Congo, el corazón de las tinieblas

Toda Europa andaba fuera de casa en el último tercio del siglo XIX, sobre todo en África, cuyo interior por fin se estaba empezando a desvelar para los occidentales. Allí estaban desde los famosos Livingston, Stanley, Burton, Speke o Brazza a los desconocidos aventureros que hollaron el territorio por cuenta propia o soldados y mercenarios de los ejércitos imperiales cuyo nombre nunca llegaremos a conocer.

También estaba Joseph Conrad, al menos durante unos meses, remontando el Congo en busca de un agente comercial de la compañía belga del rey Leopoldo II que le había contratado en el lugar. Conrad no sólo supo de las aventuras de los europeos y americanos que recorrían el centro de África, sino que incluso llegó a conocerlos, como a Roger David Casement, que hizo de su vida un instrumento al servicio de la verdad frente al siniestro rey de Bélgica.

Pudieron ser muchos quienes inspiraron “El corazón de las tinieblas”, desde el capitán belga Guillaume Van Kerckhoven, jefe de caravanas que traficaban con marfil, al teniente Theodore Westmark, que tras servir en el ejército de Leopoldo II durante tres años, se dedicó a dar conferencias sobre lo que había aprendido en África, lo que, tras leer el libro en el que se recogieron, hay que reconocer que no fue mucho. No parece el tipo de persona que pueda ser arrastrado hacia el mal, ni tampoco hacia ninguna otra parte. Mejor candidato sería otro capitán de la Fuerza Pública, que así se llamaba el ejército del rey belga en el Congo, Leon Rom, quien solía adornar los jardines de su residencia con las cabezas cortadas de los africanos que se rebelaban; según cuenta un misionero que lo vio con sus propios ojos eran veintiúna, más o menos las mismas que rodeaban la vivienda de Kurtz.

Hodister, un agente parecido a Kurtz

Pero quien más podría acercarse al personaje culto, elocuente y carismático, el Kurtz de Conrad, podría ser, según estudiosos de la obra del escritor polaco, otro agente de la compañía de comercio belga que negociaba con marfil en zonas aún inexploradas de la selva. Se llamaba Arthur Eugene Constant Hodister y, en el mismo momento en que Conrad navegaba por el río Congo, él realizaba sus negocios y transportaba el marfil que conseguía de los africanos en la parte superior del río, en la que antes de encaminarse al Atlántico se dirige infatigablemente hacia el norte y recibe el nombre de Lualaba.

Al igual que Kurtz, Hodister era un brillante agente comercial, el que más marfil recolectaba y el más valeroso a la hora de adentrarse en territorio desconocido y negociar con los nativos. Era además un hombre culto, que dominaba el árabe y el swahili y que vivía en una región apartada de la selva. Algunos autores dicen que poseía un enorme harén, lo que no casa con la estimación de otros, que aseguran que era un misántropo. Ahora bien, ni era brutal en su relación con los africanos -no maltrataba a sus servidores y éstos sentían por él una gran admiración- ni su táctica para el comercio de marfil era depredadora o violenta, sino negociadora. Tal vez por eso, sus superiores dijeran alguna vez que utilizaba métodos que estaban “fuera de lugar”. También de Kurtz lo decían, pero quizá no por las mismas razones. No parece que Hodister estuviera poseído por la irracionalidad ni por la magia siniestra y primitiva de la selva, al menos en lo que sabemos de él.

Según Thomas Pakenham, Hodister vestía de blanco, lucía un turbante y con su piel blanca y su barba negra, cabalgando un caballo árabe, tenía para los sencillos africanos “el aire de un dios”. Además de ser el agente comercial que más marfil recolectaba, había emprendido diversas expediciones por el Lualaba, a bordo de un vapor y había llegado a Riba Riba, donde tenía intención de establecer una nueva factoría. Eso ocurrió en 1892, dos años después del viaje de Conrad al Congo. No hay constancia de que llegaran a conocerse, pero sí es probable que el escritor hubiera oído hablar de él.

