‘La séptima función del lenguaje’ o la clave del éxito, de Laurent Binet

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¿Qué es lo real? Lacan responde: “Lo que nos golpea”. En la novela de Binet se mezcla lo auténtico y lo inventado: sus personajes tienen carne, huesos y apellidos y habitaron, e incluso algunos siguen haciéndolo, sobre la tierra que a todos los vivos y los muertos nos acoge. Pero aunque tengan nombres no se puede decir que sean auténticamente ellos; son falsos a medias, aunque conserven algunas características físicas como los colmillos vampíricos de Mitterrand, o repitan ideas que dejaron por escrito, como la opresiva omnipresencia del poder denunciada por Foucault. Además, como todos los personajes literarios, los de Binet, tanto los reales como los supernumerarios, son como aquellos espíritus que tras ser encarnados por actores, se disolvían en el aire leve al finalizar la tempestad.

Por las páginas de ‘La séptima función del lenguaje’ desfilan lingüistas, filósofos, agentes secretos, presidentes y gigolós, todos enfrascados en la búsqueda de un papel en el que se detalla cómo usar esa séptima función para dominar el mundo. Los hechos se desencadenan en la tarde del 25 de febrero de 1980, cuando Roland Barthes, profesor del Collège de France y escritor, es atropellado en una calle de París, cuando regresa de un almuerzo con Mitterrand, inminente candidato socialista a la Presidencia de la República Francesa. Identifica al atropellado Michel Foucault, también profesor del Collège, donde enseña Historia de los Sistemas de Pensamiento.

El comisario Jacques Bayard se hace cargo de la investigación y ficha como ayudante a un joven profesor de la Universidad de Vicennes, Simon Herzog, que no sólo conoce a todos los que son alguien en la movida intelectual francesa de los ochenta, sino que además tiene la perspicacia que le confiere la práctica de encontrar señales e indicios en todo lo que le rodea y que actúa como un Sherlock Holmes de la semiótica, disciplina que Roland Barthes amplió a todos los sistemas de comunicación: los signos están en todas partes y lo dicen todo hasta el punto de desnudarnos el alma y la vida.

Aunque a veces el autor hace trampas, como cuando Simon observa que Sartre, acompañado por Françoise Sagan, tiene muy mal aspecto. Morirá un par de meses después; es un dato que figura en todas las hemerotecas. Es el último representante de la generación anterior a los Deleuze, Derrida, Foucault, Lacan y Barthes, que ahora dominan el panorama intelectual francés tras haber destronado a los existencialistas.

La ‘conspiración’ va dejando un reguero de cadáveres: primero Barthes, atropellado por el conductor de una furgoneta que resulta ser búlgaro y luego un gigoló amigo suyo que se aprendió de memoria el texto pero no pudo reproducirlo porque antes sucumbió al veneno de la punta del ‘paraguas búlgaro’, nombre que se le dio al arma utilizada por la Darzhavna Sigurnost, los servicios secretos búlgaros, que consistía en una pistola de aire comprimido que, camuflada como paraguas, disparaba un perdigón de ricina y que fue utilizada al menos dos veces en 1978 contra disidentes de ese país: en el puente de Waterloo contra Markov, y en el metro de París contra Kostov.

En el año de los hechos ya conocemos la técnica búlgara, pero 1980 es también el año en el que Althusser estrangula a su mujer. La explicación no es la que ha quedado registrada para la historia: en realidad el filósofosse ha hecho con el texto de la séptima función, quizá en connivencia con el KGB, y para esconderlo decide dejarlo a la vista, como en ‘La carta robada’ de Poe. Pero su mujer, Hélène, la tira a la basura sin darse cuenta. Althusser no puede resistirse a la ira y la mata.

Existe una función que escapa a los diferentes factores inalienables de la comunicación verbal … y que de alguna manera los engloba a todos. A esa función la llamaremos…” llegó a recitar Hamed antes de morir. Veamos en qué consiste esa capacidad de la comunicación verbal. Roman Jakobson, filólogo ruso, estableció seis funciones del lenguaje: referencial, emotiva, conativa, fática, metalingüística y poética. La séptima función del lenguaje permitiría de manera extensiva convencer a cualquier persona para que haga cualquier cosa en cualquier situación; quien poseyera la clave, tendría un poder sin límites: podría hacerse reelegir en todas las elecciones, provocar revoluciones, sublevar a las masas, seducir a todas las mujeres, apropiarse de toda la tierra….

