Penúltimas palabras de Wilde y James; el ‘papelón’ de Xul Solar y la leyenda de Valle-Inclán

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Oscar Wilde murió en París a los cuarenta y seis años, prematuramente envejecido, tras cumplir la sentencia que le llevó a la cárcel por su homosexualidad, castigo infame donde los haya. No tenía maś dinero que el que le prestaban los que aún seguían siendo sus amigos. Su aspecto cambió radicalmente: engordó y dejó de ser el hombre elegante y atildado que siempre había sido.

Pero no perdió el don de la conversación ni la agilidad verbal de la que hizo gala a lo largo de su vida. De él se cuentan innumerables leyendas y una de ellas -que puede o no ser cierta- se sitúa poco antes de su muerte, ocurrida el 30 de noviembre de 1900 a consecuencia de una infección de oído que se complicó, aunque Wilde en su última carta achaca su enfermedad a una intoxicación de mejillones y expresa bastante confianza en su curación.

Pero a lo que iba: poco antes de morir pidió champagne y cuando se lo llevaron, declaró enfáticamente: ‘Estoy muriendo por encima de mis posibilidades’.

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Sobre los últimos momentos o las últimas frases de los ilustres hay mucha literatura y mucha leyenda, pero no todas son falsas. Algunas son interpretables, como la de Henry James, que murió en 1916 tras una larga enfermedad durante la cual sufrió delirios. Meses antes de su muerte y después de un primer ataque contó, al recuperarse, que en el momento de caer al suelo y pensar que todo se acababa, escuchó en la habitación una voz que no era la suya y que decía: ‘Así que al fin ha llegado, esa cosa distinguida!’

Podría interpretarse como que esa frase se refería al propio James, a quien calificaba de “cosa distinguida”. No en vano, Henry James es uno de los escritores más “aristocráticos” de la historia de la literatura y al menos así lo deduzco de cómo cuenta la anécdota Javier Marías, pero Borges, su gran admirador, ofrece otra traducción de la frase ‘So this is it at last, the distinguished thing’, que quedaría de la siguiente manera: “Ahora, por fin, esa cosa distinguida, la muerte”. Más metafísico quizá, pero le quita la gracia burlona de Henry James sobre sí mismo.

¡Qué papelón!

Volvió a aparecer Borges, no puedo evitarlo. Y me recuerda una historia que contó, también sobre la muerte, a su amiga y biógrafa María Esther Vázquez. Estaban hablando del conde de Saint Germain, del que la leyenda cuenta que a lo largo del siglo XVIII mantuvo el mismo aspecto, con el que aparentaba unos cuarenta años. De ahí se deducía que era inmortal y es entonces cuando dice Borges que “en Buenos Aires ocurrió algo parecido con Xul Solar” -pintor, astrólogo, inventor de neolenguas, místico y excéntrico- hasta los últimos años de su vida. “Gente que lo trató en distintas épocas y yo mismo, que fui su amigo durante mucho tiempo pues lo conocí aproximadamente en 1923, nunca notamos en él ningún cambio físico”. Incluso él mismo estaba convencido de ser inmortal.

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Y sigue contando Borges: una persona que le quería mucho, cuando Xul Solar murió, en 1963, exclamó: “¡Él, que había dicho que era inmortal! Ahora se ha muerto ¡Qué papelón!”. El escritor confiesa, falsamente escandalizado, que fue la primera vez que oyó ese término refiriéndose a un muerto.

María Esther Vázquez da un detalle más sobre esta cuestión: la persona que quería mucho a Xul Solar y que pronunció en su velorio la palabra ‘papelón’ fue la propia mujer del pintor, a la que el marido había logrado convencer de que era inmortal. Xul aseguraba a quien quisiera oírlo que era un ángel caído del cielo y que por eso viviría para siempre y que podía entrar en éxtasis y levitar en cualquier momento y lugar. Una vez lo intentó en el domicilio de Borges, pero cuando se hallaba tumbado en el suelo presto a alzarse, entró la madre, doña Leonor, y le dijo tajantemente que en su casa nadie se tiraba al suelo y que no se le ocurriera volver a hacerlo. Lo dejaron para otro día.

Xul Solar fue un hombre insólito, incluso de nombre, que él mismo construyó mezclando sus apellidos: Schultz Solari. Óscar Agustín Alejandro, nacido en Argentina, era hijo de alemán e italiana. Fue muy amigo de juventud de Borges; ilustró varias obras del escritor y era hombre de capacidades y oficios muy diversos: pintor, músico, inventor de instrumentos y creador de lenguas -el ‘neocriollo’ y la ‘panlengua’, ésta última monosilábica y universal. Una vez Borges le preguntó por lo que había hecho ese día, a lo que Xul Solar contestó que “nada importante: después de almorzar, fundé doce religiones”.

