Cristóbal Colón, la Sombra y la Vigilia

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Desconciertan los secretos del Descubridor, todo aquello que intentó borrar o simular o convertir en otra vida y circunstancia y en otros impulsos y objetivos hasta convertirse en un personaje contradictorio, cuando no incoherente. Desde su origen, humilde, que pretendió aureolar con tintes aristocráticos; sus conocimientos como marino, también modestos; la existencia de un misterioso piloto que, mientras agonizaba, pudo ponerle en camino hacia los dominios del Gran Khan, hasta la invención de sí mismo como un místico empeñado en descubrir el camino hacia el Paraíso y contribuir a la conquista de Jerusalén.

Alejo Carpentier y Augusto Roa Bastos hacen de Colón el protagonista de ‘El arpa y la sombra’ y ‘Vigilia del almirante’, respectivamente; cada uno en su novela recrea un personaje complejo y acomplejado, ambicioso y místico, incoherente y tenaz. El tono de autenticidad en ambas es llamativo porque, además del recurso de la documentación histórica, muchos de sus pasajes están inspirados e incluso transcritos de forma fidedigna de los diarios, cartas y relaciones de Cristóbal Colón, con el añadido fundamental de la visión personal de los autores sobre su protagonista.

El arpa y la sombra’ toma como excusa la intención del papa Pío IX de canonizar a Cristóbal Colón en 1851. Carpentier juega con el tiempo y va de los pormenores de este proceso al Cristóbal Colón en sus últimos años, recluido en un monasterio franciscano de Valladolid. Corre el año 1506 y en su lecho de muerte, mientras espera al confesor, deja fluir la memoria y recuerda un pasado del que en ocasiones se arrepiente y las más de las veces intenta justificar.

Desde su celda monástica, Colón defiende su destino que ve prefigurado por el mismo Séneca que, en la estrofa final del coro de Medea, profetiza: Vendrán los tardos años del mundo ciertos tiempos en los cuales el mar Océano aflojará los atamentos de las cosas y se abrirá una gran tierra y un nuevo marino como aquel que fue guía de Jasón, que hubo nombre Tiphi, descubrirá un nuevo mundo y entonces no será la isla Thule la postrera de las tierras”.

¡Tanto se esperaba de él y tanto prometió! Tiene delante la relación de su primer viaje y observa que escribió la palabra ‘oro’ innumerables veces, como si “un maleficio, un hálito infernal, hubiese ensuciado ese manuscrito, que más parece describir una busca de la Tierra del Becerro de Oro que la de una Tierra Prometida para el rescate de millones de almas sumidas en las tinieblas nefandas de la idolatría”.

Regresa a España para dar cuenta de las nuevas posesiones, acompañado de un grupo de indios lastimosos y papagayos, y la reina Isabel le recrimina que “para traer siete hombrecitos llorosos, legañosos y enfermos, unas hojas y matas que para nada sirven como no sea para sahumerios de leprosos y un oro que se pierde en el hueco de una muela, no valía la pena haber gastado dos millones de maravedíes”.

Desconcertado y más ambicioso que nunca vuelve a las Indias, donde los nativos ya no le parecen tan amables y sí más caníbales, más desconfiados y más embusteros. Ya dijeron los normandos, que habían visitado estas tierras antes que él, tal como le contó un judío emigrado a Galway, que en Vineland se encontraron nativos malformados, contrahechos, patizambos, a los que llamaron skraelings, término que traducirá despectivamente por monicongos. Como no hay oro ni especias, ni forma de encontrarlos, a Colón se le ocurre la idea de lucrarse con la venta de esclavos y manda quinientos prisioneros a España.

Yo no quería el oro para mí -se dice a sí mismo en su celda franciscana- sino para mantener mi prestigio en la Corte y justificar la legitimidad de los altos títulos que me habían sido otorgados. No en vano, las Capitulaciones de Santa Fe le habían otorgado el título de Almirante de Castilla, con lo que se ponía por encima del propio heredero, además de visorrey y gobernador de todas las tierras firmes y las islas y todo su contenido y esto en vida y después de muerto, cuando se transmitirán a sus herederos todas estas preeminencias y prerrogativas.

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La reina Isabel le vuelve a recriminar: esta vez por que esclavice a súbditos que no son suyos, sino de ella. Se le viene abajo el único negocio fructífero que le quedaba en estas islas recién descubiertas y es entonces cuando insiste en que encontró “el Paraíso Terrenal, frente a la isla de la Trinidad, en las bocas del Drago, donde las aguas dulces, venidas del Cielo, pelean con las saladas”.

El último capítulo de la novela de Carpentier lleva por título ‘La sombra’ y transcurre en el Vaticano en 1892, durante el papado de León XIII, que pretende finalizar el proceso de beatificación de Colón, siguiendo la vía abierta por Pío IX con su postulación.

El genovés, al ser mencionado en la sala, llega a las estancias vaticanas en forma de fantasma. Allí, en una especie de retablo de las maravillas, surge el panegirista fanático y absurdo de Colón, Leon Bloy, que ejerce como defensor de quien considera el santo profeta que materializará la ‘revelación del globo’. Pero el abogado del diablo llama la atención a los presentes sobre el hecho de que fue Colón quien instituyó la esclavitud en el Nuevo Mundo y que en esto fue el primero. También figura en la lista el pecado de concubinato, cometido no por lujuria, sino por aparentar y no rebajar su falsa alcurnia al casarse con Beatriz, una simple criada. Al final su “sombra” será alejada despectivamente de los altares religiosos.

En esta novela de Carpentier hay un elemento maravilloso: la aparición de los fantasmas de Colón y de Andrea Doria en las salas vaticanas donde se lleva a cabo el debate de la beatificación, al final de la novela. En ‘Vigilia del Almirante’, del escritor Roa Bastos, el elemento mágico aparece al principio, cuando las tres carabelas se encuentran empantanadas en un “mar de hojas de color de oro verde cantárida, espeso, que las empuja hacia atrás, impidiéndoles la marcha”. Es un mar de pesadilla que apenas se mueve y que les tiene inmovilizados, en la vigilia de su desembarco en las Indias, y que permite al autor viajar en el tiempo, hasta la celda del monasterio de Valladolid en las horas previas a su muerte.

Roa Bastos, que escribió esta ficción histórica sobre el descubrimiento en 1992, quinientos años después, afirma en el prólogo que “éste es un relato de ficción impura, o mixta, oscilante entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia”, una obra “heterodoxa” y alejada de la “parodia y del pastiche, del anatema y de la hagiografía”. Y advierte de que “tanto las coincidencias como las discordancias, los anacronismos, inexactitudes y transgresiones en relación a los textos canónicos son deliberados, pero no arbitrarios ni caprichosos”.

Cristóbal Colón en esta versión literaria es un hombre enigmático, tozudo y obsesionado. Y guarda un secreto: la ruta que el piloto agonizante en una playa de Portugal le reveló. Poco antes de morir tras un naufragio en costas portuguesas, le contó que las Indias estaban a 750 leguas de las islas Afortunadas, tras las Antillas, las Siete Ciudades de los obispos navegantes, la isla del Brasil y el archipiélago de las Once Mil Vírgenes y que en éste, por la noche, murallas de arrecifes protegen la entrada a las Indias y al Paraíso terrenal.