Contra la esclavitud

Hasta qué punto Hodister era un servidor leal del infame Estado Libre del Congo, propiedad del rey belga Leopoldo II, o tenía arraigados unos valores éticos contrarios a la esclavitud es algo que no se puede establecer. Aunque no se le conocen hechos brutales ni comentarios reveladores, sino todo lo contario, también es verdad que el propio rey belga engañó a todos con su falsa filantropía, haciendo creer que su intención era cristianizar y mejorar la vida de los habitantes del Congo, cuando en realidad fue la colonia -en este caso, colonia personal- más atroz, codiciosa y miserable de todas las que se formaron en el siglo XIX, un siglo empeñado en el imperialismo y al mismo tiempo en la supresión de la esclavitud.

Precisamente sobre la esclavitud nos ha llegado un artículo de Hodister que fue publicado en ‘Le Mouvement geographique’, una publicación periódica editada por el Instituto Nacional de Geografía de Bruselas como órgano de propaganda colonial. El artículo en cuestión nos cuenta, en un lenguaje apasionado (que podría ser el utilizado por ese Kurtz cuya elocuencia elogia Marlow, el alter ego de Conrad) cómo aldeas pacíficas se convertían en escenarios de masacres cuando los esclavistas entraban en ella con sus fusiles para hacer prisioneros y matar a quienes lo quisieran impedir:

Son las cuatro de la madrugada y reina la calma ( ) todo duerme y, de repente, un disparo, gritos terroríficos estallan desgarrando el gran silencio ( ) los indígenas arrancados bruscamente del suelo se lanzan fuera de las chozas; aterrorizados y enloquecidos todo lo olvidan, la mujer y los hijos, su primer pensamiento es huir y correr hacia el bosque ( ) Al ruido de los disparos le siguen los gritos de desesperación de los prisioneros, de los heridos y de los agonizantes ( ) El sol aparece bruscamente y viene a alumbrar este campo de matanza y desolación y es entonces cuando se remata a los heridos, se ata solidamente a los prisioneros y comienza el pillaje ( ); los propios vencidos se encargarán de transportar su expolio; se han vaciado las chozas y el fuego realiza su obra y allí, donde la víspera había una bonita aldea ya no queda más que una mancha negra y vacía; hombres, mujeres y niños atados unos a los otros; cadáveres sobre la tierra; regueros de sangre que exhalan un olor acre ( ) ¡Qué cuadro, del que se podrá decir que es el horror! Cuántas veces se ha desangrado mi corazón al ver estos lugares saqueados e incendiados que hace unas semanas había visto florecientes. El odio, la muerte, la devastación, los más malvados sentimientos humanos desencadenados contrastando con una naturaleza espléndida, un sol deslumbrante vertiendo indiferente su luz y su calor en medio de un país eternamente sonriente (Extracto del artículo que lleva el título: ‘Dejad tranquilos a los negros; contra la esclavitud’)

Los esclavistas de Tippu Tib

Hodister murió a manos de estos esclavistas en 1892, justo al principio de la guerra entre los traficantes árabes procedentes del Sultanato de Zanzíbar y la Force Publique del Estado Libre del Congo. Estos traficantes de esclavos y de marfil, dirigidos por Tippu Tib, que había sido contratado por Stanley cuando decidió continuar la labor de Livingstone en la exploración del curso del Lualaba, habían seguido las huellas del explorador desde Nyangwe; se establecieron en las selvas y formaron un Estado aparte dentro del Estado que era propiedad de Leopoldo II. Si bien al principio, hubo cierta coexistencia e incluso el rey belga llegó a nombrar a Tippu Tib gobernador del distrito de las cataratas Stanley, se multiplicaron los incidentes con los sátrapas que el negrero había dejado en la región.

Estos cabecillas no acataban las órdenes de los oficiales de Leopoldo II ni aceptaban que el Estado Libre del Congo fiscalizara sus operaciones. Además, eran rivales en el comercio del marfil. Por otra parte, al rey belga no le interesaba en absoluto que le asociaran ante la opinión pública con el esclavismo que practicaban y, además, conseguiría hacerse con los depósitos de marfil de los zanzibaritas.

Mientras Hodister comerciaba pacíficamente y pretendía internarse más en el interior de la selva para fundar nuevas factorías y explorar el territorio, el capitán Guillaume Van Kerckhoven, un jefe de caravana belga de 37 años, se apoderaba de los cargamentos de marfil por la fuerza, disparando si lo consideraba necesario a los árabes que se interponían en su camino. Pocas semanas antes de la masacre, se internó en su territorio y prácticamente les declaró la guerra.

