Críticas feroces: Nabokov contra Dostoievski

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Escritor mediocre, con destellos de excelente humor separados por desiertos de vulgaridad literaria” y cuyas obras son el producto de un hombre aquejado de una “neurosis agravada por sus desdichas”. Así presenta Nabokov a Fiódor Dostoievski en sus cursos de literatura rusa en el Wellesley College y en la Universidad de Cornell.

La repetición de palabras y frases, el acento obsesivo y el balbuceo, la banalidad, su elocuencia de charlatán y su adscripción al melodrama, sigue diciendo Nabokov, son elementos característicos del estilo de Dostoievski. Busca emocionar al lector y provocar su compasión, exagerando y sentimentalizando todo, incluso el paisaje, con la creación de “almas pobres, deformes, contrahechas”, monstruos extraídos de un catálogo de enfermedades mentales que van desde la demencia senil a la psicopatía, el alcoholismo y la epilepsia, cuyos síntomas están inspirados en un libro de 1846, ‘Psyque’, del alemán C.G. Carus.

Nabokov comienza el listado de los personajes gravemente afectados por enfermedades mentales con los epilépticos: el príncipe Mishkin, Smerdiakov, Kirilov y Nellie. Es sabido que el propio Dostoievski era epiléptico y, no sólo utilizó la descripción de esta enfermedad en sus criaturas, malas y buenas, jóvenes y ancianas, sino que consideraba la epilepsia como una enfermedad sagrada y los ataques como realizaciones de una experiencia total, conectados con las más secretas y centrales fuerzas de la vida; un don que permite conocer la esencia de la realidad y un medio para lograr la salvación a través del sufrimiento.

El príncipe Mishkin, el protagonista sensible y bondadoso de ‘El idiota’, sigue diciendo Nabokov, es un retrasado mental amenazado por una degeneración total del cerebro que, finalmente sufrirá “una recaída en su demencia” y regresará “a la clínica de Suiza de donde nunca debió salir”; un caso similar es el de Aliosha Karamazov, exponente del “desdichado amor de Dostoievski por el héroe bobo del folklore ruso” -tonto, astuto e inmoral- y a Smerdiákov, el hijo ilegítimo del viejo Karamazov, lo define como un megalómano y un cruel asesino de gatos. El general Ivolguin, de “El idiota”, presenta los síntomas iniciales de la demencia senil y una tendencia incoercible a la mentira compulsiva, complicados con un exceso de bebidas espirituosas. También hay un desfile ininterrumpido de psicópatas, en el que destacan Stavroguin, un caso de “insania moral”, y Raskólnikov, un ejemplo de “locura lúcida”, que comete el asesinato truculento de una prestamista y su hermana con un hacha.

Nabokov detesta el sentimentalismo melodramático y Dostoievski lo practica en grado superlativo. Para mostrar que el camino hacia Cristo es el del pecado y la transgresión seguido por el arrepentimiento, encarna en Raskolnikov, el protagonista de ‘Crimen y Castigo’, al pecador que logra redimirse con la lectura del Nuevo Testamento gracias a Sonia, la dulce prostituta. Nabokov transcribe lo que considera un jocoso párrafo que Dostoievski pretende hacer pasar por sublime: “La vela se estaba consumiendo, alumbrando vagamente en aquella mísera habitación al asesino y la prostituta que habían estado leyendo juntos el libro eterno”. La prostituta, la desgraciada, pero inocente y buena, se repite con diferentes nombres: es la Sonia de ‘Crimen y castigo’ y también la Nastasia de ‘El idiota’, redimida por el príncipe Mishkin como en una paráfrasis de Cristo y la mujer caída.

Muchos lectores y críticos consideran insufribles estos personajes femeninos y, sin embargo, en la época en que Dostoievski los creó eran muy atractivos y convincentes: la conmovedora prostituta que se vende para dar de comer a su familia pertenece a una corriente literaria que se inicia con la novela gótica y crea su propia cosmología en el melodrama del XIX con la ciudad industrial como paisaje. Es un mundo de héroes y de demonios, de doncellas que se debaten entre la humillación y el sufrimiento, de callejones vislumbrados a través de la niebla, de alcantarillas y hombres del subsuelo. No son una creación exclusiva del escritor ruso ni consecuencia de sus supuestas patologías, pero estos personajes tan melodramáticos no han podido superar un siglo XX, más descreído y menos sentimental que el anterior.