Valle-Inclán, tradicionalista y ácrata

Nos gustaría que fuera verdad pero, según las recientes biografías del escritor gallego, ninguna de las leyendas que corren sobre lo que dijo o hizo en los momentos previos a su muerte son auténticas. Había advertido que no quería en su funeral “ni cura discreto ni fraile humilde ni jesuita sabihondo” y ya enfermo, en un frío mes de enero de 1936 y en una habitación de un sanatorio de Santiago atestada de amigos, familiares y curiosos, se desesperaba en su agonía, quejándose: ‘¡Me muero! ¡Lo que tarda esto! ‘.

Pues parece que nada era cierto, pues ningún sarao se había armado en la habitación, en la que sólo estaban presentes tres personas: dos doctores y su hijo Carlos; que don Ramón en esos momentos ni pronunciaba sentencias grandilocuentes ni ganas tenía y lo que es peor, que en el funeral, el 6 de enero de 1936, ningún anarquista se abalanzó sobre el ataúd para arrancar la cruz que lo adornaba. Se contó, faltando a la verdad, que la tapa del féretro se rompió, que el cadáver quedó al descubierto y que el autor de la tropelía cayó rodando al hoyo y tuvieron que rescatarlo. Y es que, dice su biógrafo, don Ramón no fue ácrata en ningún momento de su vida y duda seriamente de la leyenda que ha hecho de él un lunático o un excéntrico. Pero hubiera sido bonito.

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Bibliografía

María Esther Vázquez, Borges, sus días y su tiempo, Ediciones B, 1984

Javier Marías, Vidas escritas, Random House, 2007

Ramón Alberca, La espada y la palabra: vida de Valle-Inclán, Tusquets, Barcelona, 2015

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Cementerios de París: ausencias, epitafios ingeniosos y el triunfo del amor

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Abadía de Newstead, propiedad de Byron

Lord Byron no fue enterrado junto a sus admirados Shelley y Keats en el Cementerio de los Ingleses, en Roma, ni tampoco en París. Murió en Missolongui, de unas fiebres mientras luchaba por la independencia de Grecia. Allí quedó su corazón, dice la leyenda, mientras que el resto del cuerpo, embalsamado, fue enviado en una cuba de cognac a Inglaterra. Pero la Abadía de Westminster se negó a darle sepultura: “Porque llevó una vida disoluta y dejó una poesía licenciosa, es indigno de ocupar un lugar en la Abadía, entre los grandes escritores ingleses”.

Finalmente fue enterrado junto a su madre en la Iglesia de Santa María Magdalena de Hucknall, en Nottinghamshire, y tuvieron que pasar 145 años desde su muerte, hasta 1969, para que Westminster reconsiderara su postura y accediera a colocar una placa conmemorativa en el Rincón de los Poetas de la Abadía, en la que recuerda “su desvelo constante por la justicia social y la libertad”.

Quizá su tumba hubiera encontrado un lugar perfecto en uno de los cementerios de París, el de Père-Lachaise o el de Montparnasse, visitados por miles de personas. Pero no pudo ser: no existe ningún recuerdo de Byron en tierras francesas porque jamás las pisó. En su primer viaje al continente, durante el cual escribió La peregrinación de Childe Harold, tuvo que bordear las fronteras en un recorrido circular porque su país estaba en guerra con Napoleón: Portugal, España, Sicilia, Malta, Grecia, Albania y Turquía.

Y en la segunda ocasión, en 1816, cuando Bonaparte ya había sido exiliado a Santa Elena, Francia le negó el visado para cruzar su territorio. “Y privó a París -comenta William Ospina- del recuerdo, que se habría convertido en leyenda, de ver sus calles, sus tabernas y sus catedrales, sus salones, sus jardines y sus burdeles convertidos en el escenario del mayor de los destinos románticos”.

Las tumbas más frecuentadas

Sí descansa para la eternidad en el Père-Lachaise un compatriota de Byron, un escritor que también se moría por una frase irónica y bien construida, y que se creó muchos enemigos a lo largo de su vida. Se trata de Oscar Wilde, cuya tumba animó a Jim Morrison, el mítico cantante del grupo The Doors, que en 1971 visitó el camposanto, le gustó y en él se quedó, una vez muerto, con veintisiete años. En su tumba se puede leer una inscripción en griego – ‘Kata ton daimona eaytoy’– que puede tener dos significados: ‘Al espíritu divino que llevaba en su interior’ y ‘Cada uno es dueño de los demonios que lleva dentro’.

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La tumba de Oscar Wilde es, posiblemente, la más visitada de este cementerio. Su sepulcro está vigilado por una esfinge modernista, cuyos genitales masculinos causaron escándalo en su momento. Cuando parecía que se había calmado la polémica y aceptados los memorables atributos, éstos fueron cercenados a paraguazos por dos turistas británicas, un punto puritanas. Hasta la fecha se desconoce su paradero.

