La conexión entre ciencia y ficción: de agujeros negros, de gusano y el hiperespacio

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La única forma de averiguar si estamos ante un agujero negro o un agujero de gusano consiste en zambullirnos en él: si se trata de un agujero negro, su intenso campo gravitacional romperá cada uno de los átomos de nuestro cuerpo, pero si fuese un agujero de gusano, tardaremos millones de años en salir de él. Ambas posibilidades son un poco catastróficas. Y, sin embargo, los científicos especulan sobre unas hipotéticas propiedades que nos permitirían a los seres humanos recorrer distancias practicamente infinitas al permitir viajes a una velocidad mayor que la de la luz.

Los agujeros negros existen; se forman tras un hecho tan simple como la muerte de un estrella y son lugares en los que la fuerza de la gravedad es tan fuerte que ni siquiera la luz puede escapar de ellos. De manera que si cayéramos en uno, la fuerza de la gravedad convertiría nuestro cuerpo en una larga y delgada corriente de partículas subatómicas que formarían un remolino flotante -hilillos- para ser absorbido después por el propio agujero. El límite más allá del cual nada puede regresar se denomina ‘horizonte de sucesos’, aunque Hawking ha sugerido que no existe como tal, que lo que hay es un ‘horizonte aparente’, detrás del cual la materia y la energía quedan atrapadas sólo temporalmente, ya que pueden volver a aparecer en forma de radiación, aunque la información saliente estaría desordenada. Para el caso de que cayéramos dentro, da igual que el horizonte sea de sucesos o aparente: nada volvería a ser igual.

En cambio, los agujeros de gusano son algo puramente especulativo: son el hipotético resultado de una hipotética anomalía en la curvatura del espacio-tiempo. Se comportan básicamente como una especie de atajo que conecta dos puntos del espacio-tiempo a través de un túnel en el hiperespacio; son una dimensión producida por una distorsión del tiempo y la gravedad. Nunca se han visto, pero matemáticamente son posibles y se les llama así porque responden a la imagen de un gusano que atraviesa una manzana por dentro para llegar al otro extremo sin tener que recorrerla por fuera.gusano

Los científicos creen que un agujero de gusano tiene una vida muy corta: se abre y vuelve a cerrarse rápidamente. La materia queda atrapada y el lugar de salida es impredecible: no se sabe ni por dónde ni cuándo. Incluso se piensa que podría quedar atrapada mil millones de años o más, de forma que los más viejos agujeros de gusano del universo ni siquiera habrían tenido tiempo para escupir cualquier cosa que hubiera caído en ellos.

Los agujeros de gusano o puentes de Einstein-Rosen han sido aprovechados, incluso hasta el exceso, en la literatura y en el cine de ciencia ficción. Pero es que no sólo pueden conectar dos puntos en el espacio, sino también en el tiempo. Estas propiedades dan mucho juego.

Viajes que superan la velocidad de la luz, pero con truco

El viaje por el espacio es uno de los grandes temas, si no el primero, de la ciencia ficción. Verne estaba preocupado sobre cómo combatir la gravedad terrestre y llegar a la Luna y también H.G.Wells, ambos padres fundadores del género. Pero pronto surge la cuestión de cómo recorrer distancias astronómicas sin que los personajes mueran de viejos en el intento. Ya Einstein, a principios del siglo XX, había dejado muy claro que no se puede sobrepasar, en ningún caso, la velocidad de la luz, pero gracias a la especulación sobre atajos, como agujeros negros o agujeros de gusano, la ciencia ficción pudo inventar viajes interestelares y llegar a mundos situados a millones de años luz.

Primero se inventó el hiperespacio para poder sortear las grandes distancias interestelares. El término pertenece al editor y escritor John W. Campbell que en 1934 publicó el relato The Mightiest Machine, en el que una especie de atajo permite acortar el trayecto. Posteriormente, la teoría del hiperespacio, o teoría de cuerdas, presentó un espacio de varias dimensiones, que permite especular sobre la existencia de los agujeros de gusano.

En los años sesenta y setenta se intensificó el estudio científico de estas cuestiones y, naturalmente, las nuevas hipótesis se reflejaron en la literatura de ciencia ficción. El término ‘agujero negro’ fue acuñado por el físico teórico John Archibald Wheeler en 1967, en el curso de una conferencia sobre púlsares en Nueva York, para describir la agonía de las estrellas oscuras colapsadas. Dos años después, en 1969, dijo una frase un tanto lasciva que ‘colapsó’ a sus colegas: “Los agujeros negros no tienen pelo”. Quería decir que, de un agujero negro, no podía salir nada, ni materia ni radiación.

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Joe Haldeman, La guerra interminable, 1974

‘La guerra interminable’, se publicó en los años setenta del siglo pasado y su autor, norteamericano y ex combatiente de Vietnam, relata la expansión de colonias terráqueas llevada a cabo por la fuerza militar a partir del descubrimiento casual de lo que llama ‘colapsares’, es decir, lo que estaba empezando a llamarse ‘agujeros negros’ gracias a Wheeler. A través de ellos, las naves pueden viajar entre los distintos puntos de la galaxia gracias a una “geodésica einsteniana” que traza una línea interminable entre colapsar y colapsar. Mantener el control sobre los portales que permiten el viaje de tropas y colonos son cruciales para el proceso imperialista de la Tierra y en su posesión y defensa, a lo largo y ancho del universo, los ejércitos emplean todos sus recursos, en especial el ataque indiscriminado hacia cualquier forma de vida que parezca oponerse a este propósito.