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Bajo secreto de confesión, Colón contó el secreto del Piloto a fray Juan Pérez, prior de la Rábida y confesor de la Reina, y también a fray Antonio de Marchena, astrónomo, guardián del convento y custodio de Sevilla. En la novela de Carpentier el secreto no pertenece al Piloto, sino a Maestre Jacobo, que tenía su residencia en la costa occidental de Irlanda y conocía la historia de los normandos que, habiendo sido desterrados, navegaron entre las brumas hiperbóreas hacia una enorme tierra a la que llamaron ‘Tierra Verde’. Ante el juego al que le somete Isabel, que un día le promete su aval y al día siguiente de todo se olvida, no tiene más remedio que revelarle sus fuentes tras la toma de Granada, según la versión de Carpentier. Otros autores se referirán a otros secretos que Colón compartirá con Isabel, como el camino hacia el Paraíso Terrenal.

Roa Bastos también dibuja el perfil visionario de Cristóbal Colón, pero no toma partido sobre su autenticidad o su simulación pragmática. Para convencer a los Reyes Católicos les promete la reconquista del Santo Sepulcro, auténtica misión en defensa de la fe cristiana, y él, convencido de su importancia, se pregunta si será canonizado alguna vez como el primer santo y mártir marítimo de la Cristiandad. Ya hemos visto que no lo consiguió.

Colón se ve como un nuevo Moisés, conductor de un pueblo, de una multitud de pueblos, a los que evangelizar y entregar las Tablas de la Ley. Tras cuarenta días de peregrinación sobre el desierto marino, el mar Tenebroso, llegará a la Tierra Prometida, pero estará condenado a no entrar en ella, en el Paraíso que vislumbra en las Indias.

El Almirante de Roa Bastos muestra un perfil visionario y testarudo. Es posible que Colón creyera hasta su último suspiro que había descubierto, conquistado y ganado las tierras de Cathay y del Cipango y que había invadido los dominios del Gran Khan, al que hacía más de un siglo que la dinastía de los Ming había destronado. La propuesta de Colón consistía en urdir una alianza con el rey de China que, bajo el mando de España atacaría en tenaza al Islam y ya, de paso, acabaría también con la hegemonía portuguesa. “Descomunal ignorancia, frenética ambición de riquezas disfrazada de hipócrita misticismo”, sentencia Roa Bastos.

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Nadie se acordará de Colón hasta casi el final del segundo milenio, dice el escritor paraguayo. “Entonces resurgirá como otro, la imagen de un hombre oscuro, sin rostro, sin nombre, sin edad, sin memoria, la leyenda de un hombre que quiso ser importante y que en realidad no importó a nadie ( ) Redescubrirá un mundo nuevo para los europeos por azar y el no sabrá que lo ha descubierto porque lo confundirá con el de los libros leídos al apuro, con el de los mapas robados, con el de un secreto sonsacado a un navegante agonizante, con las profecías de las Escrituras que no tenían por qué ocuparse del descubrimiento”.

Desde su Vigilia Colón ve el pasado y el futuro y augura “una muchedumbre de gente codiciosa y malvada que viene a usurpar mi señorío sobre las tierras descubiertas y conquistadas por mí y bajo la insignia de mi autoridad sembrarán muerte, esclavitud y terror”. Ya es tarde para cambiar su testamento pero declara que su deseo es que todas las tierras conquistadas por él se devuelvan a sus auténticos propietarios, a los nativos de las Indias. El que fuera lector incansable de novelas de caballerías dictó sus últimas voluntades y “con la ayuda del ama y la sobrina untó los dedos en el testamento y se desvaneció”.

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El viaje a Aracataca y la construcción de Macondo

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Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa”, le dijo su madre cuando logró dar con él en Barranquilla. Gabriel García Márquez estaba a punto de cumplir veintitrés años; había abandonado la Facultad de Derecho después de seis semestres inútiles; seis cuentos suyos habían aparecido en suplementos de periódicos; vivía de redactar notas para El Heraldo; fumaba sesenta cigarrillos diarios de “tabaco bárbaro” y muchas noches no tenía dónde dormir porque le faltaba el peso y medio que costaba la habitación, pero le sostenía un convencimiento absoluto de su destino como escritor.

La casa que había que vender no era otra que la de los abuelos en Aracataca, donde Gabo nació y vivió sus primeros ocho años. El 18 de febrero de 1950, bajo un aguacero diluvial, madre e hijo acometieron el viaje por el río Magdalena en una destartalada lancha de motor. En este recorrido fluvial, confiesa en sus memorias, sintió el primer “zarpazo de la nostalgia”, no sólo de un lugar sino también de un tiempo al que ya no es posible regresar.

De la lancha pasaron a un coche victoria de un solo caballo, de camino a la estación de ferrocarril que les dejaría en Aracataca. Durante el trayecto contempló el piélago sórdido de playa de caliche con mangles podridos y astillas de caracoles, el mar de Ciénaga, y el barrio de tolerancia y el abrevadero de las locomotoras. Bordearon la ciudad sin entrar en ella. “De pronto mi madre señaló con el dedo: mira, me dijo, ahí fue donde se acabó el mundo”.

Ahí estaba la estación y enfrente una plazoleta, donde aquel día de 1928 en que todo se acabó, el ejército había matado un número nunca establecido de jornaleros del banano. Mil veces se lo había contado el abuelo: los peones en huelga fueron declarados una partida de malhechores; los tres mil hombres, mujeres y niños inmóviles esperaban bajo el sol inclemente después de que el oficial les diera un plazo de cinco minutos para evacuar la plaza; y entonces fue la orden de fuego y las ráfagas y “la muchedumbre acorralada por el pánico mientras la iban disminuyendo palmo a palmo con las tijeras metódicas e insaciables de la metralla”.

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Doña Luisa y Gabo continuaron el viaje. Subieron al tren, que hizo una parada en una estación sin pueblo y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra -dice en Vivir para contarla’“me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética” y, aunque la había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario no supo su significado hasta que en una enciclopedia descubrió, casualmente, que era el nombre de un árbol del trópico parecido a la ceiba, de madera esponjosa que sirve para hacer canoas y trastos de cocina. Más tarde, encontró que la Enciclopedia Británica informaba de que en Tanganika existe la etnia errante de los makondos y dedujo que, de ahí tal vez, el origen de la palabra.

Diez minutos después el tren se detenía en Aracataca, bajo un sol ardiente y unas arenas infernales, a la hora del calor intenso de las “siestas inertes”. “Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad”. El calor y el desamparo hacían emerger recuerdos de historias que ocurrieron en el pueblo: la madre y la niña del ladrón que fue abatido a través de la puerta por María Consuegra; la casa del Belga, un veterano de la primera guerra mundial que un domingo de Pentecostés decidió poner fin a su vida y la botica del doctor que tanto le aterrorizó en la infancia.

