El año del verano que nunca llegó, William Ospina

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Todo anda relacionado: nosotros con nuestros coetáneos y con nuestros antepasados y también con los que han de llegar; con lo que está cerca pero también con lo que está a miles de años luz; con lo que leemos y con lo que alguien escribió hace más de dos mil años; con la lluvia de la primavera y con los huracanes de otro continente. Así pasa siempre porque todo suceso es la consecuencia de millones de interacciones ocurridas hasta ese momento, producidas por el azar, cuyas leyes de causalidad desconocemos.

El volcán de una pequeña isla del archipiélago indonesio entró en erupción en la primavera del año 1815. Produjo un impresionante tsunami y se llevó por delante la vida de más de sesenta mil personas. El nombre del monte volcánico, Tambora, y el de la isla, Sumbawa, eran totalmente desconocidos para los europeos pero todo el hemisferio norte padeció un año después las consecuencias de la nube de azufre y ceniza que ocultó el sol, hizo que nevara en pleno junio en Nueva Inglaterra, malogró cosechas, produjo hambrunas y cambió los colores del crepúsculo y del amanecer.

La erupción del Tambora contribuyó a crear personajes tenebrosos, cuyas sombras surgieron en una larga noche de frío y lluvia que comenzó el 16 de junio de 1816 en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, en Ginebra. “Todo está comunicado en secreto” y “al libro del universo se puede entrar por cualquier página”, dice el propio William Ospina para justificar la obsesión y los trabajos que durante tres años le mantuvieron ocupado siguiendo los hilos, aparentemente invisibles, de una historia que ocurrió en un mes de junio que debía ser primaveral pero que no llegó a florecer porque el verano, ese año, no llegó nunca.

El escritor colombiano W. Ospina actúa como un detective, siguiendo las pistas que le van dejando lecturas, conversaciones y lugares, y va conformando una historia que empezó a tejerse en su imaginación a partir de la preparación de una conferencia sobre el gólem, ese coloso de barro al que la palabra Emet inscrita en su frente le convierte en un ser vivo. La asociación con Frankenstein fue inmediata y de ahí a Mary Shelley, su autora. Días después recibe como regalo el libro de Trelawny, Memorias de los últimos días de Byron y Shelley. A partir de esta concatenación de hechos, surgidos en apariencia por azar, Ospina se siente obligado a proseguir la historia de aquella larga noche en la que cinco jóvenes – Shelley, Mary Godwin, Claire Clairmont, Polidori y Byron- estuvieron encerrados por culpa de un tiempo de pesadilla en una villa a la que ya anteriormente habían visitado importantes personajes, como el mismo Milton.

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Byron, Polidori, Mary, Percy y Claire

No sabía si necesitaba escribir una novela -dice Ospina- pero comprendí que me estaba vedado recurrir a las licencias de la ficción. Sólo podía contar las cosas como fueron: no los hechos, sino apenas mi lenta aproximación a los hechos” y dar cuenta “no de la verdad de la historia, sino de los azares y las incertidumbres de mi propia búsqueda”. El resultado es un apasionado relato sobre la gestación del Monstruo de Frankenstein y del Vampiro de Polidori y de cómo se entremezlaron los destinos de los cinco jóvenes, como no podía ser de otra forma. Ninguno de ellos alcanzaba los treinta años y ellas ni siquiera los veinte cuando idearon las pesadillas y ninguno de los tres hombres sobreviviría más de ocho años a esa fecha.

Byron, que había alquilado la villa, llegó a Ginebra acompañado por Polidori, un joven médico de veinte años, al que había contratado como facultativo y también para que llevara un diario del viaje. Había abandonado Inglaterra después de un gran escándalo que tenía que ver con los amores incestuosos que mantuvo con Augusta Byron, su media hermana. Había cautivado a la sociedad inglesa con su fascinante personalidad, pero no se le perdonó el adulterio ni la provocación.

También Shelley había abandonado Inglaterra. Hacía unos años, mientras estudiaba en Oxford, publicó una invectiva contra la sociedad de su tiempo, Necesidad del ateísmo. Fue expulsado de la Universidad y de la mansión familiar. Por un impulso rebelde se casó con la joven Harriet, hija de un posadero; visitó a Coleridge y a Wordsworth, en aquel momento máximos exponentes del romanticismo inglés, pero que a Shelley le parecieron extraordinariamente conservadores; y volvió sus ojos hacia William Godwin, un pensador anarquista, “gran negador de todo poder, de toda tradición y de toda institución”.

