Islas literarias: mitos, aventuras y distopías

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La isla es un lugar privilegiado para situar paraísos, utopías, reinos inaccesibles, misterios, tesoros y todo tipo de aventuras. Su cualidad de espacio cerrado y, en muchos casos, inaccesible, permite infinitos juegos de la imaginación. A veces es escenario, otras excusa, pero también puede convertirse en otro personaje más, como la Esperanza de Tournier, madre y luego esposa.

La literatura de las islas, a la que podemos añadir los lugares cerrados, temporal o permanentemente, podría considerarse un subgénero transversal que refleja de manera muy evidente las cuestiones, los conflictos y los deseos de las sociedades y épocas en las que se construye. En el Medievo leemos sobre islas fantásticas y milagrosas, como las que encontró el monje irlandés San Brandán en su viaje en busca de la ‘Tierra Prometida de los Santos’ y cuya leyenda, que se remonta al siglo VI, se redacta cinco siglos más tarde en la crónica Navigatio sancti Brandani.

Y, aunque en estos tiempos se creyera que el Paraíso terrenal se hallaba en Mesopotamia, entre los dos grandes ríos, o en la cumbre de una altísima montaña que rozaría con la luna, lo que explicaría su salvación durante el Diluvio Universal, también se situó en una isla circular en los confines del mundo habitado, como muestra el mapa de Hereford, del siglo XIV. Asimismo, el Paraíso se localizó a cuarenta leguas de la isla de Taprobane, desde la que se podían escuchar sus fuentes, según contaron los pobladores de la isla, hoy Ceilán, al fraile Juan de Marignolli, cuando en 1338 se dirigía a la corte de China enviado por el Papa, asunto que recogió en sus Crónicas de Bohemia

Cuando Portugal emprendió sus grandes viajes marítimos alrededor de África y descubrió las Azores, Enrique el Navegante (1394-1460) envió una expedición en busca de la isla de Antilia, donde dice la leyenda que se refugiaron siete obispos cristianos que lograron escapar de los musulmanes cuando invadieron la península ibérica. Colón también creía en su existencia y la tuvo en consideración como punto de parada en su viaje a las Indias, pero nadie la encontró. Según el marino Eustache de la Fosse, la isla estaba protegida por un conjuro lanzado por uno de los obispos que predijo que la isla no se volvería a encontrar hasta que hubiera sido restablecida la fe católica.

Exploradores y aventureros

Con la llegada de españoles y portugueses a América se multiplicaron los relatos de los exploradores. Como ya ocurriera con Marco Polo con su Libro de las Maravillas del Mundo (1298), su compatriota Antonio Pigafetta narró las aventuras que corrieron los miembros de la expedición de Magallanes, que en 1522 completó la primera vuelta al globo, en la Relazione del primo viaggio intorno al mondo, que fue publicada en Venecia en 1536.

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Pigafetta fue uno de los 18 supervivientes de una tripulación inicial de 265 y su testimonio acerca de las penurias que tuvieron que sobrellevar, como la ingesta de cuero hervido, ratas y serrín porque no había otra comida en el barco, y los peligros a los que hicieron frente, como la batalla en una isla filipina donde Magallanes perdió la vida, es sobrecogedor. En su diario, que inició el mismo día de su partida, consigna numerosos datos sobre los lugares que visita y también nos cuenta, entre otras historias, cómo en 1521, habiendo llegado a la isla de Borneo la expedición española dirigida ya por Elcano, fueron recibidos por el sultán de Brunei.

Las expediciones continuaron a lo largo de los siglos siguientes. La búsqueda de una tierra al sur, cuya existencia estaba inserta en la tradición pitagórica al concebir un continente asimétrico al mundo conocido, inevitable para equilibrar el planeta e impedir que volcara, no tendría su final feliz hasta que Cook descubriera la gran isla de Australia, ya en el siglo XVIII.

La búsqueda de las islas Salomón, que el explorador español Mendaña encontró y perdió en el segundo viaje, y la mítica Tierra Austral alimentaron la fantasía de muchos autores, que crearon islas fantasmas que desaparecían de pronto en la niebla o surgían en otros lugares y en las que vivían seres inventados como los que pueblan la isla de los Cinocéfalos, en los Viajes de Enrique Wanton, pseudónimo de Zaccaria Seriman (1708-1784). A finales del siglo anterior, Gabriel de Foigny describió en Les aventures de Jacques Sadeur, una isla ubicada en la terra incognita australis, en la que sus habitantes hermafroditas procreaban por el muslo, aunque este relato se relaciona más con una utopía de radical igualdad fisiológica entre sexos, que con descubrimientos y aventuras.

