Cementerios de París: ausencias, epitafios ingeniosos y el triunfo del amor

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Abadía de Newstead, propiedad de Byron

Lord Byron no fue enterrado junto a sus admirados Shelley y Keats en el Cementerio de los Ingleses, en Roma, ni tampoco en París. Murió en Missolongui, de unas fiebres mientras luchaba por la independencia de Grecia. Allí quedó su corazón, dice la leyenda, mientras que el resto del cuerpo, embalsamado, fue enviado en una cuba de cognac a Inglaterra. Pero la Abadía de Westminster se negó a darle sepultura: “Porque llevó una vida disoluta y dejó una poesía licenciosa, es indigno de ocupar un lugar en la Abadía, entre los grandes escritores ingleses”.

Finalmente fue enterrado junto a su madre en la Iglesia de Santa María Magdalena de Hucknall, en Nottinghamshire, y tuvieron que pasar 145 años desde su muerte, hasta 1969, para que Westminster reconsiderara su postura y accediera a colocar una placa conmemorativa en el Rincón de los Poetas de la Abadía, en la que recuerda “su desvelo constante por la justicia social y la libertad”.

Quizá su tumba hubiera encontrado un lugar perfecto en uno de los cementerios de París, el de Père-Lachaise o el de Montparnasse, visitados por miles de personas. Pero no pudo ser: no existe ningún recuerdo de Byron en tierras francesas porque jamás las pisó. En su primer viaje al continente, durante el cual escribió La peregrinación de Childe Harold, tuvo que bordear las fronteras en un recorrido circular porque su país estaba en guerra con Napoleón: Portugal, España, Sicilia, Malta, Grecia, Albania y Turquía.

Y en la segunda ocasión, en 1816, cuando Bonaparte ya había sido exiliado a Santa Elena, Francia le negó el visado para cruzar su territorio. “Y privó a París -comenta William Ospina- del recuerdo, que se habría convertido en leyenda, de ver sus calles, sus tabernas y sus catedrales, sus salones, sus jardines y sus burdeles convertidos en el escenario del mayor de los destinos románticos”.

Las tumbas más frecuentadas

Sí descansa para la eternidad en el Père-Lachaise un compatriota de Byron, un escritor que también se moría por una frase irónica y bien construida, y que se creó muchos enemigos a lo largo de su vida. Se trata de Oscar Wilde, cuya tumba animó a Jim Morrison, el mítico cantante del grupo The Doors, que en 1971 visitó el camposanto, le gustó y en él se quedó, una vez muerto, con veintisiete años. En su tumba se puede leer una inscripción en griego – ‘Kata ton daimona eaytoy’– que puede tener dos significados: ‘Al espíritu divino que llevaba en su interior’ y ‘Cada uno es dueño de los demonios que lleva dentro’.

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La tumba de Oscar Wilde es, posiblemente, la más visitada de este cementerio. Su sepulcro está vigilado por una esfinge modernista, cuyos genitales masculinos causaron escándalo en su momento. Cuando parecía que se había calmado la polémica y aceptados los memorables atributos, éstos fueron cercenados a paraguazos por dos turistas británicas, un punto puritanas. Hasta la fecha se desconoce su paradero.

El bloque de granito que cubre la tumba siempre estaba repleto de corazones y de besos: el rito consistía en pintarse los labios y posarlos sobre el sepulcro, aunque con tanto lápiz labial la lápida resultaba difícil de limpiar. Por eso en 2012, la familia de Oscar Wilde decidió colocar un muro de vidrio de dos metros de altura para mantener las distancias. Los ósculos pueden quedar impresos ahora en un árbol que se ha plantado al lado para tal actividad.

Ni Morrison ni Wilde son los únicos en recibir mensajes y objetos de lo más diverso. La lápida de Julio Cortázar, en el cementerio de Montparnasse, exhibe la imagen de un cronopio y los visitantes dejan dibujos de rayuelas, copas de vino y billetes de metro con dibujos.

El ingenio

Cerca de Wilde se sitúa la tumba de Molière, que presenta un epitafio de lo más ingenioso: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”.