En la casa de Godwin, Shelley conoció a sus tres hijas: Fanny, Mary y Claire. Abandonó a su mujer, Harriet, y huyó con Mary y con Claire al continente. Es muy posible que Claire Clairmont estuviera enamorada de Percy, pero tuvo que contentarse con Byron al que logró conocer y convertirse en su amante tras escribirle cartas apasionadas. Claire, embarazada en junio de 1816, fue la única que no escribió nada aquella noche y no debía hacerlo mal, dado el resultado de sus misivas a Byron. Sin embargo, fue la organizadora, la tejedora de la trama, la que hizo que los cinco se reunieran en Villa Diodati.

Fue Byron quien propuso a sus invitados que esa noche escribiera cada uno un cuento de terror. El ambiente era propicio y habían estado leyendo en voz alta un libro alemán sobre fantasmas que Polidori había llevado consigo. Cualquiera hubiera pensado que Shelley y Byron tenían las de ganar en esta competición, pero no fue así. Shelley escribió un relato que ni siquiera figura en su antología, Los asesinos, y Byron eligió crear un poema, titulado Oscuridad, que comenzaba así: “Tuve un sueño que no era del todo un sueño. El brillante sol se apagaba…”

En cambio, Mary, con apenas dieciocho años, y Polidori, con veinte, fueron las estrellas de la noche. Tal vez porque fueran las almas más sensibles a la influencia, demoníaca e intensa, de Byron. Sus monstruos reflejan en cierta manera la personalidad del dueño de la casa.

El monstruo y el vampiro

Mary Shelley ideó al monstruo de Frankenstein en la larga noche de junio pero escribió este relato entre filosófico y de terror durante los veintidós meses posteriores. En el prefacio, escrito por Percy, se afirma que “el suceso en el que se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado por el doctor Darwin y algunos otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible”. Se refiere a Erasmus, el abuelo de Charles, un librepensador que se ocupó del origen de la vida.

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Por entonces se conocían en toda Europa los experimentos de Luigi Galvani, que producían espasmos musculares en la pata de una rana mediante descargas eléctricas; Aldini consiguió en 1803 provocar contracciones en cadáveres humanos. Aunque Mary también pudo encontrar su inspiración en un personaje real: Conrad Dippel, nacido en 1673 en el castillo de Frankenstein, en Darmstadt. Estudió Teología y Filosofía y practicó la alquimia y la anatomía. La leyenda que el narrador de cuentos Jacob Grimm contó a la traductora de sus cuentos Mary Jane Clairmont, madre de Claire y madrastra de Mary, asegura que Dippel realizaba experimentos con cadáveres y creía que era posible transferir las almas.

En cuanto al vampiro ideado por Polidori todo hace pensar que es el propio Byron, en un faceta de aristócrata insensible y malvado, que se alimenta de las desgracias de los más vulnerables y frágiles y mancilla a las jóvenes inocentes y virtuosas. Su nombre, Lord Ruthven, fue utilizado por Caroline Lamb, amante despechada de Byron, en una obra llamada Glenarvon, en la que se le ridiculiza.

Encuentros y desencuentros

El encuentro de ambos poetas fue para ellos más importante que el concurso de narraciones. De caracteres completamente opuestos, desde el momento en que se encontraron es posible rastrear en sus obras y en sus vidas el influjo del uno en el otro. Byron derivó a un pensamiento más complejo y a unas convicciones más firmes en tanto que Shelley aparece más audaz. Resulta extraño pero no exagerado cuando Ospina dice que “intercambiaron sus muertes”. Quien debió marchar a Grecia para luchar por su libertad y morir en Missolonghi fue Shelley, por su entrega total a las causas justas, en tanto que Byron podría haber muerto en el naufragio en la bahía de La Spezia por su afán aventurero y temerario. No fue así.

Si para Shelley fue magnífico encontrarse con Byron, no resultó igual para Claire ni para Polidori. Byron contrató alegremente a este médico recién graduado con aspiraciones literarias, pero por una frase, por un desplante, era capaz de arruinar la mejor amistad. John William Polidori intentaba imitar las excentricidades de Byron pero nunca lo conseguía, más bien fracasaba lastimosamente, lo que provocaba la burla inmisericorde de su adorado modelo.VampiroPolidori

Cuando un año después de la larga noche se publicó El vampiro, el editor se equivocó y puso como autor a Byron, que no se apresuró precisamente a corregir el error. Polidori se suicidó a los veinticinco años con ácido prúsico, cuyo inventor casualmente fue el doctor Dippel. Polidori murió sin saber que Goethe había aclamado su Vampiro como la mejor obra de Lord Byron.