Nabokov también detesta la novela de ideas y detecta en la obra de Dostoievski muchas generalidades, con las que puede o no estar de acuerdo pero que le sobran en lo que debe ser una obra literaria maestra. Por ejemplo, Raskolnikov asesina a la prestamista para salvar a su hermana de un matrimonio no deseado pero, sobre todo, para demostrarse a sí mismo que no es un hombre vulgar y que para él no existe las leyes morales que atan al resto de los seres humanos. Dostoievski presenta las acciones de este asesino como la consecuencia de la propagación en Rusia de las ideas materialistas occidentales que consiguen convertir en un monstruo a un buen chico.

En el curso sobre literatura rusa, Nabokov contrapone la mediocridad de Dostoievski a la excelsitud de Tolstói. El filósofo ruso Berdiaev escribió que “sería posible establecer dos modelos, dos tipos de almas humanas: las que se inclinan hacia el espíritu de Tolstói y las que se inclinan hacia el de Dostoievski”. Ambas representan dos conceptos fundamentales y contrapuestos de la existencia: la luminosidad y el patetismo dramático. No obstante, ambos escritores están inmersos en mitologías religiosas, aunque sus respuestas fueran irreconciliables. Tolstói recurre, como Dostoievski, a la exposición de ideas en sus obras, pero Nabokov le perdona casi todo y, aunque reconoce que sus “irrupciones publicistas son ilegibles”, como sucede en ‘Guerra y paz’, y detesta sus últimas obras – “Resurrección” y “Sonata a Kreutzer”- le disculpa porque considera que su ideología era vaga y borrosa y queda eclipsada por su genio narrativo. Pero esta simpatía pudiera deberse también a que Tolstói, a quien conoció en la mansión de sus padres cuando era niño y que le acarició afectuosamente el pelo, era ‘uno de los nuestros’; tal vez porque la Rusia que describe en sus obras es la idea perfecta de la patria perdida de Nabokov y también porque coincide con él en que el concepto de lo estético está ligado al gusto aristocrático y muy alejado del “sentimentalismo falso” de Dostoievski.

nabokov

La antipatía que siente Nabokov por Dostoievski va más allá de su obra. Representa lo que no le gusta, lo que él no es o lo que no quiere ser: un pobre epiléptico, un farsante, un jugador y un comediante chapucero. Incluso en sus comentarios sobre Fiodor trasciende una especie de desagrado físico. En ‘Opiniones contundentes’, una colección de más de cuarenta entrevistas, Nabokov, instigado por sus entrevistadores, se empeña en denostar a su compatriota de manera más visceral que en los apuntes de sus clases de literatura rusa, pero tampoco se muestra muy amable con otras figuras literarias que, simplemente, no son de su agrado. Así, llama “asno” a Thomas Mann y de Conrad dice que su estilo es de “tienda de recuerdos, de barcos embotellados y de collares de caracoles”; D. H. Lawrence es un escritor “execrable” y no entiende cómo puede considerarse buena literatura la descripción de los coitos de Lady Chaterley; “Doctor Zhivago es melodramática y está mal escrita” y Faulkner hace “crónicas con barbas de maíz”. Pero la peor crítica se la lleva ‘Don Quijote’, una novela “tosca y cruel”.

Leyendo esta retahíla de diatribas puede cundir la sospecha de que forman parte de una estrategia comunicacional para construir una imagen: la de un autor indiferente al éxito, sólo preocupado por el descubrimiento de nuevos ejemplares de mariposas, tan extraordinariamente inteligente que sólo piensa en imágenes y en jugadas de ajedrez inéditas y además, como no le importan las opiniones ajenas, se muestra absolutamente rompedor; parece encantarle “épater le bourgeois”. Sus respuestas en estas entrevistas no sólo están escritas por su puño y letra, sino también revisadas antes de su publicación, es decir, no son rabietas infantiles ni estallidos incontrolables de malhumor.