El cementerio de Montparnasse también cuenta con inscripciones filosóficas o simplemente divertidas. Incluso hay un epitafio ausente, el de Baudelaire. Al escritor de Las flores del mal no le hicieron caso y en su sepulcro no figura lo que él habría querido inscribir: “Aquí yace quien por haber amado en exceso a las busconas, descendió joven todavía al reino de los topos”.

Ni en el cementerio de Montparnasse ni en el de Père-Lachaise está enterrado el Marqués de Sade, pero sí en París, en Charenton, un famoso manicomio en el que fue encerrado en 1801 para pasar los últimos años de su vida. Napoleón, entonces primer cónsul de Francia, ordenó el arresto de Donatien Alphonse François, tras considerar que su libro Justine era el engendro más “depravado y abominable” de la literatura. Ya en Charenton, con la etiqueta de “demente libertino”, el Marqués se dedicó a escribir y a dirigir obras teatrales con los inquilinos del establecimiento como actores, hasta que se lo prohibieron, de nuevo por libertino. Murió en 1814 y en su lápida está inscrita la siguiente frase: “Si no viví más, es porque no me dio tiempo”.

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Abelardo y Eloísa

Una de las tumbas más espectaculares del Père-Lachaise es la que acoge a los famosos protagonistas de una historia de amor medieval: Abelardo y Eloísa, que descansan juntos desde su muerte, lo que no ocurrió en vida. En 1817 sus cuerpos fueron trasladados al cementerio parisino y cuenta la leyenda que ambos permanecen abrazados dentro de sus tumbas.

La historia es sobradamente conocida, pero la recordaré en un pequeño apunte. Pedro Abelardo nació a finales del siglo XI en Nantes y decidió no seguir la carrera de las armas que, como primogénito le correspondía, para dedicarse al estudio de la filosofía. En París ejerce como profesor y allí inicia una relación turbulenta con una quinceañera de la que es tutor, a la que dobla la edad y con la que tiene un hijo, el pequeño Astrolabio, que es entregado a las hermanas de Abelardo para que cuiden de él. Como consecuencia, Fulberto, el tío de Eloísa ordena que el filósofo sea castrado. Desesperado, toma los hábitos religiosos, no sin antes asegurarse de que su joven esposa también lo haga. Pasan los años y, para colmo, sus obras fueron quemadas por heréticas y él excomulgado, en el concilio de Sens.

Eloísa, obligada a la vida conventual por su propio esposo, le escribe cartas que él contesta con reproches y amonestaciones. Son cartas en las que ella se queja de su ausencia y él se niega a consolarla, aunque algunos expertos las consideran apócrifas por su descarado propósito edificante. En estos escritos Abelardo llega a alegrarse de la supresión de un miembro que no le hacía falta y que le impedía someterse a Dios y, de paso, asegura que las mujeres son un obstáculo para la vida intelectual y para la vida santa de los hombres.

Sartre y Beauvoir

Todo lo contrario de lo defendido por otra pareja que comparte una tumba muy sencilla en el cementerio de Montparnasse. Su vida de pareja fue la expresión más clara y rotunda del amor libre, sin celos, trabas o imposiciones. Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, cuyo entierro, en 1980, se convirtió en un acto de homenaje grandioso, al que acudieron cincuenta mil personas, en lo que Claude Lanzmann describió como la última manifestación del mayo francés.

Giscard d’Estaign, presidente de la República, ofreció que el Estado franceś se hiciera cargo del coste de los funerales pero los amigos de Sartre lo rechazaron. Sin servicio de orden ni previsión de tanta afluencia de personas, a lo que se sumó el reducido itinerario impuesto por las autoridades, el cortejo fúnebre pronto se tornó confuso y el caos fue de tal magnitud que un hombre llegó a caer en la fosa abierta a la espera del féretro de Sartre, mientras miles de flores pasaban de mano en mano.

Un año después de la muerte de Sartre, Beauvoir publicó La ceremonia del adiós, donde contaba los últimos diez años de convivencia con el filósofo. Concluye el libro con una frase de una clarividencia desgarradora: “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos reunirá. Así es; ya es demasiado bello que nuestras vidas hayan podido juntarse durante tanto tiempo”. Le sobrevivió seis años y fue enterrada junto a él.

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