Y, sobre todo, la casa de los abuelos, una casa lineal de ocho habitaciones sucesivas y sencillas: la primera una sala de visitas y oficina personal del abuelo, a la que seguía el taller de platería donde fabricaba los pescaditos de oro. De ahí en adelante “empezaba el paraíso hermético de las muchas mujeres residentes y ocasionales que pasaron por la casa durante mi infancia”, donde vivieron y le cuidaron la abuela materna, Tranquilina Iguarán, para la que no existía una frontera definida entre vivos y muertos y que, años después en Sucre les reveló en sus monólogos de anciana, misterios de cosas perdidas, de secretos guardados y de asuntos prohibidos; la tía Francisca Simodosea, de “desparpajos insólitos y refranes ríspidos”, que un día comenzó a coser su mortaja a medida y dos semanas después, ya terminada, “sin enfermedad ni dolor algunos se echó a morir en su mejor estado de salud”; y Elvira Carrillo, que compartía su soledad con “las toses y carraspeos de las habitaciones vecinas donde se acogía lo sobrenatural”.

El coronel Nicolás Márquez y su esposa, Tranquilina Iguarán, llegaron a Aracataca con sus tres hijos y dos indios guajiros como servicio y una india, Meme, para iniciar una nueva vida, hacia 1910. El abuelo de Gabo llegaba perseguido por el remordimiento de haber matado a un hombre en un lance de honor, en Barrancas, que además fue copartidario y soldado suyo en la guerra de los Mil Días. El asunto fue, en palabras de García Márquez, el primer caso de la vida real que le revolvió los instintos de escritor.

Luego utilizaría todas estas historias de guerras, fusilamientos, parlamentos de muertos y dramas cotidianos en sus libros, de la misma forma que utilizó de niño las conversaciones de los adultos: las absorbía como una esponja, las desmontaba en piezas, cambiaba algunos detalles para disimular el origen y luego se las contaba a los mismos adultos que habían sido su fuente de inspiración, de forma que quedaban absolutamente perplejos. Lo que eran “infamias de niño” y técnicas rudimentarias de narrador en ciernes” evolucionaron y se convirtieron en recursos poéticos de gran escritor.

García Márquez reconoce que todos sus personajes son “como rompecabezas armados con piezas de muchas personas distintas, y por supuesto con piezas de mí mismo” y, como buen omnívoro, defiende que cualquier suceso es propicio “porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor”.

El viaje a Aracataca marcó su futuro como escritor porque le mostró que lo que había escrito hasta entonces y el proyecto en el que trabajaba desde hacía meses no tenían sustento alguno porque no eran reales. De vuelta a Barranquilla empezó la novela que se le insinuó en Aracataca sin un minuto de espera ni de sosiego “con la carga emocional que arrastraba sin saberlo y que me había esperado intacta en la casa de los abuelos”.

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Ya tenía una imagen visual del pueblo, al que llamó Macondo, y un título, que ya no iba a ser La casa, sino otro, más “desdeñoso y compasivo con que mi abuela, en sus rezagos de aristócrata, bautizó a la marabunta que llegó con la United Fruit Company: La hojarasca”. En el preámbulo de la obra explica el significado doméstico de esta palabra, que resumía el conjunto de desperdicios humanos que llegó al pueblo desde todos los lugares, “revuelta y alborotada”, que contaminó todo aquello con lo que tuvo contacto y que, con el tiempo, sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”.

Fueron años de esplendor y derroche, de amor triste y de lujos impensables traídos por la bonanza de las plantaciones bananeras. Como le cuenta doña Luisa a su hijo Gabo, al pasar por el antiguo barrio de las mujeres de la vida, “los hombres amanecían bailando la cumbiamba con mazos de billetes encendidos en vez de velas”. Todo eso desapareció como en los pueblos del lejano oeste descritos por Faulkner y que tantas similitudes con los colombianos aprecia García Márquez. Pero quedó la pobreza y también la nostalgia de un tiempo magnificado.

Lo que acabó con la hojarasca, lo que supuso el fin de este mundo fue la matanza de los peones de la United Fruit Company, un suceso que acabó siendo materia y sustento de la novela. Debía encontrar recursos para contar aquel “paraíso terrenal de la desolación y la nostalgia” a partir de los recuerdos de los supervivientes de 1928, año en el que él mismo nació. El método, que se inspiraba en Faulkner, consistió en usar tres voces: el abuelo, la madre y el niño. Y el resultado fue espectacular.

Pero la editorial Losada le rechazó el manuscrito en una carta, con el veredicto supremo de Guillermo de Torre, exiliado español y presidente del consejo editorial. Los términos del rechazo rayaban en la grosería y estuvieron a punto de quebrar la trayectoria literaria de García Márquez. Afortunadamente, los “argumentos simples en los que resonaban la dicción, el énfasis y la suficiencia de los blancos de Castilla” no le amilanaron y persistió en su oficio. El mismo Borges expresó ciertas reticencias acerca del gusto literario de su cuñado, que ya había rechazado en 1927 Residencia en la Tierra’, de Pablo Neruda.

Pasaron cinco años antes de editar la novela, a cuenta del propio autor y unos amigos, y tuvo buena crítica pero poca repercusión. Entre ‘La hojarasca’ y Cien años de soledad’ García Márquez escribió dos novelas y un libro de cuentos, todos más realistas y sobrios y sin magia, aunque excelentes. En 1955 marchó a París, “flaco, con cara de argelino”; le costó sobrevivir en una ciudad muy dura para la miseria. Una vez incluso llegó a pedir en el metro y un hombre le dio una moneda, pero con aire de malhumor y sin escuchar sus explicaciones. De estos años data El coronel no tiene quien le escriba’, cuya imagen es la de un militar que espera desde hace lustros una pensión que no llega, igual que él espera un giro en París, después de que ‘El Espectador’, que le había contratado como corresponsal, hubiera sido cerrado por el dictador de turno.

Volvió y en Venezuela escribió los cuentos de ‘Los funerales de Mamá Grande’. Tampoco tuvo el éxito que merecía. “La espera proseguiría en Bogotá”, cuenta Plinio Apuleyo Mendoza, compañero periodista de esos años. Prensa Latina le envió a Nueva York, pero dimitió de su corresponsalía cuando fue cesado el director de la agencia. Decidió marcharse a México, ya con Mercedes, su mujer, y un hijo, en autobús.

En México tuvo la revelación del cómo contar la auténtica y verídica historia, cuyo germen se inició diecisiete años antes en su viaje a Aracataca, de Macondo, que más que un lugar del mundo es un estado de ánimo”. En Cien años de soledad’ surgió un mundo completo en sí mismo, con su nacimiento, desarrollo y desaparición, en el que todo pudo suceder y sucedió y que acabó siendo devorado por el mismo viento que había traído consigo la hojarasca.

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Lecturas

– Gabriel García Márquez, La hojarasca, 1955

– Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, Mondadori, 2002

– Plinio Apuleyo Mendoza, Gabriel García Márquez; el olor de la guayaba, Bruguera, 1982

Cien Años de Soledad

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Es imposible escribir algo original que no haya sido escrito antes sobre la gran novela americana del siglo XX en lengua española. A lo largo de los cincuenta años transcurridos desde su publicación en 1967 se han sucedido cientos de reseñas, artículos y tesis doctorales que han analizado el fenómeno desde el estructuralismo, el marxismo, el psicoanálisis, el compromiso político o la concepción mítica de la historia, dependiendo del punto de vista que estuviera de moda.

