continente. Es muy posible que Claire Clairmont estuviera enamorada de Percy, pero tuvo que contentarse con Byron al que logró conocer y convertirse en su amante tras escribirle cartas apasionadas. Claire, embarazada en junio de 1816, fue la única que no escribió nada aquella noche y no debía hacerlo mal, dado el resultado de sus misivas a Byron. Sin embargo, fue la organizadora, la tejedora de la trama, la que hizo que los cinco se reunieran en Villa Diodati.

Fue Byron quien propuso a sus invitados que esa noche escribiera cada uno un cuento de terror. El ambiente era propicio y habían estado leyendo en voz alta un libro alemán sobre fantasmas que Polidori había llevado consigo. Cualquiera hubiera pensado que Shelley y Byron tenían las de ganar en esta competición, pero no fue así. Shelley escribió un relato que ni siquiera figura en su antología, Los asesinos, y Byron eligió crear un poema, titulado Oscuridad, que comenzaba así: “Tuve un sueño que no era del todo un sueño. El brillante sol se apagaba…”

En cambio, Mary, con apenas dieciocho años, y Polidori, con veinte, fueron las estrellas de la noche. Tal vez porque fueran las almas más sensibles a la influencia, demoníaca e intensa, de Byron. Sus monstruos reflejan en cierta manera la personalidad del dueño de la casa.

El monstruo y el vampiro

Mary Shelley ideó al monstruo de Frankenstein en la larga noche de junio pero escribió este relato entre filosófico y de terror durante los veintidós meses posteriores. En el prefacio, escrito por Percy, se afirma que “el suceso en el que se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado por el doctor Darwin y algunos otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible”. Se refiere a Erasmus, el abuelo de Charles, un librepensador que se ocupó del origen de la vida.

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Por entonces se conocían en toda Europa los experimentos de Luigi Galvani, que producían espasmos musculares en la pata de una rana mediante descargas eléctricas; Aldini consiguió en 1803 provocar contracciones en cadáveres humanos. Aunque Mary también pudo encontrar su inspiración en un personaje real: Conrad Dippel, nacido en 1673 en el castillo de Frankenstein, en Darmstadt. Estudió Teología y Filosofía y practicó la alquimia y la anatomía. La leyenda que el narrador de cuentos Jacob Grimm contó a la traductora de sus cuentos Mary Jane Clairmont, madre de Claire y madrastra de Mary, asegura que Dippel realizaba experimentos con cadáveres y creía que era posible transferir las almas.

En cuanto al vampiro ideado por Polidori todo hace pensar que es el propio Byron, en un faceta de aristócrata insensible y malvado, que se alimenta de las desgracias de los más vulnerables y frágiles y mancilla a las jóvenes inocentes y virtuosas. Su nombre, Lord Ruthven, fue utilizado por Caroline Lamb, amante despechada de Byron, en una obra llamada Glenarvon, en la que se le ridiculiza.

Encuentros y desencuentros

El encuentro de ambos poetas fue para ellos más importante que el concurso de narraciones. De caracteres completamente opuestos, desde el momento en que se encontraron es posible rastrear en sus obras y en sus vidas el influjo del uno en el otro. Byron derivó a un pensamiento más complejo y a unas convicciones más firmes en tanto que Shelley aparece más audaz. Resulta extraño pero no exagerado cuando Ospina dice que “intercambiaron sus muertes”. Quien debió marchar a Grecia para luchar por su libertad y morir en Missolonghi fue Shelley, por su entrega total a las causas justas, en tanto que Byron podría haber muerto en el naufragio en la bahía de La Spezia por su afán aventurero y temerario. No fue así.

Si para Shelley fue magnífico encontrarse con Byron, no resultó igual para Claire ni para Polidori. Byron contrató alegremente a este médico recién graduado con aspiraciones literarias, pero por una frase, por un desplante, era capaz de arruinar la mejor amistad. John William Polidori intentaba imitar las excentricidades de Byron pero nunca lo conseguía, más bien fracasaba lastimosamente, lo que provocaba la burla inmisericorde de su adorado modelo.VampiroPolidori

Cuando un año después de la larga noche se publicó El vampiro, el editor se equivocó y puso como autor a Byron, que no se apresuró precisamente a corregir el error. Polidori se suicidó a los veinticinco años con ácido prúsico, cuyo inventor casualmente fue el doctor Dippel. Polidori murió sin saber que Goethe había aclamado su Vampiro como la mejor obra de Lord Byron.