En cuanto a Claire Clairmont, poco se sabe de ella después de que muriera su hija, Allegra, a los once años. Hija de Byron, fue concebida en el verano de los monstruos. Cuando nació, el padre las abandonó, y ellas se fueron a vivir con Shelley y Mary. Byron la reclamó pero pronto se cansó de Allegra y la envió con las monjas a un convento italiano. Claire intentó secuestrarla porque no tenía ninguna confianza en el cuidado ni en la educación que recibía su hija. Efectivamente, Allegra murió cinco años después, de tifus o de malaria, y Claire mantuvo su odio a Byron el resto de su vida.

Pasados más de cincuenta años, Henry James convirtió a Claire Clairmont en la protagonista de Los papeles de Aspern: una anciana recluida en una vieja casa de Venecia, enmascarada bajo el nombre de Julia Bordeareau, que guarda como un tesoro los recuerdos del poeta al que amó en su adolescencia: Shelley, no Byron.

Todas estas cosas nos cuenta William Ospina y su prosa logra transmitirnos un entusiasmo contagioso por todo aquello relacionado con el verano de 1816 que nunca existió. Para el final nos deja un regalo que no voy a desvelar, al menos por ahora. Sólo un nombre: Ada.

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Villa Diodati

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El cementerio de los ingleses: Keats, Shelley, Trelawny y Daisy Miller

Sin quitar mérito a los magníficos panteones, las modestas Iglesias, las tumbas en lugares exóticos o en pueblecitos marineros, son los cementerios de las ciudades los que más atraen a los paseantes necrófilos. Hay uno en Roma que acogió en su día a jóvenes románticos y al que coloquialmente se le llama ‘cementerio de los ingleses’. Le rodea la antigua muralla aureliana e integrada en ella, la pirámide Cestia, un edificio sepulcral de estilo egipcio erigido en el primer tercio del siglo I a.C como tumba para el patricio Cayo Cestio, miembro de los ‘Septemviri Epulones’, los encargados de organizar banquetes en honor de los dioses.

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En el cementerio protestante de Roma –o Cimitero Acattolico, como se llama oficialmente- reposa John Keats, inglés de vida efímera y trágica, cuyo epitafio es uno de los más bellos impresos en piedra: “Esta tumba contiene todo cuanto fue mortal de un JOVEN POETA INGLÉS, quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que grabaran estas palabras en su sepultura: Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito en el agua.

Borges dedicó un poema a John Keats, cuyos últimos versos dicen: El alto ruiseñor y la urna griega / serán tu eternidad, ¡oh fugitivo! / Fuiste el fuego. En la pánica memoria / no eres hoy la ceniza. Eres la gloria.

Cuando Keats llegó a Roma, en noviembre de 1820, sufría una tuberculosis avanzada y, sabiendo que su final estaba próximo, le pidió a John Severn, su fiel amigo, pintor y cónsul en la ciudad, que se asegurara de que las cartas y un mechón del cabello de su amada, Fanny Brawne, se enterraran en su ataúd. Se cumplió su voluntad y su tumba se cubrió de margaritas y violetas, como luego contó Shelley, cuya tumba también se encuentra en este mismo cementerio romano, a unos metros de distancia de la de Keats.

Dos años después de la muerte de John Keats, Percy Bysshe Shelley, también encarnación del ideal romántico, desapareció en el mar una noche de tormenta en la que salió a navegar desde Livorno a Lerici. Su cuerpo, irreconocible a falta de rostro, fue arrastrado hasta la playa poco después. Se le pudo identificar por el libro de poemas, de Keats, que llevaba en el bolsillo.

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Sus amigos, Henry Leigh Hunt, poeta y editor británico, Edward Trelawney, capitán de la Marina retirado, y Byron, prepararon un funeral insólito: construyeron una pira en la playa para incinerarlo como a los antiguos romanos, avivando el fuego con vino, aceite y sal, según contó una y otra vez Trelawney. El fuego no llegó a alcanzar la temperatura necesaria para convertir el cuerpo de Shelley en cenizas por lo que el proceso se tuvo que repetir varias veces. En una de ellas, Trelawney atravesó las llamas para arrancar del cadáver el corazón del muerto, que había quedado descubierto, y entregárselo a su viuda, Mary Shelley, que lo conservó hasta su muerte y con el que fue sepultada, pero en Inglaterra.