Según cuenta Robert Edgerton, los árabes comenzaron su asalto matando a los integrantes europeos de la caravana comercial pacífica liderada por Hodister, quien en una carta fechada el 23 de marzo de 1892, apenas un mes antes de su captura, comentaba el buen recibimiento que le habían hecho los árabes de la zona. Ese mismo mes llegó a Riba Riba y fue entonces cuando el agente comercial y tres de sus asistentes europeos fueron capturados por sorpresa y asesinados por orden de uno de los reyezuelos árabes de la zona, Nserera, que recibió las manos y los pies de los cuatro. Las factorías de la compañía fueron atacadas y los guardias asesinados, en total once belgas murieron en lo que se llamó ‘la matanza de Lomami’, según cuenta Boulger.

Los cabecillas árabes habían niciado su revuelta. Uno de ellos, Sefu, jefe de Kasongo, capturó a dos agentes del Estado Libre, el lugarteniente Lippens y el sargento De Bruyne. Ambos fueron asesinados y sus manos enviadas a otro de los jefes árabes, Munie Mohara, jefe de Nyangwe.

Poco después, uno de los agentes de la oficina central de Hodister en el Lualaba dijo que el propio Nserera había ordenado que fuera torturado lentamente hasta la muerte. Vivió tres días y tras su muerte fue decapitado y su cabeza expuesta sobre una estaca hasta que se pudrió.

La guerra entre los árabes esclavistas y la Fuerza Pública del Estado Libre del Congo duró un par de años. Ambos ejércitos estaban constituidos por aborígenes y procedían en su mayor parte y en ambos casos de las tribus caníbales de las selvas del Congo. Los relatos de las escaramuzas son terribles: se desenterraban los cadáveres y se comían en el mismo campo de batalla; se “aderezaba” los prisioneros aún vivos, sometiéndolos a tortura, antes de echarlos al caldero e incluso algunos oficiales europeos empezaron a degustar la carne humana. Las tropas de Leopoldo II tomaron Nyangwe en 1893 y un año después la guerra había terminado.

Pero entonces comenzó algo mucho peor: las arcas del rey belga se habían quedado exhaustas con el gasto ocasionado por la guerra y tenía que resarcirse. Y se aumentaron las torturas, las mutilaciones y las muertes de los africanos que no cumplían la cuota de caucho exigida por la autoridad belga. Aún quedaban por delante varios años más de horror e infamia: por fin, el 15 de noviembre de 1908, el rey Leopoldo II tuvo que entregar el Congo, no sin antes reclamar cincuenta millones de francos en concepto de “gratitud por los grandes sacrificios realizados por él a favor del Congo”. Falleció un año después y la tragedia y el “horror” quedaron semiolvidados.

Bibliografía

Adam Hochschild, ‘El fantasma del rey Leopoldo’, Editorial Península, Barcelona, 2002

– Javier Reverte, ‘Vagabundo en África’, 1998, Santillana

– Norman Sherry, ‘Conrad’s Western World’, Cambridge University Press, 1971

– Thedore Westmark, ‘Tres años en el Congo’, Ediciones del Viento, 2009 (publicado por primera vez en 1886

-Peter Forbath, ‘El río Congo: descubrimiento, exploración y explotación del río má dramático de la historia’, Fondo de Cultura Económica, 1977

– Thomas Pakenham, ‘The Scramble for Africa: The White Man’s Conquest of the Dark Continent from 1876-1912’, Abacus, 1991

– Robert Edgerton, ‘The Troubled Heart of Africa; A History of the Congo’, St. Martin’s Press, New York, 2002

Demetrius Charles Boulger, The Congo State: Or, the Growth of Civilisation in Central Africa, Cambridge University Press, 2012 (1898 primera edición)

Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas

Nos encontramos en África, el continente literario por excelencia, el sueño de los exploradores y también el de los escritores. Conrad viajó por el Congo y luego, ya en Inglaterra, nueve años después, escribió sobre él. En el prólogo a la edición de 1902 advierte de que se trata de una “experiencia llevada un poco (y solamente un poco) más allá de los hechos reales con el propósito, perfectamente legítimo -creo yo- de traerla a las mentes y al corazón de los lectores”.