En cuanto a Claire Clairmont, poco se sabe de ella después de que muriera su hija, Allegra, a los once años. Hija de Byron, fue concebida en el verano de los monstruos. Cuando nació, el padre las abandonó, y ellas se fueron a vivir con Shelley y Mary. Byron la reclamó pero pronto se cansó de Allegra y la envió con las monjas a un convento italiano. Claire intentó secuestrarla porque no tenía ninguna confianza en el cuidado ni en la educación que recibía su hija. Efectivamente, Allegra murió cinco años después, de tifus o de malaria, y Claire mantuvo su odio a Byron el resto de su vida.

Pasados más de cincuenta años, Henry James convirtió a Claire Clairmont en la protagonista de Los papeles de Aspern: una anciana recluida en una vieja casa de Venecia, enmascarada bajo el nombre de Julia Bordeareau, que guarda como un tesoro los recuerdos del poeta al que amó en su adolescencia: Shelley, no Byron.

Todas estas cosas nos cuenta William Ospina y su prosa logra transmitirnos un entusiasmo contagioso por todo aquello relacionado con el verano de 1816 que nunca existió. Para el final nos deja un regalo que no voy a desvelar, al menos por ahora. Sólo un nombre: Ada.

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Villa Diodati

El cementerio de los ingleses: Keats, Shelley, Trelawny y Daisy Miller

Sin quitar mérito a los magníficos panteones, las modestas Iglesias, las tumbas en lugares exóticos o en pueblecitos marineros, son los cementerios de las ciudades los que más atraen a los paseantes necrófilos. Hay uno en Roma que acogió en su día a jóvenes románticos y al que coloquialmente se le llama ‘cementerio de los ingleses’. Le rodea la antigua muralla aureliana e integrada en ella, la pirámide Cestia, un edificio sepulcral de estilo egipcio erigido en el primer tercio del siglo I a.C como tumba para el patricio Cayo Cestio, miembro de los ‘Septemviri Epulones’, los encargados de organizar banquetes en honor de los dioses.

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En el cementerio protestante de Roma –o Cimitero Acattolico, como se llama oficialmente- reposa John Keats, inglés de vida efímera y trágica, cuyo epitafio es uno de los más bellos impresos en piedra: “Esta tumba contiene todo cuanto fue mortal de un JOVEN POETA INGLÉS, quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que grabaran estas palabras en su sepultura: Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito en el agua.

Borges dedicó un poema a John Keats, cuyos últimos versos dicen: El alto ruiseñor y la urna griega / serán tu eternidad, ¡oh fugitivo! / Fuiste el fuego. En la pánica memoria / no eres hoy la ceniza. Eres la gloria.

Cuando Keats llegó a Roma, en noviembre de 1820, sufría una tuberculosis avanzada y, sabiendo que su final estaba próximo, le pidió a John Severn, su fiel amigo, pintor y cónsul en la ciudad, que se asegurara de que las cartas y un mechón del cabello de su amada, Fanny Brawne, se enterraran en su ataúd. Se cumplió su voluntad y su tumba se cubrió de margaritas y violetas, como luego contó Shelley, cuya tumba también se encuentra en este mismo cementerio romano, a unos metros de distancia de la de Keats.

Dos años después de la muerte de John Keats, Percy Bysshe Shelley, también encarnación del ideal romántico, desapareció en el mar una noche de tormenta en la que salió a navegar desde Livorno a Lerici. Su cuerpo, irreconocible a falta de rostro, fue arrastrado hasta la playa poco después. Se le pudo identificar por el libro de poemas, de Keats, que llevaba en el bolsillo.

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Sus amigos, Henry Leigh Hunt, poeta y editor británico, Edward Trelawney, capitán de la Marina retirado, y Byron, prepararon un funeral insólito: construyeron una pira en la playa para incinerarlo como a los antiguos romanos, avivando el fuego con vino, aceite y sal, según contó una y otra vez Trelawney. El fuego no llegó a alcanzar la temperatura necesaria para convertir el cuerpo de Shelley en cenizas por lo que el proceso se tuvo que repetir varias veces. En una de ellas, Trelawney atravesó las llamas para arrancar del cadáver el corazón del muerto, que había quedado descubierto, y entregárselo a su viuda, Mary Shelley, que lo conservó hasta su muerte y con el que fue sepultada, pero en Inglaterra.