Los viajes a lo largo y ancho de los mares, las aventuras y desventuras de los exploradores y los naufragios en islas desiertas serán el argumento de muchas novelas, algunas juveniles, desde la misma aparición de Robinson Crusoe, que constituye el relato de una isla de las maravillas, copia perfecta de una colonia británica en el mundo recién descubierto, y en la que se suceden las aventuras con caníbales, piratas y españoles.

Daniel Defoe sitúa a su náufrago en una isla del Atlántico, y no en el archipiélago Más a Tierra, donde fue abandonado el marino Selkirk, en quien se inspiró. Toda la zona caribeña estuvo infestada de piratas, individuos que darán mucho que hablar como asesinos sin piedad y también como símbolos de la libertad y el desorden.

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En La isla del tesoro (1871) Stevenson nos cuenta la historia del pirata John Silver, que formó parte de la tripulación del fallecido capitán Flint, el más despiadado y sanguinario de todos los bucaneros que alguna vez existieron. Silver vuelve al lugar donde se enterró un gran tesoro, la isla Norman, para recuperarlo. Todavía resuena el golpe de su pata de palo sobre la cubierta de la Hispaniola.

De 1857 data otra novela de islas y de aventuras, esta vez con naufragio incluido. La isla del coral, de Robert M. Ballantyne, se sitúa en los Mares del Sur y ha pasado a ser un clásico juvenil. Su comienzo aún resuena en mis oídos de tantas veces como lo leí y que constituye la primera declaración de intenciones de un aventurero:Correr mundo fue siempre y es todavía mi pasión dominante, la alegría de mi corazón, la verdadera luz de mi existencia”.

Las islas utópicas y la ciencia ficción

Mientras los navegantes descubren nuevos mundos para Occidente, se produce la gran revolución renacentista que muestra otra forma de pensar, menos rígida y más crítica con las condiciones de vida del común de los mortales. Para remediarlas inventa mundos inexistentes pero posibles.

Sobre islas se fundaron los tres relatos clásicos acerca de estados ideales: La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella, la Utopía de Thomas More y la Nueva Atlántida de Francis Bacon. Las dos primeras dibujan una sociedad igualitaria y justa, aunque no lleguen a la categoría de paraíso, y tendrán repercusiones en la teoría política; la tercera, publicada cien años más tarde, añade un elemento -la pasión por el conocimiento y la tecnología- que dará origen a las distopías recurrentes del género de la ciencia ficción.

Julio Verne y G.H. Wells, auténticos precursores, representan esas vertientes científico-tecnológicas esbozadas por Bacon, pero de forma muy distinta, en las dos novelas que ambos sitúan en islas imaginadas. Verne es un optimista, creyente en el progreso y en la ingeniería. Los cinco náufragos de La isla misteriosa (1874) llegan en globo a un islote rocoso, sin nada en las manos ni en los bolsillos, pero gracias a que uno de ellos es un ‘ingeniero’ o, lo que es lo mismo, un héroe de la técnica y de la ciencia aplicada, forjan acero, componen nigtroglicerina, fabrican abono químico, funden vidrio y cultivan trigo a partir de un grano encontrado en el dobladillo de una chaqueta.

Casi medio siglo después aparece Wells y la ciencia ya no es la panacea ni el escritor tan inocente. El conocimiento y la tecnología, que tradicionalmente se consideraron tentaciones demoníacas por lo que tienen de desafíos al mismísimo Dios, pueden generar efectos adversos, como en La isla del Dr. Moreau (1896), en la que un científico loco se propone acelerar el proceso evolutivo señalado por Darwin mediante operaciones de cirugía que convierten animales en hombres.

A partir de aquí, no sólo la ciencia ficción es distópica, sino la literatura en general. El espacio cerrado de una isla se convierte en lugar no sólo de experimentos diabólicos, sino también de comportamientos llevados al límite. Y este elemento claustrofóbico, a veces con tiempos y espacios yuxtapuestos que convierten la vivencia de los personajes en una pesadilla repetida hasta el infinito, como ocurre en La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, se acentúa en la literatura posterior a la Segunda Guerra Mundial.

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La isla del coral de Ballantyne, donde tres jóvenes náufragos lograr sobrevivir aplicando los principios morales de la sociedad británica de la época, es decir, victoriana, no volverá a repetirse. En ella se inspiró William Golding, pero para contradecirla, al escribir en 1952 El señor de las moscas, relato sobre las experiencias de una treintena de chicos británicos de entre seis y doce años cuyo avión se estrella en una isla del Pacífico.