No tengo nada nuevo que decir, pero tampoco quiero quedarme con las ganas de comentar una de las novelas que fue la llave que me abrió la puerta a la gran literatura, a la que desconcierta y fascina y al mismo tiempo es fuente de recreo inolvidable, como si de una alfombra voladora se tratara. Desde entonces ha pasado mucho tiempo y sólo puedo agradecer a la circunstancia y al azar que cayera en mis manos en el momento oportuno.

Cien años de soledad, como dice su autor, estaba ahí antes de ser escrita: en las tradiciones, creencias y culturas que compusieron Latinoamérica, desde las novelas de caballería de la época de Colón a las ceremonias religiosas de los esclavos negros trasplantados desde el continente africano o en la magia de los indígenas y sus selvas imposibles. Sólo había que pararse a mirar.

Tenía apenas veinte años cuando la leí por vez primera y fue como un hechizo del que aún no me he podido desprender. La he vuelto a leer ahora, cuarenta años después, y sigue teniendo para mí la misma fuerza, la vitalidad de unos personajes inolvidables por lo estrafalario y excesivo de su conducta: desde Úrsula, la matriarca que logra mantener en pie a una extensa familia y a todos los Aurelianos y José Arcadios que pueblan la novela, hasta el fabuloso Melquíades, el gitano trashumante que, en la época primera y más mágica de Macondo, se encarga de facilitar a sus ciudadanos los últimos frutos de la ciencia.

A medida que voy adentrándome en sus páginas se desvanece la frontera entre lo real y lo maravilloso y el fenómeno que todos los lectores conocemos -el de la suspensión sostenida de la incredulidad- se intensifica de manera que todo se hace posible. Como ocurría con las historias de la Odisea o de la misma Biblia, uno lee y cree en todo lo que se cuenta. No se trata de una forma especial de concebir la realidad por parte de los personajes (como ocurre con los seguidores del Mackandal de Carpentier, víctimas de una ilusión y del deseo de la magia), sino de la propia vida de estos personajes, sin necesidad de una justificación exógena.

El Reino de este mundo narra un hecho histórico y, aunque ocurren portentos, Carpentier los argumenta y justifica. En cambio, Cien años de soledad trata de sucesos inventados en los que reina la imaginación. Incluso podría decirse que inventa una nueva realidad, pero realidad al fin y al cabo. Las cosas pasan de una manera extraordinaria y no hay reparo ninguno. No tengo inconveniente en creer en la ascensión virginal a los cielos de Remedios la Bella mientras tendía las sábanas en el jardín de la casa y en la eterna longevidad de Úrsula; en las propiedades levitatorias de una taza de chocolate y en la reproducción compulsiva y desaforada de los animales de granja animados por las fogosas cópulas de Petra Cotes. El autor también lo cree y de esa manera nos abre los ojos de lector al asombro.

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Confiesa García Márquez que tuvo que vivir veinte años y escribir cuatro libros de aprendizaje para descubrir que la solución estaba en los orígenes mismos del problema: había que contar el cuento, simplemente, como lo contaban los abuelos. Es decir, en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba aunque se le estuviera cargando el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción.

Es cierto que Cien Años de Soledad tiene una “accesibilidad ilimitada”, como dice Vargas Llosa, en el sentido de que se puede leer y entender perfectamente sin apelaciones a relaciones culturales. No hay en ella juegos temporales ni planos de ficciones concurrentes ni técnicas novedosas. Se puede simplemente leer y gozar de la lectura. Parte de su éxito reside en que devuelve al lector el placer de escuchar una historia.

Pero, como en todas las grandes obras y los grandes mitos, siempre hay segundas lecturas e infinidad de incógnitas sin desvelar, puntos ciegos que iluminan la historia misma de la familia, escrita por Melquíades, hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias. Así que al final de la novela descubrimos la autoría, pero este señalamiento puede ser simulado, una apariencia y un intento de confundir al lector y hacerle saber que todo, absolutamente todo, es ficción y apariencia.

Cien años de soledad es una epopeya sin dioses pero con creador indispensable, con la sabiduría de hechicero que le atribuyó Mitterrand y con la capacidad de bautizar un mundo nuevo que le adjudicó Carlos Fuentes. En un mundo desordenado, García Márquez organiza la realidad a partir de la creación de una localidad que funciona como un continente y en la que los hechos no están inscritos en el tiempo convencional de los hombres, sino concentrados en un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexisten en un instante.

Cuenta la historia de Macondo desde su creación hasta su apocalipsis, un mundo que sólo dura cien años pero no en el tiempo de los hombres, sino de los dioses. Es un tiempo mágico en el que conviven varias generaciones de la familia Buendía, que a veces se enlentece y otras se precipita para volver a estancarse, un tiempo que nada tiene que ver con el calendario, sino con el círculo y la repetición. Un tiempo que va arrastrándolo todo hacia la soledad hasta que se cierra sobre sí mismo y el espacio desaparece.

Ya muy anciana y convertida en el triste juguete de los nietos, Úrsula Iguarán se estremece al comprobar que el tiempo no pasaba, sino que daba vueltas en redondo. Como reconoce José Arcadio Segundo, también el tiempo sufría tropiezos y accidentes y podía por tanto astillarse y dejar en un cuarto una fracción eternizada, como ocurrió con la habitación de Melquíades, por la que no pasó nunca el tiempo que ni siquiera sembró polvo en los muebles, pero contuvo durante muchos años la presencia fantasmal de su ocupante.

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Edición ilustrada por Luisa Rivera

Cien años de soledad es un relato mítico de creación: contiene una pareja fundadora en un paraíso que no conoce la muerte; un pecado original fundado en la consanguinidad; un “diluvio que dura cuatro años, once meses y dos días”; un gitano trashumante que trae la magia en forma de tecnología; algún que otro ogro descomunal y rabelesiano e incluso un niño falsamente salvado de las aguas, amén de profecías, maldiciones, guerras y revoluciones, pestes y plagas.

Pero hacia el final la realidad auténtica, por llamarla de alguna manera, se introduce en el relato. Aureliano Babilonia, poseedor de conocimientos enciclopédicos, descifrará los manuscritos de Melquíades y junto a sus amigos de toda la vida, los “cuatro discutidores”, que son precisamente García Márquez y su cuadrilla, realizará el descubrimiento de su vida en una noche de parranda: que la literatura es el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente. El librero catalán, que profesa un respeto solemne al tiempo que una irreverencia comadrera hacia la literatura es la fuente de semejantes arbitrariedades de manera que les aconseja que abandonen Macondo y se caguen en Horacio y recuerden siempre que el pasado es mentira, que la memoria no tiene camino de regreso, que toda primavera antigua es irrecuperable y que cualquier amor es efímero.