Posiblemente muchos detalles de esta incineración sean inventados. Se sabe que, durante el largo proceso, Byron y Hunt se marcharon a nadar debido al gran calor que desprendía la pira y que Mary Shelley no estaba presente, pese a que aparece en el cuadro de Louis Fournier, ‘El funeral de Shelley’.

Edward Trelawny, que conoció a los Shelley a través de Edward Ellerker Williams, antiguo marino que también falleció en la travesía del barco llamado ‘Don Juan‘, en honor a Byron, o ‘Ariel‘, según Mary Shelley, era a partes iguales un héroe y un mitómano y mucho de lo que sabemos acerca de la ceremonia y entierro de Percy se lo debemos a él, que lo contó repetidas veces, en conversaciones y en libros, añadiendo o cambiando una u otra circunstancia dependiendo del ambiente o del tiempo transcurrido. Trelawny sirvió en la Marina Real británica desde los doce a los veinte años y aunque nunca pasó de soldado raso se presentaba como capitán retirado. Pese a que fue dado de baja, él siempre contó que había abandonado el Ejército para ejercer de corsario en el Índico.

Se encargó de la cremación de Shelley y de Williams y después marchó con Byron para luchar por la independencia de Grecia. Cuando su amigo murió en Missolongui tuvo que hacer los arreglos para el cuidado del cadáver y los trámites para su entierro y la expatriación de su corazón a Inglaterra.

Apenas había sobrepasado la cuarentena y a Trelawany aún le quedaban por delante muchas aventuras que disfrutar, aunque ya no tan interesantes, y libros por escribir sobre sus andanzas y acerca de sus amigos, Shelley y Byron. Murió a los 88 años de edad, en 1881. Sus cenizas fueron enterradas cerca de la tumba de Shelley, en el cementerio protestante de Roma, y dejó encargado que en su lápida se grabaran unas líneas del poeta: Estos son dos amigos cuyas vidas no estuvieron divididas / Por tanto, permitan que su memoria continúe igual / bajo la tumba: no dejen que sus huesos sean separados / como no lo fueron sus dos corazones, que en sus vidas fueron uno solo.

‘Daisy Miller’, Henry James

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Junto a Keats y a Shelley, en el cementerio protestante de Roma, descansa un personaje de ficción, Daisy Miller, del libro homónimo de Henry James publicado en 1878. Era una joven norteamericana, muy bella, un poco alocada, bastante coqueta, y demasiado ingenua, que muere por cometer una insensatez: pasear a la luz de luna por las ruinas del Coliseo, donde contrae la malaria. Es el momento en que la narración alcanza su momento crucial. Justo allí, en la arena, el narrador de la historia, el ‘tieso’ Winterbourne, que la había pretendido, antes de sorprenderla en el paseo y reconvenirle por su imprudencia, comienza a murmurar los famosos versos del ‘Manfred’ de Byron, un poema dramático en el que el protagonista es un noble torturado por una gran culpa y que intenta por medios sobrenaturales borrar el pasado.

El poema comienza con una cita de ‘Hamlet’: Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que las soñadas en tu filosofía. Es una frase que podría ser romántica si no fuera shakesperiana y señala por dónde va a transcurrir esta composición repleta de elementos mágicos. Byron lo llamó ‘poema metafísico’ y lo escribió en 1816, poco después del fracaso de su matrimonio y del escándalo que provocaron las acusaciones de una relación incestuosa entre el escritor y su media hermana, Augusta Leigh, tras lo cual abandonó Londres para nunca más volver.

Algunos piensan que el poema es una confesión de culpa y un deseo de olvido. Cuando lo murmura Winterbourne en el Coliseo parece reflejar el sentimiento de que él mismo ha dejado abandonada a la pobre Daisy, igual que la ha excluido la alta sociedad norteamericana residente en Roma: por no ser lo bastante distinguida, por excéntrica y desafiante y por no seguir las normas que aconsejan no pasear con caballeros por las calles de la ciudad. Pero de pronto descubre en el mismo Coliseo, cuando han pasado ya las once de la noche, a la bella Daisy acompañada por un guapo italiano, lo que le sirve para justificar su indiferencia, si no su desprecio, hacia lo que le pueda ocurrir.

Y esa ambigüedad tan característica de Henry James hace que Daisy contraiga, como consecuencia del paseo nocturno o como castigo a su irreflexión, unas fiebres que acabarán con ella “en un ángulo de la muralla de la Roma imperial, bajo los cipreses y las abundantes flores de primavera”.