El bloque de granito que cubre la tumba siempre estaba repleto de corazones y de besos: el rito consistía en pintarse los labios y posarlos sobre el sepulcro, aunque con tanto lápiz labial la lápida resultaba difícil de limpiar. Por eso en 2012, la familia de Oscar Wilde decidió colocar un muro de vidrio de dos metros de altura para mantener las distancias. Los ósculos pueden quedar impresos ahora en un árbol que se ha plantado al lado para tal actividad.

Ni Morrison ni Wilde son los únicos en recibir mensajes y objetos de lo más diverso. La lápida de Julio Cortázar, en el cementerio de Montparnasse, exhibe la imagen de un cronopio y los visitantes dejan dibujos de rayuelas, copas de vino y billetes de metro con dibujos.

El ingenio

Cerca de Wilde se sitúa la tumba de Molière, que presenta un epitafio de lo más ingenioso: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”.

El cementerio de Montparnasse también cuenta con inscripciones filosóficas o simplemente divertidas. Incluso hay un epitafio ausente, el de Baudelaire. Al escritor de Las flores del mal no le hicieron caso y en su sepulcro no figura lo que él habría querido inscribir: “Aquí yace quien por haber amado en exceso a las busconas, descendió joven todavía al reino de los topos”.

Ni en el cementerio de Montparnasse ni en el de Père-Lachaise está enterrado el Marqués de Sade, pero sí en París, en Charenton, un famoso manicomio en el que fue encerrado en 1801 para pasar los últimos años de su vida. Napoleón, entonces primer cónsul de Francia, ordenó el arresto de Donatien Alphonse François, tras considerar que su libro Justine era el engendro más “depravado y abominable” de la literatura. Ya en Charenton, con la etiqueta de “demente libertino”, el Marqués se dedicó a escribir y a dirigir obras teatrales con los inquilinos del establecimiento como actores, hasta que se lo prohibieron, de nuevo por libertino. Murió en 1814 y en su lápida está inscrita la siguiente frase: “Si no viví más, es porque no me dio tiempo”.

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Abelardo y Eloísa

Una de las tumbas más espectaculares del Père-Lachaise es la que acoge a los famosos protagonistas de una historia de amor medieval: Abelardo y Eloísa, que descansan juntos desde su muerte, lo que no ocurrió en vida. En 1817 sus cuerpos fueron trasladados al cementerio parisino y cuenta la leyenda que ambos permanecen abrazados dentro de sus tumbas.

La historia es sobradamente conocida, pero la recordaré en un pequeño apunte. Pedro Abelardo nació a finales del siglo XI en Nantes y decidió no seguir la carrera de las armas que, como primogénito le correspondía, para dedicarse al estudio de la filosofía. En París ejerce como profesor y allí inicia una relación turbulenta con una quinceañera de la que es tutor, a la que dobla la edad y con la que tiene un hijo, el pequeño Astrolabio, que es entregado a las hermanas de Abelardo para que cuiden de él. Como consecuencia, Fulberto, el tío de Eloísa ordena que el filósofo sea castrado. Desesperado, toma los hábitos religiosos, no sin antes asegurarse de que su joven esposa también lo haga. Pasan los años y, para colmo, sus obras fueron quemadas por heréticas y él excomulgado, en el concilio de Sens.

Eloísa, obligada a la vida conventual por su propio esposo, le escribe cartas que él contesta con reproches y amonestaciones. Son cartas en las que ella se queja de su ausencia y él se niega a consolarla, aunque algunos expertos las consideran apócrifas por su descarado propósito edificante. En estos escritos Abelardo llega a alegrarse de la supresión de un miembro que no le hacía falta y que le impedía someterse a Dios y, de paso, asegura que las mujeres son un obstáculo para la vida intelectual y para la vida santa de los hombres.

Sartre y Beauvoir

Todo lo contrario de lo defendido por otra pareja que comparte una tumba muy sencilla en el cementerio de Montparnasse. Su vida de pareja fue la expresión más clara y rotunda del amor libre, sin celos, trabas o imposiciones. Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, cuyo entierro, en 1980, se convirtió en un acto de homenaje grandioso, al que acudieron cincuenta mil personas, en lo que Claude Lanzmann describió como la última manifestación del mayo francés.

Giscard d’Estaign, presidente de la República, ofreció que el Estado franceś se hiciera cargo del coste de los funerales pero los amigos de Sartre lo rechazaron. Sin servicio de orden ni previsión de tanta afluencia de personas, a lo que se sumó el reducido itinerario impuesto por las autoridades, el cortejo fúnebre pronto se tornó confuso y el caos fue de tal magnitud que un hombre llegó a caer en la fosa abierta a la espera del féretro de Sartre, mientras miles de flores pasaban de mano en mano.

Un año después de la muerte de Sartre, Beauvoir publicó La ceremonia del adiós, donde contaba los últimos diez años de convivencia con el filósofo. Concluye el libro con una frase de una clarividencia desgarradora: “Su muerte nos separa. Mi muerte no nos reunirá. Así es; ya es demasiado bello que nuestras vidas hayan podido juntarse durante tanto tiempo”. Le sobrevivió seis años y fue enterrada junto a él.

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