García Márquez, como se ve, no le hizo caso. Y nosotros tampoco. A todos nos gustan los cuentos y que nos los cuenten, en esta ocasión con un lenguaje a veces contenido, a veces exuberante, cargado de recuerdos y mentiras, de hipérboles y alusiones, de repeticiones y novedades. Un mundo recreado por el lenguaje, en definitiva. Cien años de soledad emociona desde su principio, cuando Aureliano Buendía cuenta cómo conoció el hielo por primera vez, llevado de la mano por su padre, cuando Macondo era una aldea de veinte casas y el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Y continúa: Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse. Y aún los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento- todo es cuestión de despertarles el ánima”.

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Edición ilustrada de Luisa Rivera

Lecturas

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

Carlos Fuentes, Para darle nombre a América.

Mario Vargas Llosa, Cien años de soledad, realidad total, novela total.

Víctor García de la Concha, Gabriel García Márquez, en busca de la verdad poética.

La naturaleza de lo insólito en la novela latinoamericana

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Antonio Pigafetta dejó por escrito que “había visto cerdos con el ombligo en el lomo y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara”. Con este recuerdo del cronista que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, Gabriel García Márquez inició el tradicional discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura de 1982 ante la Academia Sueca.

Lo maravilloso en el Nuevo Mundo se encuentra en las expediciones en busca de países ilusorios como El Dorado, de ciudades imposibles como la de Manoa, las siete de Cíbola o la de los Césares; en la leyenda de la Fuente de la Eterna Juventud o en el relato de la desaparición de once mil mulas cargadas con oro que salieron de Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino, pero que más tarde aparecieron en las mollejas de unas gallinas que se vendían en Cartagena de Indias y que fueron criadas en tierra de aluvión, historia que relató el escritor colombiano en ese mismo discurso.

En estos sueños y misterios de siglos pasados, García Márquez vislumbra los gérmenes de la novela del siglo XX en Latinoamérica. Esos lugares de fábula y sus personajes desmesurados gozan de tal presencia que el escritor sólo necesita ponerse a contar lo que ve y ‘normalizar’ lo insólito.

El Reino de este mundo, de Alejo Carpentier

Recuerda Carlos Fuentes que en París, en 1930, tres jóvenes escritores- Carpentier, Uslar Pietri y Miguel Ángel Asturias- se detuvieron un momento sobre el Pont des Arts y decidieron arrojar al Sena al surrealismo francés por innecesario. Si Breton no dejaba de ensalzar lo “maravilloso”, ellos, en Iberoamérica lo tenían a raudales y con la ventaja de una mayor autenticidad que el francés.

Ése fue el año en el que Arturo Uslar Pietri publicó Las lanzas coloradas y Miguel Ángel Asturias, Leyendas de Guatemala, sobre tradiciones y relatos de la cultura maya, a la que él pertenecía por parte de madre, y que tuvieron como antecedente la traducción que él mismo hiciera del Popol Vuh, historia maya de la creación del hombre.

Estas Leyendas de Guatemala son relatos precursores del realismo maravilloso, en los que el tiempo y el espacio fluyen anárquicamente. Paul Valery, que los leyó en su traducción francesa, escribe en una carta que en estas “historias-sueños-poemas” en las que se confunden creencias, cuentos y todas las edades de un pueblo le han resultado extrañas e inesperadas, con su mezcla de “naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de teología de Salamanca, donde el Volcán, los Frailes, el Hombre-Adormidera, el Mercader de joyas sin precio, las bandadas de Pericos dominicales, los Maestros-magos que enseñan en las aldeas la fabricación de los tejidos y el valor del cero, componen el más delirante de los sueños”.

El reino de Carpentier

Años después, en 1943, en el transcurso de un viaje que Alejo Carpentier hizo a Haití, y que luego transmutó en El Reino de este mundo, novela a partir de la cual se acuña la expresión ‘lo real-maravilloso, visitó las ruinas de Sans-Souci, la Ciudadela de La Ferrière y la normanda Ciudad del Cabo y pudo comprobar el “sortilegio de esas tierras y las advertencias mágicas de sus caminos”. Frente a esta manera natural en la que se desarrolla lo insólito, lo sorprendente y lo irracional, denunció “la agotadora pretensión de suscitar lo maravilloso que caracterizó a ciertas literaturas europeas de los últimos treinta años”, conseguido en un primer momento de manera lícita pero corrompido con trucos de prestidigitación a medida que se pretendía “suscitar lo maravilloso a todo trance”.

Cuando Carpentier denuncia esta burocratización, este abuso de fórmulas repetidas hasta la saciedad se está refiriendo a una forma de concebir la narración, absolutamente legítima y fecunda pero en algunos casos fracasada, que sólo pretende sorprender al introducir, en un mundo totalmente realista, un suceso inverosímil, mágico en definitiva.

En cambio ‘lo real maravilloso’ no es una tendencia internacional ni tiene límites cronológicos. Proviene de las raíces culturales de la América Latina, raíces indígenas y africanas, y de las tradiciones y leyendas de los colonizadores. Para Carpentier “lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad”. Y para captarlo se precisa fe, algo de lo que carecen los surrealistas porque, aunque invoquen espectros, no creen en los ensalmos y acaban poniéndose muy aburridos cuando insisten en su literatura onírica “arreglada”.

Durante su estancia en Haití, dice Carpentier en esta presentación de su novela sobre el reino de Henri Christophe, pudo ponerse en contacto cotidiano con “algo que podríamos llamar lo real-maravilloso” porque allí “millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal”, un negro mandinga que inició la sublevación y fue quemado por ello, aunque sus seguidores se negaron a reconocer su muerte y le inventaron una nueva metamorfosis, una más de las que experimentó en vida.

También pertenecía a lo real-maravilloso la cruel tiranía del rey negro Henri Christophe, uno que fue cocinero y dueño de un albergue en la calle de los Españoles y que logró hacerse con el poder: sus soldados resplandecían con uniformes de vistosos entorchados, penachos de plumas celestes y botas de húsares como no los viera siquiera el ejército de Napoleón. El rey vivía en Sans-Souci, un inmenso palacio de cuento, en cuyo exterior abundaban terrazas, arcadas, jardines, pérgolas, arroyos artificiales y laberintos de boj.

En la cultura iberoamericana se produce una mezcla fascinante de lo medieval europeo, las cosmogonías nativas y, también, como ocurre con Haití, en Cuba o en Venezuela, de la cultura trasplantada de los esclavos africanos: las danzas de la santería o el vudú. En El Reino de este mundo Paulina Bonaparte, hermana del emperador llega a la isla de Santo Domingo acompañando a su esposo, el general Leclerc, el nuevo gobernador. No pasaría mucho tiempo hasta que se declarase una epidemia de peste y como no se conocía remedio, ella, hija de la Ilustración y de la Razón, dejó de ser razonable y se encomendó al negro Solimán. Los sahumerios de incienso, índigo, cáscaras de limón y las oraciones al Gran Juez, a San Jorge y a San Trastorno fueron el primer recurso pero, al acrecentarse el miedo tras la terrible agonía de Leclerc, Paulina avanzó aún más en el mundo de poderes que se agitaban en torno a los conjuros de su sirviente: promesas, penitencias, ayunos, rituales mecánicos, bailes de poseídos y gallos degollados.