Sería muy apropiada para un político, por ejemplo Mitterrand, que llegó al poder un año después de los hechos narrados y dominó la política francesa durante catorce, pero no es este poder el que persigue Julia Kristeva, búlgara y semióloga, que junto a Barthes, Lévi-Strauss, Foucault y Lacan, difundió el pensamiento postestructuralista y deconstructivista en la revista ‘Tel Quel’, dirigida por Phillipe Sollers con el que se casó en 1967.

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Sollers y Kristeva

Kristeva quiere conseguir la función ‘performativa’ del lenguaje para que su esposo se convierta en el ‘Gran Protágoras’. Sollers es también un personaje real y es reflejado como un provocador sin sustancia. De todos los intelectuales que aparecen en la novela de Binnet es el menos conocido y, sin embargo, vive todavía. Un inciso: el matrimonio Sollers se disgustó tanto con su aparición en el libro que amenazó con denunciar a Binet. Philipe empezó siendo maoísta para convertirse en taoísta y “papista, de un catolicismo barroco infinito”, según su propia definición. En 2008 publicó unas memorias que, según la crítica, son infumables: una visión admirativa de sí mismo desde niño, el repaso a una colección de amantes que ya quisiera Simenon; infinitas dedicatorias y loas que le han hecho intelectuales de prestigio; en definitiva, una sucesión de grandilocuencias y tonterías.

Y este individuo es el que se enfrenta al sabio de Bolonia, a Umberto Eco, que preside como el ‘Gran Protágoras’ una institución secreta que se remonta al siglo III fundada para contrarrestar la influencia creciente del cristianismo con el nombre de Logi Consilium y que se dispersó por toda Italia y luego por toda Francia, donde tomó el nombre de Logos Club en el siglo XVIII, durante la Revolución. Binnet sigue fantaseando sobre la estructura piramidal de esta sociedad secreta, a la cabeza de la cual un colegio de diez miembros que se hacen llamar los sofistas, presididos por un Protágoras Magnus, practican sus cualidades retóricas que ponen al servicio de sus ambiciones políticas en sesiones de combates dialécticos entre el titular y el aspirante. Se saca un tema siempre a partir de una pregunta cerrada a la que se puede responder con un sí o no o bien a favor o en contra para que los adversarios puedan defender posiciones antagónicas. El grado más bajo está compuesto por los parladores; por encima están los retóricos, luego los oradores, los dialécticos, los peripatéticos, los tribunos y, en lo más alto, los sofistas. El perdedor, según el veredicto de los jueces, perderá un dedo.

Creyendo que ha conseguido el auténtico documento de la séptima función, Sollers viaja a Venecia para enfrentarse, en el Palacio de la Fenice, a Umberto Eco. El Gran Protágoras ha sido desafiado. Eco, que habla todas las lenguas, elige el tema con una frase en francés, en honor a su adversario: ‘On forcène doucement’. Sollers no tiene ni idea de lo que significa esa frase y se despeña con acercamientos lacanianos, sustituye los vínculos lógicos por analógicos, avanza por yuxtaposición de ideas e incluso sucesiones de imágenes inconexas, en lugar de llevar a cabo un razonamiento puro. Va de farol y acaba en plan Alfred Jarry. Umberto Eco, desde su altura, le reprocha sus interpretaciones tan fantasiosas y tan carentes de base. La frase significa “enloquece suavemente”, atribuida a un poeta francés del XVI. Sollers se pasa de listo o más bien de atrevido en su ignorancia y es emasculado, como se merece quien reta al Gran Protágoras y pierde.

Eco ha recurrido a su proverbial erudición y subraya la imposibilidad de la discusión ante la logorrea delirante de su adversario al tiempo que defiende una de sus más queridas ideas: que el texto admite interpretaciones, pero que no todas son válidas y algunas, aunque lo sean, resultan irrelevantes. En ‘Los límites de la interpretación’ pone un ejemplo con el título de una de sus novelas: ‘El péndulo de Foucault’. Ya sabía, dice, que algún crítico se despeñaría en la defensa de que es una alusión a Michel, el pensador obsesionado por las analogías al igual que sus personajes, pero resulta que el péndulo al que se refiere es el que inventó Léon Foucault, y la referencia al otro es demasiado simple y no conduce a nada productivo ni mínimamente interesante.