Alan Hollinghurst, La línea de la belleza

Sexo y cocaína como líneas de la belleza y también como puertas de percepción. En esta novela de aprendizaje, y lo es aunque el joven aprendiz ya no tenga la edad de un adolescente, los caminos que se le abren están conectados con el deslumbramiento de la primera relación homosexual y el consumo de drogas.

Nick Guest tiene veintiún años y ha terminado sus estudios en Oxford, donde la mayoría de sus condiscípulos pertenecían a la alta sociedad británica, como Toby Fedden, que le invita a mudarse a la casa de sus padres para que pueda trabajar en su doctorado en la Universidad de Londres. Acepta porque está secretamente enamorado de Toby, aunque en absoluto correspondido, pero será una buena elección porque, desde la buhardilla de la casa familiar en la exclusiva Notting Hill, vivirá experiencias personales decisivas y podrá contemplar el ir y venir de las ricas y poderosas familias y los profundos cambios que sobrevendrán en la sociedad británica en esos cuatro años.

La línea de la belleza” comienza en 1983, justo cuando Hollinghurst pone fin a su primera novela, “La biblioteca de la piscina”, en la que retrataba a la sociedad gay inglesa de los años ochenta. En la que comentamos, aunque la temática gay siga presente, todo ha cambiado: la revolución neoliberal de Margaret Thatcher se revela imparable cuando empieza su segundo mandato y el sida surge con todo su terror. Tres años más tarde, en 1986, un grupo de investigadores aceptará de forma definitiva que el responsable de la enfermedad es el VIH.

La novela fue escrita veinte años después y se publicó en 2004. Su autor justifica este lapso en que le dio suficiente perspectiva para hablar de esa terrible enfermedad que tanto afectó a la comunidad homosexual. En cierta manera, reconoce Hollinghurst, si tuvo algo bueno fue acercar a los gays y que dejaran de considerarse algo extraño. “El sida afectó mucho a mi mundo, pero los tres mandatos de Thatcher nos afectaron a todos”, señaló.

La primera experiencia sexual de Nick, que aparece en los prolegómenos de la novela, la tendrá con Leo Charles, un joven negro hijo de inmigrantes del Caribe, y será brutal pero terriblemente jubilosa. Tras una cita a ciegas exitosa, llega el enamoramiento sexual y acompañamos a Nick y a Leo caminando por las calles de Londres: “La lujuria picoteaba los muslos de Nick y le encogía el estómago y la garganta, y casi tenía ganas de gemir entre sonrisas, como si no fuese justo que le prometieran tanto. Se rezagó un par de pasos y movió la cabeza según caminaba. Quería ser los vaqueros de Leo, con la caricia rítmica y fortuita de sus piernas ambulantes, la presión momentánea y la holgura subsiguiente”.

A la lucidez de la homosexualidad se sumará la de la cocaína. Sus rayas, uno de los sentidos explícitos de “la línea de la belleza”, se las proporcionará otro condiscípulo de Oxford, hijo de unos ricos libaneses. A Nick “le gustaba la etiqueta del acto, el corte con una tarjeta de crédito, el paso del billete enrollado en un canuto muy estrecho, el procedimiento educado y seco”. Todo es dinero, decía Wani. Y una vez aspirada la raya y tras el primer impacto -un “trallazo erótico”- Nick sentía que “cualquier cosa parecía posible: el mundo no sólo era factible, conquistable, sino amable: mostraba su debilidad y sabías que se rendiría. Veías tu propio encanto reflejado en los ojos del mundo”.

La pertinencia de Henry James

Hollinghurst juega a lo largo de la novela con Henry James. No sólo es el motivo central de la tesis de Guest, sino que el propio lenguaje y la disposición de la novela forman un sinfín de guiños al autor norteamericano.

El capítulo que inaugura la segunda parte de la novela lleva por título una enrevesada frase: “¿De quién es la bella pertenencia?”. Es la pregunta que se hace al mayordomo de una casa de campo en una obra de teatro de Henry James.

Y, a medida en que Nick más se adentra en la tesis doctoral sobre el escritor, más insiste en “deslizar perlas perifrásticas” de sus obras tardías en “lugares inadecuados de su conversación”. Sentía que “estaba prostituyendo al maestro, pero en verdad había un elemento de autoburla en aquellas frases, se había “enamorado de sus ritmos, sus ironías y sus rarezas y lo que más amaba eran sus momentos más excéntricos”. “Mezclaba sexo con erudición, disfrutando de sus deslealtadaes hacia la estricta verdad”. Como se puede apreciar, las frases de Hollinghurst son absolutamente jamesianas.