Vladimir Nabokov nació en San Petersburgo en 1899 en una familia de clase alta, recibió una educación esmerada con institutrices francesas e inglesas, estudió en Cambridge y en 1919 su familia se exilió a Berlín, donde tres años después su padre “fue muerto por dos asesinos fascistas”, según su relato en una entrevista, en la que detalla que su madre viuda subsistía con una pensión insuficiente, que se casó en 1925 y que él y su esposa Vera eran “ridículamente pobres”, vivían en “sombrías habitaciones” y que él enseñaba tenis e inglés; en 1930 emigraron a Francia y una década después a Estados Unidos. En 1944 murió su hermano Sergei en un campo de concentración alemán. Cuando se publicó ‘Lolita’ ya había escrito la mayoría de sus libros, pero esta novela le hizo rico y conocido, lo que le permitió dejar de dar clases y marcharse a vivir a Suiza. En ninguna de las entrevistas muestra una nostalgia enfermiza por su tierra natal ni por ninguna otra y elogia sin cesar a Estados Unidos, de manera que siembra cierta sospecha; es posible que, en el fondo considerara provinciana a la sociedad norteamericana.

Este desprecio a la vulgaridad y a los clichés se pone de manifiesto cuando Nabokov utiliza el término ruso póshlost, que significa “barato, falso, pretencioso, mediocre, grosero y obsceno”, en el que incluye todo lo que le incomoda, desde el simbolismo freudiano a los mensajes humanistas, desde las alegorías periodísticas y la generalidades a la música suave en los lugares públicos. Pero sobre todo, el póshlost -y aquí hay un gran paralelismo con el término kitsch– es la imitación barata, los falsos sentimientos y la exageración melodramática y así define a Dostoievski. Reconoce que tuvo una vida muy dura, incluso folletinesca: el asesinato de su padre a manos de un cochero, el simulacro de fusilamiento al que fue sometido y luego su reclusión en Siberia durante cuatro años; su ludopatía y la constante necesidad de dinero para atender a su familia y a la de su hermano fallecido.

Todo esto justifica una inestabilidad psíquica pero Nabokov preferiría cierta contención, quizá como la que él practica en sus entrevistas, en las que se nos presenta como un escritor distinguido y alejado de pasiones vulgares, de gestos melodramáticos y de envidias o rencores. Sólo le interesa, en su literatura, “componer acertijos con soluciones elegantes”, como en una partida de ajedrez, y el estudio de los lepidópteros. Está por encima de los mortales; rechaza el simbolismo y la interpretación; se niega a que sus obras sean explicadas en cualquier tipo de clave y, con insistencia, en alguna que pueda aproximarle a Dostoievski. Pero el lector es libre y soberano.

Hay límites en la interpretación pero las grandes novelas, y ‘Lolita’ es una de ellas, admiten muchas lecturas. Una de ellas es de Vargas Llosa, que llama la atención sobre Clare Quilty, el personaje más inquietante de la confesión de Humbert Humbert: es libertino y drogadicto; comparte su pasión por las nínfulas y la literatura y sabe tanto de Lolita como el propio padrastro, de manera que consigue llevársela del hospital donde había sido ingresada. Quilty da un giro inesperado a la novela e introduce un tema dostoievskiano: el doble. Puede que H.H. y Quilty no sean dos personas, sino una sola, de manera que Nabokov habría creado un personaje afectado por una enfermedad mental, la esquizofrenia, un enfermo como los que pueblan el mundo de Dotoievski, quien también contempló en muchas ocasiones y como nota dominante (sobre todo en ‘Pobres gentes’ y en ‘Humillados y ofendidos’) la persecución erótica y sádica de los niños, cuyo tormento era el símbolo de la acción imparable del mal contra la pureza.

El doble y los personajes neuróticos son los aspectos que más detesta Nabokov en Dostoievski, pero es en el tratamiento de Lolita’, donde se puede apreciar el abismo que separa a ambos escritores. En esta novela, su autor no se permite ni un solo atisbo de sentimentalismo que conmueva al lector; ni siquiera de empatía, ni con Humbert Humbert ni con ningún otro personaje y apenas con la víctima, la niña desamparada y vulnerable raptada por un psicópata. En el epílogo que siempre acompaña a ‘Lolita’ desde que estalló el escándalo por su publicación, Nabokov deja claro que su intención no es moralizante, que el relato no es didáctico, como no lo es ninguno de los suyos, y que su única pretensión es el placer estético, es decir, “la sensación de que algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ser en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma”.

Lecturas

-Vladimir Nabokov, Curso de literatura rusa, Ediciones B, 1997

-Vladimir Nabokov, Opiniones contundentes, Taurus, 1999

-George Steiner, Tolstói o Dostoievski, Siruela, 2002

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