Esta presencia de lo prodigioso no es privilegio único de Haití o de Guatemala, “sino patrimonio de la América entera, donde aún no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”, dice Carpentier, que abunda en que el continente está lejos de haber agotado su caudal mitológico.

La soledad de América

La historia de América no es sino una crónica de lo real maravilloso, pero a la que en justicia hay que reconocerle un lado terrible y oscuro que García Márquez puso de relieve en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura. Si bien los dos primeros párrafos hacen referencia a los prodigios narrados por Pigafetta que recuerdan a los del latino Plinio, muy pronto cambia el tono para denunciar la injusticia rampante en el continente. No puedo dejarlo pasar porque también de protesta y queja está hecha la literatura de mis escritores favoritos, desde Carpentier a García Márquez, desde Onetti a Abel Posse, y muchos otros.

En la crónica americana hay esclavitud y exterminio de indios, subastas de esclavos negros, guerras sangrientas, dictadores espeluznantes, como el mismo Henri-Christophe en Haití y tantos otros déspotas que se disputan el protagonismo histórico de los últimos siglos, y también pobreza, abandono y sufrimiento. Desde la segunda mitad del pasado, se suceden las novelas sobre dictadores, de los llamados sarcásticamente ‘padres de la patria’, como el Supremo de Roa Bastos, el Patriarca de García Márquez o el Chivo de Vargas Llosa, entre otros, que tienen su glorioso antecedente en el ‘Tirano Banderas’ de Valle Inclán.

Garcia marquez

En su alegato, el escritor colombiano recuerda a los millones de muertos, a los cientos de miles de desaparecidos y a los refugiados; apenas nueve años antes se había asesinado la democracia en Chile y aún perduraba una dictadura militar, inicua y brutal en Argentina. Recuerda también a los que huyen de su país por miedo, por desesperación o por pura hambre; denuncia la violencia y el dolor desmesurado de la historia americana, “resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento” y reprocha a la vieja Europa haberles dejado solos, durante mucho más de cien años.

Los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria: una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra (Del discurso de Gabriel García Márquez).

 

La Ciudad de los Césares, mito de náufragos y desaparecidos — Historias emergentes

Ni las Amazonas ni las Ciudades de Cíbola ni Santiago Matamoros eran leyendas propias del nuevo continente, en el que se buscó de todo, desde la Fuente de la Juventud al Paraíso Terrenal, pero pronto surgieron mitos autóctonos como la leyenda de El Dorado o la Ciudad de los Césares. Conocida también como Ciudad Encantada […]

a través de La Ciudad de los Césares, mito de náufragos y desaparecidos — Historias emergentes

Crónicas de lo maravilloso desde el Nuevo Mundo

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Cuando los españoles llegaron a las Indias intentaron describirlas mediante relaciones, cartas, crónicas y apuntes, diarios de a bordo y diarios de caminantes, dirigidos a los reyes que les habían concedido el derecho de exploración o nombrado adelantados o virreyes de tal o cual región, con la intención de hacerles partícipes de lo que habían visto, oído y hecho o como justificación o documento para pedir nuevas gracias o consolidar las ya obtenidas o las por venir. También para su publicación, al estilo del Libro de las Maravillas, de Marco Polo.

Las crónicas fueron escritas por los conquistadores, aunque delegaron muchas veces en quienes les acompañaban, generalmente clérigos u hombres de letras que también participaron en el descubrimiento, como es el caso de Gonzalo Fernández de Oviedo, primer cronista oficial de las Indias y gobernador de Santo Domingo y La Española, o Bernal Díaz del Castillo, que participó en la conquista de México. Incluso hubo alguno, como Gaspar Pérez de Villagrá que escribió su versión de la conquista de Nuevo México por Juan de Oñate en versos endecasílabos repletos de resonancias clásicas y caballerescas. Su poema empieza con las mismas palabras que la Eneida – “A las armas y al varón heroico canto”- a lo que sigue la lista de los principales participantes en la expedición para pasar, a continuación, a ensalzar “los hechos y proezas de aquellos españoles valerosos” que lograron “prodigios grandes de tierras y naciones nunca vistas”.

A quienes llegaron y vieron, todo les pareció nuevo, diferente, y muchas veces no encontraban nombres para lo observado y no entendido, de manera que lo asimilaron como maravillas. También se crearon fábulas, se inventó y se exageró, como si no fuera bastante aventura o heroicidad atravesar los desiertos de Texas y de Atacama, explorar inmensas selvas y seguir el curso de inacabables ríos; tropezar con tribus del paleolítico y con imperios como el del Inca; hacer frente a animales desconocidos y mortíferos y contemplar las cataratas del Iguazú o el Cañón del Colorado.

Los europeos que llegaron a las Indias a lo largo del siglo XVI vivieron en la intersección de la cultura medieval y la renacentista y, al dejar volar la imaginación se dibujan, ellos o los protagonistas de sus crónicas, como héroes de novelas de caballerías, descubridores de ciudades doradas que cambian mágicamente de lugar, santos hacedores de milagros o personajes míticos en busca del Paraíso o de las Fuentes de la Eterna Juventud.

El Paraíso de Cristóbal Colón

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En este mundo a caballo entre lo cristiano a ultranza y lo clásico recuperado se produce una actualización sorprendente, e incluso una amalgama desconcertante, de mitos cristianos y paganos que producen la impresión de que los exploradores de las tierras y mares recién descubiertos vivían en una continua observación de milagros inauditos y maravillas imposibles.

Cristóbal Colón sufría de cierta propensión a recuperar viejas historias e insertarlas en mundos nuevos: en la Relación de su primer viaje hace referencia a tres sirenas “que salieron bien alto de la mar, pero que no eran hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían pinta de hombre en la cara”. No eran las famosas de Ulises, ya que al parecer no cantaban.

Cuando llega a las Indias y no encuentra ni el oro ni las especias que esperaba para poder pagar las deudas y hacerse rico, intenta convencer a los Reyes de España, sus patrocinadores, de la importancia del viaje: ninguna riqueza material es comparable al descubrimiento del Paraíso y la evangelización de los idólatras.

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Inclinado a interpretar literalmente la Biblia, convencido de su destino providencial y con el propósito de justificar que no hubiera suficiente oro en La Española e islas vecinas, llegó a la conclusión de que era en las Indias donde se hallaba el Paraíso Terrenal y, como allí no había altísimos montes que rozaran el cielo -condición sine qua non para eludir los efectos de Diluvio Universal- ideó una ingeniosa deformidad terrestre: la Tierra no era totalmente redonda, sino que hay en ella un lugar en que se alarga “como un pezón de mujer”, justo debajo de la línea equinoccial, y donde se hallaría precisamente el Paraíso, en la cima de aquel lugar que tiene la forma de un “tallo de pera”. Y sigue argumentando, en esta Relación del tercer viaje, en 1498, que “lo que corrobora fuertemente esta opinión es que el Sol, cuando Dios lo creó, apareció en la extremidad del Oriente y su primera luz brilló aquí en Oriente”. Concluye con que esta hipótesis suya es conforme al parecer de los santos y de los doctos teólogos.