Algunos han comparado el personaje de Kurtz con otros reales como el Rajá Blanco e incluso contemporáneos, como Mayrèna, de los que ya he escrito en anteriores entradas. Está claro que “El corazón de las tinieblas” es la trasposición novelada del viaje de Conrad por el río Congo en 1890, pero me parece que no hay un personaje ni de verdad ni de ficción sobre el que pueda estar inspirado el agente comercial que acaba rindiéndose a los poderes misteriosos de la selva. Como en todas sus novelas, en ésta surge intensamente un asunto que le obsesionaba: la lucha del hombre contra las fuerzas incontrolables de la naturaleza, fuerzas irracionales y primitivas que subyacen en todos los hombres y que se mantienen inactivas e invisibles mientras no se abran las exclusas impuestas por la civilización.

Los sucesos de este viaje se narran a través de Charles Marlow, un capitán de barco que representa al propio Conrad y que permite al novelista recordar episodios de su propia vida y mostrar una actitud moral, a veces desconcertante o ambigua, sobre lo ocurrido y su significado. Aunque, tal vez esta ambigüedad actúe como una coartada. Dice Edward Said, en un ensayo sobre el escritor polaco naturalizado británico, que Marlow entra en el corazón de las tinieblas para descubrir que Kurtz es incapaz de decirle toda la verdad, por lo que cuando narra sus experiencias no puede ser tan exacto como le habría gustado y acaba exponiendo aproximaciones e incluso falsedades, de las que tanto él como sus lectores parecen darse cabal cuenta. Esa forma de relatar es la manera que tiene Conrad de ser ambiguo, de no dar nunca nada por auténtico y fomentar la duda. También es una exaltación de la ironía, cuando no del sarcasmo más estimulante y sublime.

El rey de los belgas

Conrad aprovecha su experiencia en África, donde durante ocho meses capitaneó un barco fluvial, propiedad de la Sociedad Anónima para el Comercio en el Alto Congo, para denunciar los excesos colonialistas, la salvaje explotación del continente entero.

Pretende desenmascarar la filantropía hipócrita de las gentes civilizadas que realmente lo que pretenden es expoliar a los países y a sus gentes. Unos años antes de que firmara el contrato para pilotar el vapor en el río Congo, en 1876, el rey Leopoldo II de Bélgica convoca la Conferencia Geográfica Africana en Bruselas, a la que acudieron expertos, exploradores y científicos de varios países europeos. En su discurso de apertura, el rey de los belgas declaró que lo que allí les reunía era una cuestión de la máxima moralidad, que no era otra que la de “abrir a la civilización la única parte del globo en la que no ha penetrado y ahuyentar las tinieblas que envuelven a poblaciones enteras; una cruzada digna de este siglo de progreso”. El régimen de odiosa esclavitud que estableció, como dueño del Estado Libre del Congo, fue responsable de la muerte de varios millones de congoleños.

Conrad denuncia los abusos del colonialismo, pero al mismo tiempo es partícipe de las ideas imperialistas del siglo e incluso, a veces, sus comentarios acerca de los indígenas resultan ciertamente xenófobos, o al menos carece de empatía hacia ellos, como cuando se refiere a los caníbales con los que viaja en el vapor por el Congo o la capacidad de aprendizaje, nunca total en su opinión, de los salvajes. Conrad, como todos los grandes escritores, capta el espíritu de su época. Y por eso, como dice Said, sus narraciones “son propias de un tiempo y de un lugar y no son incondicionalmente verdaderas ni ciertas sin matizaciones”.

Civilización y barbarie

Marlow comienza su relato mientras hace tiempo, junto con sus compañeros de navío, en la desembocadura del Támesis, recordando cómo los romanos llegaron a las costas de Gran Bretaña, “perdidos entre el frío, la niebla, las tempestades, el exilio y la muerte ( ) lo bastante hombres como para afrontar las tinieblas” y que, instalados tierra adentro, “sienten que la más absoluta barbarie les va rodeando; toda esa misteriosa vida que se agita en los bosques, en las junglas, en los corazones de los salvajes”, expuestos, finalmente, a “la fascinación de la abominación”. Pero a nosotros, concluye con aparente optimismo, “nos salva la devoción a la eficiencia”, porque los romanos, contrariamente a los europeos del XIX, “no eran colonizadores”, sino simplemente instrumentos de la “opresión”, para la que lo único que se precisa es “la fuerza bruta”.