La novela de Binet tal vez carezca de la cualidad poética, de la conativa o de la emotiva, pero es extraordinaria en su faceta referencial, en el juego con hechos y personajes reales. También con los irreales, con esos a los que Umberto Eco llama ‘supernumerarios’ y que son los ficticios que se añaden a la gente del mundo real. Nos cuela a Morris Zapp, un profesor universitario inventado por David Lodge, que aparece por primera vez en ‘Intercambios’. Trabaja en la universidad americana ‘Euphoria’, lujosa y permisiva, contra la que la universidad británica de ‘Rummidge’ no puede competir ni de lejos. En la novela de Binet, Zapp acude a un coloquio en la universidad de Cornell conduciendo un Lotus Esprit y diciéndole a todo el que quiera oírle que es el primer profesor con un salario de seis cifras.

Los profesores americanos que acuden a Cornell, a donde se traslada en cierto momento la trama de la séptima función, son auténticos: Paul de Man, discípulo de Derrida, Johnathan Culler, teórico de la deconstrucción, y John Searle, filósofo analítico de la Universidad de California en Berkeley. Es en un coloquio en Cornell donde John Searle y Derrida exponen sus posiciones filosóficas enfrentadas sobre la función performativa del lenguaje y para Binet constituye el núcleo filosófico de libro, según admite en una entrevista.

En las universidades americanas se recibía a Derrida, Deleuze o a Foucault, representantes de la filosofía ‘continental’ o la French Theory, como auténticas estrellas. Y esto es cierto, aunque los ochenta han quedado atrás y la teoría del lenguaje ya no tiene la popularidad de la que gozaba entonces. No obstante, seguimos haciendo semiología sin darnos cuenta al descifrar determinados mensajes de los medios de comunicación sobre todo. “De alguna manera -dice Binnet- pagamos tributo a Barthes y a sus amigos semiólogos que nos señalaron que los signos están por todas partes y nos enseñaron a interpretarlos”.

Los signos nunca son inocentes. Eso nos enseña la semiótica. En la novela de Lodge, ‘¡Buen trabajo!’, su protagonista, Robyn, una profesora de literatura inglesa de la universidad de Rummidge (la misma a la que se trasladó Zapp en el intercambio), es una defensora a ultranza de las ideas importadas de París en los ochenta: estructuralismo y postestructuralismo, semiótica y deconstrucción, mutaciones e injertos de psicoanálisis y marxismo, lingüística y crítica literaria. Para enseñar lo que son los signos a su interlocutor, un industrial alejado de toda intelectualidad universitaria, le pone como ejemplo de descontrucción el anuncio de una marca de cigarrillos, Silk Cut, cuyo cartel era la representación de una pieza de seda con un corte. La seda centelleante con sus curvas voluptuosas y su textura sensual simbolizaba el cuerpo femenino y la hendidura elíptica era, todavía con mayor obviedad, una vagina. “Por lo tanto, el anuncio apelaba a la vez a los impulsos sensuales y a los sádicos, al deseo de mutilar y al mismo tiempo penetrar en el cuerpo femenino”.

La novela de Binet ha resultado ser una obra de género incierto: filosófico, político, policíaco, de campusTiene ciertos detalles humorísticos y en todo momento me ha parecido tan divertida como un juego. He intentado no desvelar el final pero sí he querido contextualizar algunos hechos, destacar episodios sublimes y otros tal vez menores pero que reflejan los senderos por los que camina ‘La séptima función del lenguaje’.

Lecturas

– Laurent Binet, La séptima función del lenguaje, Editorial Planeta, 2016.

– Umberto Eco, Los límites de la interpretación, Random House Mondadori, 2013

– David Lodge, Intercambios (1975) y ‘¡Buen trabajo’! (1988) (En Anagrama, 1994 y 1996).

‘Pierre Menard, autor del Quijote’, de J.L. Borges

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La autoría del lector

La discusión entre el propio Borges y Bioy Casares sobre antiguas enciclopedias en Orbis Tertius; la falsa reseña de supuestos libros del imaginado Herbert Quain con motivo de su obituario y la traducción literal del Sepher Yazirat, junto con el Examen de la filosofía de Robert Flood, libros auténticos hallados en la habitación donde fue asesinado el rabino Yarmolinsky, le sirven al autor para diluir las fronteras entre ficción y realidad.

Son artificios, juegos de prestidigitación, que informan toda la obra de Borges y que ya están presentes indicando ese camino en su primer cuento, Pierre Menard, autor del Quijote, relato en el que el absurdo alcanza sus más altas cotas para poner de relieve el concepto que tiene de la literatura, de la influencia, del tiempo y, sobre todo, en este caso, de la “autoría” del lector.