No hay ningún adulto con ellos y, al principio, intentan cuidar unos de otros para lo que crean normas de supervivencia pero lo que consiguen es un nuevo orden que se convertirá en un infierno. Los náufragos en esta ocasión dejan aflorar la crueldad y la tendencia violenta hacia la destrucción de los más débiles, en una situación de desorden y miedo. Hacía apenas siete años que se había dejado atrás una terrible guerra mundial, con millones de muertos en los frentes, bombardeos en las ciudades, Auschwitz, Hiroshima, la existencia del mal ilimitado, todo consecuencia de un conflicto terrible en el que Golding había participado y que se refleja en el comportamiento de unos niños que también son víctimas y verdugos, pese a su supuesta inocencia.

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Tumbas para el recuerdo: de Cervantes a Shakespeare; de Tolstoi a Stevenson; de Collioure a Comala

La posibilidad de la vida eterna y sus efectos secundarios me llegó de Borges, cuyo cuento ‘El inmortal’ siempre me ha despertado cierta desazón por el simulacro de vida de los personajes que, como el Homero del relato, se convierten en seres imperecederos tras bañarse en un río que concede el don de la eternidad. Lejos de ser un regalo, resulta un terrible e inmerecido castigo.

Las culturas paganas que no creían en la inmortalidad o que no les parecía nada deseable, como ocurre con Grecia y Roma, y también con otras más modernas aunque menos sofisticadas, como la vikinga, fiaban la auténtica inmortalidad a la fama y a la gloria después de la muerte; a los cuentos, a las canciones y a las sagas que se repetirían a lo largo de los siglos elogiando la vida y la muerte del héroe o del poeta.

Antes de seguir despeñándome por caídas de imperios y civilizaciones desaparecidas quisiera retomar el asunto de la perdurabilidad de los hombres en el recuerdo de las generaciones posteriores. No hay otra frase que exprese de forma más bella este deseo de permanecer en la memoria por toda la eternidad que la de Shakespeare: ‘Perduraré donde más alienta el aliento, es decir, en los labios de los hombres’.

Y para el recuerdo y los homenajes se construyeron los cementerios y las visitas guiadas. El turismo necrófilo da muchos dividendos, al menos fuera de España. En nuestro país no hay costumbre de visitar necrópolis para depositar flores en la tumba de nuestros escritores, músicos o pintores. Tampoco en las de reyes ni guerreros ni políticos, pero eso es otra historia. Me gusta pensar que no es un menoscabo de nuestra condición hispana, sino un adorno: los españoles no somos mitómanos. Pero tampoco parece que sea eso -no hay más que ver cómo se arracima la gente ante los famosos del momento y cómo se matan por un selfie con el actor de moda- sino más bien el reflejo de un triste desapego hacia nuestra historia cultural.

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Los buscadísimos huesos de Cervantes

Según su testamento, Miguel de Cervantes pidió ser enterrado en la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas, en agradecimiento a los Trinitarios que le liberaron de su cautiverio en Argel tras cinco años. La Orden, a la que se unió años antes de su muerte, pagó ‘in extremis’, cuando iba a ser embarcado a Constantinopla, los quinientos ducados de oro por su rescate. Tras la construcción del nuevo convento se perdieron los vestigios de su tumba, pero en 2014 comenzaron los trabajos de exploración de nichos y tumbas en la cripta del convento de las Trinitarias en Madrid en busca de los restos mortales del escritor.

El Ayuntamiento madrileño, que corría con los gastos, tenía el firme propósito de instalar en la propia cripta del convento un “túmulo digno e idóneo” que pudiera ser visitado por el público. No reparó en excesos mediáticos, más relacionados con las elecciones del año 2015, cuando se terminaron los trabajos, que con el centenario de la muerte del escritor, un año después.

Pero sólo se encontraron una mandíbula y dos decenas de huesos que podrían ser atribuidos a Cervantes pero que andaban muy mezclados con otros de distintos difuntos. La exposición sobre los trabajos se hizo en el Museo de Historia de Madrid, en cuya inauguración la entonces alcaldesa, Ana Botella, afirmó muy convencida de que, en el convento de las Trinitarias se “singularizarían” con una lápida los restos hallados que, en su opinión, “corresponden a Cervantes porque así lo avalan tres ciencias: la Antropología, la Arqueología y la Historia”. Y también hubo sepelio, en el mes de junio, de forma que Cervantes fue enterrado por tercera vez desde que muriera en 1616.