Santiago en su caballo blanco

La intervención de la Providencia, incluso en forma de apóstol Santiago, queda fuera de la competencia del historiador y del alcance de la prueba. Pero la ficción, la leyenda y el mito sirvieron en esta época tan dura, violenta y todavía medieval, para la justificación de actos impropios y para acrecentar el ánimo en las adversidades, aparte de su utilidad netamente ideológica.

Cuenta el cronista Pedro Mariño de Lobera que, al llegar Pedro de Valdivia y su ejército al valle del Aconcagua, se reunieron en su contra todas las tribus del lugar para atacarlos y estaban ganando la batalla cuando, por un motivo desconocido, de repente dieron media vuelta y huyeron. Interrogados los indígenas apresados, contaron que su huida se debió a que vieron bajar del cielo a un español provisto de una gran barba blanca y una enorme espada que, montado sobre un caballo blanco, se había abalanzado sobre ellos. Valdivia interpretó que el mismísimo apóstol Santiago llegó en su auxilio y, en justa retribución, llamaron Santiago de la Nueva Extremadura a la primera ciudad que fundaron en lo que hoy es Chile, el 12 de febrero de 1541.

La Fuente de la Eterna Juventud

Los embajadores del rey persa Cambises II en Etiopía preguntaron a su rey por los motivos de la larga vida de sus súbditos y, en respuesta, les condujo a una fuente de agua tan ligera que nada sufría sobre ella, según relata Herodoto en la primera referencia que se tiene de este mito, que sufrió diversas modificaciones a lo largo del Medievo.

Se cuenta que Juan Ponce de León, descubridor de La Florida, oyó hablar de una fuente de la juventud a los arahuacos que poblaban algunas islas del Caribe. Según la leyenda, Sequene, un jefe nativo de Cuba, reunió a un grupo de los suyos y navegó hacia el norte, hacia Bimini, lugar donde discurrirían las aguas restauradoras de la juventud, pero no volvió nunca.

En 1514 el rey encargó a Ponce de León la conquista y gobierno de “las islas de la Florida y Bimini”. Es posible que el explorador creyera en la leyenda de la fuente, conocida por todos en esa época, pero no hay evidencia de que la tuviera como objetivo de su expedición y no se le vinculó con ella hasta después de su muerte, en 1575, en las Memorias de Hernando de Escalante Fontaneda, quien en 1549, cuando tenía trece años, sobrevivió a un naufragio en los cayos de Florida y fue adoptado por la tribu de los calusa, con los que vivió diecisiete años.

Fue rescatado por los españoles y en su libro de Memorias se menciona la supuesta existencia de un río de aguas curativas y su búsqueda por Ponce de León, que el mismo Hernando nunca creyó y así dejó escrito. No obstante, Antonio de Herrera, en sus Décadas (1615) idealiza la narración de Escalante y asegura que la fuente existía y que era frecuentada por los indios, que adquirían un rejuvenecimiento instantáneo nada más beber sus aguas.

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Coñori, reina de las amazonas

A lo largo de los ocho meses que le llevó descender el río caudaloso e interminable que le iba a llevar al país de la canela en la expedición iniciada por Gonzalo Pizarro en 1541, Francisco de Orellana y los suyos no sólo tuvieron noticias de un reino cercano gobernado exclusivamente por mujeres, sino también la oportunidad de trabar combate con ellas. Es el cronista de la expedición, el fraile dominico Gaspar de Carvajal, quien revela que un cacique les advirtió de que se alejaran de las ‘coniupuyara’, que en su lengua significaba ‘grandes señoras’. En otra aldea, su cacique les explicó que les entregaban un tributo a cambio de su ayuda militar.

Dice Carvajal lo siguiente acerca de estas amazonas: “Estas mujeres son muy blancas y altas y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto a la cabeza, y son muy membrudas y andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios, y en verdad que hubo mujer de estas que metió un palmo de flecha por uno de los bergantines y otras que menos, que parecían nuestros bergantines un puerco espín” .

Un cautivo que iba con ellas le contó que eran señoras de un reino grande y rico en el que sólo había mujeres. La reina se llamaba Coñori y se perpetuaban secuestrando esclavos a los que retenían un tiempo: se los pasaban unas a otras hasta que quedaban preñadas y, cumplida su misión, se les devolvía a sus tribus. Si parían un hijo, lo mataban, y si una hija, se la quedaban y la instruían en las artes guerreras de este reino femenino. Tanto le gustó la historia a Francisco de Orellana que el río pasó de llamarse Grande a río de las Amazonas.

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La Atlántida y el derecho de conquista

Para acallar a quienes ponían en duda el derecho de Castilla a gobernar las tierras descubiertas, en este caso el Perú, su virrey, Francisco de Toledo, se empeñó en demostrar que los antepasados de los Incas eran extranjeros que invadieron Cuzco en el año 565 de nuestra era y que sometieron a los indígenas a un régimen tiránico por lo que los españoles tenían, no sólo la potestad, sino la obligación de liberarlos e imponer su propio gobierno, amén de convertirlos a la verdadera religión. Y encargó al capitán Pedro Sarmiento de Gamboa que escribiera una historia general de estos territorios hasta 1572.

La obra, dedicada a Felipe II, desarrolla la teoría de que las Indias formaron parte del continente de la Atlántida, que se extendía hasta Cádiz y que, como consecuencia de un gran cataclismo que en gran parte lo sepultó en el océano, quedó América aislada del resto del mundo. Presenta como fuentes fidedignas a Estrabón y a Solino cuando afirman que Ulises, después de edificar Lisboa, navegó por el Atlántico y como de él no se supiera nada más, elucubró con que arribara a Nueva España y poblara hasta Veragua. Lo confirma, sigue diciendo Sarmiento de Gamboa, el que “los mexicanos usaban el traje tocado y vestido grecesco”, es decir, griego. Y para corroborar que en un tiempo lejano todos formaban parte de la misma tradición, aduce que los indios del Perú aún recordaban el gran diluvio del que habla la Biblia y que duró sesenta días y sesenta noches.

Sarmiento de Gamboa no fue el único que rescató el mito de la Atlántida en esta época de exploraciones y descubrimientos. Francisco López de Gomara, en 1554, demostraba en su Historia general de las Indias, que las nuevas tierras parecían adaptarse perfectamente al relato platónico y lanzaba la suposición de que los habitantes de la Atlántida eran los aztecas. Bartolomé de las Casas llegó a relacionar el continente sumergido con las tribus perdidas de Israel.

El espejismo de las Siete Ciudades de Cíbola

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Las riquezas que encontraron los conquistadores de México hizo pensar a muchos que podrían existir otros reinos tan fabulosos o incluso más. Corrió la noticia de que el oro utilizado por los aztecas en sus monumentos provenía de regiones situadas más al norte, donde se ubicaba su tierra de origen, la mítica isla de Aztlán.

A la conquista de Tenochitlán, sucedió la del Perú, en la década de 1530, lo que encendió aún más el entusiasmo por nuevos descubrimientos de remotos territorios que pudieran albergar idéntica o mayor fortuna. Entonces resurge la leyenda medieval de las siete ciudades de oro fundadas por los siete obispos portugueses que salieron huyendo de la península cuando fue tomada por los árabes en el siglo VIII.