No es que Pierre Menard escriba un nuevo Quijote, sino que se trata del mismo Quijote, con las mismas palabras y frases que utilizó Cervantes en los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte y en un fragmento del capitulo veintidós, pero escritos en el siglo XX y por un escritor contemporáneo. El narrador, del que lo único que sabemos es que se trata de un crítico algo pomposo y asiduo a los salones literarios, pretende explicar la aparición del Quijote de Menard, lo que él mismo califica en un primer momento de “dislate”.

Desde el primer momento aclara que Menard nunca pretendió situar a don Quijote en la época moderna ni hacer de él otro personaje más o menos similar; tampoco pretendió copiar el original, sino producir unas páginas que coincidieran exactamente con el auténtico. Tuvo que superar varios problemas, entre otros su condición de francés de Nimes y escritor del siglo XX. Pensó que debía aprender el español del siglo XVI, “recuperar la fe católica y guerrear contra el turco” para convertirse en Miguel de Cervantes.

Pero no le pareció suficientemente difícil, por lo que decidió seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote a través de sus propias experiencias. Incluso llega a considerar que su tarea es mucho más ardua que la de Cervantes porque el escritor español lo escribió con la colaboración del azar, “llevado por las inercias de la invención y del lenguaje” mientras que él contrajo “el deber de reconstruir literalmente su obra espontánea”.

Y, no obstante, concluye el autor de la reseña, el Quijote de Menard es más sutil, pero también más sofista, porque Cervantes pudo fallar a favor de las armas en su duelo con las letras -no en vano fue militar- pero que lo hiciera Menard, a principios del XX, cuando ya se conocía la obra de Bertrand Russell y todo lo que había pasado en los últimos cuatrocientos años es una hazaña. En ello ven los críticos -sigue diciendo el autor- la influencia de Nietzsche porque defiende algo en lo que no cree.

Aunque ambos textos son literariamente idénticos, el de Menard es más rico por ser más ambiguo. Y es lícito ver en el Quijote de Cervantes rastros del autor francés, de forma que Menard inaugura la posibilidad de que la Odisea fuera posterior a la Eneida o que sea factible atribuir a Joyce la Imitación de Cristo. La literatura es impersonal y ecuménica, ruinas circulares que forman bibliotecas infinitas.

Umberto Eco revela que escribió El nombre de la rosa utilizando el ‘método Menard’, es decir, mediante la inmersión total del autor en la época en la que transcurre la novela. Dice que más que la influencia de la biblioteca y el laberinto recibió de Borges este método de escritura. “Yo sabía que estaba reescribiendo una historia medieval y que esta reescritura, por muy fiel que fuera, a los ojos de un contemporáneo tendría significados distintos” porque el lector italiano vería en el Hermano Dolcino y los fraticelli referencias casi literales a Renato Curzio y sus Brigadas Rojas. El juicio contra Curzio y 45 camaradas se había celebrado en Turín en 1978, dos años antes de la publicación de El nombre de la rosa. Umberto Eco recuerda que la mujer de Dolcino se llamaba Margherita, igual que la del terrorista contemporáneo, lo que no iba a dejar de suscitar comentarios en los lectores, y concluye “El modelo Menard funcionaba”.

Excepto en que Menard decide al final no convertirse en Cervantes, sino escribir el Quijote de Cervantes, o al menos algunos capítulos, letra por letra. Para cumplir con el ‘método Menard’, Umberto Eco debería haber escrito línea por línea algún fragmento de La Divina Comedia, publicarlos en el siglo XX y conseguir que su obra fuera más sutil o más ambigua o más nitzscheana. El ‘método Menard’ funciona no en el escritor, sino en el lector o, mejor, en los múltiples lectores que a lo largo del tiempo han creado su propio hidalgo de La Mancha o, en el caso de Dante, su Virgilio o su Beatrice.

Borges

Claro está que se trata de un cuento irónico que funciona como una hipérbole, arrastrando el concepto hasta el absurdo, tarea muy del gusto de Borges, que pretende señalar que cualquier texto puede ser transformado por la lectura, interpretado o actualizado porque depende del lector y también de su época. El Quijote original desapareció con el lector Cervantes, pero quedaron los cientos de millones de ingeniosos hidalgos leídos por otros tantos cientos de millones de lectores. Cada lector puede modificar el texto para dotarlo de otra significación, lo que entraña indefectiblemente una reescritura.