El tiempo que tarda la nave en atravesar el túnel es prácticamente cero, pero sí transcurre fuera de él: mientras se viaja de un lado a otro del universo en un tiempo casi inexistente, los habitantes de la tierra envejecen y mueren. La guerra interminable, cruel y estúpida, se dibuja como el producto de la falta de comunicación entre especies diferentes y de la soberbia y el miedo de las autoridades militares de la Tierra. William Mandella, el protagonista, es el observador casi inmortal de una guerra que dura diez siglos. Sólo cuando los hombres “dejan de ser humanos” y se reproducen en un único modelo clónico, termina la guerra; ésta es la conclusión pesimista de la novela.

En realidad, la novela es una denuncia antibelicista, enmarcada en la ciencia ficción, más que un detallado informe de cómo efectuar el salto colapsaro de cómo luchar en el espacio exterior. Joe Haldeman, nacido en 1943, acababa de graduarse en física y astronomía en Maryland cuando fue llamado a filas en 1967 y, como consecuencia de su participación en la guerra de Vietnam, donde fue herido por una mina y devuelto a casa con un Corazón Púrpura, nada de lo que escribe en esta novela es triunfalista ni la sociedad que presenta es apetecible. Y además, el soldado no es un idealista aguerrido, sino un mero empleado que hace cálculos sobre su pensión futura y lucha atiborrado de drogas, e incluso condicionado genéticamente, lo que le permite odiar y matar a un enemigo que no conoce y que es tan víctima como él. Los mandos le consideran carne de cañón y en su hogar, en la Tierra, ya no hay nadie que le espere ni se preocupe por él, al mismo tiempo que la sociedad en su conjunto se vuelve cada vez más irreconocible y extraña para Mandella.

Podrían ser las memorias de guerra de un veterano de Vietnam más que una novela de ciencia ficción, si no fuera por la descripción de los habitáculos en los que se realiza el salto colapsar y los trajes que permiten la vida en planetas inhabitables y la guerra, además de la descripción de unos seres, los ‘taurinos’, que tienen cierto aspecto de insectos y viven en una especie de colmenas. En cierta manera funcionan como los insectos sociales: una sola mente servida por multitud de individuos, cada uno con su misión específica. Este aspecto desagradable del enemigo y la ausencia de comunicación entre taurinos y hombres facilita a Haldeman la creación de situaciones que ponen de relieve la estupidez de las guerras, interminables o no, pero siempre injustas y dolorosas.

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Kip S. Thorne

Los científicos como asesores en la ficción: el caso de Kip S. Thorne

En 1985 Carl Sagan publicó su primera novela de ciencia ficción, Contacto, en la que envía a su protagonista, la intrépida doctora Arroway, al centro de la galaxia. En principio el viaje se realizaría a través de un agujero negro, con la consiguiente e inmediata muerte de la viajera y el final irremediable de la novela. Kip S. Thorne le sugirió que hiciese uso de los agujeros de gusano inventando un “material” que permitiese su apertura durante el tiempo necesario para que la protagonista entrara, llegara a su punto de destino y volviera sana y salva y con aquello que fuera a buscar.

Los agujeros de gusano sólo conectarían puntos concretos del espacio-tiempo y resultaría muy útil poder crearlos a voluntad para que nos acercaran al lugar al que queremos ir. Los pasajeros de este medio de transporte pueden “saltar” de uno a otro hasta llegar al destino elegido. En el caso de Star Wars no hay agujeros ni de gusano ni de ningún otro tipo: el Halcón Milenario posee una tecnología tan impresionante, con unos motores de propulsión tan poderosos que le permiten manipular el espacio-tiempo y crear atajos por sí mismo. Sólo hace falta suministrarle las coordenadas exactas antes del salto hiperespacial.

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Pese a todo, los agujeros de gusano no han caído en desuso ni mucho menos. Sólo hay que fijarse en la película de Christopher Nolan, Interstellar, de 2014. También se debe a Kip S. Thorne, al que ya hemos visto aconsejando a Sagan, la inspiración científica de esta historia épica en la que un grupo de héroes consigue poner a salvo a una humanidad que se halla al borde de la extinción. En el film uno de los tres robots, KIPP, lleva su nombre, aunque su alter ego es el profesor Brand, interpretado por Michael Caine.

La película cuenta cómo un astronauta retirado interpretado por Matthew McConaughey, descubre que una presunta civilización extraterrestre ha abierto un agujero de gusano cerca de la órbita de Saturno, que puede ser utilizado por los hombres para abandonar un planeta inhabitable debido a un desastre ecológico.

El punto de salida de ese agujero de gusano es un sistema de varios planetas en órbita alrededor de un agujero negro supermasivo, llamado Gargantúa. Los protagonistas sólo visitarán tres de ellos: el primero, Miller, el más cercano al horizonte de sucesos, es un planeta de superficie líquida sometido a intensos tsunamis debido a la proximidad del agujero negro. Los expertos discuten si eso es posible o no. Realmente discuten cada una de las imágenes y del guión de la película, de manera que el propio Thorne concedió una entrevista a la revista Science para asegurar que en todos los fotogramas y en todos los diálogos se mantuvo una visión científica real. Con una excepción – el planeta con nubes de hielo-, pero acepta que fue una licencia artística.

Lo más sugerente de la película es su poderoso discurso a favor de la ciencia: sólo ella puede salvar a la humanidad cuando todo está perdido. Como señalaba en el anterior comentario sobre la obra divulgativa de Kaku, la ciencia nos ofrece una salida incluso cuando el universo, dentro de miles de millones de años, colapse y tengamos que abandonarlo indefectiblemente. El viaje entonces no sería interespacial, sino entre dimensiones en dirección al universo gemelo.

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