El propio Nick es un personaje muy de Henry James: un esteta, un conaisseur que se comporta con la familia Fedden como un cortesano intelectual del siglo XX. Gracias a él, distinguirán el Gauguin de un regalo sin firma; podrán apreciar las influencias en la cuarta sinfonía de Schumann; calibrar el perfil artístico de una fotografía en una revista de vanguardia o reconocer la bella casa de ladrillo en la que había vivido Coleridge.

Pero, sobre todo, Nick muestra un horror innato a la discordia, intenta agradar a todos y en el fondo es un inocente rodeado de tahures. Palabra de Hollinghurst: “Soy un gran admirador de Henry James. Me fascina la manera en que mostraba a los ricos y corruptos a través de un inocente que acaba corrompido”.

La línea serpentina

William Hogarth, en su teoría del Análisis de la belleza habla de la ‘línea serpentina’ como línea de la belleza. Se trata de una ‘S’ en forma de línea que aparece dentro de un objeto y que sugiere viveza, en contraste con las líneas rectas que significan estancamiento y muerte.

La línea de la belleza se hace arquitectura interior en la oficina que, en la segunda parte de la novela, compartirá Nick con su nuevo amante, Wani, y que recibirá el nombre de ‘Ojiva’. La curva ojival se repetía en el piso superior: “En espejos y en bastidores y en los roperos ( ) pero la mayor suntuosidad estaba en el baldaquino de la cama, compuesto por dos ojivas transversales”.

Y, en la cama, mientras le hablaba de la línea de la belleza, Nick “recorría con la mano la espalda de Wani. No creía que Hogarth hubiese ilustrado el mejor ejemplo al respecto, el hoyo y el bulto; había elegido arpas y ramas, huesos en vez de carne. Era en verdad el momento de escribir un nuevo Análisis de la belleza”.

La Inglaterra de Thatcher

Cuando Nick Guest llega a la casa de los Fedden, Gerald, el padre de familia, acaba de ser elegido diputado conservador por Barwick. En su condición, recibirá visitas de prominentes dirigentes del partido tory y del Gobierno. Nick asistirá a conversaciones sobre las políticas de la primera minsitra. Acerca de la guerra de las Malvinas, dice un subsecretario del Interior que es “un Trafalgar de nuestra época” y rectifica a su esposa al señalar que los soldados que participaron “no fueron intrépidos, sino impávidos”.

Pero ningún acontecimiento es comparable a la esperada visita de Margaret Thatcher en la casa familiar. Gerald la invita a la fiesta que da para celebrar sus bodas de plata y, en un arranque que muestra la “magnitud de su manía” hace pintar la puerta de la entrada, verde de toda la vida, de un intenso azul tory.

Llega Margaret Thatcher a la vivienda de los Fedden: “Entró con su paso elegante y brioso, resabio de una turbación reprimida hacía mucho, de una torpeza transmutada en poder … pareció complacida por el recibimiento y respondió a él de un modo alegre y pragmático, como la realeza moderna. No dio muestras de que se hubiese fijado en el color de la puerta”.

Hollinghurst confesó que no se trataba con los círculos del poder y del dinero que aparecen en su novela, pero que los diarios publicados por Alan Clark, ex secretario de Estado para la Defensa de Thatcher, le sirvieron de una gran ayuda para describirlos.

El adulterio está a la orden del día en ‘La línea de la belleza’: el de Gerald acaba saliendo a la luz y el descubrimiento se lleva por delante al propio Nick Guest. Aunque, en este caso la realidad está muy por encima de la ficción, en la que no deja de ser una cosa leve y vulgar, mientras que Alan Clark protagonizó un escándalo mayúsculo cuando en 1994 se descubrió que mantuvo relaciones sexuales con la esposa de un juez amigo suyo y con sus dos hijas. Hasta 1979 las tuvo con la madre y a partir de ese año con las dos hijas, sucesivamente. La esposa de Clark, víctima de infidelidades durante treinta y cinco años, declaró: “Si uno se acuesta con personas de ínfima categoría, termina apareciendo en los periódicos”. Frase que resume el clasismo de la sociedad británica denunciado en la novela de Hollinghurst.