Dicen que este cuento modificó para siempre la concepción de la lectura y del lector. La irrupción de Menard nos ha cambiado y nos ha hecho más conscientes, a los lectores, de nuestra capacidad creativa. Lo afirma Alberto Manguel y seguro que tiene razón. También recuerda que los hechos que engendraron a Menard son conocidos: en la navidad de 1938, Borges se hirió con el borde de una ventana y la herida se infectó; durante semanas los médicos temieron por su vida. Una vez recuperado Borges quiso averiguar si sus facultades intelectuales seguían intactas y se propuso hacer algo que nunca había hecho antes: escribir un cuento.

·· Detectives: Guillermo de Baskerville, en una Abadía de los Apeninos

Es una historia de robos y venganzas entre monjes de poca virtud”, dice Adso de Melk y añade Guillermo que esa historia se teje “alrededor de un libro prohibido” escondido in finis Africae. Se refieren a los crímenes que se suceden en la Abadía de los Apeninos, donde transcurre la trama de El nombre de la rosa. Es el quinto día y son ya cuatro los monjes asesinados, pero el sabio franciscano metido a detective, Guillermo de Baskerville, aún no tiene la solución al enigma.

Alinardo, el monje más anciano del lugar, le da la clave: todo está en el libro de Juan. Los crímenes van cumpliendo, a nivel local y reducido, las profecías que proclaman las trompetas que anuncian el Apocalipsis: la primera trompeta augura el granizo y el primer monje aparece muerto sobre la nieve; la segunda, advierte de que la tercera parte del mar se convertirá en sangre y el cadáver del segundo monje se encuentra en una tinaja en la que se ha coagulado la sangre de los animales sacrificados el día anterior; la tercera trompeta anuncia la caída de una estrella ardiente… y así hasta siete.

Alinardo le cuenta a Guillermo el episodio que marcó su futuro y todo lo que está ocurriendo: él propuso reunir en la biblioteca de la Abadía todos los comentarios que se hubieran escrito sobre el Apocalipsis, pero fue Jorge de Burgos quien viajó a Silos, donde encontró los manuscritos más bellos y de donde regresó con un espléndido botín. Pero la obsesión por el fin del mundo oculta los auténticos motivos de los crímenes, así como el arma homicida, que no es otra cosa que el veneno impregnado en el manuscrito sobre pergamino de tela que contiene la parte perdida de la Poética de Aristóteles. El asesino utiliza las profecías, que se cumplen por azar, para seguir manteniendo en secreto la apología de la comedia y de la risa que escribió el filósofo griego.

Tenemos una intriga policíaca, que apenas ocupa cien páginas. Las restantes setecientas nos meten de lleno en la vida de la Abadía, en el conflicto entre el Papa y el Emperador, la lucha entre el poder político y el religioso, en el ideal de pobreza que defienden los franciscanos, en las rebeliones y en las herejías y, sobre todo, en el profundo cambio que en ese momento experimenta el pensamiento con la aparición de la filosofía de Occam frente a la ‘philosophia perennis’ de Tomás de Aquino, que llevaba doscientos años ejerciendo un poder absoluto sobre la teología.

Occam y Bacon, la Escuela de Oxford

Umberto Eco utiliza el género policíaco, porque es el “más metafísico y filosófico de los modelos de intriga”, para hacernos partícipes, “de forma placentera”, de este cambio drástico en el pensamiento que supone el origen del razonamiento moderno. Y lo hace utilizando un personaje, Guillermo de Baskerville, paradigma de lo nuevo, que no parte de ‘primeros principios’ ni de la auctoritas y que defiende que la realidad es lo singular, lo individual, aquello de lo que nos informan los sentidos y que es procesado por el intelecto mediante la lógica. Es Guillermo quien aconseja a Adso de Melk, su aprendiz y amanuense, siguiendo estrictamente a Occam, que “no conviene multiplicar las explicaciones y las causas mientras no haya una estricta necesidad de hacerlo” porque “todo se explica utilizando un menor número de causas”.

Guillermo de Baskerville no es Guillermo de Occam. El propio detective expresa su antipatía por el pensador de Oxford cuando dice que “es un hombre sin fervor, todo cabeza y nada corazón” y Eco ya nos advierte en las Apostillas que, al principio, se entretuvo con la idea de que el detective fuera el propio Occam, pero renunció porque la persona del Venerabilis Inceptor le inspiraba “antipatía”.

Umberto Eco reconoce que para su trama y su universo necesitaba un detective inglés “dotado de un gran sentido de la observación y una sensibilidad especial para la determinación de los símbolos, cualidades que sólo se encontraban dentro del ámbito franciscano y con posterioridad a Roger Bacon”, Además, precisa, “sólo en los occamistas encontramos una teoría desarrollada de los signos”.