Evidentemente se trata de un sarcasmo: tan opresores son los europeos del siglo XIX como los antiguos romanos, si no peor, aunque Marlow-Conrad sí cree en la capacidad benefactora del colonialismo, pero no en la conquista ni en la sumisión y expolio de los indígenas como denuncia a lo largo de la novela. Y asimismo cree en la inocencia y credulidad de las gentes de la metrópoli, representadas en la novia de Kurtz que, desde Inglaterra, recibe las noticias de sus “éxitos civilizatorios” y también la de su muerte que ella pretende convertir, con una absoluta ingenuidad, en un acto heroico merecedor de homenajes.

Al hilo de la reflexión sobre los romanos y el Támesis, Marlow recuerda su viaje, como capitán de un pequeño vapor, por el río Congo para recoger a un agente de la compañía que ha enfermado en una estación interior en plena jungla. Su primera parada será Boma, la capital, y después Matadi (en la novela no aparecen los nombres de estos enclaves, como tampoco el del propio Congo, pero se adivina porque Conrad visitó ambos en su viaje de 1890).

En Matadi, Marlow-Conrad es testigo de la miserable vida de los indígenas y de la maldad estúpida de los colonizadores: ve pasar una cadena de presidiarios harapientos, unidos los collares de hierro que llevan al cuello por una cadena mientras sus cabezas mantienen en equilibrio enormes cestas llenas de tierra. Pero lo peor aún está por llegar: en una pradera en lo alto de la colina vislumbra “negras sombras acurrucadas, tumbadas, apoyándose sobre los troncos ( ) en todas las posturas del dolor, el abandono y la desesperación”. Allí se les había abandonado para que murieran lentamente; no eran enemigos ni malhechores, sino solamente “sombras negras de enfermedad e inanición que yacían confusamente en la penumbra”, gentes que habían sido traídas “desde todos los lugares recónditos de la costa con toda la legalidad de contratos temporales” y que perdidos en un medio inhóspito y alimentados de forma precaria “se volvían ineficientes y enfermaban” y, entonces “se les permitía retirarse a rastras y descansar”.

Ésta es la visión que tiene Conrad, la realidad de lo que fue la colonización belga o francesa o británica de África, aunque nunca mencione Inglaterra: el trabajo hasta la extenuación, el hambre, la esclavitud y la muerte.

Kurtz, el agente

Marlow y su barco van en busca de Kurtz y las informaciones inquietantes que recibe acerca de él van creando su figura en el imaginario del capitán hasta llegar a un punto, aún sin conocerlo, en que le desprecia por haberse dejado dominar por las tinieblas de esa tierra salvaje, pero al mismo tiempo le considera un elegido provisto de dones espectaculares. También le teme porque sabe que él mismo podría convertirse en su igual en el momento en que le abandonara la razón y se sometiera a los instintos más primitivos del ser humano que apenas han sido domeñados en el transcurso de la civillización.

Kurtz era el agente de la compañía que más marfil había recogido, por medio del robo o la negociación, y luego, había sido absorbido por la selva, que le había cautivado, “penetrado en sus venas, consumido su carne y unido su alma a la suya por medio de inconcebibles ceremonias de algún rito de iniciación demoníaca”. Las tribus le siguieron porque le adoraban. Todo le pertenecía a Kurtz, pero “la cuestion era saber a qué pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas le reclamaban como suyo”.

Las buenas intenciones

Pero al principio no era así. Su intención era civilizadora, estaba imbuido de la buena nueva y se creía capaz de contribuir a mejorar la situación de los nativos. La Sociedad Internacional para la Supresión de las Costumbres Salvajes le había confiado la redacción de un informe que sirviera de guía. Y lo hizo, escribió diecisiete páginas, “pero esto debió hacerlo antes de que sus nervios le fallaran” y le llevaran a presidir “ciertos ritos indescriptibles que se le ofrecieron a él”. El informe rebosa entusiasmo y argumenta que los blancos, debido a su nivel de desarrollo, deben parecerles a los salvajes seres sobrenaturales y, en esa escalada de elocuencia llega a hablar de la necesidad de establecer “una exótica Inmensidad gobernada por una augusta Benevolencia”. Pero tras toda “aquella conmovedora apelación a los sentimientos altruistas” el epílogo, añadido tiempo después de la redacción del informe, resulta aterrador: “¡Exterminad a todos los salvajes!”.