Posiblemente muchos detalles de esta incineración sean inventados. Se sabe que, durante el largo proceso, Byron y Hunt se marcharon a nadar debido al gran calor que desprendía la pira y que Mary Shelley no estaba presente, pese a que aparece en el cuadro de Louis Fournier, ‘El funeral de Shelley’.

Edward Trelawny, que conoció a los Shelley a través de Edward Ellerker Williams, antiguo marino que también falleció en la travesía del barco llamado ‘Don Juan‘, en honor a Byron, o ‘Ariel‘, según Mary Shelley, era a partes iguales un héroe y un mitómano y mucho de lo que sabemos acerca de la ceremonia y entierro de Percy se lo debemos a él, que lo contó repetidas veces, en conversaciones y en libros, añadiendo o cambiando una u otra circunstancia dependiendo del ambiente o del tiempo transcurrido. Trelawny sirvió en la Marina Real británica desde los doce a los veinte años y aunque nunca pasó de soldado raso se presentaba como capitán retirado. Pese a que fue dado de baja, él siempre contó que había abandonado el Ejército para ejercer de corsario en el Índico.

Se encargó de la cremación de Shelley y de Williams y después marchó con Byron para luchar por la independencia de Grecia. Cuando su amigo murió en Missolongui tuvo que hacer los arreglos para el cuidado del cadáver y los trámites para su entierro y la expatriación de su corazón a Inglaterra.

Apenas había sobrepasado la cuarentena y a Trelawany aún le quedaban por delante muchas aventuras que disfrutar, aunque ya no tan interesantes, y libros por escribir sobre sus andanzas y acerca de sus amigos, Shelley y Byron. Murió a los 88 años de edad, en 1881. Sus cenizas fueron enterradas cerca de la tumba de Shelley, en el cementerio protestante de Roma, y dejó encargado que en su lápida se grabaran unas líneas del poeta: Estos son dos amigos cuyas vidas no estuvieron divididas / Por tanto, permitan que su memoria continúe igual / bajo la tumba: no dejen que sus huesos sean separados / como no lo fueron sus dos corazones, que en sus vidas fueron uno solo.

‘Daisy Miller’, Henry James

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Junto a Keats y a Shelley, en el cementerio protestante de Roma, descansa un personaje de ficción, Daisy Miller, del libro homónimo de Henry James publicado en 1878. Era una joven norteamericana, muy bella, un poco alocada, bastante coqueta, y demasiado ingenua, que muere por cometer una insensatez: pasear a la luz de luna por las ruinas del Coliseo, donde contrae la malaria. Es el momento en que la narración alcanza su momento crucial. Justo allí, en la arena, el narrador de la historia, el ‘tieso’ Winterbourne, que la había pretendido, antes de sorprenderla en el paseo y reconvenirle por su imprudencia, comienza a murmurar los famosos versos del ‘Manfred’ de Byron, un poema dramático en el que el protagonista es un noble torturado por una gran culpa y que intenta por medios sobrenaturales borrar el pasado.

El poema comienza con una cita de ‘Hamlet’: Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que las soñadas en tu filosofía. Es una frase que podría ser romántica si no fuera shakesperiana y señala por dónde va a transcurrir esta composición repleta de elementos mágicos. Byron lo llamó ‘poema metafísico’ y lo escribió en 1816, poco después del fracaso de su matrimonio y del escándalo que provocaron las acusaciones de una relación incestuosa entre el escritor y su media hermana, Augusta Leigh, tras lo cual abandonó Londres para nunca más volver.

Algunos piensan que el poema es una confesión de culpa y un deseo de olvido. Cuando lo murmura Winterbourne en el Coliseo parece reflejar el sentimiento de que él mismo ha dejado abandonada a la pobre Daisy, igual que la ha excluido la alta sociedad norteamericana residente en Roma: por no ser lo bastante distinguida, por excéntrica y desafiante y por no seguir las normas que aconsejan no pasear con caballeros por las calles de la ciudad. Pero de pronto descubre en el mismo Coliseo, cuando han pasado ya las once de la noche, a la bella Daisy acompañada por un guapo italiano, lo que le sirve para justificar su indiferencia, si no su desprecio, hacia lo que le pueda ocurrir.

Y esa ambigüedad tan característica de Henry James hace que Daisy contraiga, como consecuencia del paseo nocturno o como castigo a su irreflexión, unas fiebres que acabarán con ella “en un ángulo de la muralla de la Roma imperial, bajo los cipreses y las abundantes flores de primavera”.