La leyenda se refería a una isla en el Atlántico, Antilla, pero como en la travesía de Colón no se halló, el mito se trasladó al Nuevo Mundo. Al principio, las siete ciudades de oro se buscaron en la Florida pero los nativos a los que se preguntaba, las iban situando más y más al norte, posiblemente para quitarse a los buscadores de encima. Con el tiempo pasaron a llamarse las ciudades de Cíbola porque en las llanuras donde podrían encontrarse pastaban infinidad de cíbolos, que era el nombre español para designar a los bisontes.

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En 1537 regresan por Nueva España Cabeza de Vaca, Maldonado, Dorantes y Estebanico, perdidos durante ocho años por el desierto entre Texas y Arizona. Contaron sus experiencias y sus penurias pero lo único que interesaba a sus oyentes eran esas supuestas ciudades riquísimas de las grandes llanuras con las que por fuerza debieron encontrarse.

Ese mismo año un fraile llamado Juan de Olmedo se entendió con el virrey Antonio de Mendoza para salir en busca de aquel riquísimo reino, cuando apenas habían retornado los náufragos de Cabeza de Vaca, lo que les permitió contar con Estebanico como guía. La expedición llegó hasta la frontera de lo que es hoy Arizona, sin encontrar nada más que algún poblado perdido, aunque sí rumores de grandes ciudades al norte.

Regresaron sin nada, pero un misionero franciscano que acababa de llegar a Nueva España desde Perú, fray Marcos de Niza, retomó la idea y tras hablar con el virrey, organizó otra expedición al norte. Salieron en 1539 fray Marcos, Estebanico y varios cientos de indígenas, que atravesaron el desierto de Sonora y bordearon el golfo de California. Llegaron a un pueblo, Vacapa, donde nadie había visto nunca a un español y Estebanico marchó de avanzadilla con unos cuantos indios: encontró aldeas y nuevos indios que le dieron noticias sobre Cíbola y las ricas ciudades del norte, compuestas por edificios de varias plantas cuyos muros tenían turquesas incrustadas. Pero Estebanico no volvió: se había acercado demasiado a Cíbola y sus guardianes nativos lo habían matado.

Eso fue lo que los supervivientes que le acompañaban contaron a fray Marcos, que no quiso volver sin nada y decidió acercarse a la ciudad prohibida. Pudo contemplarla a lo lejos y decir, después, que Cíbola era más grande incluso que Tenochitlán y más rica y sofisticada. Y añadió que los jefes indígenas que le acompañaban le revelaron que era la más pequeña de las Siete Ciudades, situadas aún más al norte, y que más allá existía un reino aún mayor, llamado Totonteac.

Fray Marcos volvió a Nueva España con estas nuevas historias y el virrey ordenó una nueva expedición a cuyo mando puso a Francisco Vázquez de Coronado. En febrero de 1540 salieron 340 españoles y novecientos esclavos y criados, doscientos caballos, rebaños de ganado, cañones y municiones. Para mayor seguridad se envió una expedición paralela a finales de primavera: dos barcos bajo el mando de Fernando de Alarcón bordearían la costa este de México con suministros de repuesto.

Cuando la expedición terrestre llegó a Culiacán, Vázquez de Coronado decidió dividirla y dejar atrás a los lentos -los indígenas y los españoles que iban a pie, además del ganado y carretas con pertrechos- y se llevó la mayor parte de la caballería. En julio llegaron a las inmediaciones de Cíbola, que no era más que un poblacho. Pero decidieron, ya que estaban, conquistar aquella aldea y otros seis pueblos de los indios zuñi en las llanuras de lo que hoy es Nuevo México. Consiguieron algunas turquesas, pieles de bisonte, algo de comida y poco más.

Vázquez envió a su segundo, Tristán de Luna y Arellanos, hacia el este, y nada encontró; mandó hacia el norte a García López de Cárdenas, que al menos se llevó el ser el primer europeo en ver el Gran Cañón del Colorado, pero de ciudades de oro, nada; y por último encargó a otra partida dirigirse al noroeste, bajo el mando de Melchor Díaz, para que se reuniera con la flota de Alarcón y recogiera los suministros que tanta falta les hacían, pero los barcos ya se habían marchado y nunca más se supo de ellos. Ninguna de las misiones consiguió nada, tampoco la enviada al este con el capitán Hernández de Alvarado.

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En la primavera de 1540 un indio pawnee le dijo a Vázquez de Coronado que existía un poco más al norte una maravillosa ciudad llamada Quivira, cuyas casas eran de piedra y los tejados de oro. El guía, que llevaba por nombre Xabel, era un nativo de tez oscura al que apodaron ‘el Turco’ y les dio su palabra de que el señor de esas tierras “duerme la siesta debajo de un gran árbol del que cuelga gran número de cascabeles de oro”.

Hacia Quivira partieron treinta expedicionarios con su jefe a la cabeza. Se adentraron en las llanuras ilimitadas de Texas y Kansas para descubrir que las casas estaban techadas, pero no con oro sino con paja y que el fabuloso reino no era más que un conjunto de míseras aldeas de los wichitas. Xabel, que finalmente confesó que la historia de Quivira era una conspiración de los indios para inducir a la tropa a dirigirse a las llanuras con la esperanza de que murieran de hambre, fue ejecutado.

En 1542, regresó Vázquez de Coronado a Nueva España, donde el virrey Antonio de Mendoza no le recibió con mucha alegría: no había encontrado ni un mísero cascabel de oro y había perdido a la mayoría de hombres que con él partieron. El mito de las Siete Ciudades fue desvaneciéndose y, aunque en posteriores expediciones los españoles aún preguntaban a los indios por esos reinos afortunados no constituyeron ya el objetivo de las partidas, dirigidas más a explorar e instalar colonias en el territorio ante la llegada de los rivales franceses.

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Desierto de Sonora, en Arizona

El mismo año de la expedición fallida de fray Marcos de Niza, se preparó una impresionante: la de Hernando de Soto, un veterano de la conquista y en ese momento gobernador de Cuba. Desde la isla partieron más de seiscientos hombres, doscientos caballos, armas de fuego y armaduras, manadas de cerdos y jaurías de perros de presa, instalados en nueve barcos. Sesenta años después, el Inca Garcilaso de la Vega contó que la expedición estaba tan abastecida de todo que más bien parecía una ciudad navegando por el mar.

Ya en tierra, se movieron sin rumbo durante mas de tres años, impulsados por la “demoníaca energía de su capitán”, Hernando de Soto, que no tenía en el horizonte las ciudades de Cíbola, pero sí tesoros aún más fabulosos que los de Hernán Cortés. Nada encontró más que disensiones entre los suyos, la pérdida de la mitad de sus hombres y su propia vida. Cayó enfermo de fiebres y murió en la primavera de 1542. Sus restos reposan desde entonces en el fondo del Misisipi, adonde fueron arrojados para que no cayeran en manos de los nativos. De tan lujosa aventura sólo consiguieron salir con vida trescientos expedicionarios, con las manos vacías.