La selva pudo apoderarse de él porque le faltaba algo, porque había algo vacío tras su fachada y su elocuencia y se tomó en él una venganza terrible. Le susurró cosas sobre sí mismo que no conocía y resultó irresistiblemente fascinante, “resonó fuertemente dentro de él porque su corazón estaba hueco”, inmerso en una “impenetrable y estéril oscuridad”.

Marlow llega por fin a la residencia de Kurtz y lo primero que le llama la atención son las cabezas dispuestas sobre estacas, mirando hacia la casa, no protegiéndola, sino en una actitud de servidumbre tras la muerte. El atardecer va dando paso a la penumbra y es entonces cuando aparece Kurtz, transportado en unas parihuelas y seguido por riadas de seres humanos desnudos con lanzas y escudos, de mirada feroz y movimientos salvajes. La comitiva se detiene y el hombre se incorpora, eleva un brazo y puede apreciarse la delgadez causada por la enfermedad que le ha convertido en una imagen animada de la muerte.

Kurtz va a morir y pocos instantes antes Marlow ve en su rostro la expresión del orgullo sombrío, del poder despiadado, del terror pavoroso; de una desesperación intensa y desesperanzada. Gritó gritó dos veces, un grito no más fuerte que una exhalación: “¡El horror! ¡El horror!”

Podemos imaginar el camino que siguió Kurtz desde su llegada a África hasta llegar al desquiciamiento: sus buenos sentimientos se vieron alterados por lo que vio allí, que no fue otra cosa que la codicia de las compañías comerciales europeas y el asesinato, la esclavitud y la tortura infligidos a los nativos, sin ninguna cortapisa legal, por parte del hombre blanco. También el salvajismo y la crueldad de los nativos y su inocencia forman parte de este camino sin retorno al que se ve abocado Kurtz.

Tierra entre tinieblas

Junto a las sombras de salvajismo y terror primitivo en que están sumidos los salvajes y las tinieblas que podían hacer perecer las almas de quienes observaban a los nativos reducidos a bestias sin más derechos que poder morir de agotamiento, inanición o por castigos inhumanos, surgía también la oscuridad del río y de la jungla del interior de aquel continente extraño y salvaje. Remontar el río era, dice Marlow, “penetrar más y más en el corazón de la oscuridad ( ) era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes” y soñar “que éramos los primeros hombres que tomaban posesión de una herencia maldita que debía ser sometida al precio de una profunda angustia y de un enorme esfuerzo”.

Esa atmósfera de terror, exacerbada por los olores, la oscuridad de la selva y la soledad contribuyeron a la creación de ese reino del mal en el que se convirtió la estación interior sobre la que gobernaba Kurtz, que había comprendido que él podía convertirse en un dios para los indígenas.

El comandante Kurtz de Coppola

En ‘Apocalipse Now’, la película que Coppola dirigió en 1979, Kurtz es un comandante brillante que ha creado, como en ‘El corazón de las tinieblas’, su propio reino de abominación, pero esta vez en la selva de Camboya. El Kurtz americano es, al igual que el europeo de Conrad, un hombre a la deriva, desnortado, preso de una locura sanguinaria y primitiva, que sale a la luz en medio de las tinieblas en que está inmersa la acción del hombre blanco.

La guerra de Vietnam, como la colonización del Congo, era parte del horror. Cuando el capitán Benjamín L. Willard -el Marlow de ‘Apocalipse Now’- consigue hablar con Kurtz, éste le cuenta que una vez, cuando estaba en las fuerzas especiales, fueron a un campamento a vacunar a los niños contra la polio. Tras hacerlo se marcharon, pero un viejo llegó llorando y ellos regresaron y vieron allí “un montón de bracitos”. Y entonces se dio cuenta de que aquellos hombres eran más fuertes que ellos porque luchaban con el corazón y tenían voluntad para hacer eso, “eran capaces de utilizar sus instintos primarios para matar sin sentimientos, sin pasión, sin prejuicios, sin juzgarse a sí mismos, porque juzgar es lo que nos derrota”.

Tanto la novela como la película consiguen crear una atmósfera densa y fascinante con la descripción de una jungla repleta de sombras, en la que apenas se vislumbran reflejos de algo terrible que está sucediendo más allá y en la que se escuchan gritos que rasgan el aire como aullidos inhumanos. Más que una pesadilla, lo que se narra en ambas es una alucinación de los sentidos que hiela el corazón.