El monje Alinardo le reprocha a Guillermo que descrea del advenimiento del Anticristo debido a que “tus maestros”, en referencia a Occam, “te han enseñado a idolatrar la razón, extinguiendo las facultades proféticas de tu corazón”. Guillermo es claramente un descreído pero porque desprecia los argumentos de autoridad insensatos, las supersticiones religiosas y la multiplicidad de reliquias en posesión de la cristiandad; llega a escandalizar al joven Adso cuando le hace notar que con los fragmentos de la cruz guardados en las iglesias, “Nuestro Señor no habría sido crucificado en dos tablas cruzadas, sino en todo un bosque”. A Alinardo le responde que se equivoca y que el maestro al que venera por encima de los demás es Roger Bacon, uno de los sabios más ilustres de todos los tiempos y padre del método experimental.

Bacon era teólogo, matemático, alquimista, profundo conocedor de varios idiomas, franciscano e inglés y vivió en el siglo XIII. En sus diálogos con Adso, con quien teoriza constantemente, Guillermo saca a relucir muchos de los inventos e ideas del sabio inglés: desde las famosas máquinas que en el futuro harán todo por nosotros, incluso volar, a la fabricación de lentes para la presbicia.

Otra muestra de cómo razona nuestro detective es la forma en que consigue orientarse en el laberinto que es la biblioteca de la Abadía. En un primer momento, Guillermo piensa en utilizar una brújula, de cuya invención tiene noticia a través de Roger Bacon, pero lo descarta porque no está seguro de que funcione, así que al final decide utilizar las matemáticas para “reconstruir el laberinto” desde fuera, haciendo cálculos sobre habitaciones heptagonales, ventanas exteriores y torreones. Su admirado maestro consideraba las matemáticas como el instrumento esencial para penetrar en los dominios de todas las ciencias y la primera de todas ellas.

Lo que Guillermo de Baskerville debe a Borges

La idea de la novela proviene de una imagen: “Un monje envenenado mientras lee un libro en la biblioteca”. Así lo cuenta en las Apostillas Umberto Eco, quien reconoce que posiblemente estaba bajo la influencia de la poética tradicional del relato policíaco anglosajón, por la que el delito había de cometerse en una vicaría. “El hecho es que esa imagen, la del monje asesinado durante la lectura, me pidió en determinado momento que le construyera algo a su alrededor”. Casi ochocientas páginas.

En un comentario anterior señalé que Eco reconocía su deuda con otros autores, especialmente con Borges y, aunque Jorge de Burgos podría estar, en un principio, inspirado en el bibliotecario ciego que fue el escritor argentino, Eco no excluye que “en el momento en que apareció el fantasma de Borges influyera en él el esquema de La muerte y la brújula”.

Si los crímenes que se suceden en la Abadía de El nombre de la rosa están señalados por las trompetas anunciadoras del Apocalipsis de San Juan, los que se dan cita en el Buenos Aires visionario de Borges se vinculan al misticismo y a la filosofía judíos y son crímenes perpetrados, aparentemente, en la búsqueda del Nombre de Dios. ‘La primera letra del nombre ya ha sido pronunciada’, dice la nota que acompaña al primer cadáver, el del rabino Yarmolinsky.

También la idea del laberinto se repite en la Abadía de Eco: la biblioteca es un laberinto en el interior de un edificio, igual que la Quinta-Le-Roy de Buenos Aires y en ambos se produce el desenlace fatal.

Al igual que Lönnrot, el detective borgiano, Guillermo de Baskerville se equivoca y construye un esquema equivocado para interpretar los actos del culpable. Tanto Scharlach como Jorge de Burgos aprovechan el azar y utilizan el proceso razonador del investigador para confundir y ocultar su auténtico plan. Por eso los dos detectives fracasan: arde la biblioteca de la Abadía, junto con el manuscrito de Aristóteles, y muere Lönnrot en el laberinto al que ha sido conducido por el asesino.

Nunca he dudado de la verdad de los signos”, le dice Guillermo a Adso cuando la ecpirosis ha destruido la Abadía entera, porque “son lo único que tiene el hombre para orientarse en el mundo. Lo que no comprendí fue la relación entre ellos. He llegado hasta Jorge siguiendo un plan apocalíptico que parecía gobernar todos los crímenes y, sin embargo, era casual”.