Así pues, se trasladaron los supuestos restos del escritor a la Iglesia de San Ildefonso y hubo lápida y visitas guiadas. El epitafio proviene de una de las obras más queridas por Cervantes, ‘Persiles y Sigismunda’, y dice así: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”.

Otros restos de ilustres

Al parecer el número de visitantes del convento de las Trinitarias ha aumentado con toda esta publicidad sobre tumbas, huesos y testamentos: estábamos en el año del IV Centenario de la muerte de Cervantes.

No es Cervantes el único personaje ilustre enterrado en una cripta eclesial. Shakespeare pidió que sus huesos reposaran en Iglesia de la Santa Trinidad de Stratford, donde fue bautizado. El cumplimiento de ese deseo impidió que ocupara un hueco en la ‘Esquina de los poetas’ de la Abadía de Westminster, en Londres, en cuyo transepto sur se encuentran las tumbas de Dickens, Kipling, Browning y Tennyson.

Estos enterramientos ilustres tienen su correspondencia en el Panteón de París, cuya construcción comenzó en 1764, y en el que permanecen los restos de Voltaire desde 1791, tras la Revolución Francesa, y los de Alejandro Dumas, situados entre los de Émile Zola y Victor Hugo. En el frontispicio está inscrita la dedicatoria: “A los grandes hombres, la patria agradecida”.

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Machado en Collioure

Si Shakespeare quiso persistir en el recuerdo de los hombres, Antonio Machado dejó de lado esas pretensiones en ‘Cantares’: “Nunca perseguí la gloria / ni dejar en la memoria / de los hombres mi canción”. Pero el poeta español también tiene su público, que visita su tumba en el cementerio del pueblo francés de Collioure, donde murió en febrero de 1939, a los veinticuatro días de llegar, huyendo de la victoria fascista en España.

En los bolsillos de su gabán se encontraron manuscritos los que tal vez fueran sus últimos versos, de un día en que pudo pasear por el pueblo, al que llegó enfermo de neumonía: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Su madre, que le acompañaba en su huida de España, murió tres días después, y en 1958 los restos de ambos pasaron a una tumba propia, financiada por un centenar de donantes, entre ellos Andrè Malraux, Albert Camus, la librería Gallimard y el sindicato UGT. Fue a partir de entonces cuando la gente empezó a enviar escritos y a depositarlos sobre la tumba: poemas, agradecimientos, tarjetas de visita e incluso peticiones. Como si fuera un santo laico, le pedían protección. En los ochenta, el Ayuntamiento de Colliure instaló, al lado de la tumba, un pequeño buzón abierto para que estos miles de escritos no se perdieran.

Las tumbas más bellas

La tumba de Tolstoi ni siquiera es tumba; es más bien es un túmulo rectangular en medio del bosque de la que fuera su hacienda, Yasnaia Poliana, cubierto de flores, sin cruz ni lápida ni inscripción, ni siquiera el nombre, y de la que dice Stefan Zweig que es “la tumba más bella, impresionante y triunfal del mundo”.

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Tolstoi en Yasnaia Poliana

Tampoco está reñida con la naturaleza, la tumba de Louis Stevenson en la cima del monte Vaea de Samoa. El epitafio dice: Aquí yace donde quiso yacer / de vuelta del mar está el marinero / de vuelta del monte está el cazador.

Otros eligieron esparcir sus cenizas en lugares imaginarios. Es el caso de Juan Rulfo, que optó por la cremación y pidió que sus restos se aventaran en Comala, la ciudad en la que vivió un cacique llamado Pedro Páramo y al que su hijo va a buscar por recomendación de su madre y donde los muertos conversan. Nada tiene que ver esta Comala imaginaria, ubicada “sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno”, como la describe Abundio Martínez en las primeras páginas de la novela, con el pueblo que sí existe y se llama Comala, de casas encaladas y umbrosas huertas. El deseo de Juan Rulfo, genial e intencionado, de reposar en la tierra de su imaginación, viene a decirnos que el mejor homenaje a un escritor es la lectura de su obra y que en ella le encontraremos siempre.

De los gastos, disgustos y tiempo perdido, que conllevó la búsqueda de los restos de Cervantes, dijo Francisco Rico, que, al fin y al cabo, si se trata de leer o releer su obra, puede que sus huesos no sirvan para mucho. Las estadísticas ofrecen un dato lamentable: sólo el 21% de los españoles ha leído ‘El Quijote’.

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